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Salvador Izquierdo y su línea ecuatorial
Salvador Izquierdo

Salvador Izquierdo es una de las novedosas voces literarias de Ecuador.

Foto:

cortesía Boloh Miranda

Salvador Izquierdo y su línea ecuatorial

Una mirada a la obra del autor ecuatoriano, a propósito de su novela 'El nuevo Zaldumbide'.

La literatura ecuatoriana lleva varios rounds ganados. Desde Gabriela Alemán, pasando por Mónica Ojeda y Fernanda Ampuero, nos llega el golpe contundente del escritor Salvador Izquierdo. Este militante del arte promueve la literatura, la fotografía y las artes plásticas como maneras de vernos y repensarnos, de reflexionar y también de reírnos de nosotros mismos, de abandonar la solemnidad y vernos bajo otro lente. Mira con ojo crítico la seriedad excesiva de algunos intelectuales, la ceremoniosidad de ciertos ritos literarios, la urgente necesidad de trascendencia del escritor que se considera superior a sus congéneres por el mero hecho de lograr confeccionar unas cuantas buenas páginas.

Inmerso en el mundo de las artes visuales y ligado a la literatura desde niño, Izquierdo nos asombra con 'El nuevo Zaldumbide (Festina Lente)', una especie de arqueología personal, un interesante ejercicio de introspección que se traduce en una prosa desprevenida y cautivadora alimentada por fuentes diversas: los recuerdos de su juventud en Estados Unidos, la peculiaridad de la literatura ecuatoriana del siglo XX y el lugar de los artistas, cineastas y escritores en el Ecuador del siglo XXI, las huellas que sobre los libros dejan otros lectores y otras lecturas, el cuerpo como lugar para muchas voces. En su libro, Izquierdo recupera al ensayista y diplomático quiteño Gonzalo Zaldumbide y lo usa como punto de partida para hacer digresiones, entablar un diálogo con la literatura de otros tiempos y revelarnos una voz que, por un magnífico ardid de estilo, no es solo la suya propia sino, además, la de su abuelo, la de Zaldumbide, la del lector, la voz de todos.

Salvador Izquierdo, una de las novedosas voces literarias de Ecuador.

Foto:

Archivo particular

Su libro 'El nuevo Zaldumbide' incorpora elementos de diseño que resultan bastante llamativos, como la portada, el gran tamaño de la letra y una serie de pequeños insertos con imágenes de algunos escritores. ¿A qué se debe esta decisión estética?

Lo del tamaño de la letra es para que parezca que he escrito más de lo que de verdad he escrito. No, mentira. Aunque mucha gente sí cree eso.

Me parece que las apuestas estéticas de las grandes editoriales dedicadas a literatura en español, actualmente, son limitadas y perezosas, y eso quizás nos tiene mal acostumbrados a no buscar ediciones con diseños llamativos. El proceso para El nuevo Zaldumbide incluyó una colaboración cercana con el artista Adrián Balseca. Para el tamaño de letra le pedimos que diseñara un libro que él mismo pudiera leer. Me explico: debido a una condición médica muy específica, Adrián tiene problemas con su visión. Cuando trabaja en computadoras, tabletas o celulares, tiene que agrandar los contenidos en la pantalla con ese gesto de mago que hacemos todos con los dedos, en mayor o menor medida, pero que él tiene que hacer siempre. Así que el tamaño de la letra tiene que ver con incorporar esa necesidad suya en el diseño del libro. Pero también es un elemento juguetón, impertinente incluso, que hiere las susceptibilidades de aquellos que solo conciben una forma de libro o una forma de literatura.

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Las imágenes insertadas funcionan como cromos, que de alguna manera te sacan del texto. Incluso me gustaría que la gente se sienta con la libertad de alterarlas, colocando gafas o barbas o cuernos sobre los rostros de los personajes.

Su libro es, entre otras cosas, un ejercicio de diálogo con varios escritores ecuatorianos, y principalmente con Gonzalo Zaldumbide y su Égloga Trágica de 1916. ¿Cómo estableció ese diálogo más de un siglo después de la publicación de esa obra?

En primer lugar, fue una coincidencia. Mi abuelo me había regalado ese libro hace muchos años y yo no lo había leído detenidamente, pero lo cargaba conmigo en todas mis mudanzas. Después apareció otra capa en este diálogo que me parecía curiosamente oportuna. En su época, Gonzalo Zaldumbide había sido acusado severamente por la izquierda ecuatoriana y, cuando me puse a escribir la novela, vivíamos en la época del gobierno de la Revolución ciudadana, que acusaba, criticaba, silenciaba, sentenciaba a todo el que no lo apoyara ciegamente. Sentí que había cómo jugar con la idea de hacerle justicia a Zaldumbide y por ende a todas aquellas personas trabajando contra viento y marea por resistir durante los años de Correa pero, evidentemente, yo tampoco creía en todos los valores que Zaldumbide representaba. No soy terrateniente, por ejemplo, así que en el proceso de pretender reivindicarlo me expongo, espero, me contradigo, me río al mismo tiempo que intento denunciar la idea de país que estaba en juego, que me parecía (y parece) tan evidentemente fallida.

En alguna de sus páginas, usted se pregunta si puede el estilo salvar a Zaldumbide. ¿Cree usted que el estilo puede salvar a cualquier escritor?

No lo sé. Estilo me suena a “escribir bien” y ese concepto va cambiando con el tiempo y las circunstancias; por lo tanto, puede haber varios estilos que sirvan a diferentes causas estilísticas. También me hace pensar en “marca personal” y creo que, más que el estilo, la forma en que vivimos nos puede salvar. Es decir, si mientes a todo el mundo, si quieres sacar provecho de cada una de tus relaciones, si solo te mueve la necesidad de reconocimiento público, puedes lograr muchísimas cosas y seguramente vas a ser exitoso, pero quizás no te salves a la larga (lo que sea que eso significa). Como dice el adagio inglés: living well is the best revenge.

¿En dónde nace su pudor de ser o de ejercer como escritor?

Hace poco alguien me comentó que siempre estoy ocultando cosas en mi escritura. Es verdad: prefiero evitar hablar de ciertas cosas y lo digo tal cual cuando esa necesidad aparece en el texto. Estoy en contra de las ideas de totalidad, redondez, me dan pereza. Además, siento que toda persona produciendo textos ahora mismo debería sentir cierto pudor… es decir, hay unas historias increíbles siendo contadas en episodios de Netflix, hay podcasts de una hora que parecen más pertinentes que una novela de 600 páginas, hay gente escribiendo todo el día en Twitter; ¿qué puede uno agregar a todo ese caudal, que además está tomado por unos poderes muy superiores a los que uno puede pretender, poderes imperiales? Obviamente, espero que sí tenga sentido que para alguien, para mí mismo por último, sea importante… pero sospecho terriblemente de que sea así.

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¿En qué escritores y artistas encuentra usted "el ardid por encima de la filigrana"?

Creo que el cine, con su inmenso aparataje y su culto por aparatos y estudios es el epicentro del ardid. No se puede negar que haya películas excelentes, pero a mí, por lo general, me cuesta entrar de manera profunda en lo audiovisual, sobre todo lo actual; prefiero la radio. Solo hace falta ver a los productores de audiovisuales: construyendo carpas, paralizando sectores de la ciudad con sus cámaras gigantes y sus rieles… necesitan como 50 personas sentadas sin hacer nada para filmar una escena de dos segundos de una persona entrando a una casa. Me parece un poco excéntrico hacer ese tipo de cosas en América Latina.

Lo mismo se podría aplicar a mucho de lo que ocurre en el arte contemporáneo, obras que pretenden ser investigaciones científicas de avanzada, “radicalidades” exhibidas en un cubo blanco pituco, textos fatuos de curadores que se creen grandes autoridades… en fin, el arte está lleno de ardides, quizás más que cualquier otra área del emprendimiento humano. Nos toca convivir con eso.

En su libro hay un ir y venir, un viaje de relectura y de caminar sobre las páginas escritas, sobre los textos leídos, sobre los autores ya fallecidos. ¿Realmente “nunca vuelven los que se fueron”, todo lo que se fue?

Creo que esa es una frase muy compleja y de verdad me ocurrió lo que cuento en el libro, es decir, me encontré con esa frase, relevante para mi vida, subrayada por mí, pero hace tanto tiempo que ya la había olvidado por completo. Operó como un mensaje en una botella que me dejé a mí mismo. También creo que encierra un gran dolor en mi vida: el hecho de no haber sido capaz de mantener contacto con personas que conocí en diferentes momentos, o en intentar conservar una preocupación genuina por personas que he querido, a lo largo del tiempo. Porque cada vez que me he ido de alguna parte, no he vuelto. Me he transformado, sin saberlo. Esa frase va muy bien con otra que también enfatizo en uno de mis libros: Don´t look back. Es demasiado fuerte ese dictamen bíblico/dylaniano, y muchas veces lo debemos seguir por nuestro propio bien, solo para que nos pase factura de todos modos, tarde o temprano.

¿A qué atribuye la explosión de la nueva literatura ecuatoriana?

No sé si exista tal explosión. ¡Buena fuera! Lo que sí veo que sucede, y soy testigo de primera mano, es un incremento notable de atención e interés en el trabajo de un grupo de escritoras muy destacadas, que creo que son parte de algo más grande que está sucediendo en diferentes partes del mundo. En el Ecuador, en Quito, Guayaquil y Cuenca, al menos, han logrado que un público nuevo se acerque a la literatura con confianza. Ese público cree en lo que ellas pueden hacer, y no es solo en el campo de la literatura, porque también hay artistas visuales, curadoras, investigadoras, que nos hacen creer en algo, por primera vez en mucho tiempo, y eso se agradece.

JUAN CAMILO RINCÓN*
ESPECIAL PARA EL TIEMPO
* Periodista, investigador cultural y escritor. Autor de Ser colombiano es un acto de fe. Historias de Jorge Luis Borges y Colombia y Viaje al corazón de Cortázar.

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