Un dolor en el corazón que se clava como una espina

Un dolor en el corazón que se clava como una espina

Camas gemelas, de la escritora Paola Caballero Daza, revive la potencia de los años noventa.

Paola Caballero Daza nació en Cartagena, en 1975. Estudió Literatura en la Universidad de los Andes, en Bogotá.

Paola Caballero Daza nació en Cartagena, en 1975. Estudió Literatura en la Universidad de los Andes, en Bogotá.

Foto:

Archivo particular

Por: DOMINIQUE RODRÍGUEZ DALVARD - ESPECIAL PARA EL TIEMPO
18 de enero 2021 , 09:06 p. m.

Tuve la posibilidad, única, de ver esta novela en construcción. Leer sus versiones, y constatar su trabajo inmenso de escritura, un ejercicio introspectivo y experimental que se sintió siempre profundamente físico, así como testimoniar sus ires y venires, lo que me lleva a pensar en Voy y vengo como cierta génesis de esta historia.

En esa crónica, la autora ya esbozaba en su estancia en Puebla (México) (Colección Inmigrantes V, Peregrino Editores, 2015) la presencia de un fantasma. Con hermosura y desgarro, desde ahí se siente la espina clavada, el dolor infinito e incurable, que le significa haber perdido a un hermano por su suicidio. Es un dolor presente. Y que quizá nunca se vaya.

Camas gemelas no es una novela autobiográfica, y sin embargo se siente cercana e íntima. Porque se mete hasta el fondo en el dolor y nos recuerda el que cada cual carga consigo. Me la leí de un tirón, más que por su ligereza, por el ritmo que propone, de principios y finales melódicos y estridentes. Así como se siente de pulida la edición al cerrar sus páginas con la banda sonora que Caballero Daza nos presenta a lo largo de sus páginas; y esa portada y contraportada con una ilustración tipo grafiti de Toxicómano que resalta a Cymande y a AC/DC, como guiños armónicos de lo que se nos viene a cuestas.

El relato transita en ese hip-hop noventero con el que el Negro lograba soportar los días infernales de su existencia. Fue el código que creó para relacionarse con el mundo, para describirlo y aullarlo, y para aferrarse a su hermanita, Nena; con y por la música se entendían. Con ella se rompía cualquier barrera de prevención y aparecían la ternura y la cercanía. El sentido de la música, además, le permite a la autora construir, por momentos, frases en las que, a la manera de John Cage por hablar de alguno de estos genios de la discontinuidad, se deja ir y permite que se entremezclen “ruidos” en la línea de pensamiento. ¿Cuántas veces no nos hemos perdido, y nos vamos a otros lugares y obsesiones, mientras alguien más nos habla? Esa sensación del irse la logra con agilidad y sin exceso. Para excesos, ya con lo que siente basta.

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El libro tiene la voz de Nena y la de un narrador que nos da la mano en momentos en los que podríamos habernos perdido con ella en las cavernas de su cabeza, y está construido en tres capítulos. 1, 2, 3. Para mí: el presente que no para de recordar; el pasado monumentalizado y sublimado; la pesada evidencia del presente continuo. Y es claro que no hay redención, no puede haberla en quien queda junto al fantasma de una vida detenida abruptamente. Pero que no haya sosiego no quiere decir que no haya una tremenda elaboración del sentimiento, de sus mil y un estados, por la capacidad infinita del cerebro de retener escenas y conectar signos y rememorar tonadas, por el desequilibrio fisiológico que deprime hasta creerse incapaz de seguir, por el ahogo del dolor y del calor, por la incapacidad de ver luz, por el sentimiento de traición, porque qué se hace de la vida y con la vida después de eso. Porque la vida, ajá, la vida sigue y en ella intentan colarse instantes de dicha sazonados con la feliz cursilería de los merengues, bálsamos que dan el permiso para volver a sentir.

Es difícil, además, no identificarse con la brillante descripción de esa sociedad colombiana que nos enmarca, clasista y racista, aspiracional y resentida. Olvidadiza y escapista; por eso, gozona.

Años noventa y hoy, igualito. A través de esa rebeldía enmarcada en un universo musical que quisiera ser eso, pura rebeldía cantada y tocada, pero que era en ese momento, en su lugar, pura expresión de la lucha de clases.

Hoy, la resistencia trata de seguirlo siendo, trata. Y allí, la autora logra hacer comentarios sociales que funcionan porque Negro los vive, los siente, los padece. No se sienten artificiosos ni panfletarios; más bien, la evidencia de nuestro cinismo tercamente sembrado. Esas miradas panorámicas las combina hábilmente con la más detallada intimidad que revela a este par de hermanos en un vínculo casi incestuoso de lo simbióticos que son. Y allí esa ambigüedad afectiva es maravillosa porque traduce, con contundencia, esa certeza de que con la sangre y la entraña nadie se puede meter y que allí se podrían romper todos los límites.


Todo en Nena es visceral, por eso su desolación. Pero, aunque se quisiera morir todos los días, sigue viva.

DOMINIQUE RODRÍGUEZ DALVARD - ESPECIAL PARA EL TIEMPO

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