Philip Roth, el gran escritor que vivió el eterno lamento

Philip Roth, el gran escritor que vivió el eterno lamento

Aunque no fue el mejor de los grandes novelistas de Estados Unidos, fue el más popular. Falleció.

Philip Roth

A Roth se le escapó el Nobel, pero obtuvo los galardones más importantes de su país, incluido el Pulitzer en la categoría de ficción.

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Eric Thayer / Reuters

26 de mayo 2018 , 11:49 p.m.

Si hay aún una comunidad crítica, franca y lapidaria en la cultura norteamericana es la que tiene que ver con los auténticos escritores. Y digo auténticos porque Estados Unidos también tiene autores mercenarios y superficiales, que conceden al lector narrativas como para programas banales de televisión o las peores películas de Hollywood.

Philip Roth, fallecido el martes, pertenecía a esa comunidad, a ese grupo de escritores que denunciaron al puritanismo ortodoxo, como Hawthorne en ‘La letra escarlata’, pasando por las crueles tragedias familiares de Faulkner en ‘Mientras agonizo’ y ‘El sonido y la furia’; por las irónicas, líricas y profundas novelas de Thomas Wolfe (no Tom Wolf), como ‘El río del tiempo’, hasta llegar al mejor Luke Rihrinehart, con su tan escandalosa como magnífica novela ‘El hombre de los dados’; a Tristan Egolf, con su obra maestra ‘El amo del corral’, o a Don de Lillo, con ‘Ruido de fondo’ o ‘Submundo’.

Roth hacía parte de esos autores norteamericanos de origen judío como Saul Bellow, Isaac Bashevis Singer, Bernard Malamud (‘Las vidas de Dubin’)
y la joven promesa Michael Chabon (‘Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay’ ). Recordemos que a los dos primeros les otorgaron el Nobel. Malamud y Roth no lo lograron, y Chabon algún día lo merecerá.

De todos estos narradores, Roth fue el más popular, el que más conectaba con el lector. Quizá por su estilo directo, familiar… En sus novelas hay un tono oral que lo acerca empáticamente a los lectores. En eso su estilo era muy parecido al de Bashevis Singer (pienso en su atractiva y siempre perturbadora novela ‘El mago de Lublin’).

Tengo la buena sensación –y es lo mejor que nos puede pasar cuando leemos un libro– de que leer las novelas de Roth es como escuchar a alguien de confianza. Son libros que se comunican muy rápido con el público por sus temas sexuales, eróticos, políticos, raciales... por sus temas crudos, de denuncia directa.

Él era el más popular entre los impopulares, ya que en muchos casos trató en detalle temas excluidos por la elipsis moralista de la mayor parte de la narrativa americana. El libro que lo hizo popular (y que curiosamente es el que hoy menos se cita) fue ‘El lamento de Portnoy’ (no sé por qué la última edición de Seix Barral lo tituló ‘El mal de Portnoy’). No sé tampoco por qué ‘El cazador entre el centeno’, de Salinger, es tan popular entre los intelectuales y no tanto esta rompedora novela de Roth (1969). Es una confesión escueta, triste, oscura, demoledora. La historia de una desilusión, como él mismo confiesa. Una madre con el sentido de la ubicuidad, posesiva y amenazante. ‘La persona más inolvidable que he conocido’, así se titula el primer capítulo. En lo literario, un capítulo para no olvidar.

Él era el más popular entre los impopulares, ya que en muchos casos trató en detalle temas excluidos por la elipsis moralista de la mayor parte de la narrativa americana

‘El lamento de Portnoy’ es la historia de un individuo que le cuenta, sin filtros, a un psicoanalista, el doctor Spilvogel, su vida más íntima (me recuerda la gran novela del escritor libanés Rawe, ‘El ladrón de intimidades’). En esta escabrosa novela, Alex Portnoy cuenta cómo su madre lo consideraba un genio. Pero él mismo –confiesa– se preguntaba: ¿Quiero que la gente baje la vista hacia un niño esquelético toda mi vida? ¿Quiero ser objeto de burla y desprecio, quiero ser el saco de piel y huesos que la gente puede derribar con un estornudo o quiero ser respetado? ¿Qué quiero ser cuando sea mayor, débil o fuerte, un éxito o un fracaso, un hombre o un ratón? También cuenta que en su adolescencia se encerraba en el baño, poseído por una ansiedad sexual interminable. Roth supo dar el tono perfecto a una obsesión, a una frustración, le da voz a una subjetividad atravesada y modelizada por una sociedad ansiosa, bulímica, reprimida… Si hoy los jóvenes estadounidenses disparan balas en las instituciones escolares, Alex Portnoy disparaba líquido seminal, como si su órgano sexual (su ‘putz’, en jidish) fuera una pistola de agua. Al final, nos dice, como si gritara: “¡Soy un monstruo! ¡Amante de nadie y de nada! ¡Sin amar y ser amado!”. ‘El lamento de Portnoy’ es una novela atrevida para el momento, con tonos de picaresca judía, ácida, rebelde y con una alta dosis de humor corrosivo. En esta obra, Woody Allen es un cuentachistes al lado de Philip Roth.

Hasta aquí podríamos decir que los tres más importantes personajes creados por Philip Roth son Alex Portnoy, Mikey Sabath y Nathan Zuckerman. Los dos primeros son, tal vez, el ‘alter’ vital del autor y el segundo, su alter literario. Mikey Sabath es el protagonista de ‘El teatro de Sabath’ (1975). Aquí Roth trata de ser más osado, mostrando un personaje más extravagante, más grotesco y decadente. Para muchos críticos, entre ellos Harold Bloom, es una obra maestra. Para mí se trata de una de las tres más grandes burlas de la segunda mitad del siglo XX en Estados Unidos; las otras dos son ‘El hombre de los dados’ y ‘La conjura de los necios’, de Kennedy Tool.

Sin embargo, al final fue Nathan Zuckerman su personaje más popular. Apareció en su novela ‘El escritor fantasma’ (‘The Ghost Writer’), traducida como La visita al maestro (1979), y terminó en ‘La salida del fantasma’ (‘Exit Ghost’), traducida como ‘Sale el espectro’, publicada hace exactamente diez años.

Dentro de la saga de Zuckerman, mi favorita es ‘La mancha humana’, y no solo por él, sino por toda la complejidad de la novela.
Un día, en plena cátedra, el exdecano Coleman, al observar, después de la quinta semana de clase, la ausencia de algunos estudiantes, soltó una especie de broma metafórica al preguntar si alguien conocía a estos alumnos. “¿Tienen existencia sólida o se han hecho negro humo?”, preguntó. “Al cabo de unas horas se sorprendió al ser llamado por su sucesor, el nuevo decano de la facultad, para comunicarle la acusación de racismo efectuada contra él por uno de los dos alumnos que no asistían a clase, el cual resultó ser de raza negra y, pese a estar ausente, se había enterado enseguida de la expresión con la que el profesor había planteado públicamente el problema de su ausencia. –Me refería a su carácter posiblemente vaporoso –le dijo Coleman al decano–. ¿No le parece a usted evidente? Esos dos alumnos no han asistido a una sola clase, y lo único que sabía de ellos era que no estaban presentes. Utilicé la expresión corriente ‘hacerse humo’ en el sentido de desaparecer, desvanecerse, y si añadí lo de ‘negro’ fue sin ninguna intención, quizá porque había estado releyendo la ‘Ilíada’ y me había quedado con el latiguillo: las negras naves, las negras olas, las negras entrañas... Al mencionar el humo, me salió con naturalidad lo de ‘negro humo’. No tenía la menor idea de cuál era el color de la piel de esos chicos”.

Sin duda, en un comienzo, Coleman parece ser víctima de lo que podría llamarse, para usar una expresión de Harold Bloom, ‘una ansiedad de influencia’, en este caso homérica. El malentendido está servido, los dilemas morales flotan en el ambiente, la ética discursiva está por probarse; el polémico pero sustancial tema para la actualidad llamado sentimentalismo tóxico emerge en al ambiente académico. Y, en el medio, Nathan Zuckerman juega al rol de escucha-testigo, reportero, investigador-escritor, por cuanto desenreda y enreda la madeja narrativa llena de desvelamientos, secretos e incipientes paranoias. En realidad, es una novela ejemplar.

Se quejó de todo

Sí, ha muerto Philip Roth. A los 85 años. Al final se quejó de todo el mundo. Y, a pesar de todo, creo que no había un autor que gozara de tanta simpatía entre los lectores y escritores latinoamericanos y españoles. No faltaba nunca en las listas de los favoritos al Nobel.

No me parece que fuera el más grande de los grandes escritores norteamericanos (como Faulkner, Thomas Wolf, De Lillo, Doctorow y T. C. Boyle, uno de mis favoritos), pero sí era muy importante por su actualidad y pericia como narrador: un autor que habló fuerte, con vitalismo, que nunca se traicionó, dueño de una voz narrativa que por mucho que fuera altisonante era como si nos narrara al oído, el órgano más importante de la conciencia. Al narrar, él fue el más consciente de que existe un inconsciente muy oscuro en el ser humano. De que la mancha humana fluctúa entre el inconsciente y el consciente colectivo. Y de que la perversidad se va globalizando como una mancha tóxica.

Me entristece su muerte, pero nos quedan sus libros, que siempre tienen el tono de un lamento, como el mejor ‘blues’ escuchado a mediodía. Sus novelas oscilan entra la energía narrativa y la tristeza y melancolía de la decadencia sin freno. Pero sabemos también que mientras queden buenos libros como los suyos, de otros autores que también están ya muertos, y de los que aún están vivos, la vida será menos lamentable.

RODRIGO ARGÜELLO G.*
Para EL TIEMPO
* Escritor y ensayista

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