Snowden, unas memorias que agitarán la geopolítica mundial

Snowden, unas memorias que agitarán la geopolítica mundial

Hoy, refugiado en Rusia, el consultor publica el libro ‘Vigilancia permanente’. Este es el prefacio.

Edward Snowden

Edward Snowden presentó el miércoles, a través de una videoconferencia, su libro ‘Vigilancia permanente’.

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Jörg Carstensen / AFP

Por: Edward Snowden
21 de septiembre 2019 , 09:53 p. m.

Me llamo Edward Joseph Snowden. Antes trabajaba para el Gobierno, pero ahora trabajo para el pueblo. Tardé casi treinta años en reconocer que había una diferencia, y cuando lo hice, me metí en algún que otro problemilla en la oficina. Como resultado, ahora dedico mi tiempo a intentar proteger a la ciudadanía de la persona que yo era antes: un espía de la CIA (Central Intelligence Agency o Agencia Central de Inteligencia) y la NSA (National Security Agency o Agencia de Seguridad Nacional) de Estados Unidos, otro joven tecnólogo más dedicado a construir lo que estaba seguro de que sería un mundo mejor. Mi trayectoria en la IC (Intelligence Community o Comunidad de Inteligencia) estadounidense duró un breve periodo de siete años. Me sorprende darme cuenta de que eso es solo un año más del tiempo que ha transcurrido desde que me exilié a un país que no fue el que elegí. No obstante, durante ese periodo de siete años, participé en el cambio más significativo de la historia del espionaje estadounidense: el paso de la vigilancia selectiva de individuos a la vigilancia masiva de poblaciones enteras. Ayudé a hacer tecnológicamente posible que un solo Gobierno recopilase todas las comunicaciones digitales del mundo, las almacenase durante años y las explorase a voluntad.

Después del 11 de septiembre, la IC quedó sumida en la culpa por no haber protegido Estados Unidos, por haber permitido que, estando ellos de guardia, se produjese el ataque más devastador y destructivo contra el país desde Pearl Harbor. Como respuesta, sus dirigentes buscaron construir un sistema que evitase que los volvieran a pillar alguna vez con esa guardia bajada. Los cimientos de dicho sistema se iban a levantar sobre la tecnología, algo por completo ajeno a su ejército de comandantes de las ciencias políticas y maestros de la administración empresarial. Las puertas de las agencias de inteligencia más secretas se abrieron de par en par a jóvenes tecnólogos como yo. Y así, los frikis de la informática heredaron la tierra.

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Si de algo sabía yo por entonces era de computadores, por lo que ascendí muy rápido. Con veintidós años, la NSA me concedió mi primera habilitación de seguridad de grado secreto para un puesto en la escala más baja del organigrama. Menos de un año después, estaba en la CIA como ingeniero de sistemas, con amplio acceso a algunas de las redes más confidenciales del planeta. La única supervisión adulta que tenía era la de un tipo que se pasaba sus turnos de trabajo leyendo libros policiacos y de espionaje de Robert Ludlum y Tom Clancy. En su búsqueda de talentos técnicos, las agencias quebrantaron todas las normas de contratación que tenían. En situaciones normales nunca habrían elegido a alguien que no hubiese tenido un título de grado, y luego, uno de grado superior al menos. Yo no tenía ni una cosa ni la otra. Con todas las de la ley, no me deberían haber dejado ni entrar en el edificio. Entre 2007 y 2009, estuve destinado en la Embajada de Estados Unidos en Ginebra como uno de los pocos tecnólogos desplegados bajo protección diplomática, con la tarea de integrar a la CIA en el futuro conectando sus bases europeas a internet, y digitalizando y automatizando la red que usaba el Gobierno estadounidense para espiar. Mi generación hizo más que rediseñar el trabajo de inteligencia: redefinimos por completo lo que era la inteligencia. Lo nuestro no eran las reuniones clandestinas o los puntos de entrega, sino los datos.

Con veintiséis años, pese a que de nombre era empleado de Dell, estaba trabajando de nuevo para la NSA. La contratación externa se había convertido en mi fachada, como ocurría con casi todos los espías con dotes tecnológicas de mi cohorte. Me mandaron a Japón, donde ayudé a diseñar lo que terminaría siendo la copia de seguridad global de la agencia: una masiva red oculta que garantizaba que, aunque la sede central de la NSA quedase reducida a cenizas en una explosión nuclear, no se perdería ni un solo dato. Por entonces, no me di cuenta de que diseñar un sistema que conservara un expediente permanente de las vidas de todo el mundo era un trágico error.

Regresé a Estados Unidos con veintiocho años, y me dieron un ascenso estratosférico al equipo de enlace técnico que gestionaba la relación de Dell con la CIA. Mi trabajo era sentarme con los directores de las divisiones técnicas de la CIA para diseñar y vender soluciones a cualquier problema que se les pudiese ocurrir. Mi equipo ayudó a la agencia a construir un nuevo tipo de arquitectura informática: una ‘nube’, la primera tecnología que permitía a cualquier agente, independientemente de su ubicación física, acceder a los datos que necesitase y hacer búsquedas en ellos, estuviese a la distancia que estuviese.

En resumen, un puesto de trabajo destinado a gestionar y conectar el flujo de información de inteligencia dio paso a otro centrado en averiguar cómo almacenar dicha información para siempre, y que a su vez dio paso a un trabajo destinado a garantizar el acceso y las búsquedas a escala universal de esa información. Vi con absoluta claridad estos proyectos estando en Hawái, donde me mudé con un nuevo contrato con la NSA a la edad de veintinueve años. Hasta entonces, había trabajado bajo la doctrina de la ‘necesidad de conocer’, incapaz de entender la finalidad acumulativa que se escondía detrás de mis tareas, especializadas y compartimentadas. Fue en el paraíso donde por fin estuve en posición de ver cómo encajaba todo mi trabajo, cómo se ajustaba igual que el engranaje de una máquina gigantesca para formar un sistema de vigilancia masiva global.

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En las profundidades de un túnel bajo un campo de piñas (una antigua fábrica de aviones subterránea de la época de Pearl Harbor), me sentaba ante un terminal desde el que tenía acceso casi ilimitado a las comunicaciones de casi todos los hombres, mujeres y niños de la tierra que alguna vez hubiesen marcado un número de teléfono o tocado un computador. Entre esas personas había unos trescientos veinte millones de compatriotas estadounidenses, que en el transcurso normal de sus vidas diarias estaban siendo vigilados en una crasa infracción no solo de la Constitución de Estados Unidos, sino también de los valores básicos de cualquier sociedad libre.

El motivo de que esté leyendo este libro es que hice algo peligroso para un hombre de mi posición: decidí contar la verdad. Recopilé documentos de la IC que demostraban la actividad ilegal del Gobierno estadounidense y se los entregué a algunos periodistas, que los analizaron y los hicieron públicos ante un mundo escandalizado. Este libro trata sobre lo que me llevó a tomar esa decisión, sobre los principios morales y éticos que le dieron forma y cómo nacieron estos, por lo que también es un libro sobre mi vida.

¿Qué es lo que conforma una vida? Más de lo que decimos, más incluso de lo que hacemos. Una vida es también lo que amamos y aquello en lo que creemos. Para mí, lo que amo es la conexión, y es eso en lo que más creo: la conexión humana y las tecnologías con las que se alcanza. Entre esas tecnologías se encuentran los libros, claro, aunque para mi generación, la conexión en gran medida ha sido sinónimo de internet.

Antes de que echen a correr, conscientes de la locura tóxica que infecta ese avispero digital en nuestros tiempos, les pido que entiendan que, para mí, cuando lo conocí, internet era algo muy distinto. Era un amigo, y un padre. Era una comunidad sin barreras ni límites, una voz y millones de voces, una frontera común que habían colonizado –pero no explotado– tribus diversas que vivían bastante amistosamente unas junto a otras, y cuyos miembros, todos, eran libres de elegir su nombre, su historia y sus costumbres (...).

Comprenderán entonces que diga que el internet de hoy es irreconocible (...), las empresas se dieron cuenta de que la gente que accedía a internet estaba menos interesada en gastar que en compartir, y de que la conexión humana que internet hacía posible podía monetizarse. Si lo que la gente quería hacer ‘online’ era principalmente contarles a familiares, amigos y ajenos lo que estaba haciendo, y enterarse de lo que familiares, amigos y ajenos estaban haciendo a su vez, lo único que tenían que hacer las empresas era averiguar cómo meterse en mitad de esos intercambios sociales y convertirlos en beneficios. Ese fue el inicio del capitalismo de vigilancia, y el final de internet tal y como yo lo conocía.

(...) Pocos de nosotros lo comprendimos en su momento, pero ninguna de las cosas que íbamos a compartir nos pertenecería nunca más. Los sucesores de las empresas de comercio electrónico que habían fracasado por no saber encontrar algo que nos interesara comprar se toparon con un producto nuevo que vender. Ese producto nuevo éramos nosotros.

Nuestra atención, nuestras actividades, nuestra ubicación, nuestros deseos... Todo lo que revelásemos sobre nosotros mismos, conscientes o no de estar haciéndolo, se vigilaba y se vendía en secreto, en un intento por retrasar la inevitable sensación de intromisión que está surgiendo ahora en la mayoría de nosotros. Además, dicha vigilancia iba a seguir fomentándose activamente, e incluso a financiarse, a cargo de un ejército de gobiernos ávidos de obtener ese enorme volumen de información de inteligencia que se presentaba ante ellos.

(...) El Gobierno estadounidense, en total desacato de su acta de fundación, cayó víctima de esa tentación, y en cuanto probó el fruto del árbol venenoso empezó a sufrir una fiebre implacable. En secreto, asumió el poder de la vigilancia masiva, una autoridad que, por definición, aflige mucho más al inocente que al culpable.

(...) El sistema de vigilancia casi universal se había establecido no solo sin nuestro consentimiento, sino también de un modo que ocultaba deliberadamente a nuestro conocimiento todos los aspectos de sus programas (...).

A esas alturas, había hecho más que formar parte de esa violación: era cómplice de ella. Todo mi trabajo, durante tantos años... ¿Para quién había estado trabajando? ¿Cómo podía encontrar un equilibrio entre mi contrato de confidencialidad con las agencias que me tuvieron empleado y el juramento que había hecho ante los principios fundacionales de mi país? ¿A quién, o a qué, le debía la mayor lealtad? ¿Hasta qué punto estaba moralmente obligado a quebrantar la ley? Reflexionar sobre esos principios me dio las respuestas que necesitaba. Entendí que dar un paso al frente y desvelar a los periodistas la dimensión de los abusos de mi país no suponía defender ninguna postura radical, como la destrucción del Gobierno, o ni siquiera el desmantelamiento de la IC. Por el contrario, sería una vuelta a los ideales del Gobierno y de la IC, promulgados por ellos mismos (...).

Han pasado seis años desde que di un paso al frente porque fui testigo de un declive por parte de los llamados ‘Gobiernos avanzados’ de todo el mundo en su compromiso de proteger dicha privacidad, que considero –al igual que Naciones Unidas– un derecho humano fundamental. En el transcurso de estos años, sin embargo, ese declive no ha hecho más que continuar, mientras las democracias han retrocedido hacia un populismo autoritario. En ningún punto se ha hecho tan evidente dicho retroceso como en la relación de los gobiernos con la prensa.

Los intentos de funcionarios electos por deslegitimar el periodismo han contado con la ayuda y la complicidad de un asalto frontal contra el principio de la verdad. Lo real se combina intencionadamente con lo falso, mediante tecnologías capaces de hacer mutar esa combinación en una confusión global sin precedentes.

(...) Las mismas agencias que, tan solo en el breve transcurso de mi carrera, habían manipulado la información de inteligencia para crear un pretexto para la guerra (y habían utilizado políticas ilegales y a un oscuro poder judicial para validar el secuestro como “rendiciones extraordinarias”, la tortura como “interrogatorios avanzados” y la vigilancia masiva como “recopilación indiscriminada” de datos) no dudaron ni un momento en calificarme de doble agente de China, triple agente de Rusia y algo peor: milenial.

(...) Desde que di ese paso adelante hasta ahora, he mantenido en todo momento la firme determinación de no revelar nunca ningún detalle de mi vida personal que pudiera provocar más angustia a mi familia y amigos, que ya estaban sufriendo lo suficiente a causa de mis principios.

Ofrecer un relato de mi vida y, al mismo tiempo, proteger la privacidad de mis seres queridos, sin con ello exponer secretos gubernamentales legítimos, no es una tarea nada sencilla, pero es mi tarea. A mitad de camino entre estas dos responsabilidades: ahí es donde me encuentro.

EDWARD SNOWDEN

Estados Unidos demanda por la publicación

El Departamento de Justicia de Estados Unidos interpuso una demanda contra Edward Snowden, con la intención de evitar que el exempleado de la CIA y la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) reciba ingresos de su nuevo libro, lanzado esta semana. La demanda señala que el libro (‘Vigilancia permanente’) salió a la venta sin ser presentado a estas agencias para revisión antes de su publicación, una obligación que debe cumplir por ley, debido a que como contratista de la CIA y la NSA firmó acuerdos de confidencialidad que violó, según el Departamento de Justicia.

AFP
Washington

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