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La novela ‘Mi alma se la dejo al diablo’ aterriza en el mercado chino
Germán Castro Caycedo, periodista y escritor

Germán Castro Caycedo, periodista y escritor nacido en Zipaquirá.

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Andrea Moreno / Archivo EL TIEMPO

La novela ‘Mi alma se la dejo al diablo’ aterriza en el mercado chino

El libro de narrativa no ficción del periodista Germán Castro Caycedo se publica ahora en mandarín.

Acaba de ser publicado en China –país que tiene 836 millones de personas que hablan chino mandarín– 'Mi alma se la dejo al diablo', el libro de Germán Castro Caycedo que narra la historia de un hombre abandonado en el corazón de la selva amazónica y que antes de morir escribió unas líneas rematadas con aquella frase.

‘El Karina’, ‘Perdido en el Amazonas’, ‘El alcaraván’ y ‘Mi alma’ se la dejo al diablo son los únicos libros colombianos de narrativa no ficción traducidos a otros idiomas. Este último ha sido publicado también en Francia, Japón, Italia, Grecia, Hungría, España, Portugal, Colombia y el resto de América Latina.

El lugar de la tragedia de Benjamín Cubillos –el protagonista– es una cabaña de madera levantada en plena manigua a orillas del río Yarí, aguas arriba de una cadena de cataratas. Luego, el río desemboca en el Caquetá.

El esqueleto de Cubillos fue hallado más tarde por el colono Óscar Rivera y siete indígenas que buscaban árboles de balata, una variedad de caucho utilizada en la fabricación de bolas para jugar golf.

Rivera y sus compañeros se habían extraviado y fueron a parar al Yarí –que identificaron por el sabor de sus aguas, como es usual en estas selvas–, pero, una vez frente a los restos de Cubillos, huyeron de allí sin tocar nada.

Río abajo vencieron la serie de cataratas aferrándose a las peñas. Luego, en las riberas de los primeros remansos hicieron un par de balsas y kilómetros adelante desembocaron en el río Caquetá, en lo que había sido el penal de Araracuara.

A raíz del cierre de aquel penal, Castro Caycedo viajó al lugar para realizar una serie de crónicas periodísticas sobre ese mundo, tan desconocido por el país, y contrató como guía y lanchero a Óscar Rivera.

Un mes más tarde, la víspera de regresar, se reunió por la noche con algunos expresidiarios que habían preferido quedarse en aquellas selvas y luego de que los demás contaron sus últimos recuerdos, Rivera abrió la boca:

–“Ese es aquí el pan de cada día. Lo que casi nadie sabe es que yo encontré el esqueleto de un hombre, allí arriba, en una casita de tablas a orillas del Yarí”.

¿Un esqueleto? Y a su lado, ¿un cuaderno con algo escrito?

–“¿Qué habían escrito?”.

–“No leí mucho –dijo Rivera–. Pero recuerdo que al final, el que escribió llamaba al diablo... O algo así”.

Según su descripción, la pequeña cabaña se levantaba frente a una recta interminable que formaba el río en una zona llana. Selva cerrada: “Sí. Selva muy virgen”, agregó Rivera. Al día siguiente llegaría un avión de EL TIEMPO que debía trasladar de regreso a Castro Caycedo.

Pero aquella historia era... ¡Una historia!

Como solución, el cronista se llevó consigo a Óscar Rivera para Bogotá: allí tendría mucho tiempo para escucharlo.

Florencia

El paso siguiente fue Florencia, el epicentro de aquellos territorios donde algunas personas conocían parte de la leyenda, que, desde luego, debería haberse decantado en alguna institución del departamento, en cualquier dependencia de la municipalidad, y finalmente... sí. El caso había llegado a un juzgado penal.

Los acusados de haber abandonado en la selva a aquel hombre eran un tal Martin Morningstar, un aventurero estadounidense con intereses en la zona, y un baquiano llamado Vicente Quintero, campesino sabio en su medio, que hacía las veces de paje del gringo.

Ambos fueron conducidos a un juzgado a raíz de la denuncia presentada por los familiares de Cubillos, y un par de horas después, como es tradicional, y razonable y además lógico en Colombia, el juez penal ordenó que Morningstar recibiera como cárcel una finca cerca de Florencia, su amplia casa en Cali y su avión particular.

Quintero fue enviado a sus dominios rurales, no lejos de allí.

Pero, a todas estas, realmente no había caso, porque no había lo que llaman ‘cuerpo del delito’, sencillamente porque no había cadáver. Ni tampoco ‘lugar de los hechos’. Y como no había cadáver ni escenario del delito, no se había realizado un levantamiento oficial.

Por tanto, el juez se declaró impedido para investigar a fondo, porque la pequeña cabaña se hallaba en medio de la selva virgen, a muchas leguas de su escritorio, frente a un río perdido en aquellas inmensidades, y le parecía prácticamente imposible llegar hasta allí.

Quintero

Vicente Quintero, aquel hombre sabio en su medio, es además un gran narrador: la cabaña era el epicentro de un coto de caza hasta, al cual Morningstar esperaba traer un grupo de turistas estadounidenses. La levantaron frente a aquella recta inmensa que forma el río Yarí, pista ideal para el acuatizaje del avión anfibio de Martin Mornigstar.

Antes del arribo del grupo de visitantes fueron enviados al campamento una cocinera, un joven auxiliar, un viejito trotamundos gringo amante de la selva que apareció en Florencia buscando aventuras y, desde luego, Benjamín Cubillos, el protagonista.

Primeras de cambio

La historia comenzó a tomar forma luego de los relatos de Óscar Rivera y de Vicente Quintero. El siguiente paso tenían que ser la cabaña, la selva circundante, los restos de Cubillos y, desde luego, aquel cuadernillo con algo escrito que hacía alusión al diablo.

¿Pista de acuatizaje? Claro. En la base aérea de Tres Esquinas, en pleno Caquetá tenía que haber hidroaviones.

Debía hablar con el comandante de la Fuerza Aérea: sí allí contaban con uno de dos motores. El cronista consiguió que lo llevaran hasta la recta del río: la cabaña, el esqueleto de Cubillos. Al lado de la pasera –cama hecha con estacas clavadas en el piso–, el diario y sus últimas líneas escritas posiblemente con la desesperación que producen las fiebres y el hambre en aquella soledad: “Mi alma se la dejo al diablo”.

Frente a la cabaña, los esqueletos de cuatro perros muertos, acaso por el hambre, y más allá de la pasera, una caja y, sobre ella, una libreta calendario escrita en inglés: el diario de Ernest ‘Slim’ Bawer, el viejito aventurero.

Castro Caycedo solamente tomó allí los diarios, de regreso los fotocopió en Florencia y luego se los entregó al juez investigador, que aún no veía la manera de realizar aquel acto que llaman levantamiento del cadáver.

La prensa

De regreso a Bogotá, nuevamente se puso a revisar uno a uno los diarios correspondientes a las fechas de la historia. Y, ¡oh sorpresa!: lo único publicado era una nota pequeña según la cual un par de antropólogos austriacos que habían estado ocasionalmente en aquella cabaña prevenían sobre el abandono en que habían quedado allí “un trabajador llamado Cubillos y un tal ‘Slim’ Bawer”.

Austria

Urgente. La embajada. El directorio telefónico de la universidad en Viena. En la escuela respectiva, una voz cortante: “Los antropólogos Fritz Trupp y Wolf-gang Ptak no están en Austria. Llame dentro de siete meses”.

Siete meses después, nuevamente el directorio telefónico. El número de Fritz Trupp. Se marca, pero no hay comunicación. Regresar a la embajada: “Dentro de seis días llega a Bogotá un miembro de la compañía de teléfonos de Austria. Le consultaremos”. Transcurren siete días: “Marque un 4 al comienzo del número que figura en la lista. Le agrega un 4, y al otro lado de la línea...”.

¿Truuupp?

Diez días más tarde, en Viena, un martes a las once de la mañana: “También estuvimos atrapados en aquel campamento y por un milagro, Wolfgang y yo logramos escapar”, dice Fritz.

Él escribió un diario. El tercero que forma parte de esta historia. Él y su compañero se salvaron porque tres de los turistas estadounidenses traídos por Morningstar se ahogaron en las cataratas y un familiar, de alguno de aquellos, vino a constatar la historia, y en aquel avión anfibio de la base de Tres Esquinas que lo llevó rescató a los antropólogos. Entonces, Cubillos y ‘Slim’ habían partido río arriba, pero regresaron a la trampa un par de días después, al parecer sin gasolina para el bote.

CULTURA
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