Laura Restrepo: sus letras que son su vida

Laura Restrepo: sus letras que son su vida

'Laura, vida y rebeldía' es el documental que estrena este 26 de abril Señal Colombia. 8 p. m..

Laura Restrepo colabora con Médicos sin Fronteras en varios países.

Laura Restrepo colabora con Médicos sin Fronteras en varios países.

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foto: La Crea Media Group

Por: OLGA LUCÍA MARTÍNEZ ANTE
CULTURA Y ENTRETENIMIENTO 
25 de abril 2019 , 11:55 p.m.

Ama a sus perros y cultivar hortalizas. Ama su vida en un pueblo español, donde muy pocos vecinos saben que es una de las más reconocidas escritoras de la lengua española. Tiene el amor de su hijo Pedro que la define como una mamá escritora llamada Laura Restrepo.

Ha estado con sus letras en la guerra y en la paz, pero finalmente es una autora que deja en cada uno de sus libros una memoria de se mueve por los mundos de este universo reivindicando “la dignidad de la mujer”.

Autora de libros como La isla de la pasión, Leopardo al sol, Dulce compañía, La novia oscura, La multitud errante, Olor a rosas invisibles, Delirio, Demasiados héroes, Hot sur y Los Divinos, ha ganado importantes premios como el Alfaguara 2004 y el Grinzane Cavour en el 2006.

Ahora, su vida y por ende obra se pueden ver en el documental 'Laura, vida y rebeldía', que se presentará este 26 de abril a las 8 p. m. en la Feria del Libro de Bogotá, con un conversatorio en el que estará la escritora. Realizado por la casa productora La Crea Media Gropu, fue dirigido por Héctor Francisco Córdoba y se emitirá por Señal Colombia, también a las 8 p. m., así como por RTVCPlay.

La escritora habló con EL TIEMPO sobre el documental.

¿Por qué decide mostrarnos quién es usted más allá de la literatura?
En realidad, el documental va más de mi literatura que de mí, porque habla de cuales fueron, más o menos, las circunstancias personales y los momentos políticos, o históricos, en que fue escrito cada libro.

Habla de quién me enseñó a leer; quién a escribir; de cómo nosotras, las hijas, heredamos de mi padre una vocación de libertad, y de mi madre la pasión por el arte y las letras. Habla cómo influyeron mis épocas como maestra y activista política en el proceso de escritura.

Habla de la gente en la que me apoyo para investigar; de los temas que me atrapan; de los autores que leo con devoción para aprender de ellos; de los proyectos de libro que no cuajan y acaban olvidados en un cajón; de cómo hemos conformado en casa con mi hijo y mi marido un buen equipo familiar: una micro fábrica de libros y textos.

¿Qué tanto abrió de su alma abrió?
Quienes tan gentil y profesionalmente realizaron el documental estaban en todo momento de acuerdo conmigo en que lo interesante que pueda tener una persona que, como yo, se dedica a escribir, pues es precisamente eso, cómo escribe y por qué. Si con ellos hemos hablado de lo personal, ha sido en la medida en que lo personal se relaciona con el oficio. Todo lo demás sigue bien guardado entre los baúles del desván donde se archiva lo privado, y ahí debe permanecer.

¿Qué significó para usted vivir una infancia entre el aquí y el allá?
Yo tuve una suerte loca, y es que de niña conocí la felicidad. Eso no se olvida con el paso de los años, ni en las buenas ni en las malas. Tu reserva de alegría y de cariño la atesoras para siempre en el bolsillo, y puedes echar mano de ella aún en los momentos más duros.

Gracias a mi padre y a mi madre, yo fui una niña libre y feliz. De ellos también aprendí a vivir en contravía. Cada uno, a su manera, supo hacer su aporte a la construcción de un mundo propio, donde lo que contaba la fidelidad al clan familiar, y no las normas sociales.

¿Es cierto que la echaron de algunos colegios?
A mi padre lo de la obediencia y la educación formal no lo convencía para nada, él era más de ir aprendiendo por el camino. Se alegró un montón una vez que me echaron de algún colegio con gran deshonor, porque dijo que por fin me libraba de esa tiranía. Y sí, a algún otro colegio asistí sólo un día, porque mi padre era indómito como viajero y nos cambiaba de destino sin previo aviso.

En otra época fuimos a vivir a España cuando aún duraba la dictadura de Franco, y al matricularme en la escuela nos advirtieron que yo estaba muy atrasada en religión y en bordado, y que tendría que someterme a clases extras para aprender a aprender a rezar y a bordar.

Tanto mamá como papá enseguida se echaron para atrás: dijeron que eso no era para sus hijas. Como ves, a esa escuela no asistí ni un solo día. Mi hermana Carmen habla mejor inglés que yo, porque en Londres ella fue al colegio y yo no.

En cambio, en Copenhague yo sí fui a la escuela, de los nueve a los diez años, pero era una escuela nocturna y de arte. Ella, que era muy chiquita, se quedaba en casa porque hacía demasiado frío y se agripaba. Por eso yo le gano haciendo elefantes y tortugas de barro, que fue básicamente lo que aprendí en esa escuela.

¿Qué es lo más colombiano que usted tiene, lo que realmente le ratifica que nació aquí?
He sido viajera sí, y pata de perro, pero colombiana hasta la raíz del pelo, en donde quiera que esté. Esa es una marca de fábrica, en lo bueno y en lo no tan bueno. A un colombiano lo reconoces en la Conchinchina aunque no haya abierto la boca; hay algo hasta en el caminado que te permite identificar a un paisano.

Una cosa grata, es que siempre que nos encontramos en el extranjero nos saludamos a los abrazos, aunque no nos conozcamos de antes. Mira, por ejemplo, en la presentación de uno de mis libros en Sidney, Australia, los organizadores me habían reservado una sala pequeña, y cual no fue la sorpresa cuando vieron la fila enorme de gente que esperaba entrar. ¡Puros colombianos! Ahí presentes y apoyando, siempre, hasta en la movida de un catre.

Me gusta pensar que tengo una tenacidad muy nuestra para meter la cabeza por donde sea y no cejar hasta salir al otro lado. En lo rebeldosa también reconozco mis atributos patrios: en el fastidio cuando me imponen normas. Creo que los colombianos somos PHD en no esperar nada de nadie, y en no contar sino con lo que logra cada quien con su propio esfuerzo. Me gusta pensar que tengo una cabeza a mil revoluciones y una malicia indígena muy propias nuestras.

Un viaje hasta la bella Tumaco les mostrará a los televidentes otra Laura Restrepo. Dónde empezó este viaje? ¿Qué le enseñó?
Vas a conocer a las gentes de allá. A Tumaco llegamos con el equipo del documental por invitación de Médicos sin Fronteras (entidad para la que colabora). Fuimos a visitar el trabajo en uno de sus frentes más urgentes y delicados, el de apoyo a las mujeres y niñas maltratadas y violadas. Allá son muchísimas. Ese es uno de los estigmas más atroces de esta guerra, de todas las guerras: la tendencia a destruir o lastimar a las mujeres como símbolo de hombría, valor y victoria.

Con Médicos sin Fronteras he conocido pueblos en plena guerra, como el yemení y el somalí, o que atraviesan por hambrunas y catástrofes, como en Etiopía. He seguido el recorrido de los desplazados que salen de Siria y llegan a Grecia buscando asilo.

En la India he visitado tres de sus centros de trabajo entre los más pobres de los pobres. MSF sabe permanecer y prestar ayuda en lugares abandonados a su desgracia, a donde ya no llega el interés de nadie. Donde quiera que me invitan, los acompaño, para contribuir con algo tan mínimo y modesto como es escribir y publicar un reportaje sobre lo que allí oigo, veo y siento.

Otro de sus aspectos en el documental es su trabajo en una mesa de negociación con la guerrilla, que intentó el presidente Belisario Betancur. ¿Cómo fue sentarse en esa mesa?
Pues de sentarse, pocón. Yo participé de lleno y con todo mi entusiasmo en la negociación de paz de los ochentas, y creo que no llegamos a sentarnos nunca, aquello fue más bien a los brincos y a los carrerones, entre alegrías y ferocidades, festejos y tiroteos.

En un libro que escribí por esa época, digo que no comíamos ni dormíamos por andar montados en el frenesí de ese carnaval de vida y muerte que se vivía. Era locamente emocionante ver la capacidad que desplegaba el país de cambiar los tiros por el diálogo, la rivalidad por la solidaridad, el no futuro por un atisbo de mañana.

Y era descorazonador ver cómo el solo hecho de soñar con la paz acarreaba odios mortales y causaba cientos de perseguidos, exiliados y muertos. En ese libro digo también algo que quisiera repetir ahora, en las actuales circunstancias: que justo en el momento en que esa paz se ahogó en sangre, todos dejamos de ser jóvenes

De los amigos idos, de los amigos muertos, cómo decía Andrés Caicedo, ¿cuál es el que más extraña y por qué?
Es un dolor muy colombiano, ese de la añoranza tras las calamidades de la nuestra violencia. Juan Manuel Roca dice en uno de sus poemas que a nosotros nos llega temprano la hora de tener más amigos en los cementerios que en los bares. Vivimos de duelo en duelo, esa es la verdad, y con una espina clavada en el alma por la ausencia de tantos hombres y mujeres de buen corazón y grandes convicciones, asesinados por buscar un futuro digno y amable para todos.


Lanzamiento del documental y charla con la autora, 26 de abril, 8 p. m. Feria del Libro de Bogotá. Informes: feriadellibro.com.

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