Memorias de un sacerdote frente a una religión opresiva

Memorias de un sacerdote frente a una religión opresiva

Un análisis inédito del padre Alfonso Rincón sobre 'Hábitos nocturnos', obra de Alfonso Carvajal.

Alfonso Carvajal

Alfonso Carvajal es autor de más de 10 libros, entre ellos ‘La sonata del peregrino’, ‘Ruega por nosotros’ y ‘Pequeños crímenes de amor’.

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Claudia Rubio / EL TIEMPO

Por: EL TIEMPO
22 de abril 2019 , 10:11 p.m.

Alfonso Carvajal nos sumerge, con un lenguaje ágil, salpicado de poesía, en un universo lleno de historias, de conflictos, de reflexiones, de metáforas, de personajes, de preguntas y posturas religiosas, en el cual la figura del padre Saldarriaga se convierte en la escenografía donde se juega el drama de un tipo de hombre de nuestra sociedad posmoderna, irreverente e iconoclasta.

La narración se desliza suavemente, a lo largo de capítulos breves, bien construidos, con un ritmo y una musicalidad muy logrados, generando un suspenso que agarra al lector y no le deja interrumpir la lectura.

El autor escoge un gran escenario desde donde el protagonista principal, cuya historia queda recogida en sus memorias, ve el mundo, a dos mil seiscientos metros más cerca del cielo y del infierno. Allí se ubica para mirar el pasado y evocarlo, para dibujar siluetas, retratos y apegos.

Bogotá, la ciudad de las casas solariegas, con brevos y cerezos y la ciudad nocturna que revela sus misterios y sus trampas, el sexo y el vicio ligados a la supervivencia y sus seres nocturnos en busca de pan y de placer, es el epicentro de la acción.

Al comenzar la obra resuenan los ecos de una infancia, la del protagonista, que señalan su destino. Aparecen una madre piadosa, de familia honorable y rica; un padre sin interés por asuntos religiosos y disciplinado ratón de biblioteca, de familia humilde y labrada a pulso; una abuela amorosa, libre comerciante del amor, que odiaba a los curas, y un tío obispo, con un cristianismo de papel.

Con esa tradición familiar y religiosa, nuestro protagonista va al seminario movido por su madre y su tío, empujado por la ausencia y la curiosidad de Dios y por un accidente, la muerte de su amada. Encaramado en un frondoso sauce, como un pájaro, lejos de Dios y de los hombres, decide ser sacerdote. Dios ocupará un lugar central en su mundo interior y se volverá para él una obsesión, lo sentirá presente y silencioso.

Como cura quiere ser un jornalero que dé luz a las sombras, un sacerdote de tinta y polvo, de carne. Su vida sacerdotal se convertirá en la arena donde se enfrentarán numerosos fantasmas, deseos, búsquedas, frustraciones. Hará un juicio implacable y dolorido de muchas acciones y enseñanzas de la Iglesia a la que considera monolítica.

En el personaje se perciben las heridas dejadas en muchas gentes por la huella de lo religioso; se expresan, con vigor, dudas sobre las más profundas verdades de la fe y los dogmas, sobre la persona de Jesús y de la virgen María, la vida eterna, y buscan formularse de otra manera.

Un personaje paradójico

El personaje es paradójico, religioso, incrédulo y apasionado. En él aparecen la inquietud religiosa, insoslayable, en una perspectiva solitaria, sin objeto, sin Dios ni diablo, sin estructuras eclesiásticas, compartida sin embargo por un grupo de personajes deshabitados, anticatólicos y atados al Señor con fe heroica, que dicen no pretender, a través de sus escritos, recogidos en la revista Estigma, cambiar el mundo, sino un pedacito de él y ofrecer una religión alternativa.

También sobresale la inquietud social y política: un país de sufrimiento, con desigualdades profundas reflejadas en una capital habitada por jóvenes locos, perturbados por la droga, maltrechos por las circunstancias, por desplazados, cuyas familias quedan enterradas en la montaña; prostitutas que vagan por las calles perseguidas por el deseo y en busca del placer y del pan.

En las calles oscuras y en los caminos del tiempo, Saldarriaga encuentra una jovencita con un cuerpo de hombre en un alma de mujer, el diablo, el ángel caído haciendo consideraciones teológicas; jóvenes que fuman marihuana, una mujer con un niño en sus brazos, un reciclador, antiguo profesor, venido de la burguesía.

En su recorrido encuentra también un colega sacerdote entregado a los pobres, consumido por la miseria del prójimo, decepcionado de una guerrilla sin rumbo, un hombre de izquierda con modales cristianos, a quien desaparecieron. Se atraviesa un monje rebelde para quien el pecado era el viaje al conocimiento en el vehículo del deseo; un hombre fascinado por el arte, cuyo final es el suicidio; un predicador nocturno de discursos amenazantes y el padre Tamayo, su amigo, su cómplice, su hermano en el dolor y en la alegría.

El mundo de Saldarriaga está poblado de pájaros, árboles, ramas, vuelos. Palabras llenas de connotaciones. Él mismo es un pájaro que canta. Desde los árboles, esperando un indicio de Dios, quiere volar sin moverse de las ramas que lo sostienen, desde ellos quiere respirar el aire de la noche; los árboles son para él como Dios, naturales y callados; desde allí todo se ve y nadie lo ve a uno; sus ramas son el lugar de las grandes decisiones.

La noche es otra realidad imprescindible, en el itinerario existencial del protagonista.

Ella está íntimamente asociada con el sueño, y Alfonso Carvajal goza mencionándola en los textos escogidos como epígrafes de varios capítulos. Saldarriaga afirma ser un sueño que se abre paso entre los matorrales de la noche, imagen hermosa y profunda que permite expresar el recorrido interior de su búsqueda y conflictos, de su perplejidad y de sus dudas.

El vuelo, la noche, el insomnio y el sueño, la sensibilidad, la fruición artística tienen en la novela una relación con la droga. Esta no aparece como la simple concreción del vicio, como lo que lleva al regocijo en los misterios de la noche; la droga se convierte en cierto modo en una metáfora de lo que desborda lo inmediato, de lo que abre a otros mundos. No es la exaltación del vicio en la figura de un sacerdote lo que podría en primer lugar llamar la atención por su carácter escandaloso e irreverente.

Lo que se pretende mostrar con ella es una especie de agresiva propuesta de un mundo diferente que rompe las ataduras de lo cotidiano y pulveriza las rutinas del tiempo y del hastío. Carvajal elabora descripciones fascinantes del acceso a ese mundo del delirio. El Apocalipsis, como imagen, abre también nuevas perspectivas, se convierte en cierto modo en la entrada al nuevo milenio. Y, en ese escenario, el fuego y el incendio del monasterio, como el de la biblioteca en la gran novela de Eco, se convierten en arma purificadora y augurio de un nuevo comienzo.

Teología y literatura

Los autores que el escritor menciona son sin duda afines al universo de aquel y a sus inquietudes existenciales y religiosas: Baudelaire, Artaud, Rimbaud, Nerval, Pessoa, Blake, Proust y el irremplazable Quevedo. ¿Es la teología un lenguaje que se reduce a la literatura y a la expresión estética? ¿Qué vínculos podrían darse entre ellas? ¿Puede la religión liberarse de lo bello o por el contrario es el lenguaje de la belleza su mejor ropaje?

Al lado de Saldarriaga aparecen dos personajes claves; el periodista, cuyos rasgos describe el autor con gran cuidado, y el editor de las memorias del cura, un personaje misterioso. El lector de Hábitos nocturnos descubrirá el rostro y el alcance de estos caracteres y comprenderá muchos otros elementos de la trama. Lo anterior constituye el tejido de la novela. El núcleo, a mi parecer, es la figura del sacerdote, pero el meollo está en su proceso intelectual y afectivo frente a Dios, al cristianismo en general y al catolicismo en particular.

Los problemas que se tocan en el libro y las numerosas reflexiones que el autor pone en boca de los personajes están relacionados con la imagen de Dios: el mal, el pecado, la culpa, la sexualidad, el placer, el deseo, la autoridad, la libertad, la justicia. El personaje busca desmontar una imagen y ofrecer otra. Se trata de sacudir desde dentro los fundamentos mismos.

La novela trata de un sacerdote que quiere romper lo que considera las ataduras de una religión opresiva, que quiere enterrar a Dios como la póliza asegurada al final del camino. Se trata de un desafío que hace el hombre moderno y posmoderno a una imagen que considera negativa y dañosa.

Frente a ese sacerdote, colega de ficción y realidad, se puede tomar cierta distancia para discernir y analizar las diversas miradas y los distintos prismas a través de los cuales él y yo nos apropiamos de la realidad.

La rica tradición literaria sobre el tema sacerdotal permite reconocer figuras múltiples e interesantes, en contextos diversos, con salidas creativas y, sobre todo, con una fuerte dosis de esperanza. El diario de un cura rural de Bernanos, san Manuel Bueno de don Miguel de Unamuno, Nazarín de Pérez Galdós, los libros de Morris West, Andrew Greeley, Graham Greene, Ignazio Silone, G. Guareschi, Shusaku Endo, entre otros, presentan figuras sacerdotales, complejas y diversas, dentro de un pluralismo inmenso de rostros.

Lo que está bien escrito, con claridad y en buen castellano, produce un placer indudable. Pero, más allá de la dimensión literaria, el libro me planteó preguntas, me permitió ver inquietudes que se mueven en el interior de nosotros y de nuestros contemporáneos. El autor no ignora el mundo religioso ni algunas dimensiones del mundo sacerdotal. Su aproximación es ficción, sin duda, pero en el marco de lo verosímil.

Saldarriaga también es la imagen del hombre posmoderno, sin certezas últimas; solo, enfrentado consigo mismo, con sus propios fantasmas e ilusiones, buscando un camino sin otro guía que uno mismo, un camino que uno va construyendo, “el que el corazón y la inteligencia señalan, a pesar de las piedras blandas y duras del camino”.

Difícil encontrar en medio de ese mundo desilusionado, sin salidas, una llama de esperanza que quiebre el pesimismo y el vacío. Sin embargo, el protagonista de la obra permite vislumbrar una salida en donde el camino es ciertamente uno, pero con Dios en el camino.

Ese ser humano solitario, suficiente, prometeico que buscamos llegar a ser ¿no se enriquecería al sentir la necesidad de alguien que le de la mano, lo acaricie, lo perdone, lo acompañe, lo abra a los otros y lo acoja en su casa? ¿Es suficiente un mundo sin mediadores, sin compañía, sin hombros sobre los cuales apoyarnos? Después de la noche nace la aurora.

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