La tristeza absoluta o la pregunta fundamental del ser humano

La tristeza absoluta o la pregunta fundamental del ser humano

Philip Potdevin comenta el libro reciente de Carol Malaver, publicado por Intermedio editores

Carol Malaver, subeditora de Bogotá

Carol Malaver, autora del libro.

Foto:

Héctor Fabio Zamora / EL TIEMPO

03 de septiembre 2018 , 12:04 p.m.

El filosofo francés existencialista del siglo XX Albert Camus dice, en una de sus obras cumbre, El mito de Sísifo, que no hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. La pregunta de si la vida vale la pena vivirla atraviesa al ser humano desde el momento en que adquiere conciencia de sí mismo. Sísifo, quien ha caído en desgracia ante lo dioses es condenado a la labor más absurda: empujar cuesta arriba una enorme roca hasta llegar a la cima; tan pronto la alcanza, la roca rueda por la ladera y Sísifo debe reiniciar su interminable tarea. ¿Puede haber cuestión más absurda? Sí, quizás vivir la vida es más absurdo.

«En realidad, ya no aguanto más esta vida así que me voy en paz y tranquilo y se da-rán cuenta que fue lo mejor que pudo pasar ya que ustedes hubieran continuado sufriendo al ver que no había mejoría alguna y que no sería capaz de continuar con mis estudios y me quedaría postrado en la cama».

Y, con todo, desde los atormentados años de los escritores, músicos, artistas, pensa-dores y poetas románticos del diecinueve quizás nunca la pregunta por la validez de la vida había traspasado y encontrado asiento de manera tan profunda como hoy. Y no hay que ser un Kafka, una Virginia Woolf, una Alfonsina Storni, un Yukio Mishima, un Andrés Caice-do o una María Mercedes Carranza para plantearse el asunto y, luego de analizarlo y sope-sarlo, partir de forma voluntaria y consciente.

El suicidio siempre duele a la sociedad por ser la decisión más radical que alguien de la comunidad puede tomar: la autodestrucción. Duele más cuando se trata de gente joven, muchachos y muchachas que apenas comienzan a trasegar por los meandros y desfiladeros de la vida. El tema del suicidio juvenil en la sociedad del cansancio —como la llama Byung-Chul Han, el filosofo contemporáneo coreano-alemán—, no escapa nuestra cotidia-nidad. La sociedad que vivimos es una donde las enfermedades más dañinas no son las de carácter inmunológico físico —como el VIH y el ébola—, sino las del sistema inmunológico emocional y psicológico: la depresión, el déficit de atención, el síndrome de hiperactividad, el burn-out y el trastorno límite de personalidad.

«Por cierto, en caso de que no me muera y quede en coma o algo parecido no traten de salvarme la vida, porque yo no quiero tener esa oportunidad y si termino vivo no creo que pueda salir de la Monserrat ya que trataré compulsivamente de quitarme la vida.»

Y el lugar donde más duele es en la huella que deja a la familia del suicida joven, aquel que no llega a cumplir los veinte años, especialmente cuando sus padres han sido tes-tigos del largo camino transitado por el hijo o la hija desde los primeros avisos, que nunca faltan, hasta el final, cuando se apaga el interruptor. Una huella, quizás mejor decir una he-rida, que es horadada por la culpa, el remordimiento, la impotencia, la desolación. La deses-perada lucha familiar de los padres que ven cómo, delante de sus ojos, la voluntad de conti-nuar viviendo del joven se deteriora sin remedio es angustiosa. Se trata de jóvenes casi siempre de una inteligencia superior, incomprendidos, que no logran descifrar cómo encajar en una sociedad hostil y extraña para ellos. El mal aqueja a la sociedad transversalmente, desde las clases populares hasta las más encumbradas en recursos económicos.

Muchas veces de nada vale el internamiento, la medicación, el tratamiento psicológi-co o psiquiátrico. La fuerza del absurdo es invencible ante las limitaciones de la ciencia; la abdicación a vivir supera todo el amor que se puede ofrecer. O a veces, la despedida a la vida es un largo grito jamás escuchado, jamás comprendido, jamás decodificado.
De todo esto da cuenta la periodista Carol Malaver en su conmovedor libro Tristeza Absoluta: Historias detrás del suicidio juvenil, que acaba de lanzar Intermedio Editores y que solo leerlo es asomarse a la pesadilla que muchas familias han vivido o que quizás, hoy día están viviendo en la impotencia de ver los hechos desgranarse fatídicos sin que nada sea posible para torcer los hilos que tejen las Moiras, las dueñas del destino humano.

«Las pocas cosas que de verdad he disfrutado en los últimos años, parecen no ser lo suficiente para amortiguar mi tristeza.»

El trabajo periodístico de Malaver es estremecedor. Lograr el acceso a la familia de jóvenes suicidas es un desafío de por sí notable: que se le abra la puerta y más allá, el cora-zón y la intimidad de la familia, es un logro notable. Lo siguiente es generar —siendo no más que una extraña, una periodista que husmea, es decir, una intrusa—, la atmosfera apro-piada para que el dolor de paso a la generosidad, que el silencio se rinda ante el testimonio, que los diarios y cartas que el joven o la joven dejó como frío testimonio de su camino hacia la muerte sean compartidos para ser conocidos más allá del íntimo círculo familiar, en últi-mas, a nosotros, los lectores. Lo más espinoso, por supuesto, es hacerlo con un profundo respeto, con solemnidad, con gratitud, con devoción-

«Y nunca se pudo entender, solo me aplastó el mundo, no fue solo el peso de ella, ¡sino de todos! ¡Nada tiene algo determinado por hacer, nada tiene algo verdaderamente real, solo el tiempo y el mundo!»

Quizás la clave para este logro es que Carol Malaver no es extraña a la pregunta que Camus se plantea en El Mito de Sísifo. Ella misma confiesa de qué manera esa tristeza abso-luta la ha acompañado desde siempre, esta tristeza de la que es imposible deshacerse del todo, esa tristeza que habita y acecha, que está latente, agazapada, aguardando el momento propicio, como un virus silencioso, para irrumpir en la conciencia y arrinconar, sorpresiva-mente, en un callejón a medianoche, a quien se ha atrevido a formularse la única pregunta que realmente importa en la vida.

Lo anterior la habilita para tratar el tema con la profundidad y el respeto que exige. Aquí no hay sensacionalismo, quien busca la descripción explícita, obscena, pornográfica, no la encontrará. En su lugar hallará el diálogo que la periodista, curtida de ejercer un oficio ético y profesional, logró propiciar con las familias de los malogrados jóvenes; diálogos que revelan y asombran, que anuncian y renuncian, a la vez, a entender los profundos misterios de la mente humana cuando se atreve a pensar en lo más básico y profundo de la existencia. Camus afirma en su ensayo: «Comenzar a pensar, es comenzar a ser minado... Matarse, es confesar. Es confesar que se ha sido sobrepasado por la vida o que no se comprende esta».

Tuve el privilegio de ser testigo de la escritura de esta obra desde su concepción. Ca-rol llegó a la maestría de Creación Literaria de la Universidad Central hace dos años con una idea firme y a la vez difusa. ¿Cómo contar el drama del suicidio juvenil, en clave perio-dística sin caer en los excesos de una crónica desalmada? Ahora, que la obra acaba de ser publicada, no hay duda del acierto que tuvo para producir este libro que no deja incólume a quien se atreve a leerlo.

Philip Potdevin*
*Escritor. Su novela más reciente es Y adentro, la caldera, publicada por Desde Abajo. Escribe habitualmente en Le Monde Diplomatique, edición Colombia.

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