¿Por qué el sociólogo Alfredo Molano solo usaba tenis?

¿Por qué el sociólogo Alfredo Molano solo usaba tenis?

El crónista, fallecido en Bogotá, le contó a 'Bocas' qué simbolizaban estos zapatos y su pinta.

BOCAS - Molano

Luego de fumar durante años la marca de cigarrillos Dunhill, Molano los cambió al final por un habano cubano al final del día.

Foto:

Pablo Salgado / Revista BOCAS

Por: Cultura
01 de noviembre 2019 , 11:36 a.m.

Si algo tuvo muy claro en su vida el sociólogo y escritor Alfredo Molano Bravo era el valor de la pluma como el arma más infalible para vencer cualquier tipo de violencia. Por eso, siempre la enarboló con gallardía en todas sus batallas ideológicas y activistas.

De allí que su muerte este jueves en Bogotá, a los 75 años, luego de librar tal vez la más dura de sus peleas, contra un cruel cáncer, deja huérfanos no solo a sus familiares y amigos más cercanos, sino a los miles de víctimas del conflicto armado.

Con su pluma, Molano quiso erigirse como la voz de los silenciados y afligidos. Y lo hizo a través de sus libros, sus crónicas periodísticas de largo aliento y de sus columnas de opinión en diario El Espectador.

“Alfredo nos dejó en el camino. Tenía plena confianza de que seguiría con nosotros desde el misterio que nos moviliza por la verdad, la justicia y el amor. Fue grande en la tarea hasta el último momento. Su vida hasta última hora fue la verdad de los campesinos en la Comisión”, dijo ayer el padre jesuita Francisco de Roux, en su cuenta de Twitter.

De Roux, quien preside la Comisión de la Verdad, tenía en Molano, entre otros, a uno de sus compañeros más agudos en este proceso que transita el país por la verdad, la justicia, la reparación y la no repetición.

Molano era de hablar pausado y silencioso, acorde con su personalidad un poco tímida y discreta. Había nacido en la capital, en 1944, aunque su terruño real fueron las montañas de la cercana población de La Calera.

Hasta allá, precisamente, llegó el periodista Jorge Pinzón Salas para la entrevista de largo aliento que le dio, hace dos años, a la revista Bocas, de esta casa editorial, en la que Molano le abrió su alma a propósito de transitar el séptimo piso. Fue una charla en clave de revisión a una larga y fecunda vida.

Con su obra, Molano ha dibujado el mapa de un largo conflicto agrario. Ninguna región y casi ninguna lucha campesina del último tercio del siglo XX en Colombia han escapado a su escrutinio.

“A este hombre de estatura baja, abdomen pronunciado de bon vivant, con acento cachaco, narizón, cara afilada surcada de arrugas, pelo liso blanco a la nuca y bigote cenizo, sus allegados lo describen como un ser amoroso, más emocional que intelectual, que sabe celebrar la vida tanto en la mesa como en la trocha, al frente de un auditorio o en una plaza de toros”. Así lo describía Pinzón, luego de aquella oportunidad en la que conversó con Molano todo un día en su cabaña caleruna, rodeada de paisaje y niebla.

Y fue allí –rodeado de ese verde infinito donde se encontraba el latifundio de mil fanegadas sobre el valle de Teusacá, en el que sus padres cultivaban papa y trigo– donde a Molano se le despertó su sensibilidad social. Recodaba que un pelotón de labriegos lo llamaban “amito”.

Yo tenía unos 4 años y me acuerdo de que todos los días, a las seis de la tarde, llegaban los peones a comer a la hacienda y, alrededor del fogón, empezaban a contar historias sobre sus héroes y sus asuntos cotidianos. No había televisión. Tocaban tiple, mamaban gallo y hablaban de sus amigos, de sus parientes, de los vecinos… Me imagino que muchísimas mentiras: que metieron a aquel a la cárcel, que se emborrachó este, que ese se comió a la otra. A mí me fascinaba oír todo eso”, contaba.

BOCAS - Molano

Se despertaba antes del amanecer en su cabaña de La Calera. Su ritual comenzaba prendiendo el radio y preparándose una jarra de tinto, antes de sentarse a escribir.

Foto:

Pablo Salgado / Revista BOCAS

Observador del país

Influido por la rebeldía propia de los años 60, Molano se formó como sociólogo en la Universidad Nacional de Colombia, bajo el faro tutelar de su amigo Camilo Torres, el cura guerrillero. Y al lado, naturalmente, de nombres emblemáticos como Orlando Fals Borda, Eduardo Umaña y Virginia Gutiérrez.

A lo largo de su vida se desempeñó como investigador del Incora, profesor de las universidades de Antioquia y Externado y el artífice del programa de televisión Travesías, a principios de los noventa, que les reveló a los televidentes apartadas zonas del país.

“Con su obra, Molano ha dibujado el mapa de un largo conflicto agrario. Ninguna región y casi ninguna lucha campesina del último tercio del siglo XX en Colombia han escapado a su escrutinio. Sus libros exploran las causas de la inequidad en un país que quedó dividido después del 9 de abril de 1948”, anota Jorge Pinzón.

Así dan cuenta algunos títulos como Los bombardeos de El Pato, Selva adentro, Siguiendo el corte, Los años del tropel, Trochas y fusiles, Del Llano llano, Ahí les dejo esos fierros o De río en río.

Entre los reconocimientos que recibió, se destacan el doctorado honoris causa que le otorgó la Universidad Nacional de Colombia, en el 2014. Además, en 2016, recibió el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en la categoría de toda una trayectoria periodística.

Mi pinta es una evidencia de rebeldía frente a todo. No lo hago por comodidad, sino por desafío. Siento que mis peleas de desobediencia y rechazo a la autoridad pasan por los tenis.

En la charla con Jorge Pinzón, al año siguiente, Molano le dijo, de manera premonitoria: “Los premios a toda la vida se los dan a los que van a morir rápido”.

A raíz de su último trabajo, en el que, por demás, lo encerraron en una camioneta blindada –que era lo mismo a enjaular a un pájaro–, Molano alcanzó a visitar siete zonas de concentración de las Farc. Ese viaje le dejó como conclusión la inoperancia del aparato gubernamental, como se lo contó a Bocas.

“Lo que he visto es que las construcciones están mal hechas. Parecen más campamentos para refugiados que para una guerrilla que se está desmovilizando. Yo había comenzado a pensar que ese incumplimiento del Estado era calculado, pero la conclusión a la que estoy llegando es peor y resulta que el Estado es así, inoperante”, dijo.

Su vida bien podría definirse como una apasionada película de aventura. Con sus altas y bajas. Fue detenido, incluso, en tres oportunidades por las Farc, en algunas de sus correrías periodísticas por el país.

Pero, sin duda, uno de los momentos más miedosos de su vida fue el día en el que el líder paramilitar Carlos Castaño le mandó de regalo El libro negro del comunismo con una dedicatoria amenazante.

“A los pocos días de que los ‘paras’ asesinaran a una periodista de apellido Jiménez que los atacó en una columna, me llegó ese libro a El Espectador. Después me llegaron cartas amenazantes y me pusieron escolta. Al poco tiempo armé el viaje y me fui. Bajé a Bogotá escondido en un baúl porque me dijeron que había unos tipos armados esperándome cerca de mi casa para matarme. Cuando estaba yendo hacia el aeropuerto me enteré de que acababan de matar a Jaime Garzón, de quien fui muy amigo. Me tocó mandar a mis hijos a Cuba. La casa de La Calera y mi finca en Vichada, donde tenía unas cien reses, quedaron abandonadas”, recordó Molano.

Entonces, debió exiliarse de Colombia durante varios años en Portugal, España y Estados Unidos.

Se fue el rebelde, el de la pinta informal con una razón de ser. Ese que no iba a donde no pudiera ingresar en tenis. Pinzón recuerda que en su armario guardaba más de veinte pares blancos y dos rosados.

“Mi pinta es una evidencia de rebeldía frente a todo. No lo hago por comodidad, sino por desafío, como ponerme tenis rosados en una sociedad tan machista. A uno con tenis y bluyín lo consideran un mensajero. Llega uno a un edificio y le dicen: ‘Ponga ahí la correspondencia’. Siento que mis peleas de desobediencia y rechazo a la autoridad pasan por los tenis”, concluyó en su última charla con Bocas.

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