Oiga: Por qué le dicen ‘sapo’ al delator y ‘zorra’ a la mujer coqueta

Oiga: Por qué le dicen ‘sapo’ al delator y ‘zorra’ a la mujer coqueta

¿Hay relación entre nombres de animales con las conductas sociales de la gente?

Gente coqueta, delatora y ramplona

Oiga: ¿por qué le dicen ‘sapo’ al delator, ‘lobo’ al ramplón y ‘zorra’ a la mujer coqueta?

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Por: Juan Gossaín
24 de julio 2019 , 10:58 p.m.

Toda la vida he sentido mucha curiosidad por saber de dónde habremos sacado los colombianos esa curiosa relación que hacemos entre los animales y el comportamiento de los seres humanos. La biología y la zoología. De modo, pues, que me puse a averiguarlo porque me pareció que podría ser un buen tema para la crónica quincenal.

Para mencionar solo algunos ejemplos, de los primeros que se me vienen a la memoria, en Bogotá le dicen ‘lobo’ a la persona de mal gusto, rimbombante, ostentosa, de modales grotescos o que se viste de manera chillona, el ramplón que se pone una camisa verde con pantalón rojo en medio de aquel frío polar. Y resulta que el lobo es un mamífero carnicero. ¿Qué relación hay entre las dos cosas?

Como una curiosa paradoja, y para que vean ustedes lo asombrosa que es la vida, les cuento que en otros parajes americanos, por el contrario, llaman ‘lobo’ a la persona agradable y seductora, la que es sensualmente atractiva.

Veamos otro caso. Según lo reconoce y lo registra el propio diccionario de la Real Academia Española, Colombia es uno de los contados países del mundo en donde se le llama ‘sapo’ al soplón o delator. Pero el nuestro es el único pueblo que también le dice ‘sapo’ al adulador, al que endulza el oído ajeno para quedar bien con los demás o sacar provecho de ellos.

Ante semejantes comparaciones, los pobres animales no pueden defenderse con argumentos. ¿Qué culpa tienen ellos de las diabluras que hacen los seres humanos? Para decirlo en términos apropiados y que vienen como anillo al dedo, ¿por qué el sapo tiene que pagar el pato?

Zorro y zorra

Buscando y rebuscando en este insólito universo de la zoología humana, vine a encontrar que uno de los casos más sorprendentes es el de la zorra. ¿De dónde diablos habremos sacado que la zorra es coqueta, casquivana, infiel, una adúltera, un sinónimo de ramera?

En este caso, lo único que podríamos argumentar los colombianos, en un forcejeo por justificar nuestra actitud, es que ese empleo ofensivo del vocablo ‘zorra’ no es exclusivo de nuestro país. Es verdad. Con el mismo sentido lo utilizan dondequiera que se hable español.

Pero, como si fuera poco, y en sentido contrario, aplicamos la discriminación sexual para exaltar y elogiar al zorro. Ahí aparece el machismo, uno de nuestros grandes pecados nacionales, símbolo del desdén con que miramos y juzgamos a las mujeres.

Aquí el zorro es objeto de admiración y hasta de envidia. Le decimos ‘zorro’ al más astuto, el sagaz, el más inteligente, el avispado. En cambio, nadie la dice ‘zorro’ al hombre que es sexualmente deshonesto.

La cosa ha llegado a tener connotaciones tan delicadas que en la región española de Andalucía se han producido gigantescas manifestaciones femeninas contra el uso de la palabra ‘zorra’ para referirse a las mujeres. Habría que preguntarles a las zorras de cuatro patas qué piensan ellas.

El pobre sapo

Casi que desde los mismos orígenes de la humanidad, cuando Adán y Eva apenas estaban estrenando el paraíso, ya el amigo sapo era víctima de burlas y confusiones por el origen mismo de su nombre.

Cuentan los filólogos y lingüistas que la propia palabra ‘sapo’ es más antigua que las civilizaciones griega y romana. Hace poco tiempo se vino a descubrir, por fin, que se trata más bien de una onomatopeya, es decir, una palabra que expresa un sonido. Es como ‘quiquiriquí’ para definir el canto del gallo.

El término ‘sapo’ describe el porrazo que se pega el pobre animalito cuando se cae de un árbol o se lanza al agua. Lo que demuestra que, desde el principio, al sapo le fue mal en esta vida.

¿Y el delator?

No ha sido fácil encontrar las razones por las cuales se asocia al delator con un humilde sapo. Varios investigadores, de diferentes países y culturas, sostienen que ello se debe a que la lengua del sapo es muy larga e inquieta, y siempre se está moviendo, incluso fuera de la boca, atrapando insectos, alguna hoja olorosa, gotitas de agua.

Otros creen, en cambio, que la semejanza entre el sapo y el soplón se debe al croar del sapo, es decir, a los sonidos que emite. Y agregan que casi siempre lo hace de noche, escondido en la oscuridad, como suelen hacer los delatores.

No faltan, además, quienes sostienen que la razón de dicha semejanza radica en los ojos del sapo, que son saltones y siempre los tiene abiertos, mirándolo todo con disimulo, tal como suelen hacer los soplones.

Presiento que no es una sola de las características anteriores, sino una mezcla de todas ellas, lo que conduce a encontrar una semejanza entre el sapo y el delator.

Pero en cambio, y aunque he rebuscado entre cielo y tierra, en ninguna parte he podido encontrar una sola línea que intente descifrar las razones por las cuales en Colombia también usamos la palabra ‘sapo’ para señalar al adulador, el lambón, el que trata de quedar bien con todo el mundo, servil, lisonjero, zalamero. Si los lectores me pueden ayudar…

Haciendo el oso

A propósito de lectores, una amable señora, que no puso su nombre, escribió un mensaje al correo electrónico de EL TIEMPO para preguntarme cuál puede ser el origen verdadero de una expresión tan usada como ‘hacer el oso’.

Para empezar, le cuento que el empleo de esa frase ya se ha vuelto permanente en el mundo entero y, según el diccionario de la Real Academia Española, significa “exponerse a la burla o lástima de la gente, haciendo o diciendo tonterías”. Eso ya lo sabíamos. Lo que no aclara el venerable libro es la procedencia y el motivo de esa locución.

Los investigadores más juiciosos coinciden en afirmar que por allá en la Edad Media, hace unos mil años, los primeros grupos de gitanos andaban recorriendo Europa, durmiendo a la intemperie, recogiendo animales. Ellos descubrieron que, aunque el oso adulto podía atacarlos con gran fiereza, los cachorritos, en cambio, podían ser criados en familia y mientras iban creciendo se portaban con cariño y docilidad.

Fue entonces cuando los enseñaron a bailar para que se presentaran en sus circos. El público se reía viendo actuar con tanta torpeza a un animal tan pesado. Desde entonces empezó a utilizarse aquella expresión.

De ese modo, y así como el lobo se volvería símbolo del mal gusto, y el sapo lo sería de los delatores, y la zorra de las mujeres coquetas, el oso acabó convertido, desde hace tantos años, en la encarnación del ridículo. Eso es lo que significa ‘hacer el oso’.

Vamos con el perro

El perro tampoco se escapa de esta lista que hace un resumen muy apretado de la zoología humana. Les dicen ‘perros’ a los hombres que se pasan de ladinos, tramposos, marrulleros. Y eso que lo consideran el mejor amigo del hombre. Qué tal que no.

Incluso han aparecido adjetivos nuevos, como ‘perrería’. Los mexicanos llaman así la tenacidad con que un joven insiste en seducir a una muchacha.

En Colombia, por ejemplo, si alguien nota que el otro se está aprovechando de él, le hace una advertencia: ‘No te las tires de perro conmigo’. Y si la discusión termina en pelea, y quiere ofenderlo, se aparta un poco y le grita a pulmón batiente: ‘Eres un perro miserable’.

O, todavía más, para ultrajarlo de la peor manera posible le grita ‘hijo de perra’, porque, tal como ocurre con la zorra, entre los perros también la hembra carga con la mala fama. Otra vez el machismo.

Elogio del lobo

Para que volvamos al comienzo, y terminemos tal como empezamos, redondeando el tema, permítanme regresar con el hermano lobo.

En internet circula un excelente portal llamado Bogotálogo, dedicado al lenguaje que se habla en la capital colombiana, y allí dicen que, como sinónimo de chabacano y ramplón, “el lobo puede detectarse fácilmente por su atuendo exhibicionista, su tendencia a fanfarronear a voz en cuello acerca de sus muchas posesiones materiales y su dificultad para obrar sin escándalos. Suele llevar anteojos oscuros y ropas brillantes y vistosas”.

El abogado César Ucrós me escribe para decir que, probablemente, comparan con un lobo a la persona grotesca “por su desadaptación del medio social en que vive, lo que conduce a decirle así a quien no logra encajar en el molde tradicional, aunque lo intente cuando ya tiene con qué (por eso es que ‘lobo’ se volvió sinónimo de nuevo rico)”.

Miren esta curiosidad: hubo una época, a comienzos del siglo XX, en que a los partidarios de la derecha política los apodaban ‘lobos’ en los Estados Unidos.

Entre los habitantes de la naturaleza pura, el lobo es quizás el animal más incomprendido y calumniado. Tiene una horrible fama de depredador y criminal, pero nadie recuerda que el lobo es un ejemplo admirable de resistencia y de lealtad a su hembra y a sus crías. Para reducirlo a términos familiares, digamos que el lobo viene siendo el bisabuelo del perro doméstico.

Epílogo

Por último, dejo constancia de que, como ya lo habrán notado ustedes, se nos quedaron por fuera otros ejemplares de la fauna social colombiana.

Algún día, si Dios me da vida y salud, volveremos con el tema, para averiguar por qué a los acreedores implacables los llaman culebras, y por qué al que roba cosas de poca monta le dicen ratero, y de dónde proviene la fama de bruto que carga el pobre burro y la fama de terca que tiene la mula, o por qué la ovejita es símbolo de dulzura y mansedumbre, y de dónde salió la creencia de que la hormiga es una trabajadora incansable, y la abeja es tan industriosa, con un marido que no hace nada y con razón se llama zángano.

También nos falta el más grande de todos, el elefante blanco (¿por qué no es verde o azul?). Y el lagarto, ese entrometido que se cuela donde no lo llaman. Nos falta hasta el verbo ‘enzorrar’ –otra vez el zorro– como sinónimo de aburrir o desesperar. Seguimos hablando…

JUAN GOSSAÍN
Especial para EL TIEMPO

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