La mujer que hablaba sola

La mujer que hablaba sola

Primer capítulo de la novela de Melba Escobar, publicada por Planeta con el sello Seix Barral.

Melba Escobar

Melba Escobar recorre la vida de una esposa y madre en medio de una situación crítica: su hijo es señalado como responsable de un acto terrorista. 

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Claudia Rubio / EL TIEMPO

Por: MELBA ESCOBAR
18 de abril 2019 , 12:17 a.m.

Cuántas veces le había pedido a mamá que me pintara los ojos. Y cuántas veces lo había intentado yo misma, concentrada frente al espejo con pulso tembloroso, en un remedo de mujer adulta. Ese simple gesto, mecánico, ahora volvía a ser torpe. El lápiz negro en los párpados, la mano temblorosa. Ya no era hora de preguntarme por qué estaba a punto de casarme, sin certeza, sin ganas y con el hijo de otro en las entrañas. Ahora la pregunta era por qué me estaba pintando los ojos, pero, sobre todo, ¿por qué me costaba tanto trabajo hacerlo bien? Tengo la cabeza atascada de ruido.

La incertidumbre me arroja hacia ti, me lanza con furia sobre tu recuerdo. Anoche dormí mal, aunque quizá es más preciso decir que no dormí. Me tumbo en la cama y nos veo a nosotros el día de la boda. Estoy congelada ahí, en ese momento de hace casi dos décadas. Estabas enamorado de esa mujer imaginaria a la que construiste con mi cuerpo como plataforma. No te culpo por eso. Quizá cuando uno viene a descubrir que es más que cuerpo es porque ya se ha hecho viejo. La rabia, la impulsividad, el egoísmo, todo eso había sido opacado por una “piel de arequipe”, como solías decir.

El caso es que vine a descubrir, ya muy tarde, que no puede uno casarse con un hombre al que no tiene el impulso de mirar entre las piernas. No había pasión entre nosotros, nunca la hubo. Apenas el fuego ficticio y suplantador de la ira. Sexo malogrado, ausencia de sexo, de sangre en los ojos, en las venas. Veinticuatro años. Todo mal. Te miraba como quien mira a un niño pequeño, a una orquídea, a un cachorro. Toda esa sangre la ponías solo tú, pero, aunque fuese mucha, no era suficiente.

Tenías tanta energía. Apenas si te cambiabas de ropa. Necesitabas poco para vivir. Café, cómics. Teníamos que inventarnos el amor para complicarlo todo. O nos inventamos es mucho decir. Me deseaste con furia caprichosa y yo, agradecida, te dejé hacer. Había dejado de ser niña y la melena de rizos salvajes había desaparecido: “Tú no naciste para casarte ni tener hijos”, decía la tía Cecilia mientras me acariciaba los crespos. Con ella compartía el nombre y el recuerdo de una infancia divina. Bastó que se me alisara el pelo para que vaticinara lo peor:

-No vas a poder escapar -afirmó con solemnidad.
-¿Escapar de dónde?
-De una vida que no es para ti.
-¿Y se ve mal?- pregunté mientras la tía se asomaba con el ceño fruncido al fondo de mi vaso.
-Tan mal que mejor ni te cuento.
Tendría doce años cuando le dije a mamá:
-No me pienso casar. El matrimonio es una cruz.

A las luces blancas, el calor, el ruido, la turbamulta y la náusea de ese momento habría que añadir el recuerdo de esa mulata flaca y alta que fue mi tía recordándome que el matrimonio no estaba entre mis designios. La tía Cecilia murió y yo entré en una adultez enrevesada. Era como si las reglas del mundo mágico que ella había amoblado para mí ya no tuvieran vigencia.

Después llegaste tú, justo a tiempo para ofrecer tus promesas de amor eterno. Como si fuésemos personajes de cine, nos inventamos el uno al otro. Cuánta frivolidad, cuánta urgencia de utopías hechas con los materiales que hubiese disponibles y a la mayor rapidez. Me temo que no llegamos a conocernos. Es algo que nos pasa a todos, pero en especial a los hombres. Me tomó años descubrirlo. El amor les entra por los ojos. Luego, si esas cualidades celestiales atribuidas a la mujer amada se prueban falsas, miran para otro lugar, se asustan o se proclaman engañados. 

El caso es que Pedro, nuestro hijo, no está. No sé si vuelva a verlo. No sé si es culpable o no. Estamos en el año dos mil diecinueve, pero en mi cabeza vuelvo una y otra vez sobre la noche de nuestra boda hace casi veinte años. Vuelvo a ser esa muchacha a la que todo le quedaba grande en la vida, hasta el vestido de novia. Frente al espejo, me quedo viéndome las patas de gallina. Ya he comenzado a envejecer. ¿Se puede ser padre después de muerto? Se puede, lo comprobé contigo. Eres un padre póstumo. Nunca había escrito esto en ninguna parte. Decirlo sí, muchas veces. En las fiestas de cumpleaños, por ejemplo.

-¿Y el papá de Pedro no pudo venir?
-No. El niño es hijo póstumo.

Admito que lo decía un poco para joder. Porque la verdad es que esa pregunta siempre me ha parecido atrevida. ¿Y el padre no pudo venir? Acaso qué somos, ¿la sagrada familia? ¿Y si fuese madre soltera? ¿Y si tuviese marida en lugar de marido? Veía cómo se les marcaba la confusión en la cara. Como si pensaran, “póstumo quiere decir que tuvo que morir después de... claro, claro”. Tu hijo póstumo está sindicado por estar “presuntamente” involucrado en un atentado. Pedro Gil, presuntamente un asesino. Sí, mi amor, tiene tu apellido. Y, más que eso, es idéntico a ti, solo que más largo y más flaco y con mi quijada (quijada de hombre). ¿Te acuerdas cuando me llamabas “colibrí”? Decías que comía ocho veces al día mi propio peso (como un hombre también). Y cómo comía. Siempre tenía apetito. Era insaciable, de un insaciable que bien habrías preferido que tuviese en la cama. Aún me encuentro atractiva, Rayo, creo que estarías de acuerdo. Y aunque ya no como mi propio peso ocho veces al día, sí he aumentado unos diez kilos. Intento descansar sin resultado. Al cerrar los ojos me veo ahí, una jovencita vestida como la princesa Leia.

La de antes fumaba, la de ahora no. La de antes tenía pelo largo, la de ahora no. La de antes tenía hambre todo el tiempo, comía todo el tiempo, la de ahora no. De llegar a verme, no sé si me reconocerías. Miré a mi alrededor buscando aprobación. La de antes quería comerse al mundo, la de ahora quiere que el mundo no se la termine de comer. Ese día me sentía jugando a la novia, no siendo una. Mis piernas parecían las de una muchachita con las rodillas redondas que se acaba de quitar el trajecito de flores. Súbitamente estaba de vuelta a la adolescencia, cuando intentaba maquillarme para salir, y papá me decía, burlón: “Pareces una cucaracha de panadería”. Aquí estaba, otra vez con tacones prestados, pintarrajeada como una geisha, solo que ya no era una niña jugando a la boda, lo que estaba pasando era real.

Aquella noche llovía tranquilamente. Eran más los transeúntes que preferían sentir la caricia de las gotas en su piel que los que abrían el paraguas. Bogotá, año dos mil. Las calles sucias y empapadas, la gente caminaba veloz como huyendo de un ladrón imaginario. Pensé en bajarme, correr, pero tampoco se me ocurría a dónde ir. ¿En qué momento un matrimonio pareció una buena idea?, me preguntaba mientras miraba a los extraños con envidia y mi corazón galopaba ansioso por lanzarse a la calle. Pensé, para tranquilizarme, que al menos la mitad de la gente dedica su vida a oficios y personas que no le gustan. Tú me gustabas. De otra manera quizá, pero me gustabas. Detestaba mi trabajo. No quería casarme. Estaba a punto de convertirme en la mayoría de personas, de eso no me iba a morir. 

En el colegio donde trabajaba como profesora había pescado a dos chicos haciendo dibujos obscenos de mí en un cuaderno. Cuando no era eso, estaban prendiendo fuego en clase. Me frené en seco en la entrada del bar donde se haría la boda. Era bello el lugar, y éramos bellos nosotros, con esa fijación tan juvenil por ser únicos. Entré en lento desfile con la banda sonora de La guerra de las galaxias. Eso había sido idea tuya, así como las cámaras desechables para que cada invitado hiciera sus fotos de la boda, y los floreros de figuras extrañas que compramos al por mayor y decoramos nosotros mismos. Los tres acuarios, donde peces tropicales de colores neón operaban como una imagen anticipatoria del cautiverio, eran una sorpresa. Los habías puesto justo antes de mi llegada.

Estabas orgulloso. Orgulloso y sudado. Nada más verlos sentí una opresión en el corazón. Avancé casi al trote por el improvisado cortejo. De repente quería que todo terminara. Me senté junto a ti. El notario habló de procreación. Quise vomitar. Atrás se alzaban las voces de las cerca de ochenta personas que atestaban el primer piso. Parecían cada vez más inquietas. Poco a poco iban subiendo los decibeles de los murmullos, los empujones para ver a los novios. Nada se parecía a como lo había imaginado. Aunque no tenía una imagen clara de cómo debía ser, sabía que así no era. Al cabo de unos cinco largos minutos me di media vuelta y pegué un grito: “¡Shhhhhhh!¡Silencio!”. Volví a incorporarme al ritual.

Tú no solo no parecías molesto, incluso se diría que estabas complacido. Por un segundo casi parecíamos una pareja normal a punto de casarse. Sonreías con los ojos rojos. Habías bebido tanto en las noches anteriores que debías tener un taladro en la cabeza. Miré tu mano aún con la venda después del puñetazo que cinco días atrás le habías dado al espejo hasta romperlo en mil pedazos: “Te sacas esa cosa de la barriga apenas nos casemos o te largas”, habías dicho. Asentí entonces, tal como lo hacía ahora. Pensé en un cactus. Pensé en mí como un cactus. Mientras contenía las arcadas, firmé el acuerdo civil.

Ahora estábamos casados. Después vino el beso seguido de los aplausos y los gritos de júbilo. Una vez todo hubo terminado salí al trote para llegar justo a tiempo al sanitario.

MELBA ESCOBAR

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