Luis Molina cuenta cómo 'cocinó' con gran cuidado su nueva novela

Luis Molina cuenta cómo 'cocinó' con gran cuidado su nueva novela

'Bien cocido' ganó el concurso Nacional de Novela y Cuento de la Cámara de Comercio de Medellín.

Luis Molina Lora

El libro es editado por Seix Barral.

Foto:

Archivo particular

Por: Juan Camilo Rincón*
22 de febrero 2021 , 07:35 p. m.

Pocas cosas hay tan literarias como el probar un plato o, al menos, recordar el olor de una comida casera que nos lleva a la infancia. Los aromas, tantas texturas, ese inigualable artefacto de evocación en el que se convierte un buen bocado, son una conexión inigualable entre el corazón y la cabeza. La comida tiene el poder de desenterrar remanentes de la memoria al igual que lo hacen una fotografía de la familia o los acordes de una canción que tarareábamos sin parar.

Comer es usualmente un acto social y afectivo en el que de alguna manera convivimos con el otro y construimos un momento. Hay viviendas sin patio, sin sala e incluso sin baño, pero jamás faltará la cocina, un fogón o unas leñas encendidas alrededor de las cuales la familia se sienta a cocinar, a hablar y a comer. En la paz y en la guerra la cocina como lugar físico pero también como acto es tregua, pausa reconfortante, excusa para la palabra. En ella nos sentimos acogidos y esta se convierte a veces en hogar y refugio. Comemos como respuesta a una necesidad básica de supervivencia, pero también lo hacemos porque existimos, en un nivel más trascendente. A su alrededor se forjan relaciones de poder, normas implícitas y rituales que rozan con el arte en actos tan simples como marinar una corvina, picar un tomate, rallar una pepita de nuez moscada.

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Con la novela Bien cocido (Seix Barral, 2020) el escritor barranquillero Luis Molina Lora obtuvo el máximo reconocimiento en el XIV Concurso Nacional de Novela y Cuento de la Cámara de Comercio de Medellín para Antioquia. En ella edifica tres historias que giran alrededor de tres hombres que encuentran en la cocina la posibilidad de revincularse con su pasado, de obtener dinero o de forjar una lucha que dignifica. Son modos distintos y muy propios de relacionarse con algo por lo que nos esforzamos toda la vida para tener un momento con ella al menos una vez al día. La novela de Molina es, en pocas palabras “… para quien la comida todavía es una destreza incontaminada por la prisa de los tiempos modernos y sus necesidades infundadas”.

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Luis Molina Lora

Molina se licenció en letras en la U. del Valle. Luego realizó su maestría y doctorado en la U. de Ottawa (EE. UU.).

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cortesía Diego Barona

Es inevitable sentir que el libro fue escrito cerca de la cocina. ¿Eso es fruto de la experiencia propia o alguien lo asesoró?

Hablar de comida es una cualidad de los pueblos que tienen una tradición culinaria importante. Los colombianos estamos entrando en esa dinámica. En mi caso, le debo a mi esposa, que es chef, el contacto con la materia del negocio y del producto. No tuve asesoría, fue un asunto de memoria, sensibilidad e investigación. Tengo que aclarar también que, en el contexto migrante, la comida y el mundo de los restaurantes está habitado por hispanos. Recuerdo que en Nueva York, hace unos 20 años, compraba el desayuno cerca de la gallería de arte donde trabajaba como pintor y enmarcador. La cafetería quedaba a media cuadra y había que hacer fila para que cuatro inmigrantes centroamericanos prepararan emparedados con huevos fritos. Lo hacían con tal rapidez y elegancia que ese momento, sin lugar a dudas, fue el inicio de una fantasía literaria.

Uno de sus personajes de alguna manera se resiste a asumir que “la cocina es una fórmula”. ¿Cree usted que pasa algo similar con la literatura?

La cocina es ciertamente una fórmula cuando alcanza el nivel de objeto nominado, cuando el plato se gana su nombre. Hay variantes, pero básicamente es una repetición controlada con momentos de grandeza y perfección. Hay también efervescencia y avance de la disciplina con nuevos ingredientes, preparados, combinaciones y, finalmente, un nuevo plato. Entonces sí podemos decir que la literatura y la cocina se hermanan.

Luis Molina Lora

El libro es editado por Seix Barral.

Foto:

Archivo particular

¿Cuáles son las grandes dinámicas de poder alrededor de la cocina?

¿Quizá el acceso limitado a los alimentos por sus altos costos en la cadena de valor que establece jerarquías entre clientes? Diré que el chef es una vedete algunas veces, que reclama el reconocimiento de sus colegas y de los comensales. En otras, son situaciones de acoso sexual o discriminación étnica o de origen, de aprovechamiento del trabajo y del conocimiento del colega sin que el salario esté a la altura de la labor realizada. En una cocina se pueden ver las injusticias que nos agobian, justo allí en el lugar en el que pagamos para que nos alimenten con una experiencia.

¿Qué lugar juega la comida en la historia de vida de los inmigrantes?

Una de las industrias en la que primero se insertan los inmigrantes es en la de los restaurantes. La comida también es fundamental porque el primer golpe que sacude al que emigra es la ausencia de los sabores familiares. Luego se empieza a valorar la oferta de otros fogones y ya sencillamente no volvemos a ser los mismos. Terminamos enriqueciendo el paladar con comida árabe, japonesa, vietnamita, griega, peruana, mexicana y etcétera, algunas veces más económica que la comida criolla. Aquí empieza la desacralización de aquellos platos con los que crecimos. Y a pesar de defenderla a rajatabla, más por amor patrio que otra cosa, terminamos aceptando la variedad.

¿Por qué decidió llevar la cocina a su literatura?

Contrario a lo que se pueda creer por la estructura de Bien cocido, no elaboro demasiado acerca del tema, quiero decir que el tema no es la motivación. Lo fue la historia que quería contar. Más tarde llegaron las reflexiones que me confundieron un tanto y al final no supe si fueron motivaciones o resultados virtuosos. Lo que sí puedo decir es que esta novela fue un homenaje a mi esposa que es chef. Hace unos quince años encontré en la biblioteca de la Universidad de Ottawa Tratado culinario para mujeres tristes, de Héctor Abad. Me gustó el título. No recuerdo mucho el contenido, pero el título es toda una novela. Había intentado leer Como agua para chocolate y años más tarde la sopa de recetas y conjuros Afrodita, de Isabel Allende. Leí al detective de Padura en sus comilonas y los libros de cocina cubana. Creo entonces que la écfrasis culinaria me rondaba hacía rato. Y un escritor es, finalmente, las lecturas que tiene y las experiencias que lo arrollan.

Para usted, ¿la cocina es metáfora de qué?

La cocina es un microcosmos en el que se revelan las mismas dinámicas que aglutinan y separan a los seres humanos: la violencia solapada, la motivación financiera, el genuino valor de alimentar a otros y experimentar el placer que prodigan. La cocina es, como tantas veces escuchamos en casa, desagradecida. Si no fuera porque en un restaurante el servicio se paga en metálico podríamos decir que cocinarles a otros es uno de los actos más bondadosos del universo. Amamantar al desconocido.

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¿Qué significan la comida y la cocina en su vida? ¿Hay alguna similitud con lo que les ocurre a los personajes de la novela?

Soy una persona muy básica en los gustos culinarios. Valoro las texturas, los contrastes en los sabores y las huellas que dejan en la memoria. Cocino en casa y mi esfuerzo no rinde frutos. Recién los últimos años tengo antojos, eso de imaginar comiéndote algo y decírselo a alguien, un aliado, para prepararlo o ir a que te lo preparen, ha sido un descubrimiento interesante. Si podía comer algo lo hacía y si no, pues en otra ocasión. Ese deseo solía no tenerlo; a mi esposa le sobra y por eso todo el tiempo está experimentando con el paladar. Lo que sucede en la novela son más bien mis preocupaciones existenciales, la necesidad del afecto, de los otros; la huida, el viaje y el regreso; la estabilidad familiar y mi accionar pasivo frente a las injusticias sociales. La cocina es una buena excusa para ahondar en los mismos temas.

Uno de los personajes, Edward, revela mucho de su gusto por las artes visuales. ¿De qué manera haber estudiado esta carrera, además de Literatura, ha incidido en su propia escritura?

Absolutamente en todo. Las artes visuales me dieron la perspectiva multimedial que se necesita para vivir en este mundo de imágenes vacías y poder reconocerlas. Me dio parte del espíritu crítico que me salva de la mediocridad y me permite experimentar el placer de la imagen y del concepto. Al mismo tiempo me develó la impostura plástica que ahora se me revela en la industria editorial. Las artes visuales me regalaron a Marcel Duchamp y aunque mi obra no es duchampiana valoro su economía de presencia.

Desde un manejo del lenguaje tan colombiano, ¿cómo logró darle un tratamiento tan universal a la novela?

Creo que los hechos que se desarrollan son universales, la vejez, la soledad, el amor de los hermanos, el regreso, la ambición financiera, el deseo de cambiar el mundo y no saber cómo, desnudar a alguien, preparar alimentos, comer, alimentar a otros. No hay en esto nada tan colombiano y a la vez tan universal.

En la novela usted menciona una diversidad de platos: puerquitas, tacos, arroces vietnamitas, entre otros tantos. ¿Cuál es para usted una obra maestra?

Es el plato que perdura en la memoria y redefine el paladar, que cuando lo evoco sigue allí como si me lo hubiera acabado de comer. En mi caso son los platos que logran un contraste de texturas, temperaturas y sabores. Las puerquitas, si no fuera por el cerdo, serían perfectas. No como cerdo. Un plato que existe en varias tradiciones culinarias es el schnitzel, que le llaman milanesa en italiano o el rebosado español. En Colombia lo llamamos apanado o milanesa, la combinación de texturas y sabores es sencillamente excepcional.

¿Cómo cree que sería su lectura de usted mismo si no fuera editor?

Escribo de manera apasionada a la triste velocidad de una tortuga, pero reescribo con la urgencia y la obsesión del editor. De las experiencias que he tenido en la vida, editar a otros ha sido esencial para mi escritura. Aprendemos mejor cuando enseñamos; es igual con la edición porque reconozco mis fallas en los vacíos de mis colegas y aprendo de sus aciertos.

JUAN CAMILO RINCÓN*
ESPECIAL PARA EL TIEMPO
@JuanCamiloRinc2
* Escritor, periodista e investigador cultural.

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