‘Ordesa’, voz y memoria íntima de España

‘Ordesa’, voz y memoria íntima de España

El autor Manuel Vilas, uno de los invitados a la FilBo 2019, habla de su novela más reciente

Manuel Vilas

Manuel Vilas es autor de varios libros. Con ‘Ordesa’ ha llegado su consagración.

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Getty

Por: Roberto Careaga C
03 de marzo 2019 , 10:50 p.m.

Un día después de divorciarse, el escritor español Manuel Vilas (1962) fue al banco a firmar un crédito hipotecario y luego se fue a un bar en la esquina. Después de un par de horas estaba tan borracho que se desplomó en una plaza. Lo recogió la policía y despertó en un hospital. No era la primera vez que le pasaba, pero fue la última: al día siguiente dejó de beber. Decidió escaparse un rato y partió en auto en un viaje por la frontera con Francia, orillando los Pirineos, hasta llegar hasta los bosques del valle de Ordesa.

No muy lejos de su ciudad natal, Barbastro (provincia de Huesca, Aragón). Mirando las montañas, examinó su pasado: “Vi con claridad los errores de mi vida y me perdoné a mí mismo todo cuanto pude, aunque no todo”, escribió unos meses después, embarcado en un viaje mucho más profundo: un libro sobre sus padres.

El libro se llama justamente Ordesa, y son las memorias de un hijo que, con 52 años, decide repasar lo vivido a la luz de la relación que tuvo con sus padres ya muertos. En medio de una crisis personal, Vilas recupera a sus progenitores como si fueran una tabla de salvación: por casi 400 páginas, va y viene recordando cómo eran sus padres, desde su vestimenta a sus costumbres, pasando por su silencio y sus ideas, y de fondo traza un mapa de la historia íntima de la España de los 60 y 70. Es el libro de un hombre hundido en la tristeza y el dolor, que en el camino hacia el origen busca una manera de ponerse en pie: “Estoy hablando de esos seres, de los fantasmas, de los muertos, de mis padres muertos, del amor que les tuve, de que no se marcha ese amor”, escribe Vilas en las primeras páginas.

Publicado hace exactamente un año en España, Ordesa se transformó en un fenómeno: no solo fue alabado en forma unánime por la crítica, también sedujo al público y ya lleva 14 reediciones, vendiendo alrededor de 80 mil copias. Naturalmente, en cada recuento de la prensa española Ordesa apareció como el libro del año y, al escogerlo, el diario El País lo acompañó con un texto del escritor Juan José Millás que empezaba a así: “Es la carta del náufrago que esperábamos desde hacía años”. Y quizás es cierto: si hace dos años Fernando Aramburu sacudió a los españoles con Patria, una novela sobre el desgarro que produjo Eta, ahora Vilas los impactó con un relato más impreciso, sin una trama sintetizable, pero que conectó emocionalmente con las vidas de tantos. Y probablemente no solo españoles.

“Ha sido el libro más importante que he publicado”, reconoce Vilas al teléfono desde Iowa, Estados Unidos, donde estaba al momento de hablar con Revista de Libros. Días después regresó a España para seguir con el ritmo que le impuso Ordesa: viajes de presentaciones, firmas, entrevistas, encuentros. Un mundo nuevo para un autor que, aun con una docena de novelas, libros de poesía y memorias, no era parte de la primera línea de la literatura española. “Yo escribí con el máximo profesionalismo, como todos mis otros libros. A toro pasado, como decimos en España, es más fácil valorar las cosas, pero cuando salió el libro no sabía que iba a tener miles y miles de lectores. Para mí era un libro más. Quedaría muy interesante decir que yo sabía, pero no. Ni mis editores ni nadie. Porque esto es un azar”, dice.

Vilas empezó a trabajar el libro poco después de dejar el alcohol, en junio de 2014, a un mes de haber enterrado a su madre. Pero es su padre quien domina gran parte del volumen: “Como yo mandé a quemar el cuerpo de mi padre, no tengo un sitio adonde ir para estar con él, de modo que me he creado uno: esta pantalla de ordenador”, escribe Vilas, y en adelante va alternando hitos familiares, con su madre en un rol protagónico, pero también con la aparición de sus hijos. Su voz es el centro absoluto, a veces al servicio de un relato, otras como exploración poética; casi siempre el tono parece el de la confesión: “La verdad es lo más interesante de la literatura. Decir todo cuanto nos ha pasado mientras hemos estado vivos. No contar la vida, sino la verdad. La verdad es un punto de vista que enseguida brilla por sí solo”, escribe.

¿Ordesa pretende llegar a la verdad?

Lo intenta. Su intento es decir la verdad de un ser humano con ánimo de que esa verdad sirva para otros. Lo de menos es quién es el narrador; lo más importante es que la historia que cuenta pueda servir a los lectores. De hecho, eso es lo que ha ocurrido en España: las personas que leen la novela acaban identificándose con ella porque se narra allí su propia historia. El éxito de la novela está en que desde la primera página el lector se pone a sí mismo como personaje y pone a su propia familia como protagonista de la historia. El hecho de que sea mi familia es anecdótico.

Pero esta es su historia, ¿no?

Es un libro autobiográfico, pero siempre queda un espacio abierto a la literatura. Cuando yo digo de Ordesa que es una novela autobiográfica, se entiende que los hechos que se cuentan ahí son hechos que me han ocurrido. Ahora bien, la manera de contarlos es una forma subjetiva. El narrador es un hombre en crisis, que se acaba de divorciar, que ha tenido un problema con el alcohol, y es importante que el lector sepa eso, porque desde ese sitio, desde la crisis personal que arrastra, va a intentar recuperar la vida de sus padres. No lo hace desde cualquier sitio. Va a sus padres desde la crisis.

¿Ha llegado a entender por qué el libro conectó tan bien con los lectores de su país?

Porque trata un tema universal que son las relaciones entre padres, madres e hijos. Es un poco como, salvando las distancias, el ejercicio que se hace en la película de Alfonso Cuarón, Roma, en donde intentando buscar un origen familiar te encuentras también con la sociedad y la historia de un país. En el caso de Cuarón es México, en el mío es la España de los 60 y 70. Casi la misma que sale en la película. Y entonces, claro, lógicamente, aparece cómo era la vida entonces: las casas, los automóviles. Me llama la atención que Cuarón se fije tanto en los automóviles, igual que yo. Pero es que eran muy importantes, porque configuraban la vida de la gente en ese entonces. Y también los utensilios de la vida cotidiana, la ropa, los zapatos.

También es un retrato del ejercicio de los sentimientos familiares. Según el libro, estaban muy ausentes de la vida diaria.

Ahora, pues, los padres y los hijos se comunican sentimientos, pero hace 45 años no era así. En las familias de los años 60 y 70 la comunicación del amor no era verbal, se entendía a través de los gestos o hechos que tus padres te querían. Pero hasta hace cuatro días, qué se yo, los sentimientos generaban mucha incomodidad. Creo que en la historia de la civilización occidental muchas personas han contraído matrimonio sin decirse te quiero. Desde hace 40 o 30 años, las conquistas de las libertades y de los derechos, y con el desarrollo de las democracias, hemos visto que el mundo de los sentimientos quedaba por explorar. Y ahora se habla. Pero más allá de eso, para mí las conversaciones con mi padre eran un lugar seguro. Después de tantos sufrimientos, ahí seguían, y decidí ir allí, como si eso fuera un sitio de la verdad. Y ahí comienza Ordesa.

Este también es un libro de un hombre que deja el alcohol. ¿Qué repercusiones tuvo en su escritura?

El escritor Fernando Marías, que dejó de beber hace muchos años, me dijo una vez que cuando leyó un libro mío supo que era el libro de un alcohólico. ‘Anda, pues eso es verdad’, pensé. Yo escribí Ordesa en plena crisis. Dejé de beber el 9 de junio del 2014 y este es un libro escrito en estado de absoluta desintoxicación alcohólica. Quizás si se compara con otros libros míos, hay una serenidad que en otros no hay. Tal vez esa serenidad provenga de haber dejado de beber. Eso cambia la vida de una persona. Si no te has visto en eso, no puedes imaginarte cómo cambia la vida: cómo aparece la serenidad, la paz, el sosiego.

El libro cierra con un conjunto de poemas, ¿no bastaba la prosa tradicional para contar esta historia?

Es un libro que explora ese laberinto de las relaciones humanas que son la familia. Sobre el laberinto de sentimientos, confusión, misterio, olvidos, silencios, que se dan en las familias. Finalmente, es un libro de amor a mi padre y a mi madre. Pensé que el amor debía tener poesía. Para decir el amor, la poesía es un auxilio. Es una buena herramienta. Bueno, yo también soy poeta, entonces utilicé sus armas para llegar mejor a los lectores.

¿Por qué escogió una estrofa de Gracias a la vida, de Violeta Parra, como epígrafe del libro?

A mí me gusta mucho Violeta Parra. Se cantó muchísimo en España. Gracias a la vida me conmueve muchísimo. Medité mucho esa cita. Resume el espíritu final del libro: pese a todo, pese al infortunio, pese al dolor, había que tener siempre un agradecimiento a la vida. Además, soy un gran lector de la poesía chilena. De Óscar Hahn, Raúl Zurita. De Nicanor Parra, Neruda, Huidobro, es la tradición más fuerte del español.

Dada la importancia que ha tenido Ordesa, ¿cree que su escritura va a cambiar?

Me ha caído encima la enorme responsabilidad de no defraudar a miles y miles de lectores cuando publique mi próximo libro, pues querrán leerlo. Eso sí, me da miedo. Pero bueno, voy a intentar escribir como siempre, con la máxima devoción y entrega. Es un trabajo de muchas horas, de mucho esfuerzo, en donde la inspiración, sí, es importante, pero lo fundamental es meter muchas horas.

Roberto Careaga C.
EL MERCURIO (chile)
Grupo Diario de las Américas (GDA)

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