Secciones
Síguenos en:
La neoinquisión que desató lo políticamente correcto
La neoinquisición

Libro 'La neoinquisición', de Alex

Foto:

Editorial Ariel

La neoinquisión que desató lo políticamente correcto

El abogado y profesor chileno Axel Kaiser analiza el daño que esta tendencia hace en las sociedades.

Nazi, xenófobo, racista, homofóbico, transfóbico, islamofóbico. Entre muchos otros, estos apelativos pertenecen a la batería de insultos con los que el discurso de la corrección política dominante actualmente pretende acallar voces que le resulten incómodas o intolerables. Los alemanes se refieren a este tipo de adjetivos como 'Totschlagargumente', lo que se podría traducir como “recursos retóricos que buscan de un solo golpe liquidar moralmente al oponente de modo que no pueda hacerse cargo de sus argumentos”. Su propósito es evadir a toda costa el enfrentamiento honesto y racional de ideas para, en lugar de ello, cosechar una espontánea aclamación pública basada en emociones impermeables a la evidencia y la lógica.

Se trata, en otras palabras, de una forma de no-pensar que acepta como legítimas solo aquellas posturas que encuentran respaldo en el exhibicionismo moral de grupos dispuestos a indignarse fácilmente.

(Lea también: Giuseppe Caputo reflexiona sobre el desprendimiento de la madre)

El concepto central en este contexto es el de emociones, ya que todo lo que se diga debe procurar no ofender las sensibilidades de colectivos supuestamente victimizados por la sociedad, quienes pueden sentirse atacados incluso por las expresiones o errores más inofensivos. Un ejemplo que sintetiza a la perfección el espíritu que anima la neoinquisición sentimentalista de los tiempos que corren se dio en la presentación de los Globos de Oro 2017. Tras ser acusado de racista y discriminador por haber cometido el ‘crimen’ de confundir los nombres de dos películas con repartos de actores de color –'Fences' y 'Figuras ocultas'–, el actor Michael Keaton se disculpó declarando: “Me hace sentir tan mal que la gente se sienta mal. Si alguien se siente mal, eso es todo lo que importa”.

Las palabras de Keaton no constituyen una aislada reacción esperable del mundo hipersensible del espectáculo, sino la nueva normalidad. En 2019, un escándalo monumental asoló Virginia cuando las tres autoridades máximas del estado, todos demócratas, se vieron involucradas en actos de supuesto racismo y abuso sexual. Uno de los casos más sonados fue el del fiscal general Mark Herring, de quien se descubrió que, en 1980, cuando tenía 19 años, fue a una fiesta de disfraces con la cara pintada de negro emulando a un rapero de cuya música solía disfrutar. La respuesta de Herring a los ataques que sufrió por haber cometido ese pecado, lejos de invocar un mínimo de sentido común y sensatez, confirmó la motivación histérica de sus inquisidores:

“Lamento profundamente el dolor que he causado con esta revelación (...) conversaciones y discusiones honestas dejarán en claro si puedo o debo continuar sirviendo como fiscal general”, dijo. Y como si su ‘falta’ hubiera sido equivalente a haber pertenecido alguna vez al Ku Klux Klan, agregó: “Esa conducta muestra claramente que, cuando era joven, tenía una falta de conciencia y era insensible al dolor que mi comportamiento podía infligir a los demás”.


(Lea también: Once grandes cineastas, la alineación del cine de Ricardo Silva Romero)

Que una de las máximas autoridades políticas de Estados Unidos se derrumbara pidiendo disculpas por haber usado un disfraz cuando era joven solo puede deberse al hecho de que hoy vivimos en lo que la intelectual Ayaan Hirsi Ali denominó ‘emocracia’. Esta podría definirse como un tipo de vida común en la que todo lo que importan son las emociones, específicamente sentirse bien con lo que se dice y se hace, procurando no ofender a nadie que se declare víctima y, adicionalmente, como en las sociedades del tabú, autoflagelarse públicamente por cualquier conducta realizada en cualquier momento de la vida que se pueda considerar lesiva de esas emociones.

Libro La neoinquisición

Axel Kaiser, abogado y filósofo chileno.

Foto:

cortesía Editorial Arial.

Greta y la ‘emocracia’

El que una muchacha bienintencionada de dieciséis años, carente de todo conocimiento sobre temas ambientales, sea presentada casi como la salvadora de la humanidad por el movimiento ambientalista y diversos medios occidentales es una muestra del punto insensato al que ha llegado la ‘emocracia’. Este sinsentido es aún más evidente cuando se considera que el mediático cruce del Atlántico que Greta Thunberg realizó en velero en agosto de 2019 con el fin de no generar emisiones terminó emitiendo mucho más CO2 que si hubiera volado, ya que fue necesario enviar a una tripulación de cinco personas en avión a Nueva York para ayudar a llevar el velero de regreso a Europa. Incluso el capitán del velero, Boris Herman, tomó un vuelo transatlántico de regreso, incrementando en varias veces la huella de carbono que tanto preocupa a los ambientalistas. Pero como lo relevante aquí son las emociones, entonces el futuro de la humanidad que se declara defender pasa a un segundo plano y la pantomima se perpetúa sin que nadie se escandalice.

(Le puede interesar: 'La literatura se ha hecho para los tiempos difíciles': Vargas Llosa)

Es el 'Zeitgeist', el espíritu de la época, que todo lo remece y del que nadie, como anunciara Hölderlin, puede esconderse. Si hubiera que elegir a alguien que consiguió capturar la esencia de ese 'Zeitgeist', esa sería la joven demócrata de origen latino Alexandria Ocasio-Cortez –la nueva sensación de la política estadounidense–. En una entrevista con Anderson Cooper, de CNN, en la que él le reprochaba los innumerables errores de hecho que cometía en sus propuestas y declaraciones, Ocasio-Cortez simplemente contestó: “Creo que hay mucha gente preocupada más de ser precisos con los hechos y la semántica que de proponer lo que es moralmente correcto”. No es necesaria una reflexión filosófica demasiado sofisticada para entender que, si aceptamos la idea según la cual, más allá de las normas de decencia tradicionales, debemos, cueste lo que cueste, evitar ofender a personas de distinto tipo –homosexuales, mujeres, minorías étnicas, religiosas, inmigrantes, etcétera–, estamos renunciando irremediablemente al compromiso con la verdad y con la democracia. Con la verdad porque, como es obvio, esta no tiene obligación de ser emocionalmente agradable con ningún grupo, ni persona en particular; y con la democracia porque el diálogo racional, es decir, aquel basado en la evidencia y las leyes de la lógica, es el único método de resolución pacífica de conflictos existente en las sociedades humanas.

(Siga leyendo: El nuevo libro oficial de los Beatles verá la luz en agosto de 2021)

Puesto que las emociones son por naturaleza subjetivas, asumir los sentimientos como criterio de validez implica que desaparezcan aquellas reglas generales e imparciales que permiten diferenciar lo que es verdadero de lo que es falso y lo que es correcto de lo que es incorrecto. Cada persona o grupo puede reclamar que tiene su propia verdad, una que es contingente a la interpretación personal de sus experiencias y, por tanto, incomprensible para aquellos que no las comparten, quienes simplemente tienen la obligación de aceptarla. Este marco comunicativo, promovido de manera irreflexiva por los campeones de la corrección política, se transformaría en un verdadero ‘diálogo de sordos’, ya que el lenguaje perdería la capacidad de referirse a realidades universalmente comprensibles.

La neoinquisición

El libro es editado por Ariel.

Foto:

Editorial Ariel

Realidades y verdad

La anécdota relatada por el periodista Andrew Sullivan en una de sus columnas ilustra lo que supone el irracionalismo cultivado por la corrección política interesada más en los sentimientos que en la verdad objetiva. Cuenta Sullivan que tras celebrar el hecho de que ya no existieran las leyes Jim Crow (leyes estatales para la segregación racial en todas las instalaciones públicas), el grupo con el cual conversaba en un evento lo miró atónito afirmando que la segregación racial seguía viva en Estados Unidos. Y no solo eso, una mujer afroamericana que estaba presente lo increpó advirtiéndole que la esclavitud jamás se había terminado. Al manifestarse en desacuerdo, la mujer le contestó que a él, como hombre blanco, no le correspondía cuestionar su “realidad de mujer negra”. La lógica que subyace al reclamo de la mujer es que ‘su realidad’ es válida simplemente porque es suya, una víctima autoproclamada del sistema, mientras que la realidad a la que se refiere Sullivan es falsa porque corresponde a su privilegiada experiencia de hombre blanco.

Dos alternativas surgen de inmediato: o uno se impone censurando al otro, que fue lo que intentó la mujer utilizando el 'Totschlagargument', es decir, que el ser víctima le daba automáticamente la razón, o se establece un estándar objetivo sobre qué es la esclavitud para luego determinar hasta qué punto se verifica en los hechos, que es a lo que apuntaba Sullivan.

(Además: ‘La literatura es un gran sueño compartido’: Andrea Mejía)

La crítica es a la pretensión de que ese sentimiento se refiera a una realidad objetiva y que por tanto deba tomarse como si fuera verdadero y no producto de la impresión de la persona que se declara victimizada. En otras palabras, la esclavitud no puede ser mero sentimiento o producto del lenguaje, pues si lo fuera, dejaría de tener validez como categorías de análisis ya que podría haber tantas nociones de esclavitud como humanos hay en el mundo, lo que haría imposible hablar de ella con sentido.

Daños graves

Así, uno de los efectos más perniciosos de la corrección política actual es que, al fomentar un ambiente cargado de irracionalismo relativista, no solo se hace imposible la comunicación significativa entre posturas divergentes, sino que se destruye la capacidad misma de empatizar con otros de una manera no patológica, pues esta solo puede darse, como sugiere Adam Smith en su 'Teoría de los sentimientos morales', sobre la base de un principio de realidad que trasciende a la mera subjetividad. Sin esa verdad objetiva, todo lo que queda es la sumisión al capricho de una de las partes.

La discusión en torno a la existencia de la verdad, y si acaso es posible o no acceder a ella y hasta qué punto, se ha dado durante milenios y se seguirá dando. Sin embargo, más allá de los fascinantes e inacabables debates epistemológicos en los que se han enfrascado pensadores de todos los tiempos, no cabe duda de que, como ha sostenido el filósofo estadounidense Harry Frankfurt, ninguna sociedad puede ser mínimamente funcional sin una “apreciación robusta de la infinita utilidad proteica de la verdad”.

(Lea además: Alberto Casas Santamaría presenta su libro 'Memorias de un pesimista')

Sería imposible, agrega Frankfurt demoliendo la lógica expuesta por Ocasio-Cortez, tomar decisiones y hacer juicios informados sobre los temas públicos más relevantes sin conocer lo suficiente sobre los hechos, y menos aún conseguir prosperidad si no pensáramos que la verdad existe independientemente de la experiencia subjetiva de cada individuo. Bertrand Russell argumentaba que ninguna sociedad tolera un subjetivismo radical, pues este abre rápidamente el paso a la irracionalidad. Por ello, no es exagerado decir que toda la empresa civilizadora depende de la claridad y honestidad con que se debatan los hechos.

El literato y científico alemán Johann Wolfgang von Goethe advirtió esto en su obra más célebre, 'Fausto'. En ella, Mefistófeles le apuesta a Dios que puede corromper a Fausto, el humano ideal, y Dios acepta. Finalmente, Fausto, un personaje obsesivo, incapaz de disfrutar de la vida y que había llegado a despreciar las ciencias y la razón porque no podían proveerle de todo el conocimiento del universo, realiza el pacto con Mefistófeles, a quien, a cambio de su alma, le exige una vida entregada a la furia desatada de los sentimientos y las pasiones.

Ese sería el origen de la tragedia de Fausto, quien luego de rejuvenecer se enamoraría de Gretchen y la terminaría seduciendo con la ayuda de una pócima mágica. Sin quererlo, Gretchen quedaría embarazada de Fausto, viéndose obligada a matar a su propio hijo debido a las circunstancias de su embarazo, crimen por el que sería apresada y luego ejecutada, a pesar de los esfuerzos de Fausto por rescatarla.

Parte de la enseñanza de Goethe en esta historia es que la naturaleza del pensar implica un compromiso con los hechos, con la idea de verdad y la razón como el instrumento para descubrirla o, al menos, para acercarse a ella. Además, se debe ser humilde, pues la verdad nunca se consigue de manera absoluta como esperaba Fausto, quien, frustrado, se arrojó a los brazos del demonio para buscar el conocimiento en las emociones, donde no puede encontrarse más que relativismo y caos.

Por eso, el filósofo de las ciencias Karl Popper, un admirador de Goethe, afirmó que “el relativismo es uno de los muchos delitos que cometen los intelectuales. Es una traición de la razón y de la humanidad”, ya que el conocimiento “consiste en la búsqueda de la verdad”, la búsqueda de teorías explicativas objetivamente verdaderas. Es esa idea de verdad la que permite un clima de tolerancia, humildad y libertad y no la pretensión de absolutismo subjetivista que postulan los ‘emócratas’ de hoy.

AXEL KÁISER*
Editorial Ariel*Axel Kaiser  es abogado chileno-alemán. Tiene un doctorado en filosofía por la Universidad de Heidelberg (Alemania).
Cortesía Editorial Ariel (Planeta)

Otras noticias de Libros:
Sigue bajando para encontrar más contenido

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.