¿Será que Colombia necesita un Psiquiatra General de la Nación?

¿Será que Colombia necesita un Psiquiatra General de la Nación?

Lea el prólogo del libro 'Historia de la locura en Colombia', de Ricardo Silva Romero.

Ricardo Silva, escritor colombiano

Ricardo Silva lanza su nuevo libro.

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Rodrigo Sepúlveda / Archivo EL TIEMPO

Por: Ricardo Silva Romero
17 de septiembre 2019 , 08:42 a.m.

                                              Aquí está pasando algo muy raro

Propongo, con un poco de solemnidad, crear una Psiquiatría General de la Nación. Propongo una pequeña reforma constitucional de esas que nunca prosperan. A partir de ahora tendrán que pasar por allí, por ese diván oficial, todos los políticos colombianos que pretendan llegar a los altos cargos de su Estado.

Creo que en nuestra democracia se ha venido dando, al tiempo con sus logros que pocos quieren ver, lo que el ponerólogo polaco Andrzej Łobaczewski llamóuna “patocracia”: “Un sistema de Gobierno creado por una pequeña minoría patológica que toma el control de una sociedad de personas normales”.

De verdad pienso que, como prueban sus héroes y sus relatos, el pueblo colombiano ha sido más sano que su dirigencia. Y que se nos ha venido encima la hora de tomarnos en serio la salud mental de quienes nos lideran.

Quizás se trate, en este punto, de un círculo vicioso: nuestros líderes de hoy son hijos de la locura de la patria, de las evangelizaciones y de las regeneraciones, de las violencias y de los caudillismos, de las polarizaciones y de los dogmas, de las frustraciones y de las incertidumbres, y entonces se portan así.

Nuestra violencia sin comillas ni mayúsculas, nuestra tendencia a despedazar y a someter porque se puede, no viaja por nuestra sangre, pero sí es una educación, una cultura. Y demasiados dirigentes nuestros, pues demasiados carecen del principio de realidad que suele evitarnos tantos males, han hecho muy poco para que su sociedad supere un pasado doloroso: “Los dirigentes abren a sus sociedades la posibilidad de decir lo que no puede decirse, de pensar lo que no puede pensarse, de realizar gestos de reconciliación que la gente sola no sabe imaginar”,explicaba, hace unos años, el ensayista canadiense MichaelIgnatieff.

Pienso que nuestros traumas profundos requieren relatos rotundos, símbolos brutales al alcance de todos, versos con estatus de dichos populares.

Aquí sigue pasando todo lo contrario. Que hay, sí, líderes que emprenden el camino de los pactos por la convivencia,pero que en todas las regiones sigue habiendo demasiados caciques psicopáticos enquistados en las instituciones: cargan con la doble moral de la guerra, y se portan como esos villanos que no saben que lo son, porque nacieron y crecieron y se abrieron paso en un clima en el que no estar a favor siempre ha significado estar en contra y no ser un amigo ha sido sin falta ser un enemigo.

Han sido un “Yo” en mayúsculas, un “Yo” mesiánico, definido por un “otro” en minúsculas. Han insistido en un “nosotros” en el que no se da la igualdad social sino el deseo exasperado e iluso de someter a un “ellos”.

Se ha estado dando la patocracia, como se han dado la plutocracia y la corruptocracia, en medio de nuestra democracia. Łobaczewski advierte que la sociedad vive entre valores patológicos cuando el poder está en manos de una clase política enloquecida. Y que se encoge de hombros ante el quietismo y el entorpecimiento de lo público porque este fracaso “es lo normal”.

Y, no obstante, Colombia tendría que pegar un grito vagabundo porque están allí, aquí, las principales señales de una patocracia: porque con demasiada frecuencia el ventajismo prima sobre la solidaridad, porque la corrupción no es un fenómeno sino una lengua, porque se gobierna por debajo de la mesa, porque sólo se representa a los ciudadanos en tiempos de campaña, porque se administra el país con las polarizaciones artificiales de las segundas vueltas de las elecciones, porque las desigualdades crecen en medio del discurso contra las desigualdades, porque el periodismo quiere ser reducido a propaganda, porque se
siguen violando día por día por día los derechos humanos más básicos.

Tengo en mente la teoría de la terapia primal, del psicólogo norteamericano Arthur Janov, cuando digo que esta sociedad tendría que pegar un grito vagabundo: pienso que nuestros traumas profundos requieren relatos rotundos, símbolos brutales al alcance de todos, versos con estatus de dichos populares.

Pienso que hemos estado cantándolo todo desde que sentimos la locura respirándonos en la nuca, “Jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia”, “Juego mi vida,cambio mi vida, de todos modos la llevo perdida”, “Yo quiero pegar un grito y no me dejan”, “¡Gol!”, “¡Colombia, Colombia, Colombia!”, pero que este es el momento preciso para redoblar esfuerzos.

A finales de los noventa fue común escuchar, en las facultades de Literatura, que la novela había muerto, que la posmodernidad había descubierto el realismo extremo de la fragmentación y había decretado el fin de las tramas y de los personajes con psicologías. Pero si algo nos han probado estos últimos años es que nada puede darse por sentado, que la novela, por ejemplo, sigue siendo una herramienta contra la psicopatía, y que hay que seguir diciendo y gritando lo que se ve.

Me puse en la tarea de escribir este ensayo maniacodepresivo para darles un contexto a las columnas que he hecho en los últimos años para El Tiempo, el periódico en el que mi abuelo Silva fue linotipista y mi abuelo Romero fue incómodo, pero pronto me di cuenta de que también quería dejar por escrito una plegaria para que no permitamos que, por cuenta de los populismos psicopáticos y de las patocracias, se nos vengan abajo los progresos que habíamos considerado irreversibles.

Es que son días de prueba para la democracia estos de 2019. Son días de prueba para la salud mental de los padres y los hijos de este país. Según la ONG Latinobarómetro, sólo el 16% de los colombianos cree que el Gobierno trabaja para todos. Según la evaluación internacional ICCS, el 73% de los adolescentes del país aprobaría una dictadura si no se metiera con ellos: ja.

Según la Agencia para la Reincorporación y la Normalización (ARN) y la Universidad Externado, el 31% de los excombatientes del conflicto armado, 8.370 exguerrilleros o exparamilitares, sufre de estrés postraumático: ansiedad, descontrol, psicosis. Según la Organización Mundial de la Salud, el promedio de los colombianos deprimidos, 4,7% de la población, es más alto que el promedio mundial.

Las redes también pueden propagar el pensamiento de manada, darle al populismo reaccionario la oportunidad para fabricar sus enemigos

Sí, en efecto, las redes sociales pueden servirles a los quince millones de usuarios de este país para convertir la solidaridad en un criterio, para insistir en los valores de la democracia, para hablar y hablar y hablar hasta librarse de la locura.

Pero, en medio de una cultura en la que sigue heredándose la violencia, las redes también pueden propagar el pensamiento de manada, darle al populismo reaccionario la oportunidad para fabricar sus enemigos, permitirles a los frustrados la posibilidad de aniquilar a los demás de un brochazo, contagiarles a los arrinconados el comportamiento de alguna barra brava –como un mecanismo de supervivencia o un remedio peor que la alienación– y revivirles a los incautos, a modo de trastorno, la megalomanía de la infancia:la ceguera al otro.

Repito: ciertas conquistas mínimas, como los derechos reproductivos de las mujeres o los derechos de la comunidad LGBTI, como la libertad de expresión o la separación de poderes, como la igualdad y la vida, están en riesgo en todo el mundo de este siglo XXI.
Y aquí en Colombia tiende a estar en juego, una vez más, el país diverso e incluyente que se pactó en la Constitución de 1991. Se ha vuelto a hablar de “la unidad”, de “un pacto nacional”, de una “paz política”, como proponiendo esa nación temerosa de Dios que –a la espera de un pueblo que se sume a su causa e impaciente con una ciudadanía que ejerce su derecho a la crítica sin pedir permisos– tarde o temprano se ve forzada a justificar la violencia.

¿Vamos a insistir en ser ese archipiélago que persigue la unidad de Dios sea como fuere o seremos capaces de ser la nación a partir de la diversidad de la Constitución de 1991? ¿Podremos dejar atrás definitivamente ese populismo reaccionario, católico e ingenioso, que ha podido incumplirle al pueblo colombiano sus propuestas porque la verdadera promesa del catolicismo es el viacrucis y el cielo? ¿Seremos capaces de sobreponernos al negacionismo, al maniqueísmo,al aniquilamiento y a la agonía perpetua de esta cultura bicentenaria? ¿Seremos capaces de transformar nuestra actitud religiosa, dogmática, violenta, en la convicción de que una Iglesia es sobre todo una asamblea, una reunión, un refugio para la convivencia?

Cada día hay más electores, más espectadores, más ciudadanos, más lectores que no se resignan a ser extras de una gesta protagonizada por los peores

¿Seguiremos empeñados en ser lo uno a costa de lo otro?: ¿podremos encontrar en la rendición a la vida, por ejemplo, un acuerdo mínimo, un piadoso punto en común?

Colombia no es un país, sino muchos. En sus Notas de viaje tomadas hacia 1882, antes, mejor dicho, del imperio del proyecto regenerador, el diplomático argentino Miguel Cané habla de un país con una constitución “idealmente generosa”,capaz de tolerar los insultos en los muros, preparado para que los combates sean de oratorias, liberado del caudillaje militar y hecho a que los dictadores “gocen comúnmente de mala salud”:

“Colombia, como la Argentina, se regirá siempre por el sistema federal, porque así lo exige la naturaleza de las cosas; pero sus esfuerzos deben tender sin descanso a combatir los excesos del sistema, a habituar a sus hijos, para dar una forma concreta a mi pensamiento, a decir Colombia,en vez de Los Estados Unidos de Colombia”, escribe en la página 121 de sus diarios.

El señor Cané, privilegiado, claro, porque en 1882 tiene enfrente una versión del país de tres millones y pico de habitantes, piensa con sensatez que este país no tiene alternativa a un federalismo coordinado desde una capital que se haga digna de llamarse así. Donde dice “sistema federal” podría decir “pluralismo”. Pero Colombia tomó otro rumbo apenas él se fue.

Cané habla, páginas adelante, sobre una población colombiana más bien conservadora, pero ve muy lejos el regreso de los reaccionarios al poder “porque el exceso mismo de sus ideas, que envuelven la negación más absoluta del progreso, les quita esa fuerza”: “fanáticos, intransigentes en materia de religión, no ocultan en política su preferencia por la monarquía y aun creo que no son muy ardientes
partidarios de aquellas que tienen por base el régimen parlamentario”.

Habla Cané de líderes retrógrados para los que “la palabra pública es una sentencia que no puede ni debe cambiar el tiempo: ‘fuera de la Iglesia no hay salvación’”. Insiste, con el filósofo francés Joseph Ernest Renán, en que “se lee mal cuando se lee de rodillas”. Y, sin embargo, se pregunta si en esta tierra varada en el pasado el conservatismo podrá superar su absolutismo y el liberalismo su anarquía.

Sigue siendo una buena pregunta: “Empujados por la gravitación conservadora que se hunde en el pasado, los liberales se lanzan al porvenir con una vehemencia terrible”,advierte y predice el diplomático Cané. Y luego deja claro que esos mismos liberales, obsesionados con ser el polo opuesto de los reaccionarios e incapaces de percatarse de que los mueve la misma actitud religiosa degenerada en actitud fundamentalista, llegan al extremo de enseñar la idea de“que el asesinato político es, en ciertos casos, una acción legítima... ¡una vez más, no!”. Ay, Dios: los curas que se fueron a la guerrilla, los unos y los otros que se tomaron el Palacio de Justicia, los ángeles vengadores que pusieron bombas en los parques de todos para probar su punto.

Sigue y sigue la locura. Han vuelto las amenazas por debajo de la puerta, los asedios, los desplazamientos, los asesinatos de los defensores de los derechos humanos

Deja constancia el señor Cané de un comportamiento que, 137 años después, ha ido creciendo y es un hecho político: “En el centro de ese campo donde combaten huestes tan opuestas, los independientes, antiguos liberales, se han segregado de la masa, procurando encontrar, al abrigo de la moderación en las ideas, un modus vivendi razonable para la colectividad”, escribe.

“De un liberalismo templado,manifiestan públicamente un serio respeto por la religión, y en materia política trabajan por introducir cierta reglamentación indispensable para hacer fecundas las libertades y derechos garantizados por la Constitución, pero por el momento el partido independiente no sólo es poco numeroso en Colombia, sino que carece de autoridad moral...”.

Creo que esa independencia, que no le arrebata a nadie sus matices ni sus contextos, hoy más que nunca es señal de cordura. Creo que ha crecido. No es fácil ver el plano general en un país de primerísimos primeros planos: mientras termino este ensayo, me entero de que en el Día de la Madre que acaba de pasar hubo 464 casos de violencia intrafamiliar; The New York Times ha revelado una nueva directriz del ejército como la que terminó en los “falsos positivos”, que podría poner en riesgo a la población, y el partido de Gobierno sigue haciendo lo que puede para acabar con la justicia especial para la paz.

No obstante, me parece claro que, a pesar de las manadas delirantes que reúnen las redes,a pesar de ese Gobierno de las muchedumbres –de esa oclocracia– que pretenden unos cuantos, cada día hay más ciudadanos independientes de las viejas jerarquías.

Son hechos verificables que la protesta social y el interés por el pasado del país han crecido en los diez años que cuentan las columnas de este libro.

Sigue y sigue la locura. Han vuelto las amenazas por debajo de la puerta, los asedios, los desplazamientos, los asesinatos de los defensores de los derechos humanos. Pero cada día hay más electores sin dueños, más proyectos políticos que se niegan a la aniquilación del otro típica de los reaccionarios, a la vehemencia terrible contra los tradicionalistas y al desprecio de lo religioso cuando la religión no es una trinchera sino apenas un refugio.

Ya la Iglesia católica no pone candidatos presidenciales. Ya nadie tiene la última palabra y ya no hay hijos ilegítimos y ya no se entera uno del horror y del desangre una década después. Será esa generación de generaciones de independientes, creo, la que derrote las alteraciones de nuestra democracia: la plutocracia, la oclocracia, la patocracia.

Sigue el miedo y sigue la intimidación en las zonas de la guerra. Y, sin embargo, cada día hay más electores, más espectadores, más ciudadanos, más lectores que no se resignan a ser extras de una gesta protagonizada por los peores: son hechos verificables que la protesta social y el interés por el pasado del país han crecido en los diez años que cuentan las columnas de este libro.

Creo que el grito vagabundo de la sociedad, que a duras penas reclama el derecho a dormir en paz en la noche,todavía no ha sido oído por la mayoría. Creo que hay que seguir presentando, como novedad, toda la ficción que se ha hecho aquí para digerir la realidad. Creo que hay que seguir escribiendo y reseñando y leyendo lo que pase acá.

No hay demasiadas novelas, ni demasiadas películas, ni demasiadas series de televisión, ni demasiadas canciones, ni demasiados ensayos, ni demasiados poemas, ni demasiadas obras de teatro, ni demasiados textos de Historia, ni demasiados documentales, ni demasiadas columnas en un país que sobretodo requiere terapia. No hay mal que dure doscientos años, ni cultura que no pueda volver del infierno. Basta escuchar, por fin, el grito. Ricardo Silva Romero

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