La vida interior de Susan Sontag

La vida interior de Susan Sontag

Repaso a los diarios que contienen amores e ideología de una de las intelectuales más influyentes.

Susan Sontag

Susan Sontag fue escritora, periodista, ensayista, guionista, directora de cine y crítica cultural.

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Carlos Julio Martínez / Archivo EL TIEMPO

Por: Juan Rodríguez M. - El Mercurio (Chile) - GDA
07 de diciembre 2019 , 10:12 p.m.

Para Susan Sontag, las mañanas eran lo peor, o lo eran en julio de 1965. Personaje de la nueva izquierda estadounidense, esa de los llamados ‘radicales chic’, a la que en todo caso no le gustaba ser vinculada y que cuestionó; pero sobre todo una lectora, crítica y narradora que se negaba a elegir entre The Doors y Dostoievski, autora de ensayos como ‘Contra la interpretación’ y ‘Sobre la fotografía’, y de novelas como ‘El benefactor’ y ‘En América’, Sontag (1933-2004) hace ese juicio sobre las mañanas en sus diarios. Más precisamente en el segundo tomo, editado por su hijo, el escritor David Rieff, con el título ‘La conciencia uncida a la carne’ (Literatura Random House), y que abarca de 1964 a 1980.

Publicado en España y en Colombia hace algunos años, el volumen de 516 páginas sigue a ‘Renacida, los diarios tempranos’ (1947-1964). El primer texto es del 5 de mayo de 1964: “La mano derecha = la mano agresiva, la mano que masturba. Por ello, ¡preferir la mano izquierda!... ¡para idealizarla, para volverla sentimental!”, dice la primera entrada. Tal vez lo hace teniendo en mente a María Irene Fornés, la dramaturga cubano–estadounidense que fue su amante en 1957, en París, y su compañera entre 1959 y 1963, en Nueva York. Habían roto, y a esa primera anotación le siguen una serie de observaciones sobre ‘Irene’, hechas con la mano agresiva o tal vez la sentimental: “Su ‘vida’ misma depende de que me rechace, de mantener la línea frente a mí”. “Todo ha quedado depositado en mí. Yo soy la chivo expiatorio”. “En Irene no queda amor, ni caridad ni bondad hacia mí. Se ha vuelto cruel y superficial para mí, hacia mí”. “El vínculo simbiótico está roto. Ella lo desechó”.

Autobiografía

En la introducción del volumen, Rieff cuenta que a principios de los años noventa su madre pensó con desgana en escribir su autobiografía. Cosa que a él lo sorprendió, puesto que Sontag “siempre había preferido escribir lo menos posible sobre sí misma directamente”. Ese plan nunca se concretó, y a Rieff le parece –“a veces”– que los diarios son esa autobiografía o incluso “la gran novela autobiográfica que nunca le interesó escribir”.

Si cabe la distinción, en esa novela están los amores personales e intelectuales de Sontag: la ya mencionada María Irene Fornés, además, por ejemplo, del artista Jasper Johns y el escritor Joseph Brodsky, en el lado de las parejas; su madre y su hijo, si se trata de la familia; y una larga lista de autores muertos y contemporáneos: Friedrich Nietzsche, Richard Wagner, Virginia Woolf y Simone Weil, por mencionar a cuatro de los primeros; Emil Cioran, Roland Barthes, Jorge Luis Borges, Jean-Paul Sartre y Elias Canetti, por agregar cinco de los segundos.

En la biografía ‘Susan Sontag: intelectualidad y glamour’ (Tajamar), Daniel Schreiber habla de “la invención de Susan Sontag”. Lo hace en el sentido de que la autora habría luchado toda su vida por forjarse una identidad e incluso por relatar su vida como una serie de decisiones para llegar a ser la que quería o tenía que ser: una intelectual. Ese juego de identidades, entre lo que supuestamente somos y lo que supuestamente queremos ser, cruza los diarios de madurez. En septiembre de 1965 Sontag escribe: “Bien, ¿qué hay de malo en los proyectos para reformarse a una misma?”. Luego, en enero de 1966 afirma que desde niña sabía que iba a ser reconocida y que a los 5 años le dijo a la empleada de su casa que iba a obtener el premio Nobel.

Sin embargo: “Supe también –a medida que pasaban los años– que no era lo bastante inteligente para ser Schopenhauer o Nietzsche o Wittgenstein o Sartre o Simone Weil. Me propuse merecer su compañía, como discípula, trabajar en su rango. Tenía, lo supe –la tengo– una buena cabeza, incluso una de gran alcance (…) pero no soy un genio. Siempre lo he sabido”.

Los padres de Sontag vivían en China cuando la concibieron. Pero decidieron que naciera en Estados Unidos. Una vez que la tuvo, la madre regresó a China con su marido y dejó a la bebé a cargo de una niñera; durante cinco años. En los diarios, una y otra vez, Sontag apunta contra su madre por no haberle demostrado amor ni haberla cuidado. Dice que al fin tuvo que convertirse ella en madre de su madre. Y en una retrospección que ocupa varias páginas, explica que su búsqueda de “muertos inmortales”, de grandes intelectuales a los que ella se sumaría, de libros y libros que leer, fue una manera de reemplazar la compañía real –corporal– de la que huía o a la que renunció por culpa de su madre.

Sontag: “No debo subestimar, sin embargo, a lo que renuncié mientras cuidaba fielmente de mi ‘verdadero’ yo tal como lo entendía. Renuncié, en primer lugar, a mi sexualidad. Renuncié a mi capacidad de comprenderme a mí misma como una persona ‘común’ (...). Renuncié a la confianza en mí misma, a mi autoestima en las relaciones personales –sobre todo con los hombres–. Renuncié a sentirme cómoda en mi cuerpo”.

La pasión intelectual de Sontag se expresa en las abundantes listas de libros leídos o por leer, de películas vistas o por ver, de preguntas y palabras; en las ideas para cuentos, novelas y ensayos. También hay viajes y listas de viajes. Por ejemplo a París, Venecia y Tánger (donde presencia y deja constancia de un baile muy sensual que le da otra idea de relato). Tal vez el más importante en términos públicos sea el que hizo en 1968 a Vietnam del Norte, invitada por el Frente Nacional de Liberación de Vietnam, Viet Cong.

Opositora pública a la guerra de Vietnam y al intervencionismo estadounidense, la primera entrada en los diarios referida al conflicto es del 28 de julio de 1966, cuando Sontag está en París: “Los Estados Unidos fundados sobre el genocidio (...) el genocidio en Vietnam”. Tras lo cual agrega: “La mera aplicación al ‘mundo’ de la idea estadounidense de construcción nacional, mientras se despeja la jungla de nativos, de gente oscura”. Y después: “Vietnam es la primera guerra televisada. Un ‘happening’ continuo. Estás allí. Los estadounidenses no pueden decir, como pudieron los alemanes –pero es que no nos enteramos–”.

Pero es hasta mayo de 1968 que Sontag está real y no solo televisivamente en Vietnam. Pero entonces las notas son cautas, si no reticentes, pues aunque no duda de su oposición a la guerra y la política exterior norteamericana, también registra la incomodidad que le produce verse, junto a otros invitados, “reducidos a la condición de niños: regulados, guiados, instruidos, mimados, agasajados, rigurosamente vigilados”.

Fiel a sí misma, a su vida tal como la vivió, los diarios van de la pérdida a la erudición y de nuevo a la inversa. Que esa no haya sido la vida que yo hubiera deseado para ella es irrelevante

Un arrepentimiento

Según Rieff, Sontag nunca se retractó de su oposición a la guerra, pero sí se arrepintió, incluso públicamente, de su fe en el comunismo, “no solo en su encarnación soviética, china o cubana, sino en cuanto sistema”.

Siete años después del viaje a Vietnam, en 1975, Sontag afirma: “Los intelectuales jugaron a ser paladines y revolucionarios y descubrieron que aún eran patricios y liberales”. “Ser un intelectual es adherirse al valor inherente de la pluralidad, y al derecho a un espacio crítico (espacio para la oposición crítica en el seno de la sociedad). Por ello un intelectual que apoya un movimiento revolucionario consiente su propia abolición. Es una actitud razonable: se puede argumentar que los intelectuales son un lujo y no tienen función alguna en las únicas sociedades posibles del futuro”.

Con toda la expresividad y desenvoltura que hay en ‘La conciencia uncida a la carne’, tienta ver en estos diarios la intimidad última y total de Susan Sontag. Una mente sin velos. Pero claro, aunque están lejos de la elaboración de sus ensayos y novelas, las palabras de un diario íntimo siguen siendo palabras en el papel; o sea, una suerte de destilado de la mente, solo un residuo significativo pero parcial de una vida. La propia Sontag se refiere en una de las entradas a la incapacidad de las palabras y de la escritura para traducir el pensamiento, pero también a lo necesario que son para liberar las presiones que se acumulan en un cuerpo o una conciencia. Toda letra, toda memoria, es ficción. Lo que no significa que no sea verdadera, o cuando menos verosímil.

“El corazón de mi madre se rompió a menudo –escribe Rieff–, y buena parte de este tomo es la elaboración de la pérdida amorosa. En cierto sentido, ello implica que se tenga una impresión falsa de su vida, pues propendía a escribir más en sus diarios cuando era infeliz, mucho más cuando lo era amargamente, y menos cuando se encontraba bien. Pero aunque las proporciones no sean las justas, me parece que su infelicidad en el amor fue tan suya como el sentimiento de realización profunda que derivaba de su escritura, y la pasión que aportaba, sobre todo cuando no estaba escribiendo algo, a su vida de estudiante perpetua (...). Y así, fiel a sí misma, es decir, a su vida tal como la vivió, los diarios van de la pérdida a la erudición y de nuevo a la inversa. Que esa no haya sido la vida que yo hubiera deseado para ella es irrelevante”.

Sontag, quien creía que la filosofía era el arte de la reflexión, en sus diarios sigue el imperativo socrático que manda a conocerse a sí mismo. Lo que hay en estas páginas es, por usar las palabras de su autora, una investigación sistemática de su interior. Donde sistemático no se refiere a un orden o estructura acabada, sino a la persistente, metódica y demasiada humana pulsión de hacer cuestión de sí misma y entonces de lo humano; sin encontrar respuesta. “Ser objeto de fantasías envidiosas... ¡¿quién soy yo?!”, escribe. Y también: “¿Qué es ‘nosotros’?”.

JUAN RODRÍGUEZ M.
EL MERCURIO (Chile) - GDA

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