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Mi memoria del ‘Gran Otto’ Morales Benítez
OTTO

Otto Morales Benítez dejó un gran legado en la política, las letras y la cultura. Falleció en el 2015, a los 94 años.

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Claudia Rubio. EL TIEMPO

Mi memoria del ‘Gran Otto’ Morales Benítez

En el centenario del nacimiento, una semblanza contenida en el libro El Gran Otto: años de formación

Otto Morales Benítez era un hombre de provincia, nacido en 1920 –¡hace 100 años!– en un lejano municipio del departamento de Caldas: Riosucio, por lo cual era simplemente un riosuceño. Siempre lo fue, además; se le notaba en su acento paisa, que es imposible dejar, y se enorgullecía de serlo porque era también amante de su terruño, de su familia, de su padre Olimpo y de su madre Luisa, de quienes aprendió, respectivamente, la pasión por el trabajo y el culto a las bellas letras, virtudes que ambos llevaban en la sangre.

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De otra parte, ahí se contagió de la alegría del Carnaval del Diablo; gozó de la riqueza folclórica del pueblo e incursionó en su larga historia, con hondas tradiciones, que lo fueron llevando a esa admiración profunda por la historia local y regional, de la que terminaría siendo uno de sus máximos cultores en Colombia y América Latina. Con razón, él ha sido un ídolo en Riosucio, como respuesta a su propia idolatría hacia la aldea nativa, con la fidelidad del buen hijo.

Patriota a carta cabal

De ahí también surge su fe ciega en que la nacionalidad del país se extiende hasta allá, hasta la provincia, hasta los sitios más lejanos del país, donde el Estado tiene la obligación de hacerse presente si quiere paz y desarrollo, dos banderas que él enarboló en sus campañas presidenciales, las cuales agitaba igualmente en las páginas de sus libros, con auténtico patriotismo.

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En Riosucio, además, descubrió el mestizaje, reflejado en su piel cobriza, de rasgos indígenas, que con el tiempo lo llevaría a formular la teoría del mestizaje, pionero en tal sentido para nuestros países, y sumarse, por ende, al pensamiento indoamericano, del que fue uno de los supremos exponentes al lado de Víctor Raúl Haya de la Torre, José Vasconcelos y José Consuegra Higgins.

Fue “Hombre de América”, como alguien le llamó.

Para Morales Benítez, en síntesis, los valores esenciales de Indoamérica están en sus raíces; en su pasado, que se remonta a las culturas indígenas precolombinas; en grandes fenómenos sociales, como la colonización antioqueña del Viejo Caldas, y en movimientos populares, con el protagonismo del pueblo, como sucedió durante la independencia patria del coloniaje español.

No obstante, ya un poco al margen de la concepción marxista que tanto influyó en su liberalismo de izquierda, exaltaba, con talante liberal, a los Héroes –siguiendo a Carlyle–, a líderes que mueven a las masas, y a figuras como Bolívar y Santander, pero también a López Pumarejo, Eduardo Santos, Gaitán, Lleras Camargo, Belisario Betancur y Lleras Restrepo, entre otros.

Él, no lo olvidemos, nació un 7 de agosto, el mismo día en que un siglo antes se conquistara, en la batalla de Boyacá, la independencia nacional. El patriotismo estaba pegado a sus entrañas.

Culto al lenguaje

En este reencuentro con Morales Benítez, el fascinante mundo literario surge a cada paso. Desde un principio, como es obvio.

Y en su carácter, signado por el culto al lenguaje, a la palabra, del que hacía gala como el buen conversador que todos recordamos, acompañado por su sonrisa a flor de piel y sus sonoras carcajadas, contagiosas, en medio de simpáticas anécdotas, contadas por un narrador innato.

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Eso, igualmente, le venía de tiempo atrás: por la tradición paisa, que se remonta hasta viejos arrieros; en Riosucio, cuyas manifestaciones culturales incluían tanto al popular declamador como al consagrado novelista, y en charlas familiares, frente al fogón o en la sala y el comedor, en las que su madre recitaba poemas de Porfirio Barba Jacob, su pariente lejano.

Una palabra que se fue enriqueciendo con la lectura de autores como Víctor Hugo y Balzac, Quevedo y Góngora, pero también el infaltable Vargas Vila, cuyas obras estelares eran alquiladas en la biblioteca del cacharrero del pueblo por inquietos colegiales, entre quienes Otto llevaba la iniciativa.

Tal costumbre se acentuó, en lugar de desaparecer, cuando viajó a Popayán para concluir su bachillerato en la Universidad del Cauca, donde de entrada sorprendió al respetable profesor Tomás Maya (padre de Rafael Maya) por sus conocimientos literarios.

Lecciones de vida

En el parque Caldas escuchaba las sabias enseñanzas del maestro Guillermo Valencia, convertido en modelo de vida al igual que los diversos miembros de la generación de Los Nuevos, a quienes pretendía –por qué no– superar algún día.

Y al lado de sus lecturas, llegaron la escritura, el periodismo, los ensayos y, como triunfo consagratorio en Medellín, la dirección del suplemento literario Generación, del diario El Colombiano, que ejerció en complicidad con otros jóvenes universitarios que ya brillaban en el panorama cultural del país: Jaime Sanín Echeverri, Miguel Arbeláez y Belisario Betancur, quien logró colarse al grupo directivo para ganarse unos pocos pesos.

Luego, aún deslumbrado por pensadores como Mariátegui y Vasconcelos, de vuelta a su tierra se instaló, con su flamante título de abogado, en Manizales, por donde cruzaba –según decían– el meridiano intelectual de Colombia, cuya tribuna por excelencia era el periódico La Patria bajo la dirección de Silvio Villegas, digno representante de la escuela grecocaldense que él tanto admiraba, con la distancia debida.

Por último, fue a parar al Congreso de la República, como representante a la Cámara, donde estaba dispuesto a hacer política en grande, con sólidos principios ideológicos y plena sujeción a la ética, a las normas morales por encima de los mandatos jurídicos, en cabal ejercicio del espíritu humanista que le identificaba.

Repasemos, entonces, su formación política, tan importante como la intelectual y literaria que hemos visto a vuelo de pájaro.

El líder político

En Otto Morales Benítez, la política se cruzaba a cada momento con la literatura. Eran dos mundos paralelos. Y se desplazaban al mismo ritmo, en forma simultánea, como si esta fuera la clave para alcanzar el desarrollo personal e integral que él logró, por lo cual también lo reconocemos como gran ser humano y, al decir de Machado, “en el buen sentido de la palabra, bueno”, base de su elevada estatura moral.

Al respecto, tenemos pruebas de sobra: en su pueblo natal, al tiempo que daba rienda suelta a su imaginación con novelas y versos, fungía de incipiente líder político, impulsado por su padre, cuyo férreo liberalismo adoptó con figuras como Rafael Uribe Uribe, amigo de su familia materna en Fredonia (Antioquia), y con inquietos amigos de infancia y adolescencia en el Grupo Guardia Roja, nombre que habla por sí solo.

En Popayán, al concluir sus estudios de bachillerato, era todo un intelectual metido en la política, que desde la Casa Liberal daba cátedra de doctrina, marchaba con entusiasmo hacia la revolución...

En Popayán, al concluir sus estudios de bachillerato, era todo un intelectual metido en la política, que desde la Casa Liberal daba cátedra de doctrina, marchaba con entusiasmo hacia la revolución promovida desde el gobierno por López Pumarejo, apoyaba la candidatura presidencial de Echandía y escribía en cuanto periódico se le cruzaba, defendiendo con pasión a su partido, obviamente en medio de la República Liberal.

Medellín, por su lado, lo llevó a enfrentarse, desde los inicios de la Segunda Guerra Mundial, al nazi-fascismo que pretendía arrasar con la democracia en el mundo, aún en el seno de la Universidad Pontificia Bolivariana, y enfiló sus baterías en la recia lucha por el liberalismo social, de izquierda, que venía desde el general Santander, José María Córdoba, Ezequiel Rojas, Uribe Uribe, Murillo Toro…

Presidencia a la vista

Así se fue codeando, poco a poco, con los pesos pesados de su partido, como cuando estuvo de gira, en campaña, con Carlos Lozano y Lozano, nada menos que en Rionegro, cuna del liberalismo radical, y después con el mismo Echandía, quien le reveló secretos del fallido golpe de Estado en Pasto contra López Pumarejo, inéditos hasta hoy.

A continuación, en Manizales, donde reinaban las fuerzas conservadoras bajo el mando de los aguerridos Leopardos, puso en juego su don de gentes y su espíritu conciliador, aunque sin ceder un ápice en sus principios morales que honraban su apellido, para transformarse en máximo jefe del liberalismo caldense, enfrentado a situaciones críticas como el 9 de abril de 1948, cuando fue asesinado el caudillo Jorge Eliécer Gaitán.

A mediados del siglo, en 1950, Otto ya había hecho su debut en el Congreso, como representante a la Cámara por Caldas, y se disponía, sin saberlo siquiera, a ser un dirigente político de talla nacional y respetable ideólogo de su colectividad, a la que representaría en encumbradas posiciones del Estado, entre las cuales no le faltó sino la Presidencia de la República, cargo más que merecido.

“Los colombianos tenemos esa deuda con él al no haberlo elegido presidente”, dijo su amigo del alma, Belisario Betancur, al inaugurar la Sala Otto Morales Benítez en la Academia Colombiana de la Lengua.

‘El Gran Otto’: así le decíamos muchos de sus amigos a Otto Morales Benítez, cuya grandeza se manifestaba, más allá de la apariencia física, en su vasta producción literaria, con casi dos centenares de libros sobre múltiples temas, relacionados especialmente con la historia, la literatura y la política.

Grande por su amplia trayectoria de hombre público, que en alguna ocasión estuvo ad portas de ocupar la Presidencia de la República; por su condición de exministro, académico y jurista de alto vuelo, o por su autoridad moral, la misma que durante largas décadas se destacó en nuestro país, donde siempre le vimos como modelo ejemplar del buen ciudadano, virtuoso y honesto, de conducta intachable, en permanente lucha frontal contra la corrupción.

Fue, además, grande en América Latina, donde eran aplaudidas sus obras (por ejemplo, su Teoría del mestizaje, de la que fue pionero en el continente), así como en España, donde llegó a ser nominado, por la Academia Colombiana de la Lengua, al Premio Príncipe de Asturias, galardón, tanto por sus escritos, decantados en la mejor lengua castellana, como porque eso le habría asegurado el justo reconocimiento mundial.

Fue grande, a su vez, como intelectual, con una amplia formación humanista, y periodista de tiempo completo, quien se paseaba a sus anchas por la prensa nacional, de la que incluso presidió Andiarios, su máxima organización gremial en Colombia.

* Miembro correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua.

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