El nobel peruano Mario Vargas Llosa habla sobre su más reciente novela

El nobel peruano Mario Vargas Llosa habla sobre su más reciente novela

'Tiempos recios' reivindica la figura del primer presidente latinoamericano a quien derrocó la CIA.

‘Si EE. UU. no tumba a Árbenz en Guatemala, los últimos 50 años de América Latina habrían sido muy distintos’

Jorge Mario Pedro Vargas Llosa vive en Madrid, donde continúa activo como escritor de ficción, de ensayos, y como conferencista, en compañía de la filipina Isabel Preysler. 

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AFP

Por: Francisco Celis Albán
29 de octubre 2019 , 08:14 a.m.

Maestro, es una fortuna volver a entrevistarlo (vía telefónica), ahora a propósito de este nuevo libro tan cargado de política...

Es una novela, no es un libro de historia. Pero sí está basada en hechos históricos. Digamos, los hechos básicos, históricos los he respetado. En los detalles sí hay mucha fantasía, mucha imaginación: he cambiado, he inventado personajes, a algunos personajes reales los he tratado con mucha libertad. He trabajado con la libertad a que tiene derecho un novelista.

Indudablemente, la década del 50 fue un momento crítico para América Latina. Usted ha explicado que si Estados Unidos no hubiera intervenido, como lo hizo, para derrocar a Jacobo Árbenz, en 1954, el destino del continente seguramente habría sido muy distinto...

Mire: yo era estudiante universitario en 1951, cuando subió Jacobo Árbenz a la presidencia en Guatemala. Era un periodo muy difícil porque en ese momento teníamos dictaduras prácticamente en la gran mayoría de los países latinoamericanos, y despertó un enorme interés y solidaridad el hecho de que hubiera un gobierno democráticamente elegido en unas elecciones limpias, que se decidiera a hacer reformas sociales profundas, lo que nos parecía una necesidad en toda América Latina.

Entonces hubo una gran atención centrada en las reformas que estaba haciendo Árbenz, justamente porque el país vivía un periodo democrático, había tenido elecciones libres, había propuesto las reformas y había recibido un mandato electoral para hacerlas. Entonces que a los tres años de haber subido hubiera habido este golpe de Estado tan clarísimamente planeado por la CIA, poniendo al frente al coronel Carlos Castillo Armas, con ayuda de Trujillo y de Somoza, dos dictadores que eran como el emblema mismo de lo que estaba ocurriendo en muchos países de América Latina, yo creo que tuvo una consecuencia muy seria en todo el continente, porque desencantó a muchísimos jóvenes, entre ellos a mí mismo, con la democracia, con la idea de que se podían hacer dentro de una legalidad y una libertad las reformas que nos parecían indispensables para convertir a América Latina en países modernos.

¿De qué modo cree que estos hechos tan específicamente centroamericanos afectaron a todo el continente?

Porque, prácticamente, mi generación y la generación que vino después se ilusionaron a partir de la revolución marxista a la moda cubana, la idea de que cogiendo un fusil y subiéndose a la montaña se podía traer una revolución de verdad… Y eso yo creo que atrasó 50 años la modernización de América Latina, porque durante medio siglo ha habido guerrillas –en ninguna parte fueron exitosas, eso lo saben los colombianos mejor que nadie–, y durante muchísimos años hubo una división en América Latina terrible, entre quienes querían la revolución socialista y quienes se oponían a ella utilizando al ejército. Pienso que esos 50 años hubieran sido muy distintos si en vez de intervenir de esa manera abusiva, prepotente, Estados Unidos hubiera apoyado lo que estaba tratando de hacer Árbenz, que era crear una sociedad moderna no socialista sino capitalista.

Una sociedad sencillamente democrática…

Y liberal. Las reformas de Árbenz eran socialdemócratas, democráticas, en especial la reforma agraria, que le creó la enemistad y la hostilidad de la United Fruit, una compañía que en ese tiempo estaba extendida por toda Centroamérica, por todo el Caribe, incluso en Colombia tenía tierras, y fue una contrarrevolución en la que, por primera vez, se utilizaron las fake news, las mentiras, las noticias inventadas, presentadas como verdades para dar una idea, completamente falsa, de que la Unión Soviética estaba impregnando al gobierno de Árbenz…

Que hasta hace poco eran llamadas propaganda negra...

Y que Guatemala iba a ser un satélite soviético, y que los soviéticos iban a entrar fundamentalmente con la idea de capturar el canal de Panamá. Todo eso era una fantasía que al final se tradujo en una realidad, porque al final tanto el Gobierno norteamericano como la opinión pública de Estados Unidos, y en buena parte de América Latina, se dejaron engatusar con esta fantasía, y apoyó esta contrarrevolución, que tuvo consecuencias bastante catastróficas para el resto del continente, ¿no?

De hecho, en alguna biografía que leí del Che Guevara se dice que él fue a Centroamérica atraído por ese momento de Guatemala...

Exactamente, él llegó cuando el gobierno de Árbenz, y trató de que le reconocieran su título de médico, pero no lo consiguió. No se lo convalidaron, entonces no pudo ejercer la medicina y tuvo que ganarse la vida con mucha dificultad, vendiendo enciclopedias, aparentemente. Y tuvo la ayuda de Hilda Gadea, una peruana aprista que se había refugiado en Guatemala y había obtenido un trabajo en un ministerio. Hilda Gadea fue la primera mujer del Che Guevara, se casaron en México, tuvieron una hijita, y el Che tuvo mucha influencia en lo que pasó en Cuba, porque si usted piensa en lo que fue el Fidel Castro que asalta el cuartel Moncada, y que pronuncia esa defensa (La historia me absolverá), que luego se publicó, era un Jacobo Árbenz cubano.

Yo era estudiante universitario cuando subió Árbenz a la presidencia. Era un periodo muy difícil porque teníamos dictaduras en la gran mayoría de países de América Latina

Un liberal, no un comunista... (anoto, retomando las palabras de Germán Arciniegas, a quien recuerdo haberle oído relatar cómo él mismo ayudó a colectar fondos para Castro ¡en Estados Unidos!)

Claro, era liberal, hablaba de reformas democráticas, y para nada hablaba de comunismo ni de socialismo. Yo creo que lo que vive en Guatemala el Che Guevara es una experiencia que lleva muchísimo a la radicalización de la Revolución cubana. Fíjese que por esa experiencia él llega a la conclusión de que hay que liquidar al ejército y que el ejército es el gran enemigo de toda revolución. Y no es raro que él asuma en cierta forma esa responsabilidad de la liquidación del ejército de Batista. Y luego la idea de que si quiere sobrevivir una revolución, debe unirse a la Unión Soviética, es decir, debe optar por una línea radical, marxista. Es una especulación, por supuesto. Es muy fácil imaginar la historia que no fue, pero yo creo que si hubiera tenido éxito esta revolución pacífica, democrática, liberal que intentó Árbenz en Guatemala, otra hubiera sido la historia de América Latina.

Nos hubiéremos librado de esos 50 años de entrematarnos con esos intentos guerrilleros que en ninguna parte prosperaron ni tuvieron éxito, y sí sirvieron para llenar de sangre todo el continente y para atrasar la democratización de América Latina.

Maestro, ¿cómo está su salud?

Mi salud está bien. Ja, ja, ja. Tengo un problema de espalda, de huesos, y estoy siguiendo un tratamiento, pero, aparte de eso, bien.

Se lo pregunto porque en Lecturas Dominicales, por los años 80, leí un artículo suyo sobre los beneficios del jogging; una defensa apasionada, en la que contaba cómo esto le aportaba un estado mental favorable a la escritura...

(Risas de nuevo). Ahora estoy obligado a disminuir ese entusiasmo por el jogging. Pero puedo caminar. Camino todas las mañanas una hora siempre antes de empezar a trabajar.

¿Cuál fue la semilla de esta novela?. Porque usted ha dicho que derivó de La fiesta del Chivo, su libro sobre Rafael Leónidas Trujillo, el célebre dictador que gobernó la República Dominicana por 31 años...

Esta novela no la hubiera escrito nunca yo si hace unos tres años no hubiera estado en la República Dominicana, en Santo Domingo, y en una cena no se me hubiera acercado un periodista y escritor amigo, que se llama Tony Raful*. Y él me dijo: ‘Mario, tengo una historia para que la escribas’, y a mí basta que alguien me cuente una historia para que la escriba, para que no la escriba.

Pero me dieron mucha curiosidad las cosas que me contó. Algo que yo desconocía, y era la implicación del generalísimo Trujillo en el golpe de Estado que Castillo Armas le dio a Árbenz, y luego en el asesinato de Castillo Armas. Trujillo lo apoyó con dinero y le dio armas; dicen, incluso, eso no está probado, que le dio hombres armados, prácticamente al servicio de la CIA, que lo utilizaba para estas operaciones.

Está documentado que sí lo ayudó económicamente. Castillo Armas, cuando sale al exilio, va a la República Dominicana a pedirle dinero a Trujillo, y Trujillo le da. Dicen que 60.000 dólares, la primera vez, y que luego le fue dando otras entregas.

Y que le pidió tres cosas: una invitación oficial cuando triunfara la revolución, que le entregara a un general dominicano de oposición radicado en Guatemala y, tercero, que le diera, a él le encantaban las medallas, como a todos los dictadores, la Orden del Quetzal.

Castillo Armas, que tenía una gran desconfianza hacia Trujillo, no cumplió ninguna de estas solicitudes que hizo Trujillo. Y dicen que incluso, eso sí está publicado en unas cartas que le enviaba el embajador dominicano en Guatemala a Trujillo, informándole que cuando el presidente Castillo Armas se tomaba unas copas entretenía a sus huéspedes en palacio contándoles cosas muy ofensivas contra los hijos de Trujillo. Y esto a Trujillo lo volaba, que hablaran mal de su familia.

Entonces hay este hecho extrañísimo de que él mande a su asesino favorito, Johnny Abbes García, como agregado militar a la República de Guatemala y que, la noche misma del asesinato de Castillo Armas, Abbes García huye llevándose nada menos que a la amante del asesinado. Eso está absolutamente probado y reconocido por todos los historiadores.

Mi generación y la siguiente se ilusionaron con la revolución marxista, a la moda cubana, con la idea de que cogiendo un fusil y subiéndose a la montaña se podía traer una revolución de verdad

¿Qué fue lo que pasó exactamente?

Pues no se sabe. Es uno de esos misterios de los que está llena la historia moderna de Guatemala. ¿Cuál fue la implicación tanto de Abbes García como de la amante de Castillo Armas en el asesinato de este? Lo que sí se sabe es que huyen a la República Dominicana esa noche y que luego los militares que quedan en el poder en Guatemala tratan de implicar a la amante de Castillo Armas diciendo que había estado vinculada al asesinato, que la habían mandado detener y que no pudieron porque precisamente escapó. Ella vivió en la República Dominicana varios años hasta que tuvo un incidente con el hermano de Trujillo, que era el presidente testaferro. Pero la implicación misma de Trujillo y de quienes perpetraron el asesinato nunca se ha llegado a esclarecer. Hay tantas versiones que se niegan una a otra, de tal manera que ahí quedaba un campo fértil para la invención novelesca.

Don Mario, después de que este amigo lo interesó en esa historia, ¿qué vino?

Yo comienzo a investigar y descubro que efectivamente hay una serie de publicaciones, relativamente recientes, que demuestran que Trujillo estuvo directamente implicado tanto en la contrarrevolución de Castillo Armas como en el hecho de que Abbes García se va allí como agregado militar de Trujillo. Abbes García es un asesino, una persona con un prontuario terrible de matanzas, asesinatos, torturas. ¿A qué lo manda a Guatemala? No me diga que no es raro. Es extraordinariamente raro que escape esa noche con la amante de Castillo Armas. Cuando descubro todos esos materiales me doy cuenta de que al tener conciencia de ello ya había empezado a trabajar en esta novela.

¿Usted conocía Guatemala?

Había estado en Guatemala por razones turísticas un par de veces, entonces empecé a ir a hacer investigación, tuve ocasión de leer periódicos de la época, muchos libros, sobre todo de investigadores norteamericanos que son los que han utilizado mayormente todos los documentos que la administración de Estados Unidos ha liberado ya y que pueden ser consultados. La verdad es que hay unos trabajos sobre lo que fue la intervención norteamericana, una cosa realmente impresionante.

Hay la idea de que el premio Nobel convierte en estatua a los escritores que lo reciben. Entonces hay que demostrarles que no somos estatuas, que estamos
vivos

Es en esa trama que se desarrolla Tiempos recios...

Claro, hay que situar esto en su momento histórico. Son los años de la Guerra Fría, los antiguos aliados que eran Estados Unidos y la URSS se enfrentan, se hablaba de una posible tercera guerra mundial, eran los años del macartismo en Estados Unidos. Y en esas condiciones sube la administración Eisenhower, con (Richard) Nixon como vicepresidente, y los hermanos Dulles, uno (John Foster**) en el Ministerio de Relaciones Exteriores y otro (Allen), al frente de la CIA.

Entonces hay un clima muy especial y sobre todo la operación esta increíble de las fake news, que lleva a cabo un sobrino de Sigmund Freud, Edward L. Bernays, el jefe de la publicidad de la United Fruit, que tenía unas teorías bastante descabelladas, pero no del todo desencaminadas, de que la publicidad iba a ser el gran instrumento de manipulación del siglo XX, tanto en los países democráticos como en las dictaduras. Y tuvo ocasión de aplicarlo en Guatemala, y hay que decir que, desgraciadamente, con mucho éxito.

¿Por qué en el prefacio, en el que presenta a Bernays, no menciona la masacre de las bananeras, un hecho tan emblemático de la United Fruit en Colombia?

Bueno, porque ya García Márquez lo hizo, maravillosamente, en Cien años de soledad. Ahí, la huelga es contra la United Fruit.

La razón por la que la United Fruit se moviliza no es tanto por el daño que le iban a hacer las reformas de Árbenz, sino, como lo dice el presidente de la compañía (esas actas están publicadas también), por el mal ejemplo. Si realmente la United tenía que pagar impuestos no solamente en Guatemala, sino en todo Centroamérica y en el Caribe y en Colombia, pues ya no le resultaba tan buen negocio como el que había tenido hasta entonces, sin competencia. Los contratos que firmaban con los dictadores excluían la competencia, tenía unas condiciones privilegiadas. Árbenz nunca pensó expropiar la United Fruit, al contrario, lo que pedía era que pagara impuestos. Él se lo repetía muchísimo al embajador de Estados Unidos. “¿Las compañías no pagan impuestos acaso en Estados Unidos? Lo que queremos es simplemente que paguen impuestos aquí también”.

Eran reformas que tenían completamente un cariz democrático para modernizar el país, y debió sentirse muy desconcertado de que de pronto lo acusaran de ser un agente soviético, por el modelo que él quería seguir, y que señalaran a Guatemala de ser un país impregnado por la URSS. Nada de eso realmente ocurría, no había un solo ciudadano ruso en Guatemala cuando hubo la contrarrevolución.

Maestro, permítame hacerle una pregunta que puede resultarle un poco estrambótica. ¿Esa intervención no fue de alguna manera semejante a lo que pasó en Chile?

Claro que hubo una intervención, por supuesto, en Chile también. La gran diferencia es que Salvador Allende era un socialista y quería reformas de tipo socialista. Y Árbenz no. Y lo que él quería era crear un capitalismo popular. Solamente expropiar tierras que estaban sin trabajar, y entregarlas a medio millón de campesinos guatemaltecos con la idea de crear pequeñas propiedades en el campo. El objetivo era muy distinto. Por eso es que creo que la reivindicación de Árbenz nos corresponde a los demócratas, más que a los socialistas, porque él no era un socialista.

¿Cuánto tiempo le tomó escribir este libro?

Más o menos dos años y medio.

Este libro es una reivindicación de lo que fue un intento democrático de modernización de una nación. Era un contexto latinoamericano en el que Estados Unidos decidía

¿No es muy difícil escribir después del Nobel?

Claro, porque hay la idea de que el premio Nobel convierte en estatua a los escritores que lo reciben. Entonces hay que demostrarles que no somos estatuas, que estamos vivos. Hay una cierta propensión psicológica a creer que si a uno le dan el Nobel ya está muerto y enterrado. Y glorificado. Entonces yo he trabajado muchísimo para demostrar que no estoy muerto, que estoy vivo.

¿Cómo trabaja cuando ya tiene el material a la mano?

Yo voy trabajando mientras estoy recogiendo el material. Sí es importante la investigación, que no es la investigación que haría un historiador, que busca la verdad. No, a mí lo que me interesa es conocer el medio en el que ocurren los hechos, la manera de hablar de las personas, el paisaje, los detalles que tienen que ver con lo específico, lo característico del lugar, y siempre me ha ocurrido que en esa investigación van saliendo muchas cosas que me sirven desde el punto de vista novelístico, algunos personajes que se enriquecen muchísimo, otros más bien se empobrecen, de pronto se abren unas líneas anecdóticas que yo no había previsto y que hacen que todo el trabajo esté lleno de sorpresas y cambios. Y eso ha sido una experiencia muy rica porque yo no conocía Guatemala.

Es un país muy bello, muy interesante. Ahora, probablemente, uno de los más violentos de América Latina. Su historia está llena de sangre, de golpes de Estado, de guerras intestinas hasta hace relativamente pocos años, cuando se firma el tratado de paz. La verdad es que yo creo que pocos países han sufrido tanto precisamente por las dificultades políticas.

¿Cree que el capitalismo actual contribuye a solucionar los problemas de América Latina, donde esas reformas todavía siguen pendientes?

Creo que las reformas siguen pendientes, por desgracia, y que solo pueden hacerse en libertad, a través de un mandato de tipo electoral y que la idea del paraíso comunista está completamente muerta y enterrada. El comunismo existe en Venezuela, Corea del Norte, Cuba. Nadie puede creer que esos son ejemplos para que un país se modernice, salga del subdesarrollo. Todo lo contrario, hay unos regímenes que son no solo enormemente empobrecidos, incapaces de satisfacer los grandes anhelos de sus propios pueblos, sino unas dictaduras ya no militares sino ideológicas.

¿Qué lo mueve a escribir hoy? ¿Lo mismo que al comienzo o las motivaciones han cambiado?

Bueno, yo soy un escritor, fundamentalmente, y me mueve la idea de utilizar la novela sobre todo para explorar la compleja realidad de América Latina. Los problemas que viven los países son muy semejantes unos con otros, con matices, por supuesto. Creo que haciendo las sumas y las restas, hoy en América Latina las cosas van mejor que en el pasado. En los años 50, de un confín a otro el continente era una serie de dictadores militares. Hoy día no tenemos esas dictaduras. Tenemos gobiernos democráticos que son muy imperfectos, la corrupción es un problema muy grave, el populismo es otro, pero creo que son problemas menos serios que los de los años 50.

¿Cómo es eso de ser académico de la lengua, en qué consiste o para qué sirve?

Usted sabe que ahora la Academia funciona en contacto muy estrecho con las academias latinoamericanas y prácticamente todas las decisiones que se toman son consensuadas. La Academia Española del pasado tenía el control absoluto de toda la política de la lengua y hoy hay una relación constante con las de América. De hecho, siempre hay uno o dos académicos de América Latina que vienen a España, invitados por la Academia. La actitud es mucho más abierta y tolerante con la evolución del lenguaje, incluso algunos creen que es demasiado tolerante; basta con que una palabra empiece a circular para que los académicos la incorporen al diccionario de la lengua antes de saber si pasa la prueba del tiempo.

¿Usted diría que hoy esa política exterior de Estados Unidos tan agresiva de aquellos años ha cambiado?

Mucho. Hoy lo que era la preocupación principal de Estados Unidos ha dejado de serlo y, de hecho, hoy solo tiene el tema de los inmigrantes latinoamericanos. El presidente Trump ha creado una verdadera paranoia en su país, pero la verdad es que hay una movilización muy grande en Estados Unidos para resistir los excesos que quiere cometer Trump. Mi impresión es que las instituciones democráticas están funcionando y no han permitido muchos de los disparates que quería llevar a la práctica. Mi esperanza es que no gane las próximas elecciones y Estados Unidos recupere la línea democrática.

Me encarecieron que le preguntara por García Márquez y el puñetazo en el ojo.

Ja, ja, ja. No, no, García Márquez y yo nos pusimos de acuerdo para no contestar preguntas sobre eso. Para que los biógrafos, si los merecemos, trabajen un poco.

‘Creo que la democracia es lo único que funciona, al menos en esta época’

Usted, que pertenece a una generación que ha sido seguidora de los procesos políticos de América Latina, ¿cómo definiría hoy su postura política?

Yo soy demócrata.

Pero ¿eso qué consecuencias tiene?

Creo en la democracia, en la libertad, creo que las reformas necesarias en América Latina deben hacerse en la legalidad y en la libertad. Es muy importante respetar la libertad de crítica, de expresión. Creo que la democracia es lo único que funciona, por lo menos en nuestra época, en que hemos visto desaparecer la Unión Soviética, convertirse a China de una dictadura comunista en una dictadura capitalista, eso está muy claro. Los países que quieren progresar tienen que optar por un sistema que es el menos violento de todos, que gestiona la coexistencia en la diversidad. Precisamente porque hay esa gran diversidad en América Latina creo que la democracia
es indispensable.

Por eso he escrito este libro, que es una reivindicación de lo que fue un intento democrático de modernización de una nación. Era un contexto latinoamericano en el que Estados Unidos decidía si un país o no hace reformas. Eso ha cambiado. Afortunadamente en nuestra época es muy distinto el contexto. Lo que defiendo desde hace muchos años es justamente esa opción democrática.

FRANCISCO CELIS ALBÁN
EDITOR DE EL TIEMPO
* Tony Raful publicó en julio pasado su libro ‘Johnny Abbes García, vivo, suelto y sin expediente’.
** Dulles, secretario de Estado, era accionista de la misma United Fruit.

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