150 años de Gandhi: un recorrido por su vida y su lucha

150 años de Gandhi: un recorrido por su vida y su lucha 

La vida del pensador indio fue una sucesión de logros, concesiones y derrotas.

Gandhi y nosotros

Los seguidores de las ideas pacifistas de Gandhi, en India y en el mundo entero, rindieron homenaje ayer al llamado Padre de la Nación. 

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AFP

Por: Juan Alfredo Pinto Saavedra
01 de octubre 2019 , 07:25 p.m.

Si esa Alma Grande (Mahatma), como lo bautizó el premio nobel Rabindranath Tagore, estuviera con nosotros, no vacilaría en honrar los acuerdos de paz suscritos como precepto básico para el momento político nacional, y en aislar legal, social y culturalmente a los que proponen el regreso a la guerra, llámense disidentes, bandas criminales, capos de las variadas mafias, paramilitares, extremistas de derecha o mercaderes de la muerte. 

Los que junto a Maduro pretenden revalidar una guerrilla son la decadencia extrema del ideal revolucionario, tratando de lavar su biografía y su fortuna mal habida. Los asesinos que intentan reencauchar el paramilitarismo son sus compadres. Y los que no pueden perdonar y continúan sembrando odio y venganza en los circuitos mediáticos y en las ramas del poder público son los más equivocados.

Si Bapu, como le llamó el pueblo, viviera, con sus 45 kilogramos de peso, insistiría en su satyagraha, en la verdad como base de la sanación colectiva, les diría a todos que cesen en la tarea de irritar el alma nacional; que propicien debates, pero no extiendan más tinieblas sobre la faz de Colombia, que abandonen la dialéctica de la odiosa polaridad, y se los diría en voz alta, desde la no violencia, pues siempre comprendió que solo el débil es violento. Envuelto en su trapo de algodón les recitaría el pregón: ir al encuentro con la verdad, ella se expresa por sí misma en la no violencia y, a su vez, esa no violencia se revalida a través de la verdad.

Cuánto nos gustaría a los ciudadanos de a pie acceder al propio Presidente de los colombianos para pedirle que afiance su libertad no, como suelen decir algunos, respecto al jefe de su partido, sino respecto al grupo de radicales oportunistas de derecha entre sus ‘partidarios’, que son la oposición interna con sus continuas ráfagas de fuego amigo.

Cómo desearíamos poder hablar con los magistrados a fin de recordarles, en honor a la memoria de Gandhi, que deben aplicar la ley sin matices a los que traicionan la paz desde los dos extremos y huyen de los procesos, más también para refrendar la convicción del líder revolucionario acerca de que, para quien imparte justicia en ciclos de transición conflictual, en el fuero interno de su ser, no hay secretos que esconder, no hay margen para la astucia y no hay lugar para la mentira o para la venganza.

El escrutinio de los hechos aporta a la justicia y no se opone al espíritu de afirmación y reconciliación en la forja del porvenir.

Si se nos diera la oportunidad de hablar con la cúpula del partido Farc, inspirados en el pensamiento gandhiano, podríamos decirles que las organizaciones crecen depurándose y ahora, más que nunca, su consecuencia está a prueba para cumplir su palabra, exigir democráticamente el cumplimiento de la contraparte, sentir el orgullo del arrepentimiento y afianzar las aspiraciones justicieras y de inclusión.

La vida de Gandhi es un libro abierto sobre la construcción de la paz y la dificultad de su consolidación. Su trayectoria fue una sucesión de logros, concesiones y derrotas. De su condición profundamente humana proviene su genio y de su sencillez la gloria. Muchas veces confrontó el peligro de ceder en sus posturas esenciales y admitir la ruta de la resistencia violenta o aquella que entraña garrafal error, cual es la de la combinación de las formas de lucha según la retórica falsamente revolucionaria que trajo consigo la pérdida de muchas vidas y el ahogamiento de la lucha popular en nuestro país.

La vida de Gandhi es un libro abierto sobre la construcción de la paz y la dificultad de su consolidación

Los inicios del pensador

Nacido de una casta alta, en la ciudad costera de Porbandar, hijo del matrimonio entre Karamchand Gandhi, jefe de Gobierno de esa ciudad, y Putlibai Gandhi, su vida fue intensa desde la propia adolescencia. A los trece años se casa con Kasturba, una niña de su misma edad, en matrimonio arreglado por sus padres. Con ella tendría cuatro hijos, siendo el más conocido Harilal, quien le causó muchos sufrimientos por sus recurrentes malandanzas.

A los dieciocho años viaja a Londres para recibir su formación como abogado en University College y, tras fracasar buscando empleo en su retorno a Bombay, se vincula como asesor legal de una empresa india en Durban y desarrolla su vida profesional en Sudáfrica por espacio de veinte años. Allí perfila su visión social y política, enfrenta el racismo y pugna por la inclusión social, promueve el cooperativismo y va a la cárcel en varias oportunidades.

Algunos hechos marcaron su vida y sus posiciones políticas. En su participación en la Segunda Guerra Bóer pudo conocer el dolor en sus expresiones más desgarradoras, sirviendo al Ejército como camillero e incubando su rechazo infinito al horror de la guerra, con numerosos incidentes y carcelazos por su repudio al racismo, pese a su condición burguesa que no evitaba la discriminación por su atuendo, su color y aun por sus 1,64 m de estatura.

En el espíritu de Gandhi viven juntas la moderna afirmación ética del mundo y de la vida en India, y la negación del mundo y de la vida que se remonta al Buda

Defendiendo a sus compatriotas inmigrantes conoció de las contradicciones entre los oprimidos negros e indios, e intentó de múltiples formas cristalizar su vocación igualitaria. Llegó a dirigir una sección de la Cruz Roja y promovió la gestación de cooperativas para la defensa de los intereses de los indios.

Fue en 1896, tras ser atacado y apaleado por sudafricanos blancos, cuando comenzó a propagar la política de resistencia pasiva y de no cooperación con las autoridades sudafricanas. Allí se reflejan ya las influencias que más tarde el Mahatma reconocería: David Thoureau y León Tolstói, entre otros. Se familiarizó con las expresiones ‘desobediencia civil’ y ‘resistencia pasiva’, pero prefirió hacer su propia síntesis al utilizar la voz satyagraha, abrazo de la verdad en sánscrito.

Al finalizar la Primera Guerra Mundial, regresó a India y desde el primer momento se entregó a la tarea de unificar a su país, aglutinando millones de pobres y analfabetas, mas también a los productores locales y a los industriales indios. Defendió las lenguas vernáculas y su humildad le brindó la oportunidad de atacar los privilegios de los príncipes feudatarios aliados de Inglaterra y de censurar los abusos derivados del sistema de castas. El punto culminante de esta primera fase de la lucha por la independencia fue el combate contra las leyes Rowlatt, en 1919, a través de la no cooperación y la resistencia pasiva.

Se trataba de un estatuto normativo que confería poderes excepcionales a las autoridades coloniales para enfrentar a los civiles que practicaban actividades denominadas subversivas. Algo así como los estados de sitio o los decretos de excepción que décadas más tarde se pondrían en práctica en América Latina. Como las autoridades británicas no reaccionaban, Gandhi pasó a la movilización llamando al pueblo a sentarse en las calles de todo el país. Los guardias ingleses golpearon a los civiles, pero ellos no se levantaron. Gandhi fue a la cárcel, empero, pronto fue liberado.

En 1921, el Congreso Nacional Indio le otorgó plenos poderes y Gandhi convocó protestas en las ciudades, los radicales se manifestaron violentamente y fueron brutalmente reprimidos, Gandhi fue de nuevo a la cárcel y al salir, en 1924, se aisló del escenario público para dedicar tiempo a ofrecer su testimonio de humildad y patriotismo.

De nuevo regresó a la arena política y alcanzó la cima al llamar al pueblo a no pagar el injusto impuesto a la sal, iniciando la heroica marcha seguido por millares en cada villa y llenando de desconcierto a las autoridades. Si lo detenían, se sumaba gente a la marcha; si lo liberaban, aparecía más gente aún. Los 68 que arrancaron serían miles y miles al cabo de 300 kilómetros. Gandhi fue llamado a la Conferencia de la Mesa Redonda con los británicos y la producción casera de sal fue autorizada rompiendo el monopolio colonial.

Gandhi y nosotros

El virrey del imperio británico en India, ‘lord’ Louis Mountbatten (I) y ‘lady’ Edwina Mountbatten (D), cuando recibieron a Mahatma en abril de 1947.

Foto:

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La imagen del Mahatma

De su pensamiento, de su estilo y de su carisma se ha dicho todo lo imaginable. Churchill dijo sentir náuseas al verlo y lo llamó “sedicioso abogaducho”. lord Wavell, el penúltimo virrey británico en India, lo caracterizó como “viejo político, cínico y malvado, imprevisible, de lengua bífida”. Albert Schweitzer afirmó: “En el espíritu de Gandhi viven juntas la moderna afirmación ética del mundo y de la vida en India, y la negación del mundo y de la vida que se remonta al Buda”.

Albert Einstein, con quien Gandhi tuvo un contacto epistolar, dijo con motivo de la muerte del Mahatma: “Las generaciones futuras a duras penas podrían creer que un hombre de semejante talla moral hubiese realmente existido”.

Si se trata de algo que nos ofrece un mensaje directo a nosotros, George Orwell, que no profesaba la mayor simpatía estética por el Mahatma, escribió: “(...) Si se mira solo al político y se le compara con otros políticos de nuestra época, qué olor a limpio ha logrado dejar tras de sí”.

Gandhi cometió muchos errores en los fueros político y personal. Como los hombres de su dimensión histórica, muchas veces tuvo que decidir no entre lo bueno y lo malo, sino entre lo malo y lo peor. Se resistió a la partición y fue derrotado. Hizo lo correcto:
dar prioridad a la independencia del país. Su vida conyugal es debatible. Enfrentó dificultades con sus hijos, fue porfiado y, a la manera de nuestro Bolívar, padeció soledad y depresiones. Esos elementos confirman su humanidad y acaso nos llaman a reconocerlo más cerca de aquellos que esta tierra nos entrega todos los días.

Por ello celebramos desde lo hondo de nuestro corazón el sesquicentenario de su natalicio y lloramos al recordar la soberbia impenitente de su asesino Nathuram Vinayak Godse, ese hindú ortodoxo de la casta de los brahmanes, quien junto a su cómplice gritaría en su hora final: “Larga vida a la India indivisible”.

JUAN ALFREDO PINTO SAAVEDRA
@juanalfredopin1
www.juanalfredopinto.com

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