Rafael Rivas: de los primeros cachacos que parrandearon con Escalona

Rafael Rivas: de los primeros cachacos que parrandearon con Escalona

El exrector de la U. de los Andes recuerda a Escalona en la Feria del Libro de Bogotá.

Crónica gráfica 6

Foto histórica de 1967 en Valledupar. Aparecen: Gabriel García Márquez, Álvaro Cepeda S., Rafael Escalona, Clemente Quintero, Roberto Pavajeau y Hernando Molina.

Foto:

Gustavo Vásquez / Archivo EL TIEMPO.

Por: Liliana Martínez Polo
10 de mayo 2019 , 08:59 p.m.

Dice Daniel Samper Pizano que hubo un grupo de amigos cachacos que descubrieron el vallenato en la década de los 50 y aceleraron la fama de Rafael Escalona (1927-2009) en el interior del país. Fueron los que impulsaron la primera visita a Bogotá del compositor, del que se conmemoran diez años de su fallecimiento.

En ese grupo figuraba Rafael Rivas Posada (rector de la Universidad de los Andes entre 1982 y 1985), uno de los privilegiados cachacos que conoció a Escalona en su juventud y al vallenato en su estado casi original, “antes de que la discografía lo convirtiera en un producto comercial lleno de orquestaciones y experimentaciones que lo fueron degenerando”, como dice él mismo.

Precisamente, Samper Pizano y Rivas recordarán ante el público de la Feria del Libro de Bogotá, esta lunes en tarde, algunas anécdotas del vallenato visto por los primeros cachachos que se adentraron en su cultura original.

“El interés de Daniel es que eche el cuento de mi primer viaje a Valledupar –cuenta Rivas–. Como resultado de ese viaje empezó el éxodo y la bogotanización del vallenato”. Fue un viaje de amigos realizado en 1951. Estudiantes de diferentes universidades se habían empezado a conocer a partir de la música que traían consigo contemporáneos suyos que venían a estudiar desde la provincia, como Hernando Molina Céspedes, a quien Rivas conoció por medio del gusto por la música, y fue justamente “Hernandito”, como le dice afectuosamente, quien invitó a los amigos a conocer Valledupar.

A partir de ahí, aquellos primeros cachacos volvieron muchas veces y de regreso a casa multiplicaban el gusto por la música de acordeón en su entorno.

“Creo que la primera vez que vino un acordeonero a Bogotá lo trajo Manuel Zapata Olivella –dice Rivas–.Se llamaba Germán Pitre, en 1953. Ellos se metieron en San Victorino, y nosotros los buscábamos por las noches. Apenas se dormía Manuel Zapata, nos llevábamos al acordeonero para parrandear con los amigos”.

Rivas fue testigo de muchas conversaciones que fueron dándole forma al Festival de la Leyenda Vallenata. “Hice un viaje cuando Alfonso López Michelsen estuvo haciendo campaña para ser gobernador del César –el departamento estaba por ser creado, al dividir el Magdalena grande–. Esa vez me invitaron Toño Murgas, Crispín Villazón y la gente de la ciudad. Se hablaba de organizar algo musical. Allí conocí a Daniel Samper Pizano; él llegó en un viaje en avión con López y con Gabito (Gabriel García Márquez), Álvaro Cepeda Zamudio y otras personas. Al año siguiente fue el primer Festival Vallenato, con López ya como gobernador. Y siempre que fui me quedé en la casa de Hernandito (Molina)”.

Creo que la primera vez que vino un acordeonero a Bogotá lo trajo Manuel Zapata Olivella. Se llamaba Germán Pitre, en 1953

¿Cómo llegó a Escalona?

A Escalona lo conocí en el viaje del 51, él tenía 25 años. Y vino a Bogotá por primera vez en 1954. Le conseguimos una pensión en la calle 16 o 17. A partir de ahí, también vino muchas veces.

¿Ustedes lo descubrieron?

Él ya era famoso. Cuando lo conocí ya tenía 'El Testamento', era amigo de todo el mundo. Nosotros hicimos que viniera, pero él iba a acabar en Bogotá en algún momento. Pero a partir de ahí se hizo un personaje nacional. Parecía más importante que muchos presidentes. En la época de Belisario Betancur, le hacían honores, y mucho antes había sido cónsul en Colón (Panamá). Después vino a vivir aquí, en el edificio Barichara.

¿Él los introdujo un poco más en el mundo vallenato?

Era amigo de todo el mundo en Valledupar. Conocía a todos los músicos, a los acordeoneros. En esa época nos íbamos a hacer parranda en los pueblos, íbamos por Villanueva, Urumita. Escalona era un genio, tenía una gran capacidad imaginativa y era más sofisticado en las letras. Era un cronista excepcional.

Usted vio crecer el Festival Vallenato...

Asistí a muchos. Fui jurado en el año en que se eligió a Julio Rojas como rey vallenato; yo estaba de rector de los Andes en ese año, 1983. Entre los otros jurados estaban Enrique Santos, Gabito y Miguel López. No volví al festival desde los 90, cuando se volvió tan comercial. No me atrajo la música que empezaron a hacer, aunque era algo inevitable.

No conozco el Parque de la Leyenda. Me quedé sin conocerlo. Pero sí estuve cuando construyeron la gallera, impulsada por Darío Pavajeau, el gallero máximo de Valledupar.

¿Y conoció a los personajes que Escalona nombra en sus cantos?

Sí, a varios. Estaba Carmen Díaz, la mujer de Emiliano Zuleta Baquero. Estaba Juana Arias, la patillalera, esta mujer que andaba por las calles de Valledupar con la historia de la hija que se le fue, y Jaime Molina, el pintor, era primo de Hernandito, tenía mucho sentido musical.

En la Feria del Libro

Historias de la Casa en el Aire, homenaje a los 10 años de la partida del maestro Escalona. Conversación con Daniel Samper Pizano, Noel Petro, Rafael Rivas, Carolina y Astrid Escalona y Checha Araújo. Los Amigos de la Paz. Corferias, pabellón 5, lunes, 4 p. m.

LILIANA MARTÍNEZ POLO
CULTURA Y ENTRETENIMIENTO

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