El columnista Ricardo Silva le escribe a Inés, su pequeña hija
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No es hora de callar patrocinado

El columnista Ricardo Silva le escribe a Inés, su pequeña hija

‘Tienes que seguir teniendo claro que violento es aquel al que no le interesa qué quieres decir’.

Ricardo Silva

Ricardo Silva, en su emotiva carta, anima a su hija a nunca callar.

Foto:

Mauricio Moreno / EL TIEMPO

23 de mayo 2018 , 07:57 p.m.

Querida niña:

Algún día tendremos que nombrar, juntos, el horror que se ha dado y que se da en el mundo. Tendremos que saber, extrañados, estremecidos y traicionados por quién sabe quién, qué es lo que significa ‘violador’, ‘abusador’, ‘acosador’, ‘depredador’, ‘raptor’, ‘explotador’, ‘pederasta’. Tendremos que aprender una de las cosas más raras que se aprenden: que también se viene al mundo a protegerse. No sé qué te diremos entonces, porque ser padre es vivir mucho más en la práctica que en la teoría –y es vivir alerta–, pero yo creo que será que sigas siendo esta persona tan fuerte y tan noble que por ser tan fuerte y tan noble no se resigna jamás a quedarse callada.

Cuando un niño pequeño está aprendiendo a hablar, como tú, Inés, estás armando un diccionario, es común que la amargura que produce no hallar las palabras se convierta en arrebatos de rabia e intimidación. Ha sido mi privilegio –un sentido de mi vida– ser testigo de cómo tu enorme talento para hacerte entender ha ido encontrando los nombres de las cosas. Verte decir lo que sucede, “está lloviendo”, “hasta mañana”, “te adoro”, ha sido una felicidad nueva e imprevista. Y me ha puesto a pensar que aquel que humilla, que somete, que reduce, que fuerza a otro –aquel que, mejor dicho, impone a otro el único poder que le queda: su violencia– ha perdido la autoridad que confieren las palabras, y ha fracasado en el propósito de tener las riendas de sí mismo, que es, quizás, el acto que reivindica el adjetivo ‘humano’.

Tienes que seguir diciendo lo que ves. Tienes que seguir llamando las cosas y los comportamientos por su nombre para librarte de la frustración que va a dar a la fuerza. Y tienes que seguir reconociendo, a leguas, la violencia: tienes que seguir teniendo claro –y pronunciarlo de una vez– que violento es aquel al que no le interesa qué quieres decir. Cuando uno crece en una familia como esta, que se quiere y se niega a perderse, que no manda a los hombres ni a las mujeres a sus esquinas respectivas, tarda en comprender que el mundo está mal hecho. Pero lo cierto es que aún hoy, cuando a millones de colombianos el machismo les suena prehistórico e impensable, es necesario pelear por una sociedad que sea un muro entre las mujeres y sus agresores.

Hay que aprender a contenerse, a sujetarse, a reírse, a reconocerse antes de ceder a la ira. Después hay que pelear por una sociedad que crea en una educación que no sea sobre prevalecer, sino sobre ser; que no le sirva a la suficiencia, sino a la convivencia; que no se regodee en el fracaso, sino que sepa hallar verdaderas razones para el optimismo: quizás una educación firme, que sepa ir de lo abstracto a lo concreto, de la física a la literatura, de la matemática a la historia, de los paisajes a los individuos, haga más fácil comprender que otra persona es otra persona. Luego hay que reivindicar la justicia: no es nada fácil creer en ella porque va al paso de la tortuga de la fábula, que puede tardar una vida en completar su carrera, pero lo cierto es que, como la tortuga de la fábula, puede llegar a la meta de primera.

Tardé más de la cuenta en comprender que las mujeres no solo no eran las jefes del mundo –mi mamá siempre fue la jefe de la oficina en la que estuviera trabajando–, sino que además tenían que saltar más obstáculos en la carrera de obstáculos que es cada día. Podría no haberlo comprendido porque, quizás por haber caído en la familia en la que caí, me he encontrado en la vida con mujeres irrepetibles. Pero todo lo que ha estado pasando en estos años –que ha sido como si se subrayara una y otra vez la frase “la violencia contra las mujeres” a ver si por fin se nota y deja de ser una costumbre– nos ha demostrado a todos que la palabra ‘feminicidio’ no tiene sinónimo y que estamos lejos de sobreponernos a ese machismo que toma cartas en el asunto: “Sí le pegó, pero fue con la mano abierta”, aclaraba alguna vez un imbécil por ahí.

Por deformación profesional, que lo mío ha sido ser dramático e inventarme personajes, creo que hay que educarse para ser concreto, jugarse la vida por ser concreto. Hay que huirles a frases como “todas las mujeres son iguales” o “todos los hombres son iguales”. Hay que sospechar de la idea de que las mujeres son un misterio indescifrable y los hombres son en cambio un libro abierto: no es cierto lo uno ni es cierto lo otro. Pienso que todas las personas deben ponerse en escena como les venga en gana. Pienso que todas las personas deben defender el derecho de ponerse en escena como les venga en gana dentro de la ley. Y estoy convencido de que tú tienes que seguir siendo tú para –entre muchas otras cosas– seguir celebrando el milagro de que nadie sea idéntico a nadie.

Y creo que, así como las mujeres han conseguido matizar y multiplicar sus arquetipos, así como las mujeres han logrado sumar su versión a la versión de los hechos, resulta fundamental comprender lo que ha estado pasando adentro de los hombres: ¿cuál es su misterio?, ¿qué tienen por dentro?, ¿por qué siguen recurriendo a la violencia a estas alturas de la historia?, ¿por qué parecen más violentos que nunca?, ¿es acaso que estamos más dispuestos a notarlo y menos resignados a pasarlo de largo?, ¿es que, luego de siglos de prevalecer, el hombre se ha quedado sin más argumentos aparte de la fuerza?

Podría decirse que hay quienes, a fuerza de vivir en lo concreto, persona por persona, cosa por cosa, son capaces del amor y capaces de la compasión: no se les da tan fácil la violencia –encuentran modos de librarse de ella justo a tiempo– porque tienen mucho que perder. Tendría que recordarse que hay hombres así.

Para mí ha sido una suerte haber dado con tu hermano, con Pascual, porque nació con un carácter que puede justificar una vida. Ya sabes, para este momento, que Pascual es un niño dulce. El fútbol le gusta hasta que cae en cuenta de que uno de los dos equipos va a quedarse triste. El cine le gusta hasta que nota que alguno de nosotros va a perderse la película. Se le ve la bondad a una cuadra. Se le nota que está pensando lo que va a decir, sopesándolo palabra por palabra, para no pasar por encima de nadie. Tiene el extraño don de hablar la lengua de todas las personas que conoce sin sacrificarse a sí mismo, sin mentir. Tiene la rara capacidad de tener amigos y de tener amigas a los siete años: yo no sé cómo hace, pero tiene la rara capacidad de sentirse cerca de los otros.

Pascual quería tener un hermano en un principio, porque quería enseñarle a alguien parecido a él las vidas ejemplares de los superhéroes, pero no se cambiaba por nadie unas horas después de enterarse de que lo que tendría sería una hermana. Ver cómo te cuida, ser testigo del orgullo con el que te presenta, oírlo decir, ya felizmente resignado, que “tenemos una niña muy linda”, es recobrar la fe. Hay hombres que, como él, han dominado el arte de resistirse a la maledicencia, a la envidia, a la amargura, que nos asedian y nos trastornan. Hay hombres que, como él, son tan fuertes que se ven vulnerables y parecen frágiles. Cuando Pascual se pone bravo contigo, porque tu hobby es quitarle a él lo que tenga en las manos, rompe el récord mundial de la rabieta más corta: no hay rastros de soberbia ni de rencor en sus reacciones.

Y es porque es parte de esa curiosa raza de hombres que tuvieron la suerte de tener las mejores madres.

Hay hombres que, mediocres a la hora domarse a sí mismos, van convirtiendo sus arrebatos en formas de ser, sus reflejos en actitudes, sus infantilismos en prerrogativas. Quizás sea bueno leer sobre ellos en las ficciones, en unos años, para leerlos a tiempo en la realidad: quien lee El señor de las moscas, por ejemplo, entiende lo que sucede cuando un hombre descubre que nadie está mirando, pero que, además, es incapaz de vigilarse a sí mismo; quien ve las películas de Martin Scorsese, de algún modo una investigación a fondo sobre los violentos caminos de la masculinidad, tiene enfrente un catálogo de hombres que difícilmente sobreviven a la tragedia de ser hombres. Seguro que vamos a leer todos juntos todo eso, Inés. Yo sé que ya no puedo morirme.

No porque tú no puedas sola: no he visto a nadie más libre, más seguro, más decidido a ser la persona que es. Sino porque vas a seguir siendo esta persona llena de humor –esta cara de ojos enormes– que ha estado vigilándole e imitándole los pasos a una mamá benigna que tiene adentro el coraje para no tranzarse por nada que no sea amor. Vas a vivir bien, se ve, porque vive bien quien está a la altura de su suerte.

Tu papá

RICARDO SILVA ROMERO
Escritor y columnista

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