Silvio Rodríguez vuelve a ser un trovador con guitarra

Silvio Rodríguez vuelve a ser un trovador con guitarra

En su más reciente álbum 'Para la espera', el artista cubano retoma su esencia musical.

Silvio Rodríguez, cantautor cubano

Silvio Rodríguez tiene 73 años y su nuevo álbum es el primero que lanza solamente para plataformas digitales.

Foto:

Gabriel Guerra. Altafonte

Por: Cultura
15 de junio 2020 , 11:10 p.m.

Este el Silvio más esencial, el de las letras inspiradas por cotidianidades: aquel al que dejó el tren por impuntual, el momento de la vida que se refleja en el espejo del pasado, los hechos inevitables. Rodríguez, para el gusto de sus más acérrimos seguidores, ha vuelto con lo sencillo, hasta en lo instrumental.

'Para la espera' es el compendio de 13 composiciones, una de ellas instrumental, todas escritas y producidas por el cubano, de 73 años, que firma icónicos temas como 'Ojalá', 'La maza' y 'Mi unicornio azul'.

“Hablando objetivamente, es más cómodo tocar con músicos, porque puedes concentrarte más en la interpretación vocal. Autoacompañarse, aunque obtiene un resultado más personal, multiplica la responsabilidad, son más funciones simultáneas, es más complejo. Suelo trabajar mucho con los músicos por esa razón. Porque intento que el ensamble llegue al grado de compenetración que alcanzo con la guitarra. Si se trabaja adecuadamente puede haber muy buenos resultados. Mis compañeros músicos a menudo sufren esa obsesión que tengo, pero lo cierto es que lo entienden y trabajan conmigo en ese sentido”.

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Es la primera vez que Rodríguez lanzará un disco solamente en plataformas digitales; pero quiere “que la gente aquí en Cuba lo tenga, que lo copien, que lo graben. Quiero regalarles este disco a los cubanos”.

Después de Amoríos, del 2015, álbum en el que contó con acompañamiento de banda de jazz, Silvio ha vuelto a ser trovador con guitarra.

En 'Para la espera' incluye los cortes 'La adivinanza', 'Aunque no quiero veo que me alejo', 'Conteo atrás', 'Noche sin fin y mar', 'Viene la cosa', 'Jugábamos a ser Dios', 'Si Lucifer volviera al paraíso', 'Una sombra', 'Los aliviadores', 'Modo frigio (tema soñado)', 'Danzón para la espera', 'Después de vivir' y 'Página final' (que es instrumental)-.

“En general –resume– el disco está hecho de canciones que, aunque haya sentimientos afines, son muy distintas entre sí, y eso es algo que me complace. Eso y que no hay violencia. Son canciones introspectivas, suavecitas; aunque nunca me gustaron las canciones bonitas”.

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¿Cuáles son las canciones bonitas?

Esas que son así, melódicas... No las persigo ni las odio tampoco, pero desconfío un poco de lo bonito, por principio.

Solo tres canciones del disco no son inéditas. 'Viene la cosa' es una de ellas, cantada varias veces en los conciertos en los barrios, que ya suman 109 a lo largo de más de diez años”.

'Jugábamos a Dios' es otra. La hice para 'Afinidades' -cuenta-, una película de Pichy [Jorge Perugorría] y Vladimir Cruz sobre la corrupción. Entonces yo quise compensar ese tema con algo de la inocencia original, de que llegamos a esto pero antes fuimos de otra manera, tuvimos otro pasado.

'Si Lucifer volviera al paraíso' también trata sobre el desvío, el destino que no fue, lo que pudo ser otra cosa o tomar un camino diferente. A mí siempre me fascinó esa historia de que Lucifer había sido un ángel. Tú me dices que lo más malo que hay... había sido un ángel, ¡¿fue ángel?!.

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Son canciones introspectivas, suavecitas; aunque nunca me gustaron las canciones bonitas

¿Por qué le fascinó?

Descubrir que el símbolo del mal, Lucifer (portador de la luz), fue primero uno de los arcángeles de Dios; esto, y el hecho de que después adoptara el nombre de Satán (oponente o adversario), me hizo pensar que este tema crucial de la cultura cristiana –que en diversos sentidos heredamos– viene de una diferencia de opiniones, de un hijo que se rebela a los preceptos paternos, de un hecho generacional. Ese es un tema. Que no se detiene ahí, porque continúa con la posibilidad de que el supuesto diablo de tiempos gloriosos ya no sea tal sino más bien un pobre diablo del que algunos hacen mofa. Pasa en la vida en muy diferentes direcciones, sobre todo a quienes tienen la costumbre de alardear (de lo que sea).

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¿Ha compuesto algo en estos días de aislamiento?

No he tocado la guitarra. La paso escribiendo, pintando, atendiendo el blog y disfrutando de mi familia.

Cree que después de la pandemia, ¿seguirá igual la vida?

Hay muchos pensadores de distinto calibre y tendencias reflexionando sobre lo que estamos viviendo. Yo personalmente no creo que el mundo vaya a cambiar mucho. Vamos a tratar de volver a ser nosotros, para bien y para mal. Ya estamos mal acostumbrados y mal hechos, y hay muchos intereses con poder. Sí creo que es posible que todo esto nos ayude a reflexionar sobre la libertad y la transparencia.

¿Sigue sintiéndose en control de su blog?

No. Ahora soy un servidor público–se ríe–. Empecé siendo el dueño y ahora estoy en función del colectivo. No me desagrada eso, pero me recuerda por qué nunca me atrajo la política. No tengo lo que hay que tener para estar 24 horas dedicado al público. Me necesito, necesito tener rinconcitos propios para hacer lo que tenga ganas de hacer. Con los años uno cada vez más quiere hacer solamente lo que tiene ganas de hacer.

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¿Cómo entra el público en eso?

Nunca me gustó el público, los escenarios. Yo salí porque entendí que debía y porque quise hacerlo, y sí, puede que haya cogido algún vicio de eso. Uno era más joven y necesitaba probar cosas, probarse cosas, y eso está bien si uno tiene algo interesante que decir; pero tampoco es lo más grande: hay cosas mucho más grandes.

Sin embargo, dicen que el público es lo más grande que tiene un artista…

Bueno, el público es el que hace al artista; pero a la vez también hay grandes artistas sin mucho público, y personas que no son artistas y sí lo tienen. La escena y la relación con el público tienen mucho extra artístico que influye. En los conciertos en los barrios por ejemplo eso es distinto, porque no es propiamente "un público", sino personas que están en sus casas, y somos nosotros los que vamos. Yo quiero ir allí a compartir, nadie pagó para vernos. En ese sentido los barrios rompen esa dinámica de espectáculo, y es lo apasionante.

REDACCIÓN CULTURA
*Con entrevista cedida por Altafonte Colombia
En Twitter: @CulturaET

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