Los orígenes del narcisismo digital

Los orígenes del narcisismo digital

El periodista Will Storr analiza la cultura de sacarse selfis y subirlas a las redes sociales.

Cultura de las selfis

La autoestima elevada es deseable solo cuando se afirma sobre un crecimiento personal sólido.

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Ilustración de Juan Sebastián Villegas

14 de enero 2018 , 01:20 a.m.

La creencia de que tener una autoestima elevada nos salvará de todos los males está fundada en una trampa y, sin embargo, rige la cultura occidental desde los 60. Así lo sostiene el periodista y novelista inglés Will Storr, colaborador de ‘The Guardian’, ‘The Sunday Times’, ‘The New Yorker’ y ‘Esquire’, en su cuarto libro: ‘Selfie: How we became so self-obsessed and what it’s doing to us’, un ensayo sobre los orígenes del individualismo y la cultura de las selfis que parece dominar a la generación ‘millennial’.

Al teléfono desde Londres, Storr –distinguido por Amnistía Internacional y ganador de los premios más importantes del periodismo inglés– cuenta que descubrió el engaño durante un viaje a EE. UU. Buscaba evidencia en la Universidad de California sobre lo que parecía ser una verdad irrefutable (las bondades de fortalecer la autoestima), pero se topó con que no existía respaldo científico para ello. Y encontró al responsable de que se expandieran tantas ideas inexactas sobre el poder de la autoestima: el demócrata John Vasconcellos, de gran influencia en la California de fines de los años 60.

Según cuenta el autor, Vasconcellos sufrió una crisis personal, tras la cual fue en busca de sanación al Instituto Esalen, al sur de San Francisco. En ese lugar, adonde Storr también fue, el político salió convencido de que una alta autoestima era una suerte de llave hacia la felicidad personal y social.

“Vasconcellos salió de ahí sintiéndose poderoso, y luego trabajó por insertar las ideas de Esalen en la sociedad. Estaba seguro de que si les dabas a las personas una buena autoestima, se terminarían sus problemas, de la violencia doméstica en adelante”, cuenta Storr sobre cómo el líder demócrata se convirtió en impulsor del llamado Movimiento por la Autoestima.

Y agrega: “Vasconcellos ya murió, pero Andrew Mecca, su mano derecha, me reconoció que él había orquestado una campaña para difundir sus ideas sobre la autoestima. Al ver que los resultados de las investigaciones académicas no lo apoyaban, buscó hasta encontrar científicos que respaldaran su visión”.

Para el escritor británico, lo más impactante es cómo este acto –“tal vez bien intencionado, pero equivocado”– marcó a toda una generación y mantiene su influencia hoy.

Pero ¿acaso es mala una alta autoestima? Por supuesto que no. Lo que concluían los estudios revisados por Storr (y obviados por Vasconcellos) es que la autoestima elevada es deseable solo cuando se afirma sobre un crecimiento personal sólido; cuando se gana. Si no, construye individuos que se rinden con facilidad porque no son capaces de enfrentar desafíos grandes; individuos que salen a tomar alcohol la noche antes de un examen para echarle la culpa de su fracaso; individuos que se aman tanto a sí mismos que resultan desagradables y hasta tóxicos para los demás. O incluso peligrosos, cuando tienen poder.

Pero la idea que el Movimiento por la Autoestima impulsó durante los 70 no tenía este matiz. Este movimiento llamaba a los padres a decirles a sus hijos que eran lo máximo, lo merecieran o no, porque la autoestima era para ellos un bien mayor. Un objetivo ‘per se’ y no el resultado de un proceso.

“La gente cree que las selfis crearon toda esta obsesión en la que hoy estamos inmersos, esta cultura de personas centradas en sí mismas, pero a mi modo de ver solamente refleja lo que somos desde hace tiempo. Es la expresión de un proceso que comenzó en los 60, se consolidó en los 80 y aún está vigente”, dice Storr.

Él relaciona el auge de las selfis con el individualismo de Occidente. Sin embargo, los asiáticos son quizás los más fanáticos de estos autorretratos y de los ‘likes’ que puedan generar. “Los asiáticos son muy colectivos, su valor individual es siempre en función del grupo. Si en Occidente la gente se suicida porque siente que no es exitosa, en Asia lo hace cuando defrauda a su familia o a su empresa. Esto también produce una premura individualista, pero es diferente a la occidental”, responde el investigador.

De ‘hippies’ a ‘yuppies’

Según Storr, las ideas que surgieron en California prendieron rápido porque surgieron en el momento preciso, cuando el concepto de un individuo poderoso comenzaba a ganar hegemonía y a desplazar a la mirada más orientada a lo colectivo, que sobrevino después de las guerras mundiales. Así se pasó de los ‘hippies’ a los ‘yuppies’, símbolo del exitismo individual; del Estado protector de la posguerra a las políticas de Reagan y Thatcher. De pronto, la narrativa occidental fue: ‘Tú solo puedes lograrlo todo’.

“Durante siglos, la religión nos hizo creer que nacíamos en pecado. Luego vino Freud y nos dijo que todos sufríamos por nuestras urgencias sexuales ocultas. Y después llegó la psicología estadounidense a decirnos que somos maravillosos”, ironiza el escritor.

Pero hacía falta que estas ideas en torno del valor de la persona encontraran sustento intelectual, un marco teórico que les diera peso. Para Storr, ese marco apareció en la obra de Ayn Rand (1905-1982). Impulsora de un sistema filosófico que llamó objetivismo, esta mujer de origen ruso alcanzó la fama en 1943 con La fuente (novela en la que un joven lucha por una arquitectura más moderna y hacerse un nombre por ello) y que en 1957 publicó su libro más influyente, ‘La rebelión de Atlas’, donde quienes van a huelga no son los trabajadores sino los empresarios, en lucha contra el Gobierno y los políticos.

“En realidad, el movimiento por la autoestima nace de Rand. Nathaniel Branden, su amante y principal promotor del objetivismo, tuvo gran influencia sobre Vasconcellos; y Rand, sobre el economista Alan Greenspan –relata el autor de ‘Selfie’–. Y sus ideas siguen vigentes: en Silicon Valley leen ‘La rebelión de Atlas’ como guía de vida. Todos quieren ser emprendedores y los anima la idea de que están construyendo futuro, a cualquier costo, sin importar cuántas vidas se puedan quebrar, y eso es algo muy individualista”.

A quienes lo critican por pesimista, Storr les contesta: “No soy antiindividualista. El individualismo ha sido exitoso de muchas maneras; hay mucho poder en decirle a la gente que puede apuntar a las estrellas. Pero también tiene un lado oscuro, porque pone mucha presión sobre ellas. En el libro acuso que nos hemos olvidado de que somos seres sociales, gregarios, y esto está comenzando a afectarnos. Por eso pienso que la era individualista está llegando a su fin. Tanto en la izquierda como en la derecha están surgiendo preocupaciones en torno a que el liberalismo, la expresión máxima del individuo sobre el colectivo, puede llegar demasiado lejos”.

SOFÍA BEUCHAT
EL MERCURIO (Chile) - GDA
En Twitter: @ElMercurio_cl

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