Los muertos durmientes de Colombia

Los muertos durmientes de Colombia

Gustavo López publica ‘Los dormidos y los muertos’, La violencia del siglo pasado, telón de fondo.

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El médico y escritor Gustavo López nació en Aranzazu, Caldas. Ha sido reconocido en varios concursos y es autor también de ‘Una casa morada al doblar la esquina’.

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Claudia Rubio / El Tiempo

Por: Jorge Orlando Melo
28 de diciembre 2018 , 08:09 p.m.

El nombre de este libro, sin duda, es un homenaje a lady Macbeth, que en el drama de Shakespeare le dice a Macbeth que no debe dejarse perturbar ni acobardar por el horror aparente de un cadáver. También en Colombia se ven muchos muertos como simples durmientes.

Los dormidos y los muertos (Rey Naranjo Ed.), de Gustavo López, es una excelente novela en la que la vida de una familia se sostiene y desmorona en medio del escenario terrible y destructor de la historia colombiana de 1930 a 1966.

Un peluquero santandereano, conservador y fanático, da muerte a un liberal matacuras en 1932 y se refugia en Manizales. Parece un sitio ideal para que su conservatismo extremo pase inadvertido, para que su sectarismo se diluya en una ciudad reaccionaria, clerical, aterrada con el liberalismo y el comunismo, defensora de la tradición y las buenas costumbres. Allí hace su familia, se casa, tiene hijos e hijas, y ve cómo crecen, se embarazan, se enferman, tratan de imitarlo, lo traicionan y cómo enfrentan los peligros y dilemas morales de la adolescencia.

La historia del país está dibujada ante todo a partir de la figura que ya subyugaba al peluquero desde la infancia: el Monstruo, Laureano Eleuterio Gómez, y de la historia de Camilo Torres, cuya aventura revolucionaria termina atrapando a los hijos del peluquero, León y Eccehomo. Entre 1961 y 1965, el tercer varón de la familia, Álvaro Pío, se vuelve gnóstico, seguidor de Samael Aun Weor, cuyo nombre real era Víctor Manuel Gómez y de quien se decía que era hijo ilegítimo de Laureano.

La primera mitad del libro relata cómo se va desmoronando el sueño de Gómez de impedir todo peligro liberal, de establecer un orden nuevo en el que desaparezca toda infección y todo mal, hasta que en el Frente Nacional ocurre lo impensable: Alberto Lleras y Laureano se abrazan, y ese abrazo abre la puerta para que vuelvan todos los males. “No más un dictador obtuso y su codicia, un usurpador de pacotilla y su familia, y aquella risita de palabras altisonantes en las que no cabían sino ellos y esa monumental mentira que en ese día de fábula permanente se inventaron: el Frente Nacional”.

Libro

Rey Naranjo Editores 484 páginas $ 45.000

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Rey Naranjo

El hijo del peluquero, empujado por los conflictos familiares, se va al seminario pero termina atraído por la iglesia de los pobres: después de renunciar a ser cura termina de dirigente obrero, en medio de los debates finos e irreales de los teóricos revolucionarios de los sesenta. Otro hijo, Eccehomo, se deja arrastrar, apenas adolescente, a una militancia política arriesgada, en medio de un despertar sexual impulsado por su cuñada, la “Rosa Luxemburgo”, sensata pero sensual, la fuente de todos sus sueños eróticos y la que lo incita a moverse entre la masturbación y la revolución. Al final, seducido por la aventura camilista, el grupo termina, el mismo año que muere Torres, en una tragedia narrada con energía, conmovedora a pesar de los elementos grotescos, trágica a pesar del humor erótico y político, que se entremezclan.

La historia parece predecible: el triunfo del Frente Nacional y la aparición de los grupos revolucionarios urbanos, que adoptan las teorías dominantes entre los intelectuales y creen, como Camilo, que pueden hacer la revolución en poco tiempo, y que descubren en un proceso inevitable que, como Laureano, tampoco ellos pueden cambiar el país. Pero la novela no importa por lo que nos cuente del Frente Nacional o de sus antecedentes: son un telón de fondo que se narra ante todo a través de las angustias y pasiones que provoca en los miembros de la familia.

Dormir

La pugna de dos ideologías opuestas, encarnadas en el sacerdote Camilo Torres (izq.) y el expresidente conservador Laureano Gómez (der.), polarizaba la sociedad de la época.

Foto:

Archivo El Tiempo

Espejo histórico

La gracia de una novela histórica no está en que cuente lo que los historiadores ya saben. El pobre peluquero trata de imponer su autoridad, de ganar las discusiones domésticas, de imponer una conducta severa a sus hijas, y para hacerlo usa una retórica que, enfrentada a la verba contundente de su esposa y al sentido común aplastante de sus hijas, suena al mismo tiempo reconocible, realista y lleno de invención: el lenguaje del diálogo, de las batallas retóricas entre los esposos, es verosímil, por inesperado que parezca, y tiene la fuerza de la buena literatura, esa que logra conmover. La fuerza del texto depende ante todo de la descripción satírica, de la caricatura perceptiva y matizada de la retórica política de la época, de la forma como se relacionan las telenovelas con la vida familiar y las tiras cómicas que ven los niños con lo que sale en la prensa, de la parodia del discurso vacuo de los políticos y del ridículo sutil de los rigurosos argumentos de la izquierda.

La historia nacional que se cuenta no es lo que nos atrae, aunque es de una precisión sorprendente, y doy solo un ejemplo: en muchos libros se dice que el gobierno de Rojas Pinilla arrojó napalm, enviado por el Gobierno de Estados Unidos, para combatir las guerrillas comunistas de Villarrica en 1955. Pero, con base en documentos “desclasificados” del Departamento de Estado, sabemos que el embajador norteamericano, aterrado por el anticomunismo primitivo y cerrero del general Gustavo Rojas Pinilla, recomendó no atender su petición de las bombas incendiarias. La novela, al contar esto, señala que el ejército lanzó napalm en Villarrica, pero que tuvo que comprarlo en Europa, lo que coincide con la documentación más directa. A pesar de mi lectura de ansioso corrector de pruebas, apenas hubo uno o dos puntos en los que me quedó alguna duda, en una novela llena de relatos precisos sobre reuniones e incidentes políticos, acciones guerrilleras y eventos de orden público. Y quedé sorprendido, sobre todo, con el detalle en la reconstrucción de las reuniones de Camilo Torres y sus amigos, con el inventario paciente de los asistentes y con la verosimilitud de las discusiones. Un personaje, Sócrates Ahumada, opositor de la lucha armada pero militante revolucionario y amigo de los curas de izquierda, es un mamerto inteligente y convincente, que probablemente encubre a una persona de la vida real que estuvo de verdad en los eventos en los que aparece dentro de la novela.

Y sin embargo, insisto, uno no lee una novela para enterarse de los hechos que los historiadores narran, sino para entender los dramas íntimos, las angustias y pasiones que los historiadores desconocen y no pueden inventarse, porque sus métodos y sus reglas de investigación lo prohíben. El historiador, cuando escribe sobre estos años, se limita a describir procesos sociales, a relatar las transformaciones de las instituciones o los cambios estadísticos en la vida de las personas, a describir el impacto emocional más evidente de la violencia y las muertes, cuando ha sido registrado por una víctima o un familiar. Pero no puede nunca contar qué soñaban ni cómo sufrían los colombianos comunes y corrientes, ni cómo discutían en los bares y peluquerías. Esta visión es el resultado de la imaginación del novelista, y cuando se apoya en un cuidado minucioso en los acontecimientos históricos, permite reconstruir, ahí sí, toda una época, con sus acciones públicas y sus dolores privados.

Y por eso, con el entusiasmo y la sorpresa de haber encontrado un texto literario de primera calidad, y con la certeza de que, para el que no ha hecho de la reconstrucción del período su tarea, ofrece una visión exacta, rica y sólida de periodo esencial del pasado colombiano, me permito recomendar la lectura de una interesante novela histórica.

JORGE ORLANDO MELO
* Autor de ‘Historia mínima de Colombia’

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