San Martín, un libertador poco conocido en Colombia

San Martín, un libertador poco conocido en Colombia

Como Bolívar, creía que los caudillos que apoyaban el separatismo ponían en riesgo la unidad.

José de San Martín

Óleo de José Francisco de San Martín en su encuentro con Simón Bolívar, en Guayaquil, por Pablo C. Ducros Hicken (1903-1969).

Foto:

Pablo C. Ducros Hicken

Por: Carlos Rodado Noriega
29 de marzo 2019 , 08:59 p.m.

En Colombia se conoce poco sobre la vida y obra del prócer americano José de San Martín y Matorras. Su vida es apasionante, fecunda, edificante de principio a fin, no solo por la nobleza de la causa que defendió sino por la forma como lo logró. Haber sido el libertador de tres naciones ya sería un motivo suficiente para catalogarlo entre los hombres descollantes de la humanidad.

Acciones heroicas en batallas decisivas lo cubrieron de gloria militar, pero, más que sus hazañas externas, lo más valioso de San Martín es su grandeza interior, fruto de las virtudes que moldearon su carácter. Integridad moral, recto proceder, coherencia entre sus convicciones y sus actos, espíritu magnánimo y desprendimiento ennoblecedor. Desde pequeño, sus progenitores le inculcaron principios y valores que fueron el cimiento sólido sobre el que levantó su recia personalidad.

Nació el 25 de febrero de 1777 en Yapeyú, Virreinato del Río de la Plata. Sus progenitores, de nacionalidad española, permanecieron durante dos décadas en Buenos Aires, pero preocupados por darles a sus cinco hijos una esmerada educación regresaron a España en 1784. Un año más tarde, José Francisco ingresó al Seminario de Nobles de Madrid, donde estuvo cuatro años y, a los doce, siendo apenas un mozalbete, fue admitido como cadete en el prestigioso Regimiento de Murcia.

Estuvo al servicio del ejército español durante 22 años, período en el que consolidó su formación profesional en estrategias y operaciones de guerra que trascendieron la instrucción teórica para pasar al ejercicio real en el sangriento campo de batalla.

Luchó con arrojo y ardentía contra los moros en Orán y Melilla, contra los ingleses en Gibraltar y Cádiz, y contra los franceses en Bailén, durante la invasión napoleónica. En esas acciones bélicas, sus superiores pudieron apreciar las cualidades del cadete, que le permitieron ascender hasta el grado de teniente coronel. Estando en Cádiz, en 1811, tuvo oportunidad de conocer y tratar en tertulias clandestinas a Juan García del Río, a Bernardo O’Higgins y a Francisco Miranda, con quienes entabló una perdurable amistad.

Los destellos de la Revolución francesa y de la Ilustración incendiaban la mente de estos soñadores americanos, convencidos de que su compromiso era luchar por la independencia de sus países. San Martín solicitó su retiro del ejército español y se embarcó hacia Buenos Aires, a donde llegó el 9 de marzo de 1812. Encontró su país sumido en un estado de turbulencia que empezó con la declaración de independencia el 25 de mayo de 1811 y continuó con la guerra intestina entre centralistas y federalistas y con los movimientos separatistas de Paraguay y Uruguay y el Alto Perú, que conformaban las Provincias Unidas del Río de la Plata.

El 16 de marzo de 1812, San Martín ingresó al ejército revolucionario y se le encomendó la organización de un escuadrón de caballería. Cumplió esa misión con alto grado de profesionalismo, y ese escuadrón es hoy el acreditado Regimiento de Granaderos a Caballo de la República Argentina. El éxito de esa misión le valió que lo encargasen de la defensa de la banda oriental.

El alto oficial se trasladó hasta esa zona y al frente de su Regimiento de Granaderos derrotó las fuerzas realistas, en la batalla de San Lorenzo, el 3 de febrero de 1813. San Martín se dirigió luego al norte, donde el general Belgrano afrontaba serias dificultades, pues había sido derrotado por los españoles en octubre y en noviembre del mismo año. Esa situación llevó a que Belgrano fuera reemplazado por San Martín como comandante del Ejército del Norte el 29 de enero de 1814.

San Martín, connotado estratega, sabía que mientras los españoles se mantuvieran fuertes en el Perú, Argentina no podía vivir tranquila, pero tenía una visión diferente de cuantos pensaban llegar a Lima, centro del poder realista, por el camino terrestre del Alto Perú. Esa opción, para él, estaba condenada al fracaso. Cada vez que un ejército realista descendía del altiplano hacia los valles de la provincia de Salta era derrotado, y cada vez que un ejército patriota ingresaba al Alto Perú era también aniquilado.

Fue entonces cuando concibió la idea de cruzar la cordillera por Mendoza, liberar a Chile y, desde allí, organizar una escuadra para atacar la Ciudad de los Virreyes por el mar. El 10 de agosto de 1814, a solicitud suya, fue nombrado gobernador de Cuyo. Anhelaba ese cargo para materializar el riesgoso plan que había concebido.

En Mendoza se impuso el objetivo de preparar, con escasos medios, un ejército para escalar las cumbres más altas de los Andes. Era un desafío colosal intentar la travesía de la cordillera por lugares situados a uno y otro lado del Aconcagua, subiendo por caminos escarpados y con un frío aterrador. El pueblo de Mendoza contribuyó con su trabajo y con sus bienes a la preparación de la expedición, que tardó dos años en estar lista.

En enero de 1817, con la debida autorización del gobierno de Buenos Aires, empezó la marcha del ejército expedicionario que debía circunvalar el pico más alto del hemisferio occidental. El conocimiento de la estrategia militar que poseía San Martín le permitió concebir un plan que contemplaba trepar la cordillera por seis rutas diferentes con un doble objetivo: distraer al enemigo y tomarse posiciones en donde había guarniciones españolas. Pero dos de esas rutas serían las principales y por ellas marcharía el grueso de las tropas.

El 12 de febrero de 1817, después de sortear la cordillera, el grueso del ejército descendió y derrotó al ejército realista en la llanura de Chacabuco. El 14 de febrero, el Libertador y sus tropas entraron triunfantes a Santiago, donde el Cabildo Abierto lo designó director supremo de Chile, investidura que declinó y propuso para el cargo a Bernardo O’Higgins, quien asumió esas funciones. Tampoco aceptó la designación de brigadier general y jefe del ejército de esa nación.

La noticia del triunfo en Chacabuco llegó rápido a Buenos Aires, y el gobierno presidido por Pueyrredón nombró a San Martín brigadier de los Ejércitos de la Patria. Una vez más rechazó la honrosa exaltación diciendo: “Tengo solemnemente empeñada mi palabra de no admitir grado ni empleo alguno militar ni político”.

Y, en un gesto que lo enaltece más, tampoco aceptó el obsequio del Ayuntamiento de Santiago de diez mil pesos oro para sufragar gastos de viaje hasta Buenos Aires. En una carta al Cabildo pidió que destinasen esos fondos a la creación de una biblioteca nacional, “porque la ilustración es la llave que abre las puertas de la abundancia y hace felices a los pueblos”.

Cuando regresó de Buenos Aires encontró una comunicación de Bernardo O’Higgins que San Martín contestó así: “El gobierno de Chile ha puesto a mi disposición una vajilla de plata: no estamos en tiempo de tanto lujo. En esta misma fecha doy orden para que se ponga en disposición de V. E. dicha vajilla, así como el sueldo que se me tiene señalado por este Estado”.

¡Qué demostración de integridad moral! ¡Qué ejemplo para las generaciones de ayer, de hoy y de siempre! Ni el poder, ni los honores ni los bienes materiales estaban en su proyecto de vida. Qué diferencia de actitud con la de ciertos dictadores que se aferran al poder sin importarles el daño que le causan al pueblo sojuzgado.

La independencia de Chile se había conquistado, pero todavía no estaba consolidada. El 5 de abril de 1818, de nuevo debió acudir San Martín en auxilio de O’Higgins y arrolló a las fuerzas realistas en la batalla de Maipú, que puso fin al dominio español.

El camino hacia Lima por mar quedaba despejado, pero era indispensable organizar una flota que no existía. La adquisición y preparación de la flota necesitaba tiempo y recursos.

En ese trance, la actitud del gobierno y del pueblo chileno fue decisiva para financiar la expedición. El 20 de agosto de 1820, el convoy zarpó de Valparaíso y arribó a la bahía de Paracas el 8 de septiembre. Después de varias acciones exitosas en la Sierra, San Martín entró triunfante a Lima.

El 28 de julio de 1821, desde la Plaza Mayor, le habló al pueblo limeño y pronunció estas célebres palabras: “El Perú desde este momento es libre e independiente por voluntad de los pueblos y por su causa que Dios defiende”.

San Martín asumió la jefatura militar y política del país con el título de Protector de los pueblos del Perú. Pero los realistas aún estaban muy fuertes en la Sierra y obtenían contundentes victorias sobre los patriotas.

Faltaba mucho para que el Perú fuera completamente libre, pero esa misión le correspondería a Bolívar.

El 27 de diciembre de 1821, San Martín convocó al pueblo peruano para elegir a los delegados de su primer Congreso Constituyente. El Protector deseaba una monarquía constitucional, presidida por un príncipe europeo. Y allí fue Troya. Con esa propuesta se ganó la animadversión de los oficiales de su propio ejército.

San Martín se dio cuenta de la conspiración que se estaba fraguando y, por eso, le confesó a su amigo Tomás Guido: “No puedo ya mantenerme en mi puesto bajo condiciones contrarias a mis sentimientos y convicciones. Una de ellas es la inexcusable necesidad de fusilar a algunos jefes, y me falta valor para hacerlo con compañeros de armas que me han seguido en los días prósperos y adversos”.

Su propuesta de monarquía tampoco cayó bien en Chile y, menos aún, en Argentina, donde sus adversarios empezaron a mirarlo con recelo y exageraron su posición monarquista. San Martín, al igual que Bolívar, tenía la convicción de que se ponía en riesgo la unidad nacional con la irrupción de caudillos que alentaban movimientos separatistas para erigirse en jefes del territorio desmembrado.

La solución que esos libertadores contemplaron para apaciguar ese riesgo fue: una monarquía con poderes limitados, en el caso de San Martín, o un gobierno fuerte con un presidente vitalicio, en el caso de Bolívar, propuestas que suscitaron críticas virulentas y les granjearon enemistades que los llevarían al destierro y a la muerte.

CARLOS RODADO NORIEGA
Para EL TIEMPO

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