‘Ahora en la vejez, todo va estando junto y completo’: Tomás González

‘Ahora en la vejez, todo va estando junto y completo’: Tomás González

El escritor inaugura el Carnaval de las Artes de Barranquilla. Hablará de su novela más reciente.

Tomás González

Tomás González es autor de la novela ‘Las noches todas’.

Foto:

Claudia Rubio / EL TIEMPO

Por: Carlos Restrepo
14 de febrero 2019 , 03:58 p.m.

Tomás González prefiere que sean sus libros los que hablan por él. Por eso, cada nueva obra suya nos revela un pedazo de su pensamiento y su mirada de la vida. Ahora, cuando ya camina la madurez, Las noches todas, su novela más reciente, se nos presenta a sus lectores como una metáfora de la vida y la vejez.

Con esa prosa singular, tan pensada palabra por palabra en cada línea, González pone en escena, como si se tratara de una especie de pintura zen, a Esteban, un hombre que en su madurez deja el caos de la gran ciudad para resguardarse en una pequeña finca de clima templado. Se propone lograr el jardín soñado. Lo acompañan en esta aventura su amiga Aurora, otra enamorada de las plantas, y otros personajes memorables.

Con motivo de su participación en el Carnaval Internacional de las Artes de Barranquilla, que el autor paisa abre hoy con una reflexión sobre la imaginación, aprovechamos para que nos comparta algunas claves de la novela y de su vida.

¿Cuál es la génesis de la novela?

La novela parte de una idea que me acompaña desde hace mucho tiempo y ha estado en el trasfondo de todo mi trabajo. La convicción de que la vida, mi vida, solamente por haberme dejado ver la belleza de lo que es bello y también la de lo terrible, ya ha valido la pena. Esteban, el protagonista de Las noches todas, cree eso mismo, lo pone en práctica, y en su jardín usa la belleza como materia prima, igual que los silleteros de Medellín o los artistas japoneses de arreglos florales, aunque tal vez con más conciencia de que también lo oscuro debe estar siempre muy presente en la obra si se quiere que esta tenga profundidad y sea fiel a la realidad.

El trasfondo del libro es una gran reflexión sobre la vejez. ¿Era este un tema del que necesitaba hablar?

Así es. Quería escribir sobre ella, pues es lo que estoy viviendo –o seguir escribiendo sobre ella, mejor dicho, ya que lo había hecho antes–. Me he dado cuenta de que no es una edad ni más ni menos difícil, ni más ni menos apasionante que las otras. Incluso, estaría tentado a decir que es más interesante, pues ahora todo va estando junto y completo, todo va terminando de pasar. Hace poco me llegó una foto en la que estoy, de unos ocho años, al lado de mi hermano Juan, que tenía dieciocho. Al verla me di cuenta de que hoy, a mis sesenta y ocho bien cumplidos, entiendo mejor lo que estaba viviendo entonces, lo que estábamos viviendo todos e incluso lo que íbamos a vivir. Y de vez en cuando me llegan recuerdos muy vívidos de acontecimientos lejanos: la muerte de mi papá, el matrimonio de mi hermana Silvia, o el llanto de mi hermana menor, Rosario –que fue la bebé más bella del mundo–, fastidiada por la arena de las playas de Tolú, y me parece que ahora los veo y los entiendo mucho mejor. Cuando tenía los ocho años de la foto no era nada más que un nudo de asombro y confusión.

En algún momento, el protagonista le comenta a un arquitecto que lo está ayudando: “Afirmar ruinas no es fácil”. ¿Qué es la vejez para usted?

Apenas ahora me doy cuenta de que la frase podría leerse como una referencia al estado físico de Esteban. Y ciertamente se puede. Esteban se la pasa cuidando su salud, pues necesita estar en buenas condiciones para hacer el jardín. Tiene cataratas, tiene gingivitis y sufre de insomnio, y eso es todo. De resto, está muy sano todavía, no es ninguna ruina. Se cuida mucho, se apuntala. La catarata es operable, y la visión queda perfecta; la gingivitis se puede tratar y mantener a raya, más o menos, y de insomnio, Esteban viene sufriendo desde que tiene cuarenta. Es probable que los años verdaderamente ruinosos le lleguen al puro final, cuando todo le va a fallar a la vez y él va a salir, ya sea en barrena o como un cohete, para el más allá. Pero no quiere deteriorarse ni sentirse frágil antes de tiempo.

Este asunto de vivir lo va cansando a uno, y en ese sentido morirse es bueno.

“La muerte, a mi edad, bien podría estar rondándome de cerca, pero no era eso lo que me asustaba”, anota Esteban. ¿Qué pensamientos le suscita la muerte?

Creo que la expresión ‘descansó en paz’ es exacta. Este asunto de vivir lo va cansando a uno, y en ese sentido morirse es bueno. Lo que preocupa es que el cuerpo, el organismo, al no entender esas razones, podría dar una pelea dolorosa, larga y perdida en la crisis final. La muerte asusta, aunque en muchos sentidos sea una liberación.

Como contrapeso a estas preocupaciones existenciales que a todos nos aquejan, aparece el jardín, el otro protagonista del libro. ¿Es una metáfora de qué?

El jardín es la puesta en práctica por parte de Esteban de la idea de que vinimos a este mundo no para ser felices –cosa que no es posible mientras exista la sensibilidad, los sentidos, el dolor–, sino para dejarnos deslumbrar por la creación –haya o no haya Dios– y participar en ella. Y para estar contentos cada vez que se pueda.

Jorge, ese polo a tierra pragmático para Esteban, dice: “Lo que ustedes quieren es imposible o poco menos (...). Pero pienso que disfrutaban intentándolo, y eso es lo que importa”. ¿Qué es la vida?

Jorge Junca tal vez estaba equivocado. El jardín al final es un éxito en el sentido de que Esteban lo considera completo ya, y no le importa demasiado lo que vaya a pasar después con él. Lamenta la llegada de los buldóceres, pero sabe que su jardín ahora lo pueden destruir, no dañar, como sí podían haberlo hecho cuando estaba sin terminar. Aquí no hay derrota. Esteban queda contento con él. Lo que pasa es que los triunfos no duran para siempre y todo termina por morir y deshacerse. No es pesimismo, sino la forma como se dan las cosas. ¡Si se murió y se deshizo Gautama Buda...! La derrota está en aquello que muere antes de alcanzar su forma plena, no en lo que muere después de hacerlo. Se me ocurre que, en cierto modo, la vida es justamente eso, el proceso de los organismos de alcanzar su forma plena.

La trama también le descubre al lector el mundo de las plantas. ¿Hizo alguna investigación al respecto o es el resultado de un amor suyo singular por este pasatiempo?

Para jardineros como Esteban, esta es una forma de vivir, más que un pasatiempo. También para mí ha sido una forma de vivir, junto con la escritura, desde que regresé de Nueva York, en 2002, primero en la finquita de Chía, luego en la de Cachipay y ahora en la de aquí, en El Peñol. Esos diecisiete años de jardinería no han estado científicamente orientados, sino que han sido los de un jardinero aficionado, apasionado por el mundo vegetal. He investigado sobre las plantas a medida que he venido necesitando la información para mi trabajo con ellas. Tengo las palmas de las manos un poco acueradas o apergaminadas por la resequedad que produce el contacto con la tierra. Se trabaja físicamente con las formas, como en la pintura o la escultura, y, como en ellas, hay que ensuciarse las manos, entierrarse las uñas.

La derrota está en aquello que muere antes de alcanzar su forma plena, no en lo que muere después de hacerlo.

¿Cómo se le presentó Aurora en el momento de darle vida al libro?

El personaje, como muchos otros, está basado en alguien de la vida real. Alguien que me ayudó mucho con el jardín de Cachipay. No es la misma persona, claro está, del mismo modo que mi tío Jorge no es Horacio. Es Aurora, nadie más, un personaje ficticio. Cuando Esteban la conoce se da cuenta de que ella va a hacer posible la creación de su jardín, y contrata sus servicios. Aurora es una columna importante del libro y una especie de espejo para Esteban. Sin ella no habrían existido ni jardín ni libro.

“El motor, les decía a mis estudiantes, la amplificación del sonido y la expansión urbana son tres grandes males que han venido deteriorando a fondo la calidad de vida de la especie humana”, dice el protagonista. ¿Qué mirada tiene usted del mundo contemporáneo que nos circunda?

“El mundo fue y será una porquería, ya lo sé”, dice la letra del tango Cambalache. “En el quinientos seis y en el dos mil también”. En este tango se habla de uno de los mundos que nos rodean, el de la maldad insolente, el de los contratistas corruptos, el del tráfico de mujeres y de inmigrantes, el de la venta de armas, el de la hipocresía de los prohibicionistas, que son los principales responsables del infierno que es el narcotráfico. Por fortuna, ese no es el único mundo que nos rodea. Está también el llamado mundo natural. La armonía de las estrellas, del universo subatómico, de las formaciones marinas. Y están los mundos que nos ofrecieron y vivieron, sufrieron y soñaron Buda, Cristo, Mandela, John Lennon, Martin Luther King, Gautama Buda, Lao Tse y muchos otros. Y tenemos, por supuesto, en nuestro caso, el universo vegetal. Este y el mundo de porquería del famosísimo tango se cruzan y entran en conflicto en la novela.

La novela permite pensar sobre la sencillez de la cotidianidad que ofrece el contemplar un jardín. Allí sobra el celular. ¿Será que placeres como la contemplación puede desaparecer de las cabezas de las nuevas generaciones?

Muy cierto. En un jardín está la grandeza de la vida. Toda, completa, pues también contiene lo horroroso. Si uno lo contempla a fondo, va a ver al pichón que se cae y es devorado por las ratas o a la avispa que pone sus huevos en la carne viva de otras criaturas. Si fuera solamente bonito, no tendría gracia. Sería plano, superficial.
El celular es una distracción muy grande, pero ya quisiera ver yo a algún adicto tratando de consultarlo en medio de una de las tormentas eléctricas del golfo de Morrosquillo, por ejemplo. Apostaría a que se olvida del aparatito ridículo y se pone a mirar el espectáculo.

¿Todavía vive en su casita de Cachipay, donde siempre estuve ubicado mientras leía la novela? ¿O está en otro lugar que lo acerca más al mar?

Cachipay quedó en el pasado. Vendí la finca hace como dos años, y hoy vivimos en una casa de madera parada sobre palitos, con vista a las limpísimas aguas de la represa El Peñol-Guatapé. Es como un mar interior en miniatura. Cada rato me parece que voy a ver gaviotas y pienso que algún día podrían aparecer y establecerse. Estando aquí, el mar grande sigue llamando y haciendo falta, es cierto, pero menos que antes. Más he extrañado el sonido del río Apulo, que bajaba muy cerca de la que fue mi casa, a veces rugiendo, a veces repicando.

Tomás González

Editorial Seix Barral, 214 páginas, $ 45.000

Foto:

Archivo particular

CARLOS RESTREPO
EL TIEMPO
Twitter: @Restrebooks

Descarga la app El Tiempo. Con ella puedes escoger los temas de tu interés y recibir notificaciones de las últimas noticias. Conócela acá:

Despierta con las noticias más importantes.Inscríbete a nuestro Boletín del día.

INSCRIBIRSE
Sigue bajando para encontrar más contenido

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.