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Medio siglo del Nobel de Literatura para Pablo Neruda
Pablo Neruda

El escritor Pablo Neruda recibe el premio sueco, el 10 de diciembre de 1971 en Estocolmo.

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Archivo EL TIEMPO

Medio siglo del Nobel de Literatura para Pablo Neruda

El escritor Pablo Neruda recibe el premio sueco, el 10 de diciembre de 1971 en Estocolmo.

No ganó el galardon hasta que el escritor Artur Lundkvist fue miembro de la Academia.

Cuando Pablo Neruda recibió, el 21 de octubre de 1971, en París, siendo embajador de Salvador Allende, la noticia de que había recibido el Premio Nobel de Literatura, hacía 47 años y 4 meses lo merecía. Su libro memorable, más leído y celebrado, Veinte poemas de amor y una canción desesperada, había sido publicado en Santiago, en 1924, cuando apenas tenía 19 años, y desde entonces fue uno de los poetas de la lengua, solo equiparable con Borges, Lorca, Lugones, Paz o Rubén Darío. García Márquez lo llamó “el más grande del siglo XX en cualquier idioma”, y Harold Bloom dijo: “Ningún poeta de nuestro siglo admite comparación con él”.

Escrito para diversas amadas reales en alejandrinos, versos libres y aguda melancolía, los veinte poemas rompen con la rutina del tardío modernismo a la manera de Barba Jacob, instaurando un organismo poético que es carne misma, geografías, montes y abismos equiparando las instancias amatorias con las estaciones del clima, haciendo que el lector, al recorrerlos, repita y evoque sus pasiones; platicando el lenguaje y eros de los pobres, un amor del tamaño de una clase media que iba apareciendo en nuestro mundo. De allí su éxito a través de los años, y sus continuas y millonarias ediciones.

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La arqueología literaria de cómo terminó recibiendo el Nobel está cruzada de maquinaciones políticas, pasioncillas, trapisondas y malentendidos. Comenzando con el Nobel de Gabriela Mistral, secuela de la envidia y el desprecio que sentían los políticos por la fama de Neruda y sus posturas públicas, bien conocidas desde que estudiaba la secundaria en su pueblo, traduciendo y difundiendo los discursos anarquistas de un zapatero francés llamado Jean Grave, uno de los popularizadores de las ideas de Kropotkin.

En la segunda década del siglo pasado, tres poetas sobresalían en la escena de la capital chilena: Neruda, Huidobro y Mistral, los dos primeros por derecho propio, la última por ser protegida de Pedro Aguirre Cerda, que la nombró directora de una escuela para señoritas siendo ministro de Educación del gobierno de Sanfuentes, y al ocupar el Ministerio del Interior de Alessandri gestionó la publicación de Desolación (1924) en Santiago, bajo la dirección de Federico de Onís.

Neruda narró cómo obtuvo el cargo honorífico de cónsul de Chile en Birmania. Luego de dos años de visitas a un secretario del Ministerio de Relaciones Exteriores, Víctor Bianchi Gundián, lo llevó ante el mismo ministro, quien dio a Neruda la posibilidad de elegir el lugar de su destino. Fue así, mientras escribía buena parte de su Residencia en la tierra, que recorrió ciudades y países como Singapur y Ceilán, donde conoció a Josie Bliss, inspiradora de varios de sus poemas famosos. En plena juventud conoció Indochina, China y Japón. Pero fueron sus destinos diplomáticos de Buenos Aires y Madrid, la publicación de Residencia en la tierra y el estallido de la guerra civil española los que hicieron de Neruda un poeta universal.

Residencia en la tierra lo estableció como un testigo de su tiempo: la pasión, la angustia, el tedio y la soledad del hombre en los años de entreguerras están allí retratados en ese itinerario de la descomposición y la decadencia de un mundo y una vida ineludibles. Cada gesto, cada rostro es un signo de la destrucción por la muerte: los hombres y sus esfuerzos, las estrellas, las olas, las plantas en sus parábolas diurnas y nocturnas, el paso de las nubes, el amor, las máquinas, la ruina de los objetos cotidianos, la lima del orín, la vejez delatan el trabajo de la muerte.

El mundo hecho cosa y asunto de comercio; una realidad desintegrada que iba quedando también en el jazz, el cubismo y el expresionismo. Ritual de mis piernas y Tango del viudo son algunos de los prestigiosos e inigualables poemas de este libro capital, escrito entre ingleses vestidos de esmoquin e hindúes desconocidos, rodeado de un aire azul y arenas doradas.

En uno de los cuentos de Conan Doyle, en el que Holmes le dice a su criado que deben ir a oír a la violinista Madame Norman Neruda, el chileno encontró su apellido

Publicado por primera vez en 1950, Canto general fue durante muchos años uno de sus más celebrados libros. Bajo la influencia de los muralistas mexicanos, a los que había conocido durante su estadía en aquel país, Neruda decidió hacer una historia de América teñida de las visiones de amor y odio que por hechos y personajes había configurado en sus cuarenta y seis años: América como campo de batalla entre los nativos, unidos en el amor por la tierra y sí mismos, y aquellos que desean y han logrado humillarla y expoliarla.

Gabriela Mistral, cuyo seudónimo fue un homenaje al decadente político italiano cuyas ideas influyeron en la creación del nazismo y el fascismo, Gabriele D’Annunzio, y el occitano Mistral que fracasó resucitando la poesía de los trovadores, conoció a De Onís gracias a una invitación que le hizo José Vasconcelos, secretario de Educación de Álvaro Obregón, para participar en una cruzada cuyo objetivo era la “incorporación del indio a la vida mexicana”, con ediciones baratas de los ‘clásicos’ y conciertos al aire libre de música ‘culta’. Mistral delataba ser una ‘natural’ por sus ancestros diaguita, pueblos que hablaron el cacán, una variante del quechua, en los valles de los Calchaquíes y el Norte Chico.

Desolación (1922) fue trasformado, revisado y publicado por De Onís, chozno de un diplomático que negoció con Monroe y Adams la cesión de algunos de los territorios españoles al este del Misisipi. Al finalizar la Primera Guerra Mundial fue contratado por Columbia para promover el español en las escuelas secundarias de Nueva York. Una de las más favorecidas con su labor fue Mistral porque la consideraba una suerte de arquetipo de la continuidad de la ‘verdadera’ España, que subsistía en el mestizaje que ella representaba.

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Publicó su libro, la hizo arquetipo femenino de la poesía, promovió su nombre, junto con Germán Arciniegas, creador en Colombia de una legión de Mistrales (Emilia Ayarza, Laura Victoria, Maruja Viera, Dora Castellanos, Amira de la Rosa, Mariela del Nilo), ante la solicitud de la Academia Sueca de encontrar, en este continente, un autor que representara un equilibrio entre las corrientes políticas en pugna durante la Segunda Guerra Mundial.

Mistral fue elegida por encima de Neruda o Huidobro, ignorando que en esas calendas ya se habían publicado las obras definitorias de los estilos de Bandeira (O Ritmo Dissoluto, 1924), Borges (Fervor de Buenos Aires, 1923), Meireles (Baladas para El-Rei, 1925), Drummond de Andrade (Brejo das almas, 1934), Guillén (Sóngoro cosongo, 1931), Villaurrutia (Nocturnos, 1931), Graciliano Ramos (Caetés, 1933) u Onetti (El pozo, 1939), todos, menos ella, merecedores de la presea. Arturo Torres Rioseco, su ‘descubridor’ en EE. UU., dijo que “era una mujer sencilla, señora de su casa, una buena mujer de pueblo que tuvo que conversar con hombres de ciencia, eruditos, reyes y filósofos, y que ocultaba su constante humorismo para parecer intelectual”.

El partido comunista

Neruda hizo público su ingreso al Partido Comunista el 8 de junio de 1945. Pero sus simpatías ya existían desde los años de Madrid, donde creyó que era la única fuerza organizada para luchar con el avance del fascismo y como gratitud con los actos solidarios de los camaradas cuando fue agredido durante su estancia en México, acusado de colaborador de Stalin en los atentados contra Trotsky, o la defensa ante la cancillería chilena por haber atacado al presidente Getulio Vargas en un homenaje al sindicalista Prestes recién liberado, etc. En su discurso atacó duramente las dictaduras de Morínigo en Paraguay, Trujillo en la República Dominicana y Perón en Argentina.

Fue proclamado senador del Partido Comunista (PC) el 13 de mayo de ese año, como Neftalí Ricardo Reyes Basoalto, quien nunca supo explicar de dónde provenía su apodo. Según pesquisas, para ocultar a su padre que escribía poemas, en uno de los cuentos de Conan Doyle (Study in Scarlet) donde Holmes dice a su criado que deben ir a oír a la violinista Madame Norman Neruda, encontró el apellido. Reyes Basoalto no pretendía, con su seudónimo, como Mistral, significar sus filias, sino librarse de la ira paterna.

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Como jefe nacional del Comité de Propaganda, Neruda y el PC apoyaron la campaña de Gabriel González Videla, del Partido Radical, a la presidencia de Chile, a sabiendas de que había sido él, como embajador en París y Lisboa de Aguirre Cerda, quien había promovido el Nobel para Mistral, y había pagado 50.000 francos de entonces a Paul Valéry por traducir sus ‘poemas’ y escribir un prólogo, que la poetisa rechazaría diciendo que el gran escritor no sabía español ni entendía su poesía.

Neruda atacaría duramente a González Videla cuando responsabilizó al PC de hacer una huelga de choferes y otra de carboneros al tiempo que rompía relaciones con la Unión Soviética, Yugoslavia y Checoslovaquia. Lo acusaba de haber traicionado a sus electores y a finales del año 47 publicó en El Nacional de Caracas una Carta íntima para millones de hombres informando que la democracia chilena había sido aplastada por un traidor bajo la presión extranjera. El presidente pidió a los tribunales que el senador fuera destituido.

El poeta respondió con un Yo acuso, culpándole de tener a centenares de chilenos presos, condenar a los trabajadores al desempleo, de censurar a la prensa y la radio y entregarse al imperialismo. La Corte lo destituyó y la policía ordenó apresarlo. En febrero de 1949 cruzó los Andes hacia el exilio, de donde regresó tres años más tarde.

Nunca renunció a su militancia y fue poco lo que dijo sobre los crímenes del comunismo. Al morir Stalin, lo recordó en Es ancho el nuevo mundo:

Yo estaba junto al mar Isla Negra, descansando de luchas y de viajes, cuando la noticia de tu muerte llegó como un golpe de océano. Fue primero el silencio, el estupor de las cosas, y luego una ola grande. De algas, metales, hombres, piedras, espuma y lágrimas estaba hecha esta ola.

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Desde 1963, eso dice hoy la Academia Sueca, figuró Neruda como candidato y ese año compitió con Auden y Seferis, ganando este último, dando continuidad a las tradiciones de la Academia, que solo cambiaría de rumbo ideológico con el ingreso de Artur Lundkvist (1968) y el ascenso al poder de Olof Palme, quien fuera primer ministro entre 1969-1976 y 1982-1986, cuando fue asesinado.

Los historiadores del Nobel concuerdan en que al menos cinco de los concedidos a escritores de habla hispana contaron con el concurso de Lundkvist: Neruda, Aleixandre, García Márquez, Cela y Paz. Partidario de la existencia de la Unión Soviética y de su partido único, fingiendo no ser comunista, decía ser seguidor de una ‘tercera vía’, neutral ante las dos potencias. Hasta el final de sus días hizo parte de la Asociación de los pueblos de Suecia con la República Democrática Alemana; fue miembro del Comité de la Paz, una camarilla financiada por la URSS.

No sabemos cuántas veces, antes de Lundkvist, estuvo Neruda a punto de ser elegido. Pero sí que el poeta surrealista Gunnar Ekelöf se opuso, aduciendo que era un poeta adorador de Stalin vinculado con el asesinato de Trotsky. Al morir Ekelöf en 1968 y ser sucedido por Lundkvist, le fue concedido. “Neruda –dijo entonces la Academia, es decir, Lundkvist– se refiere a su tierra, violada y oprimida desde los días de los conquistadores. Él mismo, vez tras vez, fue arrojado y perseguido, pero nunca se resignó. La comunidad de los oprimidos la hallamos en todas partes. Esto es lo que él ha buscado sin cesar, tornándose en el poeta de la humanidad violentada”.

Recibió 88.000 dólares americanos por el premio. Y compró, sabiéndose enfermo de cáncer, una casa de campo en Condé-sur-Iton, en la Normandía, resultado de la remodelación de las caballerizas del castillo del duque Charles de Rohan, que llamó La Manquel. Al recibir el Nobel, Pablo terminó diciendo: “Hace hoy cien años exactos, un pobre y espléndido poeta, el más atroz de los desesperados, escribió esta profecía: A l’aurore, armés d’une ardente patience, nous entrerons aux splendides Villes”.

Murió el 23 de septiembre de 1973, doce días después del golpe de Pinochet. Su casa de Santiago fue saqueada; sus libros, quemados, y su sepelio, en el cementerio Central, apenas fue acompañado por miembros del PC y admiradores, que rodeados de soldados armados hasta los dientes oyeron los gritos de homenajes a él y Allende. “Aquí solo hay una cosa peligrosa para ustedes, la poesía”, dijo a los soldados que saquearon su casa de Isla Negra dos días después.

HAROLD ALVARADO TENORIO
Para EL TIEMPO

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