Les Luthiers: las palabras vuelan…en primera clase

Les Luthiers: las palabras vuelan…en primera clase

Son los primeros comediantes que dejan un legado en la Caja de las Letras del Instituto Cervantes.

Les Luthiers

La Caja de las Letras albergará, hasta 2042, 52 años del trabajo de los artistas.

Foto:

Paco Campos / EFE

Por: Daniel Samper Pizano
13 de octubre 2019 , 01:40 a.m.

El grupo argentino de humoristas musicales Les Luthiers recibió el jueves pasado en Madrid un homenaje del Instituto Cervantes y de personajes de la cultura en lengua española. Como ya lo ha hecho con una docena de autores, el Instituto guardó en cajilla de seguridad un legado de recuerdos y memorias del famoso conjunto: partituras, discos, videos, instrumentos, libros y un corbatín, entre otros. La urna solo podrá abrirse el 4 de septiembre de 2042.

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Como parte del homenaje, los seis integrantes del grupo dialogaron en el escenario con Joan Manuel Serrat, el periodista y filólogo Álex Grijelmo, la musicóloga Rosa León y el grupo de mimos Tricicle.

El periodista Daniel Samper Pizano fue el encargado del discurso de presentación, que reproducimos enseguida:

‘El compositor Johann Sebastian Mastropiero…’.

Estas cinco palabras, escuchadas en vivo o reproducidas por medio de algún aparato, son una convocatoria a la risa, la música, el verbo feliz, la agudeza y la inteligencia. Una invitación, en fin, al universo jovial, inverecundo y jocundo de Les Luthiers.

Tan ameno jardín surgió de una broma estudiantil.

Hace cincuenta y dos años se reunieron cuatro compañeros melómanos (Gerardo Masana, Marcos Mundstock, Daniel Rabinovich y Jorge Maronna) y constituyeron un grupo dedicado al humor musical con instrumentos de su invención y textos y partituras de su caletre.

Poco después se unieron a ellos Carlos Núñez Cortés, Carlos López Puccio y Ernesto Acher. Frutos del ocio, las ganas de divertirse, la camaradería y la afición al teatro y a la música, Les Luthiers se convirtieron en una de las más finas e imaginativas apuestas de bordado y encaje en lengua española. A lo largo de más de medio siglo estos cuates han hecho reír a millones de personas y cosechado aplausos en una veintena de países. Aquellas gracias que elaboraban para entretener a los amigos se volvieron una religión; ellos, un sanedrín, y sus seguidores, una secta.

El núcleo originario, agraviado por las infamias del tiempo, perdió ya a algunos de sus fundadores. Sin embargo, Les Luthiers se han multiplicado con la incorporación de nuevos maestros: Turano, Antier, Mayer-Wolf y O’Connor. Cuatro en total: Mayer-Wolf es uno solo. Así, pues, el conjunto permanece y dura, como en el poema de Quevedo, quien seguramente habría pedido ingreso al grupo, lo que habría aumentado las infames acusaciones de misoginia que recaen sobre ellos.

Digo que resulta difícil no reconocer la mano de don Francisco al descubrir en la obra luthierana un amasijo de figuras retóricas: desde pícaras metáforas y retumbantes onomatopeyas hasta aladas aliteraciones y lítotes no del todo inadecuadas.

Las muestras de su habilidad verbal brillan en la designación de ritmos como La ‘bossa nostra’, la ‘Marcha prenupcial’ o el ‘Vals geriátrico’. También en referencias personales como el jeque a quien aqueja la jaqueca, o los beduinos provenientes de ciertos desiertos desiertos.

Se suman a ellos los nombres de algunas canciones, como ‘La serenata medio oriental’ o ‘Quien conociera a María amaría a María’, y los títulos de varios de sus espectáculos: ‘Les Luthiers unen canto con humor’, ‘Les Luthiers hacen muchas gracias de nada’, ‘Viejésimo aniversario’, ‘Todo porque rías’...

Formulo este alegato retórico porque me parece clave discernir la pertinencia de un homenaje que rinde el más importante instituto de enseñanza de nuestra lengua a un grupo de humor musical.

¿Un grupo musical? ¿Y–se preguntan muchos envidiosos– por qué no los premian en el conservatorio o en Operación Triunfo?

Quien haya visitado la estremecedora gruta de las urnas donde Les Luthiers acaban de dejar su legado podrá ver que allí no solamente duermen los recuerdos de escritores y poetas, sino también de pintores, arquitectos, actores, músicos, coreógrafos y un cerrajero nocturno para casos de emergencia.

En otras palabras: Les Luthiers podrían haber adquirido el derecho de cofre mediante un derroche de corcheas y semifusas, como lo demuestra una publicación de la Universidad de Oviedo titulada ‘La inapreciable contribución de Johann Sebastian Mastropiero a la historia de la música’, escrita a propósito de la entrega a estos caballeros del Premio Princesa de Asturias.

Otros desocupados habrán de indagar su influencia en ciertos estratos esmerados del humor en español.

Sostengo que la marcha triunfal de Les Luthiers hacia el arcón del Instituto Cervantes se justificaría plena y meramente por el egregio manejo del lenguaje en su obra. Sus textos introductorios, sus títulos y su calidad poética no solo merecen cofre en el Instituto Cervantes, sino sofá en la Academia de la Lengua.

Procuraré demostrarlo, para comenzar, exponiendo la raigambre popular de su estro, en la primera y noble acepción de esta palabra (las otras dos son ‘mosca parda vellosa’ y ‘periodo de ardor sexual de los mamíferos’. No creo que vengan al caso).

Sus textos introductorios, sus títulos y su calidad poética no solo merecen cofre en el Instituto Cervantes, sino sofá en la Academia de la Lengua

Así, pues, como diría el gaucho noruego Sven Kundsen, ‘¡Adentro con la primera!’.

Y esa primera es de la estirpe del Martín Fierro cuando este payaba en duelo, nos dice el autor José Hernández, con ‘el negro que trujo una negra en ancas’.

‘Dígame usté compañero, / dígame usté compañero / y conteste con prudencia / ¿cuál es la mansa presencia / que puebla nuestras praderas / y en melancólica espera / con abnegada paciencia / nos da alimento y abrigo / fingiendo indiferencia?’.

Ante la actitud atónita del compadre, el payador ofrece más pistas sobre su acertijo:

‘Nómbreme usted el animal... / nómbreme usted el animal / que no es toro ni cebú / que pa’ ayudar la salud / y pa’ que usted le aproveche / le da la carne y la leche / en generosa actitud: / tiene cola y cuatro patas / y cuando muge hace múu...’.

El desenlace de la adivinanza es ‘la vaca’, como todo seguidor de Les Luthiers sabe, de modo que al ofrecer la respuesta no creo haber reventado el final o destripado el relato, como me aconseja Álex Grijelmo que diga (yo, como él, me niego a acoger la palabra spoiler…).

Pertenecen también al rico mundo de la poesía gauchesca las rimas del oratorio ‘Epopeya de los quince jinetes’, poema francamente hípico y levemente épico acerca de la caballería pampeana.

Fragmento:

‘¡Quién usurpó tu epopeya, / caballito, caballito criollo! / Soportas quince jinetes / y sus órdenes altivas: / me imagino lo que piensas / de sus madres respectivas’.

Como se ve, la manía paródica de LL los ha llevado a escribir coplas campesinas de payada en octosílabos, pero también boleros apasionados en versos de doce golpes:

‘No querría con Esther seguir viviendo; / ya no puedo perdonar a esa muchacha: / esa tarde, cuando ya se estaba yendo, / me persiguió por la casa con un hacha’.

No resulta menos trascendental su aportación a la poesía épica… decididamente épica. La marcha ‘Ya el sol asomaba en el poniente’ merecería ser condecorada en un certamen de himnos militares. Recordemos su comienzo:

‘Ya el sol asomaba en el poniente / ya el cóndor surcaba el firmamento / y la patria, gloriosa, heroica y valiente / de victoria profiere juramento. / Refulgentes aceros se preparan / a lanzarse a la lid libertadora; / ya broncíneos clarines amenazan / a la fiera vorágine invasora’.

A la vela de las armas que colorea la anterior estrofa sigue la desgarradora descripción de la batalla, cantada por Les Luthiers en rimas de marcial realismo:

‘Con sus fieros cañones apuntando / ya se ve de la patria al enemigo / hacia nuestros patriotas avanzando / los salvajes ya se vienen –¡pucha!, digo–. / ¡Y ya entran nuestros héroes en la historia / esgrimiendo la justicia inexorable / con mosquetes cargados de victoria / con espadas de acero inoxidable!’.

Tras estas octavillas impregnadas de pólvora y heroísmo llega el gran final, que reúne la gloria y la sinceridad en inesperada mezcla.

‘El fragor de la lucha ya se extingue: / por doquier, de la muerte la amargura; / ya el odiado enemigo se distingue / alejándose de prisa en la llanura. / Ya los fieros enemigos se alejaron, / no resuena ya el ruido de sus botas: / nos pasaron por encima y nos ganaron, / nos dejaron en derrota’.

Y el epílogo de claridad reiterada y meridiana:

‘Perdimos, perdimos, / perdimos otra vez’.

Los anteriores poemas forman parte de piezas musicales, cosa que no los hace menos emotivos. Empero, Les Luthiers tienen también una basta (con b) obra poética independiente, de la cual extraigo, a manera de ejemplo, los crepusculares versos de un tal Torcuato Gémini.

‘Aunque el sol ya se escondió / no esperes que yo me vaya. / Amante fiel como yo, / otro no creo que haiga. / Porque ya es noche cerrada / tú ni siquiera me ves; / me encontrará la alborada / aquí, rendido a tus pie…ses’.

No puedo terminar este somero repaso a la obra poética de Les Luthiers sin destacar que algunas de sus figuras se han atrevido –ese es el verbo exacto– a atacar la lírica en otras lenguas. Es para mí un privilegio leer, por primera y seguramente última vez en público, el poema ‘La ratatouille’ del maestro Jorge Maronna:

Je mange la ratatouille
et je ne regrette rien;
je ne me gratte pas les cuilles,
et je travaille comme un chien.

Para los pocos que no hablan francés en este selecto auditorio, el propio autor tradujo su poema al castellano.

Y dice:

‘Devoro los salchichones
y a lamentos no me aferro.
No me rasco los cojones
y trabajo como un perro’.

Este homenaje que hoy rendimos a Les Luthiers lo es también al humor, al talento, a la inteligencia y a lo que en España se llama buen rollo.

Antes de dejar a sus risueños miembros en manos de algunos amigos que han querido sumarse a este urnazo, es importante repetir a Gerardo, Daniel, Jorge, Marcos, Carlitos, Carlos, Ernesto, Tato, Martín, Tomás y Roberto y al formidable equipo que los administra, los asiste y los viste, que los recordamos, los admiramos, los disfrutamos, los acompañamos y, sobre todo, los queremos”.

DANIEL SAMPER PIZANO
Especial para EL TIEMPO

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