Manuel Puig: un legado de libertad

Manuel Puig: un legado de libertad

La historia del escritor argentino, quien murió en Cuernavaca, México, el 22 de julio de 1990.

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Puig retrató en sus obras la soledad, el amor, los prejuicios y la violencia cotidiana de su época.

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Getty Images

Por: Harold Alvarado Tenorio
28 de julio 2020 , 11:06 p.m.

La traición de Rita Hayworth, la primera de las novelas de Manuel Puig, explora el estrecho mundo de un grupo de alienados que encuentra alivio a sus males viendo, compulsivamente, películas y telenovelas.

Fue considerada un ataque a las convenciones de la novela realista y una suerte de literatura bastarda y experimental para derribar nociones tradicionales de la sociedad burguesa y sus narrativas.

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Para Puig, el creador de la novela moderna era Freud, porque si el inconsciente nos gobierna, para conocernos mejor debemos escucharnos y dilucidar cómo nos decimos y desdecimos.

Trastocando el ya establecido “narrador omnisciente” en lo que es de verdad: una polifonía de voces que tratan de comprender la pluralidad de los sentimientos.

Todo ocurre en un pueblo de provincia, diseñando la vida cotidiana de una familia, sus amigos y relacionados, en los años 30 y 40. Lo que une a estas personas, más allá del amor que se profesan, es su horizonte mental. Todos están alienados.

Evaden la realidad con el cine, los libros de moda y el sexo. Todos con las mismas obsesiones, son incapaces de aceptar su mediocridad.

Puig hace un negro retrato de ellos con humor y fantasía. No narra, sus personajes dialogan, monologan, escriben cartas, llevan diarios. Hasta cierto punto, la novela es un thriller porque solo al final se conocen los hilos de la trama para entender la crónica familiar.

El resultado es una especie de narración sicoanalítica de los tabús, fobias, comportamientos obsesivos y neuróticos del grupo. El principal motivo literario son las frustraciones sexuales que destruyen tanto al individuo como el todo social.

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La mayor parte de la novela ocurre en los años de ascenso al poder de Perón, así no haya, de manera directa o explícita, una intención política de parte del autor, pero la novela está inscrita en un contexto en el que se proyectan prejuicios, sentimientos y sueños de los protagonistas.

Protagonistas que hablan con clisés y actúan imitando los gestos y comportamientos que ven en las películas.

Soy una mujer que sufre mucho

Una obra revolucionaria

El beso de la mujer araña dio a Puig fama continental y europea. Fue prohibida por la dictadura de Onganía, publicada en Barcelona, llevada al cine, al teatro y a Broadway. Narra los diálogos entre dos prisioneros en una cárcel argentina.

La historia de Valentín Arregui Paz, ideólogo y aspirante a revolucionario, preso durante el tercer gobierno de Perón, con Luis Molina, decorador de vidrieras y “loca” femme fatale. Valentín es huraño mientras Molina es abiertamente comunicativo, lo que genera mínimos conflictos con puntos de vista diversos sobre variados asuntos.

Entonces, como para no manosear los extremos, Molina cuenta a Valentín filmes que vio alguna vez. Como aquel donde una mujer teme transformarse en pantera, lo que alcanza, al descubrir a su marido con otra, mientras Valentín va acotando, con cínicas opiniones, las motivaciones de los personajes.

Lo cierto es que detrás de estas conversaciones está la policía que chantajea a Molina para que interrogue a Valentín sobre las actividades subversivas de su grupo, y así dejar a Molina libre.

Para hacer cantar a Valentín, la policía envenena su comida, Molina, que lo sabe, y “ama” a Valentín, lo cuida y protege, hasta llegar a tener relaciones sexuales.

Descubiertos, la policía deja libre a Molina y lo vigila porque sospechan que llevará algún mensaje a los rebeldes. Molina muere en un enfrentamiento y Valentín es sometido a torturas.

El tiempo de la novela es lineal y la narración se alcanza a través de varios niveles o voces, desde los diálogos de los protagonistas, los informes de la policía, pensamientos, notas al pie de página y los argumentos de las películas que cuenta o con las cuales sueñan despiertos.

Entre ellos entablan un curioso diálogo que gira en torno a dos mundos: Hollywood y la revolución. Con una exótica tesis: el sexo no importa con quien se practique, lo que debe ser verdadero es el “amor”, la empatía con el otro.

Lo que en verdad parecen desear ambos prisioneros es crear una familia, un hogar, un hilo de afectos que conduzca a la felicidad en este mundo de horror donde todos estamos presos y soñamos con un paraíso, que, en la novela, son las fabulaciones fílmicas que narra Molina.

“La homosexualidad no existe, es una proyección de la mente reaccionaria… Lo que es trascendente y moralmente significativo es la actividad afectiva”, escribió Puig en El Porteño.

Uno de sus cientos de supuestos amantes, que fueron apareciendo después de su muerte, sostuvo que sus ideas sobre la homosexualidad eran anticuadas, solamente le atraían los hombres machos, los bugarrones, en especial si eran casados y tenían hijos.

La afirmación de una identidad

Nacido en un pueblo de la provincia, hijo de un fraccionador de vinos y una empleada de farmacia, desde muy joven Juan Manuel Puig, alias Coco, decidió estudiar inglés, francés, italiano y hasta alemán, “lenguas del cinematógrafo” para entender mejor las películas que vería en el porvenir y todas las tardes de ahora en compañía de su madre, cuando al ingresar en la oscura sala de su pequeño pueblo imaginaba que vivía dentro del filme, donde los buenos eran hermosos y los malos, feos, el celuloide al que aspiró como hogar, toda su vida, incluso queriendo ser una de las actrices que poblaban los cielos del celuloide de los años 30, etc.

En 1955 recibió una beca para estudiar cine en Italia, pero prefirió París y Londres, donde dio clases de español e italiano, o confeccionó guiones cinematográficos irrealizables.

De regreso en Argentina decidió mudarse a Nueva York, consiguió un empleo en el aeropuerto Idlewild, antiguo Kennedy, donde en el mostrador de Air France, dicen, escribió La traición de Rita Hayworth, mientras pesaba las maletas con sobrepeso y cobraba.

En los últimos años vivió en Río de Janeiro y Cuernavaca, haciendo constantes viajes a Nueva York y Londres.

En 1979 estuvo en Colombia varios meses, visitando Cali, Bogotá, Manizales y Cartagena de Indias, donde pensaba comprar casa, porque allí habían vivido temporadas salvajes Marlon Brando, Yoko Ono, Joan Didion, e hizo una visita a García Márquez.

Personas que lo acompañaron han dejado testimonios de esa visita. En Cali estuvo en un congreso de escritores convocado por unas señoras de alto turmequé, que para dar lustre a una revistilla invitaban a famosos como Edwards, Lispector, Cela, Rulfo, Mejía Vallejo, Mentón, haciendo de la capital vallecaucana un centro didáctico tan distinto al de hoy, cuando se publican “novelas” de Jairo Varela. El evento fue ampliamente reseñado por Sandro Romero en el periódico local de unos mafiosos de pro.

En Bogotá, auspiciado por el Centro Colombo Americano, que regentaba la señora Nancy Kotal y Santiago Samper, ofreció un coloquio sobre la dictadura argentina, el exilio y la literatura.

Acicalado con un traje que parecía uniforme militar, color caqui de dos piezas, con cazadora, habló reciamente sobre los asuntos y dio la impresión de ser un militante más contra la tiranía y hasta un miembro del Ejército Revolucionario del Pueblo.

Luego, algunos fueron a visitarlo al Hotel Continental, donde los recibió en calzoncillos blancos tipo slip, haciendo gestos de diva, levantando la ceja izquierda y con mohínes afeminados, ofreció sus glúteos, diciendo, al periodista: “Mira bien, mira que aquí tengo un nidito para ti”.

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Tomás Eloy Martínez, que lo conoció recién coronó la fama, cuenta que un día, de paseo por Buenos Aires, confesó que estaba perdidamente enamorado de un obrero que colocaba tuberías de gas. “Soy una mujer que sufre mucho”, dijo.

“Si pudiera, cambiaría todo lo que voy a escribir en la vida por la felicidad de esperar a mi hombre en el zaguán de la casa, con los rulos hechos, bien maquillada y con la comida lista. Mi sueño es un amor puro, pero ya ves, estoy condenada a los amores impuros”.

Otras de sus novelas son Boquitas pintadas, una parodia de los folletines, a la manera de Los misterios de París, de Sue. “Imagínese, dijo Borges a Newsweek, ¡una novela regida por Max Factor!”. Con Buenos Aires Affair volvió a utilizar una forma literaria ligada al subconsciente colectivo.

Soy una mujer que sufre mucho

Tres cadáveres, un secuestro, una violación y la respectiva pesquisa policial son un estudio psicoanalítico de los personajes y una parodia de su modus vivendi. La última fue Cae la noche tropical, donde narra la vida de dos ancianas argentinas que viven en Río de Janeiro. Ya no hay cines donde ir, solo la televisión y los videos. De nuevo, la mentira y la hipocresía son la gran máscara del tejido social.

Es posible que las “novelas” de Puig, tan celebradas entonces, en un futuro no muy lejano lleguen a ser consideradas piezas de arqueología social más que obras de arte. Todas quitan el polvo de las costumbres para mostrar, ante el lector-arqueólogo, el rostro del por qué de los actos del presente de sus protagonistas.

Leídas como las fue componiendo Puig a través de sus viajes y diversas residencias sobre la tierra, bien puede levantarse un archivo de las variantes sociales y sexuales de diversas parejas de hombres-hembras en la provincia argentina de los años de entreguerras; en el Nueva York del hipismo; la Argentina de las dictaduras posteriores a Perón o los viejos libertinos de Brasil de finales de siglo.

Y si no fuesen arqueología social, también pueden ser “historia de las mentalidades”, retratos caricaturizados por el alejamiento brechtiano, tan bien entendido por los especialistas en la hipócrita moral francesa de todos los tiempos. No siempre el valor para criticar la vida social resulta literatura.

Murió en Cuernavaca, a 50 kilómetros de Ciudad de México, un pueblo, entonces, con precarios servicios de salud. Parece que padeció la peste del siglo XX, pero Cabrera Infante, que bien lo conocía, dijo que lo había matado la tacañería. Se hizo intervenir de la vesícula biliar en un hospital de segunda porque en la capital, “todo era muy caro”.

HAROLD ALVARADO TENORIO
ESPECIAL PARA EL TIEMPO

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