Lo invito a divertirnos un rato mientras jugamos con las palabras

Lo invito a divertirnos un rato mientras jugamos con las palabras

¿Se acuerdan de ‘Anita lava la tina’? Es una de las posibilidades que hay para jugar con el idioma.

Lo invito a divertirnos un rato mientras jugamos con las palabras

Son tan frecuentes los anagramas en la lengua española que casi podría decirse que con solo tirar al aire un manojo de letras, cuando caen al suelo ya conforman una palabra diferente.

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Por: Juan Gossaín 
01 de noviembre 2018 , 12:35 a.m.

Alguna vez escribí, en estas mismas páginas, que el lenguaje es un juguete incomparable, que sirve para hacerles bromas a los amigos y nos permite aprender mientras nos estamos divirtiendo.

Hoy vengo a proponerles que juguemos a los anagramas. Haciéndolo, encuentra uno sorpresas fantásticas, y además sus posibilidades son casi infinitas. Un anagrama, para que empecemos por ahí, por el principio, es una palabra que se escribe con las mismas letras de otra, pero en distinto orden. (Para que vayan viendo: ‘letras’ es anagrama de ‘lastre’). Un ejemplo típico es el término ‘amor’, con el cual se pueden formar hasta nombres propios: ‘ramo’, ‘mora’, ‘armo’, ‘Roma’, ‘Omar’.

Son tan frecuentes los anagramas en la lengua española que casi podría decirse que con solo tirar al aire un manojo de letras, cuando caen al suelo ya conforman una palabra diferente.

Como acabo de decirlo hace un instante, los anagramas son tan fascinantes que hasta los nombres propios se prestan para armarlos. Después de media vida dedicada a esos menesteres, hoy puedo contarles que, hasta donde se ha logrado establecer, el más extenso nombre de persona con que se puede armar un anagrama es Sebastián, que, al revolverlo, se convierte en ebanistas.

La verdad, pertenezco
a una nueva especie, la de los verbívoros, que nos alimentamos con verbos. Yo estoy vivo porque como palabras. La sustancia nutricia de mi alma
es la palabra

Entretenerse con entretener

El episodio más insólito que me ha ocurrido con los anagramas tuvo lugar un domingo tedioso. Llovía sobre el mundo entero. Miré por la ventana y vi que el mar estaba en tiempo bonancible, es decir, sereno y suave. Pero no había un alma en la calle ni en la playa. Para colmo de males, se me acabó la revista de crucigramas. Fue entonces cuando resolví organizar una cacería en la tupida selva del lenguaje y me puse a jugar con los anagramas del verbo ‘tener’. Ya había encontrado varios, como ‘retén’ y ‘entre’, cuando comprendí, de repente, que el caso del verbo ‘entretener’ es pasmoso y único en la lengua castellana, hasta donde he podido llegar con los rastreos que hago desde aquel día. A lo mejor hay otros, pero yo no los he encontrado. Ayúdenme ustedes, por favor, a seguir buscando.

A ver cómo me explico. Sucede que ‘entretener’, cuyo significado, como ustedes saben, es el de divertir a alguien o distraerlo, tiene diez letras. Cuéntenlas y verán que, de la primera a la quinta, aparece la palabra ‘entre’; y de la sexta a la décima aparece la palabra ‘tener’.

¿Se dan cuenta del prodigio? Media palabra es anagrama de la otra media. ‘Tener’ es anagrama de ‘entre’. Y ambas son anagramas de ‘retén’. Como quien dice, ‘entretener’ es anagrama de la cabeza a la cintura y, luego, de la cintura a los pies.

No conozco otro caso en el que una palabra se anagrame a sí misma dos veces. Y eso que no se trata de un vocablo compuesto, sino original. Son las diabluras que hace el idioma. Por eso repetiré mil veces más que el lenguaje es un juguete insuperable.

Largos y cortos

Por razones apenas lógicas, y como es fácil comprenderlo, los anagramas más abundantes son los que se forman con palabras cortas, como ocurre con ‘trago’, ‘grato’ y ‘argot’; con ‘frase’ y ‘fresa’; con ‘toga’, ‘gota’ y ‘gato’, o con ‘cosa’, ‘saco’, ‘caso’, ‘asco’. Y así hasta el infinito.

En cambio, los largos son escasos. En este caso (o en este caos) es muy difícil encontrar, por ejemplo, que una palabra de diez letras, tal como sucede con ‘conversador’, tenga su anagrama en ‘conservador’. O que una de doce, como ‘altisonancia’, se encuentre cara a cara con ‘nacionalista’. Resulta más complejo todavía que una palabra de catorce letras, como ‘armoniosamente’, sea anagrama de ‘enamoramientos’.

Los anagramas son tan divertidos y bromistas que se burlan hasta de sí mismos, ya que ni siquiera ha sido posible determinar con exactitud el origen de esa palabra. Es un misterio. Nada menos que el Diccionario de la Real Academia Española, la autoridad suprema, tiene sus dudas y dice que probablemente se deriva del término francés anagramme o quizás del latín anagrama.

¿Latín, griego, francés?

Pero otros investigadores, igualmente juiciosos, tienen una tercera teoría: que la palabrita se remonta a los tiempos de la cultura clásica griega, cuando Aristóteles caminaba por las calles de Atenas.

Afirman tales estudiosos modernos que, en la antigua lengua griega, ana significaba movimiento y gramma, letras. Lo que hoy podríamos definir, en el lenguaje coloquial, como un revoltillo de letras. Lo mismo que le sucede al alacrán, que, de tanto dar vueltas, termina mordiéndose su propia cola.

Según los historiadores de la cultura, los primeros anagramas de la historia se le deben atribuir a Licofrón, un poeta y gramático griego que vivió en el siglo tercero antes de Jesucristo.

Es conveniente advertir que el anagrama no debe confundirse con el palíndromo, porque este se refiere a una palabra o a una frase completa que pueden leerse igual al derecho que al revés, pero sin modificarles el orden de las letras. Por ejemplo: ‘lámina’ y ‘animal’ o también ‘atemos’ y ‘someta’.

Los más difíciles de todos son los palíndromos de frases completas, ya no de simples palabras, que se pueden leer igual al derecho que invertidas. El palíndromo más famoso en la lengua española es dábale arroz a la zorra el abad. Y otro, que aparecía como ejercicio en el libro de lectura número tres de la escuela primaria: Anita lava la tina.

Pero de palíndromos hablaremos otro día. Sigamos, por ahora, con nuestros anagramas. No me enreden, por favor, que yo me enredo solo.

Un anagrama formidable

Los anagramas largos, de varios párrafos, pero que tengan sentido y gracia, no son frecuentes en castellano. Si es tan complejo encontrar una palabra anagramable, imagínense ustedes lo que será una frase completa. El mejor texto de anagramas que yo he logrado encontrar fue escrito por Mikel Agirregabiria, nacido en la ciudad de Bilbao, en territorio del País Vasco español. Para mayor perplejidad, me cuentan que el caballero no es gramático ni nada que se le parezca, sino físico e ingeniero industrial. Dicta clases de matemáticas en universidades.

Para que ustedes lo disfruten, como me ocurrió a mí, les reproduzco a continuación una parte de su trabajo:

“Era la suma musa souvenir del universo, la inmaculada calumniada, briosa y sobria marioneta monetaria, danesa de adanes, pero en volandas unos vándalos sin temperancia y pícaramente la arrojaron a las aguas con guasa, para que solamente el salmonete sorteador soterrado espaciare y apreciase su linda figura en el submarino urbanismo. Almas malas. Con tenso tesón en un tierno trineo de su resumido sumidero, la han recuperado eterna y entera de su ácida caída. Hay un lamentar maternal. Qué patria pirata”.

Y, aunque usted no lo crea, siguen dos párrafos más del mismo estilo.
Como ustedes pueden comprobarlo, son varias y variadas las posibilidades que existen para jugar con el lenguaje. Quiero mencionarles otras. Desde los tiempos de la Colonia española, los bogotanos gozan merecida fama de tener un humor especial, elaborado y fino, basado en lo que ellos mismos llaman “el juego de palabras”, y que el diccionario define como “retruécano”, que es el arte magistral de retorcerles el pescuezo a los vocablos, hasta hacerlos sonreír. Los afrancesados, torciendo la boca, le dicen a eso “calembur”.

Veguita y sus retruécanos

Lástima que esa tradición de repentistas se haya ido acabando con el paso de los años. Pero todavía quedan algunos, por fortuna. Un verdadero maestro en esas piruetas verbales es Jorge Antonio Vega, veterano y afamado locutor de radio, que fue mi compañero en aquellos tiempos prehistóricos en que trabajábamos en RCN.
Recuerdo perfectamente la mañana en que Veguita –como lo llaman con cariño sus colegas– estaba cumpliendo años. Lo felicitamos al aire en el noticiero.

–¿Cuántos cumple hoy? –le pregunté en el micrófono.

–Ochenta –me contestó, en broma.

–Pero está usted como una flor –le dije, para sacarme el clavo.

–Sí, señor –replicó Veguita, con su agudeza–. ¿No ve que yo soy un octogeranio?

Pensé que con el paso y el peso de los años ya había abandonado su afición a jugar con las palabras, pero hace unos días caí en la cuenta de mi error. Estábamos chateando por internet sobre los nuevos deportistas colombianos. Le dije:

–Ese muchacho boyacense, que anda en bicicleta por Europa, es admirable.

–De acuerdo –agregó Veguita–. Es un deportista extraordiNairo...

Epílogo

Ya estoy a punto de terminar y siento la necesidad de darles a ustedes una explicación.

Si quieren saber la verdad completa, yo no soy un animal carnívoro, como se dice de los seres humanos, que comen carne. Pero tampoco soy de una especie herbívora, como las que se alimentan de hierbas y vegetales. La verdad es que yo pertenezco a una nueva especie, la de los verbívoros, los que nos alimentamos con verbos. Yo estoy vivo porque como palabras. La sustancia nutricia de mi alma es la palabra.

Les voy a revelar cómo es mi dieta. Desayuno un revoltillo de gerundios con cebolla y tomate, acompañado por una taza humeante de sustantivos. Almuerzo una sopa apetitosa de participios bien calientes, al ajillo, y antes de acostarme me tomo cada noche una deliciosa infusión de adverbios.

Por eso, en las crónicas que me publican en este periódico suelo escribir, de cuando en vez, sobre las palabras más bellas, las más raras, las más usadas, las más feas, los anagramas y todas esas maravillosas chifladuras. Pero les prometo que en la próxima quincena volveremos con los temas que agobian al país: la corrupción, los quebrantos del sistema de salud, los problemas ambientales. Hasta luego.

JUAN GOSSAIN

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