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Plinio Apuleyo Mendoza recuerda su amistad con Gabo
Plinio Apuleyo Mendoza

Plinio Mendoza con su amigo Gabo en sus años de residencia en Europa.

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Archivo EL TIEMPO

Plinio Apuleyo Mendoza recuerda su amistad con Gabo

Plinio Mendoza con su amigo Gabo en sus años de residencia en Europa.

Capítulo de su nuevo libro de memorias 'Postales de una vida', que llega a las librerías.

¿Cómo escribir unas memorias? Creo que antes de acometer la empresa de contarnos su vida, esta pregunta debió torturar a García Márquez o Gabo, como lo llamábamos sus amigos. Porque como él mismo decía, uno tiene que elegir: o cuenta las cosas como fueron o como las recuerda. No es lo mismo. La memoria no tiene el orden ni el rigor del biógrafo. Maquilla los recuerdos. Los exalta. Es casi siempre más poética, pero por ello mismo arbitraria y algo engañosa. Saca de la oscuridad solo fragmentos de vida, destellos, instantes, dejando sumergir lo que el subconsciente, convertido en sensor o filtro purificador de los recuerdos, prefiere olvidar.

No sé cuál habrá sido la elección de Gabo. Y mi curiosidad, como la de todos sus amigos y lectores, es grande. Recuerdo haber leído un solo capítulo de esas memorias, publicado adrede en los principales diarios del mundo. Yo sé por qué lo hizo. Gabo sometía casi siempre a prueba lo suyo. Hacía de esta manera un discreto o tal vez indiscreto sondeo, esperando ante todo la reacción de algunos amigos suyos, que siempre fuimos sus primeros lectores. A mí me conmovió profundamente aquel capítulo donde aparece el Gabo pobre y todavía a la deriva que algunos conocimos más de cincuenta años atrás; aquel Gabo, digo, regresando con su madre, luego de muchos años, a Aracataca, el Macondo de su infancia, en una destartalada lancha de motor que avanza en el sofoco de la noche tropical por los caños abiertos entre una maraña de manglares hasta llegar a la Ciénaga Grande.

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Iban a vender la casa de los abuelos, la misma de los Buendía, y todo estaba impregnado de pobreza y nostalgia. Era un domingo, recuerdo, tomé un teléfono y lo llamé a México. Le dije lo que pensaba del capítulo con una emoción que a él mismo le puso un nudo en la garganta. “Ahora sí te tocó contar la verdad de todo lo tuyo y, por lo que veo, es aún mejor que lo que inventas”, le dije. “¿Sabes una cosa? —me contestó con una voz ronca, turbada, como si debiese dejar al descubierto un secreto largo tiempo retenido—, yo no sabía si continuar o no con esta vaina, porque nunca he tenido la costumbre de escribir un relato en primera persona y no con fábulas, sino con la pura y cruda realidad; me parecía algo ridículo, propio de otro siglo. Pero ahora lo sé…”. La voz parecía ahogársele. “Carajo, te cuelgo el teléfono porque no puedo seguir hablando”.

El nuevo libro de memorias de Plinio Mendoza.

Foto:

Archivo particular

En lo que a mí respecta, todo lo que conservo del amigo que conocí en un café de Bogotá cuando él tenía veinte años y yo dieciséis es una colección caprichosa de postales que corresponden a cincuenta años de recuerdos compartidos. Revolotean en la memoria en un desorden de mariposas que es el de la vida misma. De ahí que si intento recuperar esos recuerdos, me llega al azar no el primero, sino uno de los últimos, el más vistoso de todos. Precisamente aquel con el cual pensaba poner fin a sus dos libros de memorias. Me refiero al día en que recibió el Premio Nobel. Encuentro entonces no una sola postal, sino muchas. Todas rutilantes como luces de Navidad.

Veo aquella ciudad, Estocolmo, brillante como un témpano en el aire glacial, mordida aquí y allá por el agua violeta del Báltico y alzando con tranquilidad sus cúpulas en el resplandor ocre del atardecer. Veo el Gran Hotel, su vasta fachada con banderas ondeando en lo alto. Veo pasillos alfombrados de púrpura, una suite amplia como una recámara real y sus altas ventanas mirando a la noche nórdica. En medio de la sala están Gabo y Mercedes, plácidos, despreocupados, ajenos por completo al ceremonial que se inicia aquella misma tarde. Dentro de poco saldremos para el teatro en el que se efectuará la entrega de premios. Ha llegado un fotógrafo para tomar la foto de Gabo con sus amigos. Y ahora, todos vestidos de frac y con una rosa amarilla en la solapa que Mercedes nos ha puesto como un talismán de buena suerte. En el centro, único vestido de blanco, está él. Estalla un flash. La foto aquella la guardo en un estante de mi casa, con esa premonición taciturna de las cosas destinadas a sobrevivirnos.
Minutos después chorros de luz nos envuelven y relámpagos de flashes nos estallan en la cara mientras bajamos por la vasta escalera hacia el vestíbulo del hotel, que hierve de camarógrafos. Se oyen aplausos. Fuera, en la calle, revolotean copos de nieve. Hay por todos lados ramos de flores, figuras con negros trajes de etiqueta. A Gabo, que baja a mi lado, se le cierra de pronto la cara. Supersticioso, como los ancestros suyos que habitan en el desierto de La Guajira, en Colombia, algo le ha encogido el alma. Mientras avanza entre los resplandores de magnesio y los hombres vestidos de negro se apartan, le oigo murmurar con un repentino y alarmado asombro: “¡Mierda, esto es como asistir uno a su propio entierro!”.

La última postal de aquellos días memorables flota en el aire de la memoria como un sueño. Doce lindas muchachas suecas, vestidas de blanco y con una corona de velas encendidas en la cabeza, avanzan por un pasillo del hotel cantando en italiano Santa Lucía. De esta manera se despide todos los años al ganador del Nobel. Es el fin de la fiesta. Horas después, los amigos de Gabo tomaremos aviones para dispersarnos en todas las direcciones.

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Y ahora vuelvo muchos años atrás. Gabo no es aún famoso. Fuera de Colombia nadie lo conoce. Ha escrito dos o tres libros que a ningún editor le han interesado. Es un reportero pobre, con los dedos manchados de nicotina por la docena de cigarrillos que fuma mientras escribe. Trabaja conmigo en Prensa Latina, una agencia de noticias cubana. Nos han encargado desde La Habana que cubramos una reunión de ministros de Economía del continente, entre los cuales se encuentra el propio Che Guevara. Quieren, en especial, una breve entrevista con el ministro peruano, y allí estamos, pasada la medianoche, esperándolo en un vestíbulo del Club Militar, donde tiene lugar la reunión. Los dos nos caemos de sueño. Al cabo de horas de espera, se abre la puerta del salón de sesiones y vemos aparecer, entre otros personajes, a aquel ministro peruano, cuyo nombre he olvidado. Es un hombre alto y arrogante, de cabellos cenicientos y perfil de buitre. Gabo se aproxima a él para solicitar la declaración que nos han pedido. El ministro lo aparta con el ademán de fastidio que produce todo inoportuno. “Joven, haga el favor de dejarme tranquilo”. Sí, son las humillaciones que suelen infligir los hombres del poder a los reporteros en cualquier parte del mundo.
Cazadores de hechos y noticias lo fuimos durante años: en Bogotá, Caracas o La Habana. Y esta referencia dispara otra postal de aquellos tiempos. Estamos en Venezuela. Acaba de caer el dictador Pérez Jiménez y todavía, a puerta cerrada en el palacio presidencial, se discute la constitución definitiva de una junta de gobierno. También allí, en la primera hora de la madrugada, estamos a la espera de una información con un enjambre de periodistas y fotógrafos. Es nuestro modus vivendi. De pronto, bruscamente, se abre la puerta del despacho. Caminando hacia atrás como si temiera recibir un tiro por la espalda, sosteniendo una ametralladora en las manos, vemos salir al general perdedor de aquellas largas y agotadoras deliberaciones. Sus botas de campaña van dejando manchas de barro en la alfombra, antes de desaparecer, escaleras abajo, rumbo al exilio. En el auto, de regreso a casa, Gabo me dice: “¿Te das cuenta de que no se ha escrito aún la verdadera novela del dictador?”. “Cierto —le respondo—, y tú podrías hacerla”. Fue, por cierto, la semilla de El otoño del patriarca.

Postales de La Habana en delirio, tras la llegada de un Castro triunfante: un hervidero de banderas rojas, de consignas revolucionarias, de muchedumbres enloquecidas, de barbudos comandantes, de guajiros con sombrero de paja y fusil al hombro. Allí, en medio de este delirio, estamos Gabo y yo. Pero estas imágenes triunfales se desvanecen en la memoria para dejar paso a otra, ella sí más bien tétrica. Estamos sentados al pie de un hombre que va a ser condenado a muerte. Es el coronel Sosa Blanco, un hombre pequeño y de espesas cejas oscuras, con las manos esposadas y vestido con un tosco traje de presidiario. Lo juzgan de noche, en un inmenso estadio deportivo lleno de gente, y desde las graderías le llueven insultos. “Es el circo romano”, le oiremos murmurar de pronto. A las tres de la mañana el jurado, presidido por Raúl Chibás, un hombre robusto, colorado, de férrea barba negra, lee la sentencia. Sosa debe ser fusilado al amanecer. ¿Quiere decir algo? Chibás nos pide a Gabo y a mí que le pongamos el micrófono delante de la boca. Sosa mueve tristemente la cabeza significando que nada tiene que decir. En el hotel, aquella madrugada, encontraremos a su esposa vestida de negro, y a sus hijas, dos mellizas bellísimas de unos doce años, de ojos grandes y alucinados. “Les he dado drogas para que no duerman y nunca olviden lo que han visto esta noche”, dice la mujer, y hay en todo aquello algo que nos recuerda a Lorca, a España. Tiempo después, Chibás estará en el exilio y otros miembros del jurado, como Sorí Marín, serán fusilados. Sí, la vocación antropófaga de las revoluciones.

Gabriel García Márquez con sus amigos, entre los que se encuentra Plinio Apuleyo Mendoza, minutos antes de salir a recibir el Nobel de Literatura.

Foto:

Archivo EL TIEMPO

Las postales de nuestros tiempos de París están asociadas a épocas de pobreza en buhardillas de estudiantes, a inviernos sin luz, a veranos caniculares y a fiestas donde él olvidaba sus apuros cantando los vallenatos de su región natal. Recuerdo la noche en que vio la nieve por primera vez. Acababa de llegar a París y la víspera, reunidos en un café cercano a la Sorbona, me pareció un hombre engreído. Pero la nieve lo disipó todo. La vimos al salir de un restaurante, y, como lo he escrito también, era deslumbrante y sigilosa, cayendo en copos espesos que brillaban a la luz de los faroles y cubrían de blanco los árboles del bulevar. Gabo nunca había visto nada semejante. “¡Mierda!”, exclamó, echando a correr calle abajo como un niño lleno de gozo. Aquella espontaneidad, que me hacía torcer de la risa, me encantó. Desde entonces nos hicimos amigos.

Muchas son las postales que guardo del Gabo famoso. Pero las que siento más propias, más mías, y llenas de nostalgias, son las del Gabo aún desconocido. Lo veo en aquel París de apuros indecibles, tiempo después de que el dictador Rojas Pinilla cerrara el diario del cual él era corresponsal. Parecía un árabe triste: en los físicos huesos, solo pómulos y bigotes, con un verdor fosforescente en la cara como los santos del Greco y con un jersey de lana agujereado en los codos. Hicimos un largo viaje por los países del telón de acero. Viajamos de pie, en un vagón atestado, de París a Praga. Rusia, la Rusia de 1957, nos pareció un inmenso país campesino donde la gente se reía mostrando dientes metálicos. Vimos los cuerpos embalsamados de Lenin y de Stalin en el mausoleo de la Plaza Roja. Y él, Gabo, siempre atento a los detalles, descubrió que Stalin tenía delicadas manos de mujer. Se las puso a su dictador, el de El otoño del patriarca.

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Ahora paso a otra postal. En vez de Moscú, estamos en Nueva York. Hemos renunciado a Prensa Latina y a los cubanos; en castigo, ¡quién lo creyera hoy!, lo han dejado sin pasaje de regreso a Bogotá. Lo oigo decir mientras caminamos por las calles heladas de Manhattan: “Compadre (pues soy ya el padrino de Rodrigo, su primer hijo), me voy en autobús con Mercedes y el ‘pelao’ a México. Pero el dinero solo nos alcanza para llegar a Nueva Orleans. Mándame lo que puedas desde Bogotá”. Y todo lo que pude mandar fueron 150 dólares. Solo con veinte de ellos en el bolsillo llegó a Ciudad de México, la metrópoli donde pocos años después se haría célebre como autor de Cien años de soledad, poniendo fin a más de treinta años de apuros.

He dicho que hasta entonces había sido un Piscis flaco y ansioso, lleno de intuiciones y premoniciones como un brujo de su tierra y tal vez asustado aún con los retos de su destino. Con el tiempo se ha apoderado de él su ascendiente Tauro; ya no fumaba; era seguro, plácido, famoso; un bon vivant que amaba los quesos y los vinos, y muy capaz de ganarle la batalla a dos cánceres, riéndose de aquellos que ya lo daban por muerto. “Maestro —le dijo un periodista en México, en la puerta de un restaurante—, esta mañana dijeron en la radio que usted había fallecido”. “Pues ya me ve usted —le contestó él— completamente fallecido”. El eco de las risas que disparó en todos los que estaban con él en aquel momento me llegó a Madrid. También allí esperaba encontrar muy pronto, recién salido del horno, ese primer tomo de sus memorias. Sería el momento de guardar mis postales para leer, al fin, lo que él mismo nos contaba de esa increíble aventura que fue su vida.

PLINIO APULEYO MENDOZA
ESPECIAL PARA EL TIEMPO
*Cortesía Penguin Random House

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