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Una mirada a la vida y obra de Pedro Lemebel
Pedro Lemebel

Editorial Seix Barral publica cuatro de los libros de Pedro Lemebel.

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Archivo EL TIEMPO

Una mirada a la vida y obra de Pedro Lemebel

El librero colombiano Carlos A. Sosa Ardila recuerda el legado del polémico escritor chileno.

Pedro Segundo Mardones Lemebel, más conocido como Pedro Lemebel fue un cronista, performer, novelista, cuentista y, sobre todo, un cómplice que nació al borde de la alameda chilena. Ahora, a seis años de su muerte, y gracias a la invocación colectiva y a la complicidad de los lectores que gritamos su nombre -o recitado su manifiesto, citado de memoria sus frases, recomendado sus crónicas a través de fotocopias o enlaces web -, ha aparecido en las librerías del país.

Fue profesor y tan rápido como quiso impartir su historiografía del arte fue expulsado. Hizo parte junto a Francisco Casas del colectivo Las Yeguas del apocalipsis y, desnudos y a pelo, montaron una, guiados por la poeta Carmen Berenguer a través de la Universidad de Chile. Posó como otra Frida más y bailó la cueca por los desaparecidos sin soltar la mano de Casas. Aunque no le alcanzó para ser puta —por el cuerpo, decía él—, no se cansó de hablar de ellas, de mostrarlas radiantes —su acto de amor—; celebró una última cena en 1972 como una premonición y bordó el cielo de pajaritos a través de una Loca sin nombre a quien también le falló el atentado contra el dictador. Su única novela, 'Tengo miedo torero', ha sido juzgada como una obra menor por la crítica que desconoce la fuerza que subyace de lo cursi y del amor brujo de un bolero.

(Lea también: Pluma irreverente de Pedro Lemebel llega a las librerías colombianas)

En los difíciles ochentas, Víctor Jara había sido brutalmente asesinado en el Estadio Nacional y La Isla Negra se veía desanclada de la costa. De día, en las calles se gritaba: “y va a caer…”, mientras todas las esquinas eran vigiladas por la junta militar, que negaba ser una dictadura. El VIH, una peste extranjera, asechaba a los cuerpos que hacían de la noche una pasarela, llevándose a la Candy y a las demás travas que Lemebel acompañó cuando se sumó al coro con su voz amariconada —alcanzando la nota más alta— y prendió el foco de los rincones, narrando sus funerales.

Con el corazón en llamas cruzó Vicuña Mackena en tiempos en que los amores eran aplastados por la bota militar. Supo volar y atravesar los Andes. Estuvo en las marchas del Gay Pride en el norte global con un cartel tan grande como claro que decía: CHILE RETURN AIDS. Lemebel ataviado, en plumas, sobre sus infatigables taco-aguja, nos invita a pecar desde la tumba, ahora reproducido en cientos de reconocibles tapas blancas de Seix barral con su nombre rotulado en rojo. Hoy sus letras manchadas de 'rouge' están aquí, para las pájaras que buscan también el rojo en el cielo. Porque somos incontables, pero Lemebel hizo un cancionero para todas.

Pedro Lemebel

Seix Barral publica cuatro de sus libros.

Foto:

Archivo particular

La editora de Planeta Colombia Salomé Cohen dijo, recientemente en un podcast que, “para cada lector hay una crónica” y en el caso de Pedro Lemebel se cumple como en pocos.

Han desembarcado por fin sus letras de este lado de los Andes, y toda la piel de américa latina se enchina con su voz. 'Los incontables' es el germen de su producción literaria, y en muchos casos artística, con voz feroz denuncia en textos y formas que podrían llegar a ser catalogados como cuentos. 'Loco afán. Crónicas del sidario' constituye su segundo libro de crónicas donde la vida acorralada por la dictadura y la plaga del VIH está constantemente en toque de queda y sin embargo quedan razones para amar y acompañarse antes del fin del mundo entre hermanas locas. '

Tengo miedo torero' es su única novela, y el proyecto de más largo aliento, desde el frente opuesto a la dictadura se narran los motivos íntimos del atentado a Pinochet a través de la radio y el susurro del amor: la amante regala a su amado un arco y ella es la flecha misma. 'Háblame de amores' hace parte de sus últimos trabajos recopilatorios en que la crónica sigue estando presente como forma de escritura bajo presión para explorar y contar encuentros de amor furtivo, los funerales del dictador y hasta carreras de aeropuerto —tacones incluidos— que nos llevan a Roma y a Barranquilla con la precisión de una vieja araña que sabe bordar sus historias.

Han desembarcado por fin sus letras de este lado de los Andes, y toda la piel de américa latina se enchina con su voz.

Habrá que agotar todas las existencias, que vuelen de la mesa de novedades y de los estantes en los meses por venir, solo así podremos soñar con 'La esquina es mi corazón', 'Las perlas y las cicatrices' y una 'Serenata Cafiola'.

CARLOS A. SOSA ARDILA*
Especial para EL TIEMPO

*Librero y podcaster literario.

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