‘Para reconciliarnos no solo hace falta memoria, también imaginación’

‘Para reconciliarnos no solo hace falta memoria, también imaginación’

Recordar es revivir el rencor, y revivir el rencor es abonar el terreno para la venganza.

Juan Gabriel Vásquez

Vásquez, autor de este ensayo, nació en Bogotá hace 45 años y es abogado de la Universidad del Rosario.

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Abel Cárdenas / EL TIEMPO

Por: Juan Gabriel Vásquez
06 de octubre 2018 , 10:02 p.m.
I

En cierta ocasión, alguien me preguntó para qué servía escribir novelas sobre un pasado doloroso. ¿No sería mejor dejar el pasado quieto y seguir adelante? Empeñarse demasiado en recordar viejos conflictos, ¿no nos vuelve incapaces de superarlos? Recordé a David Rieff, un gran ensayista que ha vivido de primera mano varios escenarios de guerra civil y ha concluido en ensayos magníficos que las violencias presentes son muchas veces producto de la terca memoria: recordar es revivir el rencor, y revivir el rencor es abonar el terreno para la venganza.

Ahora que Colombia se enfrenta al reto inverosímil de la reconciliación, me doy cuenta de que no pasa un día sin que me haga estas preguntas. ¿Qué es más conveniente, el olvido de mutuo acuerdo o el empeño memorioso? Y no pasa un día sin que llegue a la misma conclusión: no puede haber reconciliación genuina sin un esfuerzo común por saber qué nos ha pasado en estos últimos 50 años. Eso, contar el cuento de este medio siglo, es lo que intenta mucha gente en estos momentos. Y así debe ser, porque una democracia de verdad es entre otras cosas un debate civil entre las distintas versiones de nuestro pasado común.

En otras palabras, lo que hacemos en democracia puede verse desde dos ópticas. Por un lado, se trata de construir un espacio en el que versiones distintas de nuestro pasado sean válidas (...). Por el otro, se trata de negociar una versión de nuestro pasado, una sola, pero amplia y suficiente, una versión generosa y abarcadora con la que todos los ciudadanos podamos sentirnos identificados. Sin esa diversidad que es hija de la tolerancia, sin esa versión común de nuestro pasado –que siempre estamos negociando— no hay futuro posible. Ni reconciliación tampoco.

Y es aquí donde entran los novelistas. La novela tiene su propia versión de lo ocurrido, pero es una versión única e insustituible porque no ocurre en el terreno de los hechos visibles, sino en el de los invisibles: la moralidad, las emociones, las memorias secretas e inconfesadas. Para comenzar a entender nuestra experiencia como país, son imprescindibles los relatos que contamos desde la historia, el periodismo y las ciencias sociales; pero sin la ficción, sin las maquinarias de esas narraciones capaces de vernos por dentro, capaces no solo de contarnos lo que le ocurrió al otro, sino de permitirnos imaginarlo y compadecerlo, esa posible comprensión queda incompleta. Acerca de nuestros últimos 50 años de guerra, solo la novela puede contarnos lo que esas violencias le han hecho a nuestra frágil condición humana. Y ninguna reconciliación es posible entre gente que no conoce los resquicios del dolor ajeno o que no tiene palabras para explorar y defenderse de los dolores propios. (...)

Tampoco hay reconciliación posible sin imaginación. El escritor israelí Amos Oz, que ha conocido durante décadas ese conflicto sin salida que ocurre en su país, cuenta una anécdota que una vez le contó su amigo y colega Sammy Michael. Un día, en un taxi, Michael oyó al taxista decir que la única solución para el conflicto árabe-israelí sería que los israelíes exterminaran uno por uno a todos los árabes. “Cada uno de nosotros debería matar a algunos”, dijo el taxista. En lugar de indignarse, Michael optó por un método que no había intentado antes: el de la imaginación. Le pidió al taxista que imaginara el momento en el que llega a matar a su primera víctima. Resulta que es una mujer. No importa: el taxista la mata. Luego resulta que al fondo del apartamento llora un bebé. “¿Mataría usted al recién nacido?”, preguntó Michael. Aquí el taxista lo interrumpió. “¿Sabe?”, le dijo. “Es usted un hombre muy cruel”. (...) Entre esos dos polos, la imaginación y la memoria, se mueven las historias que nos contamos.

II

En noviembre de 2017, durante una conversación con Fernando Savater, le hice una pregunta sobre uno de los asuntos que han dominado mis preocupaciones más recientes: la creación de un relato capaz de contar nuestra experiencia de la guerra desde la verdad. Me había pasado el último año dándole vueltas a la idea, angustiosa y a la vez condenadamente interesante, de que la derrota de los acuerdos de paz en el plebiscito compartía una dolorosa característica con los otros grandes fenómenos de ese año malhadado: la victoria del ‘brexit’ y la otra, más inverosímil, de Donald Trump. Esa característica, puesta en una síntesis tosca, era la siguiente: en todos los casos triunfó un relato mentiroso. No simplemente una mentira, sino una narrativa entera, una versión de la realidad diseñada para sembrar la desconfianza y manipular las emociones de una ciudadanía vulnerable. (...) Y Savater me contestó así: “Ahí está la importancia que tiene la tarea de los novelistas. La gente en general ya no se molesta en leer libros de ensayos y de reflexión política. Están los artículos de periódico, los esquemas de cobro por internet y ya está, de manera que la forma más interesante de mantener relatos coherentes es precisamente la novela. (...) En esta época de posverdad, quizá lo más verdadero sea la ficción bien orientada. Una ficción realmente bien orientada puede ser el mejor sustituto de esa verdad que ya nadie se ocupa de buscar”.

No sé si Savater tenga razón, pero sí creo que vale la pena pensar en ello. (...) La palabra ‘ficción’ viene del latín ‘fingere’, que significa “moldear” o “dar forma”. Es esto acaso lo que busca la literatura de imaginación: dar forma a nuestro pasado, poner un orden en el caos de nuestra experiencia y conseguir, por esas vías misteriosas, que el caos tenga un sentido. Pero estos actos no son inocentes ni se libran de las tensiones que han acompañado siempre nuestra costumbre de interpretar el mundo a través de los relatos. Tener el control sobre el relato es tener el poder, y eso se ha sabido siempre. En 1984 escribe George Orwell: “Quien controla el pasado controla el futuro. Quien controla el presente controla el pasado”.

III

El asunto volvió a estar presente en nuestras conversaciones hace unos meses, cuando una congresista de tendencias extremistas y pocas luces sostuvo en un programa de radio que la masacre de las Bananeras era un mito histórico de la narrativa comunista. Recordó el episodio de ‘Cien años de soledad’ en el que, por boca de José Arcadio Segundo, se nos arroja a la cara la cifra espeluznante de 3.000 muertos. Como esa cifra le parece exagerada, la congresista concluye que la masacre nunca existió, y añade, invulnerable al ridículo, que más bien fueron los trabajadores los que atacaron al Ejército. (...)

“Usted hoy en día no consigue ese número de trabajadores”, argumentó. Los historiadores tuvieron que salirle al paso para probar que la United Fruit Company era una empresa del tamaño de un pueblo, y que 3.000 trabajadores se hubieran “conseguido” sin problemas; le recordaron también que el general Carlos Cortés Vargas, responsable de la masacre, confesó nueve muertos en sus memorias, que la prensa colombiana habló de 100 muertos y 238 heridos, que el gran Ricardo Rendón dibujó la masacre en una caricatura célebre, que Jorge Eliécer Gaitán denunció los hechos en el Congreso y que para hacerlo levantó un cráneo de niño ante los congresistas horrorizados. (...)

De manera que es verdad: no hay certeza posible sobre el número de trabajadores que el Ejército colombiano asesinó el 6 de diciembre de 1928. Los historiadores están habituados a estas zonas de sombra, y más todavía los novelistas: ya dejó dicho Novalis que las novelas nacen de las fallas de la historia. Pero sostener que la masacre no ocurrió no pertenece a ese orden de la incertidumbre: es un intento burdo por reescribir las historias, por editar la versión de nuestro pasado de manera que se acomode a un relato político, y en eso no es distinta de las reescrituras desesperadas y radicales que llevó a cabo el estalinismo (eliminando a Trotski de las enciclopedias, por ejemplo) o incluso el vecino chavismo (que intentó probar que Bolívar no había muerto de tuberculosis, sino envenenado por la oligarquía bogotana). La gran ironía está en que Cien años de soledad ya había previsto que la masacre de las Bananeras sería un tema contencioso. Tras despertar sobre el montón de muertos que viajan hacia el mar para ser desaparecidos como el banano de rechazo, José Arcadio Segundo salta del tren y busca refugio en las casas de Macondo. Le cuenta a una mujer del tiroteo, del tren y de los muertos, y ella lo mira con lástima: “Aquí no ha habido muertos”, le dice. “Desde los tiempos de tu tío, el coronel, aquí no ha pasado nada”. (...) “En Macondo no ha pasado nada, ni está pasando ni pasará nunca. Este es un pueblo feliz”. Colombia es el país más feliz del mundo, decía una encuesta reciente. Otra encuesta, más realista, decía que era el segundo.

IV

La historia de nuestra guerra es también la guerra por nuestra historia. El final de esta guerra, de este medio siglo de violencias diversas que le han salido como ramas al árbol del conflicto, trae consigo nuestra obligación de averiguar qué ha pasado, recordarlo cuando sea posible y contarlo con las herramientas que tengamos a mano. (...)

La clase de información, y por lo tanto de conocimiento, que nos dejarán los informes de las comisiones es imprescindible; pero claro, ninguna comisión de verdad o de memoria podrá incluir el párrafo siguiente (‘Los ejércitos’, de Evelio Rosero), que me permito citar entero porque su temperatura y su tono son parte de sus descubrimientos; parte, es decir, de la manera como es capaz de cartografiar los espacios en blanco del mapa de la guerra después de que han pasado por allí las demás formas de contar el mundo.

“Hemos ido de un sitio a otro por la casa, según los estallidos, huyendo de su proximidad, sumidos en su vértigo; finalizamos detrás de la ventana de la sala, donde logramos entrever alucinados, a rachas, las tropas contendientes, sin distinguir a qué ejército pertenecen, los rostros igual de despiadados, los sentimos transcurrir agazapados, lentos o a toda carrera, gritando o tan desesperados como enmudecidos, y siempre bajo el ruido de las botas, los jadeos, las imprecaciones. Un estruendo mayor nos remece, desde el huerto mismo; el reloj octagonal de la sala —su luna de vidrio pintado, una promoción de Alka-Seltzer que Olivia compró en Popayán— se ha escindido en mil líneas, la hora detenida para siempre en las 5 en punto de la tarde. Voy corriendo por el pasillo hasta la puerta que da al huerto, sin importar el peligro; cómo importarme si parece que la guerra ocurre en mi propia casa. Encuentro la fuente de los peces —de lajas pulidas— volada por la mitad; en el piso brillante de agua tiemblan todavía los peces anaranjados, ¿qué hacer, los recojo?, ¿qué pensará Otilia —me digo insensatamente— cuando encuentre este desorden? Reúno pez por pez y los arrojo al cielo, lejos: que Otilia no vea sus peces muertos”.

Esos peces muertos no aparecerán nunca en los imprescindibles informes de nuestros investigadores. Sin embargo, cuánta vida truncada hay en ellos, cuánto rumor de guerra y cuánto conocimiento imposible de conseguir de otro modo. Es el lenguaje de la ficción el que nos lo provee. O el lenguaje de la poesía, que la novela ha tomado prestado para transformar sus materiales, para permitirnos llegar con ellos a otra parte.

JUAN GABRIEL VÁSQUEZ*
* Autor de cinco novelas traducidas a 28 lenguas y merecedoras, entre otros, del Premio Alfaguara, el Gregor von Rezzori y el Real Academia. Es columnista de ‘El País’ de España.

Este texto fue publicado originalmente en el libro ‘¿Cómo mejorar a Colombia?’

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