Las ideas de Moisés Wasserman

Las ideas de Moisés Wasserman

El exrector de la Universidad Nacional publica el libro 'Cómo tener siempre la razón'.

Moisés Wasserman

Moisés Wasserman (Bogotá, 1946) es columnista de EL TIEMPO desde el año 2012.

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Juan Manuel Vargas. EL TIEMPO

Por: María Paulina Ortiz
03 de mayo 2019 , 08:37 p.m.

En las columnas de opinión de Moisés Wasserman aparecen los temas más diversos: desde un análisis sobre el último avance científico hasta una mirada crítica a los horóscopos; una reflexión sobre los problemas de la educación en Colombia o su visión acerca de la llamada ideología de género.

Todas, eso sí, escritas con su óptica científica y el objetivo cumplido de poner a pensar a los lectores. Wasserman, nacido en Bogotá en 1946, estudió química en la Universidad Nacional, se doctoró en la Universidad Hebrea de Jerusalén e hizo su posdoctorado en la Universidad del Estado de Nueva York. Fue director del Instituto Nacional de Salud, rector de la Universidad Nacional y desde el 2012 escribe una columna semanal en este diario. Un buen número de estos textos acaban de ser reunidos en el libro 'Cómo tener la razón'.

En la introducción usted habla de cómo, para muchos, resulta extraño ver a un científico en estas lides periodísticas, como columnista de temas tan diferentes, alejado de su laboratorio. ¿Le han planteado con frecuencia esa extrañeza?

Lo han hecho durante mucho tiempo. Siento que hay un estereotipo, equivocado como todos los estereotipos. Tengo muchos amigos que trabajan en las ciencias, y a muchos de ellos les interesan otras cosas: son excelentes lectores, con frecuencia son músicos, artistas. Esa idea del científico metido en el laboratorio e interesado solo en fórmulas químicas es sesgada. Por supuesto que hay personas concentradas en eso, y a veces es necesario. Pero la mayoría de científicos tratan de tener una visión más amplia. No soy un bicho raro en ese sentido.

¿Cuáles son para usted las características de una buena columna?

Es difícil decirlo. Tiene que ser interesante. Porque si es aburrida, repele de forma automática al lector, y se supone que los columnistas –cualquiera que lo haga, mejor dicho– escriben para que los lean. Es decir que una primera condición es que genere interés. Es importante ser preciso, no ser vago. Cuando uno tiene la oportunidad de decir algo, hay que decirlo, no insinuarlo. También deben ser informadas e informativas. No tiene sentido que un columnista repita la noticia o dé una opinión predecible. Los columnistas que menos me gustan, aunque los leo con frecuencia, son aquellos en los cuales cuando leo el título ya sé qué va a decir el texto. Eso me parece una mala señal.

Suele citar en sus textos a muchos filósofos. ¿Cuál es su pensador de cabecera?

Definitivamente, incluso por deformación profesional, el de más impacto es Karl Popper. Su análisis sobre la forma como se adquiere conocimiento en ciencia, sobre lo que es ciencia y lo que no es, han sido aportes muy importantes. Aunque haya discusiones y matices alrededor, creo que ha establecido una línea muy fuerte. Lo he leído desde la universidad. Incluso, la introducción de mi tesis doctoral usa los argumentos de Pop-per de Conjeturas y refutaciones, uno de sus clásicos.

En una de sus columnas usted habló de un tema muy importante, y es el problema actual de que parte del periodismo está confundiendo su trabajo y volviéndose publicidad. El periodista en busca de seguidores más que de lectores...

No sé si eso es contaminación de las redes o es un fenómeno actual que se manifiesta en otros lados. Pero sí se ve mucho lo de complacer al lector. Y por supuesto que en cierta medida hay que complacerlo, pero no al punto de ir esquivando obstáculos y tratando de mostrar siempre lo que sabe que va a recibir un aplauso. En alguna columna mencionaba la experiencia en la universidad durante las asambleas –que son un lugar muy especial para estudiar la naturaleza humana–, en las cuales el discurso muchas veces cambia con los aplausos. La persona va tanteando y, si oye un aplauso, se va por esa veta. Eso es mala cosa. Termina uno no pensando, sino repitiendo lo que los otros quieren que se diga. La tarea de un periodista es –aunque pueda equivocarse, y sin duda se va a equivocar muchas veces– tratar de plantear una idea con honestidad, una reflexión propia. Para repetir los aplausos de los otros basta lo que ahora llaman “las bodegas”.

La tarea de un periodista es  tratar de plantear una idea con honestidad, una reflexión propia

Y lo más riesgoso es que, en aras de ese aplauso, puede modificarse la forma de presentar la información.

Absolutamente de acuerdo. Y en la situación que vivimos en Colombia es todavía más riesgoso. La gente dejó de leer ciertas posiciones, aunque las lea. Es decir, puede leerlas pero le resultan transparentes, y la posición se califica por el bando con el cual se identifican en determinado caso. Eso es muy preocupante. Y ha llevado a que el buen periodismo se desestime. Es muy fácil decir que alguien que plantea una posición diferente es un vendido. A mí me han acusado muchas veces, incluso me preguntan: ¿quién le está pagando? Es bastante absurdo, pero se llega a eso cuando la cosa está dividida en campamentos y ya uno de forma automática asume que lo cierto es lo que viene de un campamento y lo otro es sospechoso. Insisto en que es muy peligroso.

Moisés Wasserman

El libro es editado por el Fondo de Cultura Económica

Foto:

Archivo particular

Otros de sus temas recurrentes son los relacionados con la superstición, los horóscopos, la magia... ¿Por qué ese interés?

Es uno de mis temas obsesivos. Me parece que los mitos han hecho más daño que bien. Soy muy racionalista. Y el racionalismo lo que plantea, a la larga, es la toma de decisiones con base en hechos y no en mitos o en cuentos. A algunos nos llaman cuadriculados. Tal vez no creer en fantasmas o en brujas y esas cosas es ser cuadriculado. No sé. Pero creo que sin esas creencias se le hubiera ahorrado mucho dolor a la humanidad. Obviamente, desde la ciencia es muy fuerte ese racionalismo. Aunque conozco científicos, buenos en su campo, que creen en absurdos muy grandes. Le ven a uno un teléfono celular en el bolsillo de la camisa y le dicen “quítese eso de inmediato porque le va a dar un infarto”, o cosas así. Cuando se salen de su campo muy estrecho, los científicos también pueden ser irracionales. O sea que el llamado a lo racional es para todos.

Hace poco, el historiador Reza Aslan, experto en religiones, me dijo en una entrevista que cree que en un futuro, la ciencia y la fe pueden llegar a coincidir en una misma disciplina. ¿Qué opina?

Muy difícil en el futuro cercano. Tendría que haber cambios muy grandes en la religión, más que en la ciencia. La ciencia es fundamentalmente adogmática. La duda es su fundamento. Se duda, incluso, de cosas que parecerían establecidas. La religión es un dogma generado por una revelación que, por supuesto, no puede ser puesto en duda. Es decir que hay una contradicción fundamental en esas dos posiciones. El problema de las religiones, en la historia de la humanidad, no ha sido con la ciencia, sino entre ellas. Porque cada una sostiene que es la verdad absoluta. Y, por lo tanto, cualquiera que diga algo distinto es herética. Para que haya algún acercamiento y compatibilidad, la religión que se acerque debe transformarse mucho y parecerse más a la de estos intelectuales –algunos, incluso, sacerdotes– que hablan de una creencia más abstracta y amorfa, que a aquellas que defienden y sostienen una doctrina oficial.

No tiene sentido que un columnista repita la noticia o dé una opinión predecible. Los columnistas que menos me gustan son aquellos en los cuales cuando leo el título ya sé qué va a decir el texto.

Por supuesto, otra de sus temáticas frecuentes es la educación en Colombia. ¿En qué aspectos claves es importante trabajar para mejorarla?

Hay varios aspectos. Lo más importante es la formación, más que la instrucción. Formar a una persona que sea capaz de pensar de manera crítica; que sea capaz de buscar información, de discriminar en la información aquello que es importante y lo que no, lo que es verdadero y lo que es falso. Ese es el fin último de la educación. No estoy de acuerdo con aquellos que dicen que hay que acabar con la memoria, con la enseñanza clásica de las asignaturas. Porque una de las cosas que le dan a la persona la capacidad de pensamiento crítico es, por ejemplo, saber dónde vive, o sea, saber geografía; saber por qué este momento llegó a ser lo que es; o sea, saber historia; uno es incapaz de ver la naturaleza si no tiene un mínimo manejo de matemáticas y estadística, y, por supuesto, no puede saber la realidad del mundo si no entiende algo de física y química. Esas tendencias de ‘no enseñemos nada’, ‘mejor que aprendan en el recreo’ no van conmigo. Ahora, en Colombia tenemos unas inequidades muy grandes. La educación pública básica y media es peor que la educación privada básica y media. También hay una diferencia muy grande entre la educación urbana y la rural.

Y ha planteado el problema de que muchas de las personas con alto nivel educativo después no encuentran qué hacer...

Ese es otro problema muy serio, sí. Es uno de los temas que abordan ahora en las discusiones de lo que llaman la Misión de Sabios. También lo plantearon en la de hace veinticinco años. No basta con formar gente de muy alto nivel, de nivel doctoral –en eso mejoramos, aunque no llegamos todavía a los niveles internacionales–, es necesario darles un marco adecuado para que trabajen y se desarrollen, produzcan para el país y para el mundo. Hoy formamos un doctor, pero difícilmente ese doctor puede conseguir un puesto de trabajo, y los puestos no le permiten desarrollar su potencial. Es importante resolver eso, y la solución está muy ligada con el crecimiento económico y social del país.

Usted cuenta que su padre era “un pesimista serio y profesional”. ¿Heredó ese pesimismo?

¡No! Si lo hubiera heredado, no hubiera hecho lo que he hecho. Le puedo agradecer a su pesimismo lo que uno les agradece a veces a los padres: que los tiene presentes para tratar de no parecerse. Aunque al final, según Freud, terminan por ser dominantes. Físicamente, alguna vez me miré al espejo y me fui para atrás sorprendido de ver a mi papá. Pero con el pesimismo es lo contrario: soy bastante optimista. De otra forma, uno no se mete a trabajar en ciencia y en educación.

Llama la atención que cite a Freud, que no suele ser muy apreciado entre los científicos...

Tengo una posición heterodoxa con respecto a él. Creo que es totalmente acientífico, y muchas de las cosas que dice no se han comprobado. Pero admiro muchísimo su absoluta capacidad de introspección y de comprender cosas del ser humano apenas con unos pequeños rasgos e indicios. Realmente, él entendió muchas cosas.

MARÍA PAULINA ORTIZ
DIRECTORA DE LECTURAS

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