‘Hay que dejar que la prensa experimente, se equivoque y aprenda’

‘Hay que dejar que la prensa experimente, se equivoque y aprenda’

Para alcanzar libertad de prensa en cualquier país es necesario un largo período de prueba y error.

Donald Trump

Trump es uno de los líderes señalados de usar noticias falsas.

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Chris Kleponis / EFE

Por: Josh Friedman - Project Syndicate
24 de junio 2019 , 04:13 p.m.

Durante un viaje que hice a Etiopía en los noventa, me reuní con el primer ministro Meles Zenawi para intentar convencerlo de que dejara de encarcelar periodistas. Unos años antes, los guerrilleros de Meles habían derribado una dictadura represiva apoyada por la Unión Soviética, y después de eso aparecieron por doquier pequeños diarios, llenos de entusiasmo (y, en algunos casos, de inexactitudes), muchos de los cuales atacaban a Meles. Su respuesta fue la represión, con la introducción de leyes que criminalizaban lo que, según él, eran “insultos” al gobierno, además de multas y cárcel para los periodistas que publicaran datos inexactos. Pronto, Etiopía se convirtió en uno de los principales encarceladores de periodistas del mundo.

Ahora, con un nuevo primer ministro reformista, Abiy Ahmed, que acaba de cumplir un año en el cargo, Etiopía hizo tantos avances en la liberación de periodistas encarcelados y el levantamiento de controles a la prensa que será sede del Día Mundial de la Libertad de Prensa.

Pero no todo es razón para festejar. Algunos miembros de la recién liberada prensa publican en ocasiones noticias inexactas, en las cuales incitan a la enemistad étnica y tribal y atacan a Abiy. El año próximo se celebran las primeras elecciones libres del país en quince años, y Abiy, quien se encuentra en la misma situación de Meles, está considerando la reinstauración de algunos de los controles a la prensa que había anulado.

Antes de eso debería echar una larga mirada crítica a la campaña represiva de Meles y a la enseñanza que contiene: los periodistas son irreprimibles, y tratar de controlarlos no sirve de nada a largo plazo. De hecho, solo retrasa el desarrollo de medios de prensa más profesionales.

Meles tenía una explicación simple para las acciones de su gobierno. Según me dijo: “Nuestros periodistas no son profesionales como los de Estados Unidos y Europa occidental. No saben cómo informar con exactitud. Tenemos que fijarles pautas hasta que aprendan a hacer su trabajo”. Si estuviera vivo, es probable que Meles protestara contra las “noticias falsas”.

¿Control estatal?

Tras más de tres décadas de luchar por una prensa libre en todo el mundo, y como uno de los primeros presidentes del Comité de Protección de Periodistas, oí muchas veces argumentos como los de Meles. Las autoridades de las democracias emergentes suelen insistir en que los periodistas deben estar sujetos a control del Estado hasta que sean capaces de desempeñar su función en forma responsable. Pero esta propuesta, en vez de acelerar el desarrollo de una prensa libre creíble, lo obstaculiza. Después de mi reunión con Meles, empecé a buscar antecedentes históricos de su tesis, según la cual la falta de profesionalismo de los periodistas justifica la represión de la prensa; así, en mi próximo viaje podría contrarrestar su argumento. Encontré uno en los primeros años de historia de Estados Unidos. De hecho, las palabras de Meles eran espeluznantemente similares a argumentos formulados en el siglo XVIII por el presidente estadounidense John Adams y su Partido Federalista, contrarios a una prensa libre y entusiasta que publicaba críticas (exactas e inexactas) a los políticos del nuevo país.

Con el argumento de que una prensa irrestricta ponía en riesgo el futuro de Estados Unidos, Adams consiguió en 1798 poner freno transitorio a los periodistas con la aprobación de la Ley de Extranjería y Sedición, que autorizaba sancionarlos con prisión y multa por “escribir, imprimir, expresar o publicar escritos falsos, escandalosos y maliciosos” contra el gobierno. La ley llevó al encarcelamiento de 20 editores de diarios.

Pero Thomas Jefferson y su Partido Demócrata Republicano opusieron resistencia a los federalistas, tanto en el Congreso como en los tribunales. Y, felizmente para los periodistas estadounidenses, Jefferson fue elegido presidente en 1800. En menos de dos años, las normas sobre extranjería y sedición caducaron o fueron derogadas. Eso dio a la prensa estadounidense libertad para experimentar, con lo que terminó desarrollando (en un proceso que duró más de dos siglos) una cultura de proveer información con profundidad y exactitud, que incluye métodos sistemáticos de verificación de hechos.

Para llegar a una prensa libre y vibrante no hay atajos; se necesita un largo período de prueba y error para que se desarrollen las normas e instituciones del periodismo profesional. Los políticos deben confiar en el proceso y aceptar las críticas. Leyes de represión de los medios podrán beneficiar a los gobernantes en el corto plazo, pero a largo plazo imposibilitan a la prensa de un país desarrollarse.

Hay evidencia cuantitativa de este efecto. Una de las primeras medidas tras la Revolución francesa, en 1789, fue el levantamiento de restricciones a la prensa. Cuatro años después había en el país más de 400 periódicos (150 solo en París). En 1799, esa cifra había aumentado a 1.300 periódicos en todo el país: 1.300 lugares en donde los aspirantes a periodistas podían aprender y pulir sus habilidades.

Los periodistas son irreprimibles, y tratar de controlarlos no sirve de nada a largo plazo (...), solo retrasa el desarrollo de medios de prensa
más profesionales

Represión y leyes

Pero la revolución tomó un rumbo represivo. Cuando Napoleón Bonaparte ascendió al poder en 1799, solo quedaban en París 72 periódicos. Pronto, Bonaparte los redujo a trece, y después, en 1811, a cuatro.

El colapso de la Unión Soviética también trajo un florecimiento de toda clase de medios. Pero algunos de los nuevos Estados sucesores recién independizados hicieron propia la idea de que había que dar “pautas” a los medios. Muchos aprobaron leyes que se promocionaban como garantía de una prensa libre, pero se usaron para castigar a los periodistas que publicaran notas agresivas y críticas. Se creó el delito de difamación y se impusieron multas enormes a publicaciones independientes, medios de comunicación y blogueros.

Estos últimos años, China y Turquía (dos campeones mundiales del encarcelamiento de periodistas) han intensificado sus campañas represivas. Y, el mes pasado, el presidente ruso, Vladimir Putin, promulgó nuevas leyes que autorizan el castigo a personas y medios electrónicos que difundan “noticias falsas” e información que no muestre “respeto” al Estado. El presidente estadounidense, Donald Trump, intenta ir en la misma dirección. Sus constantes acusaciones a los periodistas de ser “mentirosos” y “enemigos del pueblo” recuerdan el epíteto preferido de los nazis para los medios de comunicación: ‘lügenpresse’ (prensa mentirosa).

Incluso, en la Unión Europea, todavía se encarcela a periodistas por difamación e insultos al gobierno, según un estudio publicado en 2014 por el Instituto Internacional de Prensa, que afirma: “La inmensa mayoría de los Estados miembros de la UE conservan normas sobre delito de difamación que incluyen la prisión como castigo. Todavía se abren procesos judiciales y se condena penalmente a periodistas”.

Dejar que la prensa experimente, se equivoque y aprenda de sus errores ha sido crucial para el éxito de las democracias en todo el mundo. Por eso, los gobiernos y la sociedad civil no deben cejar en su apoyo a una prensa libre, incluso (o sobre todo) si todavía está en desarrollo.

Josh Friedman, ganador del Premio Pulitzer, fue presidente del Comité de Protección de Periodistas y director de programas internacionales en la Escuela de Posgrado de Periodismo de la Universidad de Columbia. En la actualidad preside la junta directiva del Programa Logan de No Ficción, integra la junta asesora del Centro Dart sobre Periodismo y Trauma y se desempeña como vicepresidente del Instituto Carey para el Bien Global.

JOSH FRIEDMAN
© Project Syndicate
Nueva York

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