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‘Vivimos en una sociedad obsesionada con la juventud’: Marta Orrantia
Marta Orrantia

Orrantia (Bogotá, 1970) combina la literatura con el periodismo. Ha escrito también ‘Orejas de pescado’ y ‘Mañana no te presentes’.

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Cortesía de la autora

‘Vivimos en una sociedad obsesionada con la juventud’: Marta Orrantia

La escritora y periodista reflexiona sobre la vejez en su tercera novela 'Cipriano'.

En su tercera novela, que precisamente lleva el nombre del protagonista, 'Cipriano', Marta Orrantia regresa otra vez a la idea de la memoria: “Es algo que vengo explorando hace años como escritora. En mi primera novela, Orejas de pescado, unos amigos se comen las cenizas de su amigo para recordarlo; en Mañana no te presentes hablo de la memoria de las víctimas y los victimarios ante la tragedia del Palacio de Justicia, y en Cipriano es la memoria del machismo colombiano. Los ancianos son nuestros referentes, para bien o para mal, y los estamos ignorando todo el tiempo porque vivimos en una sociedad obsesionada con la juventud y la belleza, que no le interesa la sabiduría; por eso la gente tiene miedo a envejecer. Con esta novela, de alguna manera quería visibilizar a los viejos”.

Desde el año pasado, Orrantia vive en Italia y el proceso de adaptación a una nueva cultura e idioma estuvo acompañado de la pandemia, que aún sigue latente ante una nueva ola de contagios. La autora reconoce que le hace falta estar en su país y que le desespera no estar cerca de los suyos, precisamente ahora que Colombia pasa por el momento más álgido del covid-19. Este cambio de vida tan vertiginoso no la ayuda a concentrarse en la escritura; sin embargo, se ha dedicado a leer e investigar para su próximo proyecto que espera empezar pronto, apenas llegue algo de sosiego: “La escritura es pura disciplina y voluntad porque a uno le duele, porque al escribir puedes terminar muy sanada, pero también muy destrozada”.

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Cuando empezó a escribir esta historia, ¿por qué decidió contarla desde la voz de Cipriano y no desde su hija?

Tuve esa duda cuando empecé a escribir. Si la contaba desde el punto de vista de su hija, Juana, la historia iba a quedar coja. Sin embargo, las mujeres están ahí y de alguna manera son ellas las que se encargan de darle lecciones a Cipriano. Lo que quería con este personaje masculino es que reflexionara sobre su egoísmo, él siempre vio a las mujeres como las culpables de las cosas malas que le pasaban y poco a poco debe asumirse en su papel de hermano, amante, esposo, padre y abuelo.

Cuando Cipriano conoce a la esposa japonesa de Felipe queda perturbado porque ella, en su poco dominio del español, siempre habla de Felipe en verbo presente, como si aún estuviera vivo. ¿Cómo ve la relación entre el lenguaje y la muerte?

La gente existe en función de quienes la recuerdan. Hikaru nunca le pregunta a Cipriano por Juana, por eso siente que cada vez que habla de Felipe se le escapa un recuerdo. Para ella solo viven los muertos en sus recuerdos; en cambio, para Cipriano la única forma de recordar a los muertos es estar hablando. Cipriano es un anciano viudo de setenta y seis años. Nunca aprendió a cocinar y su única diversión es hacer crucigramas y sudokus. Se levanta cada mañana sin voluntad de vivir y no soporta el dolor de la soledad. En la penumbra de su apartamento enfrenta la muerte de su hija, Juana, en un accidente aéreo, pero descubre que en ese mismo avión también pierde a un hijo, Felipe, del cual desconocía su existencia. La pérdida de sus hijos hace que Cipriano ponga en balance su vida, reconozca sus culpas y trate de buscar la redención: “Lo que ocurre con los viejos es que ya no nos queda tiempo, y sin embargo tenemos todo el tiempo del mundo”.

Ellos todo el tiempo. En ese descubrimiento, Cipriano se obsesiona por conocer a sus hijos a través de los otros porque es la única forma de apropiarse de esos muertos que no le pertenecían.

Marta Orrantia

La novela es editada por Literatura Random House

Foto:

Archivo particular

Algo que le atormenta a Cipriano es el hecho de enterrar a sus hijos. Hoy, con la pandemia muchos médicos han tenido que decidir sobre quién vive: los jóvenes o los viejos...

En esta pandemia nos hemos dado cuenta de que la vida es muy frágil. Los judíos tienen una creencia que es salvar a la persona que tiene más conocimiento o sabiduría, técnicamente se debería salvar a los viejos; pero pensamos que son los jóvenes los que merecen salvarse solo por el hecho de ser joven. Yo no querría estar en el lugar de un médico en estos momentos. Por otra parte, es cierto que el orden de la vida es que los hijos entierren a sus padres. Yo creo que no existe un dolor más grande en el mundo que la muerte de un hijo. Cuando uno tiene un hijo estrena el corazón. A Cipriano se le mueren sus hijos y queda derrotado por la vida.

Otra de sus reflexiones en el libro es el perdón...

Cipriano es un hombre que vive con culpas, que no es capaz de perdonarse y mucho menos de pedir perdón. En algún momento se enfrenta con el amor de su vida, Alicia, que está agonizando en un hospital. Cuando se despide de ella, Cipriano consigue aceptar la muerte y por ende la muerte de sus hijos. Ahí es cuando empieza de alguna manera a sanar.

Siguiendo con el tema y relacionando un poco con su anterior novela, ¿cómo ve este proceso de perdón en la sociedad colombiana?

Si uno no perdona, no puede seguir adelante. Cuando como sociedad no pides perdón, te estás envenenando. El perdón es indispensable para seguir adelante, pero evidentemente hay gente que no quiere la paz en Colombia porque se enriquecen con la guerra. Es cierto que la guerrilla hizo mucho daño, pero el Ejército y los paramilitares lo hicieron también. Es muy fácil desde las ciudades azuzar a la guerra, pero los que pierden están en el campo.

Algo que se destaca cuando se habla de Juana en la historia es su feminismo…

Juana es todo lo que a Cipriano no le gusta y odia en una mujer: feminista, gorda, libertaria, hippie. No quería verse reflejado en Juana, ya que ella no resultó ser la hija perfecta que quería tener. Cuando después de muerta entra a su apartamento y ve la marihuana y los condones usados, empieza a enternecerse y aceptar a ese ser humano, se convierte en un cómplice de esos secretos que dejó.

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Durante el proceso de escritura de Cipriano, ¿siente que pudo entender de alguna manera a su padre?

Claro, el papá de uno es un dios o un semidiós. Mi papá todo podía, era el centro de mi vida y toda la casa giraba alrededor de él. Nunca lo vi como un hombre con necesidades biológicas, con tristezas, con duelos, enamorado, y yo siento que a través de Cipriano he empezado a entender a mi papá como ser humano. Siempre he tenido una relación cercana con mi papá, pero aprendí también que debo cuidarlo en su humanidad.

Finalmente, ¿cómo es la ventana por donde mira Marta Orrantia?

Ahora mi ventana da al Campidoglio y es muy diciente. Todavía me alucina pensar estar en esta ciudad, en este mundo tan diferente. Mi ventana mira al futuro con mucha ansiedad y con un motón de preguntas.

Dulce María Ramos * -
ESPECIAL PARA EL TIEMPO
Twitter: @dulcemramosr
* Periodista literaria hispano-venezolana

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