‘La izquierda parece incapaz de proyectarse a un porvenir’

‘La izquierda parece incapaz de proyectarse a un porvenir’

En su nuevo libro, el historiador Enzo Traverso explica cómo ese sentimiento impregna esa ideología.

'Melancolía de izquierda'

Portada de ‘Melancolía de izquierda’, del historiador Enzo Traverso.

Foto:

Archivo particular

Por: Astrid Pikielny - La Nación (Argentina) - GDA
19 de abril 2019 , 10:09 p.m.

No es la primera vez que el historiador Enzo Traverso viaja a Argentina. Recuerda de su primer viaje al país, en 2001, el dramatismo de ese momento y la certeza de estar en “las vísperas de la deflagración”. Pero mucho antes de ese viaje, cuando estudiaba en París en los años 80, Traverso frecuentaba el círculo cultural José Carlos Mariátegui, un espacio que reunía a militantes latinoamericanos exiliados.

Eso explica que este historiador nacido en Italia, formado en Francia –donde se doctoró y enseñó durante casi 30 años–, y ahora docente en la Universidad de Cornell, Nueva York, hable a la perfección varios idiomas, entre ellos el castellano.

Historiador de las ideas e investigador de los grandes temas del siglo XX –del nazismo, el marxismo y la cuestión judía a Auschwitz y el rol de los intelectuales–, Traverso llegó a ese país para dictar conferencias en torno a los 200 años del nacimiento de Karl Marx y presentar su último libro ‘Melancolía de izquierda’.

No se trata de un libro nostálgico ni un abandono de la idea del socialismo: “Significa repensar y reinventar el socialismo, porque la izquierda hoy está cargada de memoria y parece incapaz de proyectarse a un porvenir”, asegura Traverso.

Este libro conforma un potente díptico junto al anterior, ‘Las nuevas caras de la derecha’, un conjunto de conversaciones sobre las derechas radicales que se consolidan en varios países del mundo.

¿Qué características tienen ‘las nuevas derechas’ y en qué se asemejan y se diferencian de las viejas?

Intenté conceptualizar esas nuevas caras de la derecha y hablé de ‘posfascismo’, porque la derecha está subiendo en Europa, en Estados Unidos y ahora en Latinoamérica, con Brasil. Claramente, las derechas radicales comprendieron que no podían aparecer como una alternativa legítima siguiendo el discurso de los fascismos clásicos y se emanciparon de eso. Al mismo tiempo, es imposible intentar comprenderlas sin tomar como referencia el fascismo clásico. Lo que es evidente es que la nueva derecha radical es la búsqueda de una solución autoritaria, neoconservadora o reaccionaria a las crisis del siglo XXI.

¿En qué sentido?

En la segunda mitad del siglo XX, en la época de la Guerra Fría, había un orden y, por supuesto, había miedo. Pero todos sabíamos cuáles eran los modelos y las alternativas posibles porque todo eso se ubicaba en un marco muy fijo. El siglo XX se acabó con el final de la Guerra Fría y la caída del Muro, con el fracaso del socialismo real y el triunfo del capitalismo. El socialismo real no fracasó porque Estados Unidos lo haya derrotado, sino por sus propias crisis internas. Y a pesar de todas las guerras que Estados Unidos hizo después de 1990, se mostró incapaz de establecer un nuevo orden. El siglo XXI es el siglo de la incertidumbre, el siglo del caos, sin un orden posible. Hay una crisis global de la cual no se conoce la salida.

El libro intenta investigar la melancolía como uno de los sentimientos que pertenecen a la izquierda, a pesar de que ese sentimiento fue durante largo tiempo censurado o reprimido

El antisemitismo era una característica de los fascismos clásicos. Hoy la xenofobia y la islamofobia parecen ser rasgos de las derechas radicales.

Hay nuevos chivos expiatorios como los responsables de los males que afligen a las sociedades. El antisemitismo fue un pilar de los nacionalismos europeos. Hoy, las nuevas derechas radicales no son particularmente antisemitas. Mire a Trump y cómo exhibe su relación privilegiada con Israel y Netanyahu. Eso no significa que el antisemitismo haya desaparecido, pero no es el elemento dominante de las nuevas derechas. Los nuevos chivos expiatorios son, en primer lugar, los musulmanes que “amenazan la identidad nacional”, y los musulmanes en los países occidentales se identifican con los inmigrantes.

Hay algo donde sí se ven líneas de continuidad con el antisemitismo de la primera mitad del siglo XX: el retrato del terrorista islámico que hace la prensa conservadora reproduce muchos de los rasgos del bolchevique judío y lo condensa en imágenes y eslóganes. Según el caso, hoy hay islamofobia, homofobia y cierta misoginia, pero la hostilidad en contra de los latinoamericanos, por ejemplo, es específica de la demagogia de Trump.

La prensa y el periodismo son un blanco de ataque permanente de Trump...

El periodismo juega un papel doble, porque si bien puede ser indicado como el enemigo también es cierto que algunos medios son vectores que forjaron líderes. En este caso la CNN es el enemigo de Trump, pero Fox News es el pilar de Trump. El periodismo y los medios están atravesados por esas contradicciones y son un campo de batalla en el cual todos esos conflictos se reproducen.

¿Qué margen hay hoy para una reinvención de la izquierda y por qué se refiere a una ‘melancolía de izquierda’?

Mi libro no es un diagnóstico de la crisis actual de la izquierda y tampoco pretende dibujar una terapia. El libro intenta investigar la melancolía como uno de los sentimientos que pertenecen a la izquierda, a pesar de que ese sentimiento fue durante largo tiempo censurado o reprimido.

¿Por qué sucedió eso?

A lo largo de los siglos, la izquierda estuvo dominada por una visión teleológica de la historia: “El futuro nos pertenece; somos una vanguardia que dirige el movimiento de la sociedad hacia su éxito natural”. Ahora sabemos que la historia no está marchando hacia el socialismo; que eso fue una ilusión y que tiene un precio que se paga después. Pero, al mismo tiempo, fue un elemento extraordinario de fuerza, un motor.

¿Cómo explicar que tantos activistas de la izquierda hayan sacrificado su vida por una causa que los sobrepasaba? Eso es posible si se tiene la fuerte convicción de pertenecer a un movimiento que trasciende el destino individual. En este marco, cada derrota era una batalla perdida, pero nunca una derrota final. Desde Marx y Rosa Luxemburgo hasta Allende, lo que se decía era: “Sí, hemos perdido, pero vamos a renacer y a vencer”. Algo que es consolador, pero que tiene peligros enormes: implica una forma de autocensura.

¿Por qué?

Porque mostrar la melancolía, este sentimiento de duelo que surge después de una derrota (duelo por las ilusiones que fracasaron, por los compañeros que murieron, por todo lo que se perdió), era considerado una expresión de debilidad y vulnerabilidad. Creo que la censura o el ocultamiento de esa melancolía siempre acompañó a la historia y la cultura de la izquierda, porque el revolucionario es portador de un optimismo antropológico y no puede ser melancólico.

Caída la ilusión, esa melancolía se revela. Además de ideas, principios, programas e ideología, para hacer política se necesitan pasiones, afectos que puedan tomar la forma de utopía. Y la política de la izquierda como un proyecto de emancipación colectiva implica también el entusiasmo, el sentimiento de solidaridad, de cambiar el mundo, de actuar colectivamente y compartir emociones y sentimientos.

¿Cree que eso persiste?

Seguro que persiste en todos los movimientos sociales y políticos. La melancolía de la izquierda que surgió después de la caída del socialismo real es tan fuerte como lo fueron grandes las esperanzas del siglo XX. La historia del socialismo no es solamente la historia de los regímenes burocráticos autoritarios o totalitarios, sino también la historia de revoluciones que intentaron, y que en muchos casos lograron, cambiar la cara del mundo. Y que movilizaron a millones de seres humanos. Eso significa una movilización extraordinaria de expectativas utópicas, y genera un sentimiento de frustración, pérdida y duelo.

Se podría decir que hay duelos que incluyen la aceptación de una pérdida, un luto, una resiliencia y una superación; pero también hay duelos patológicos que no terminan nunca y obturan la reinvención.

Sí, yo manejo esas categorías como un historiador que hace historia intelectual y cultural, y no como un psicoanalista. No aplico rigurosamente la definición freudiana de melancolía, que efectivamente sería un duelo patológico. Pero también esa definición me parece pertinente. El duelo de la izquierda hoy es un duelo inacabado precisamente porque la izquierda, hasta ahora, no fue capaz de identificarse con un nuevo objeto de amor. Reconoció la muerte de viejos modelos que pertenecen a un siglo acabado, pero esos modelos todavía no fueron sustituidos por otros.

El populismo es un estilo político y, como tal, puede ser compartido por la derecha o por la izquierda

Un trabajo de duelo fructífero conlleva una melancolía que no desemboque en la resignación y en la impotencia, sino en la búsqueda de una reinvención sin olvidar el pasado; una memoria crítica del pasado. Todos los modelos de izquierda dominantes del pasado, la socialdemocracia por un lado y el comunismo por otro, fracasaron. No se puede construir una nueva izquierda sin hacer un balance crítico de la derrota de esos modelos.

¿Cómo juega, en este contexto, el surgimiento de líderes populistas de izquierda y de derecha? ¿Y cómo define al populismo en tanto esa categoría parece nombrar fenómenos muy distintos entre sí?

Discrepo con mi amigo Federico Finchelstein, autor de un libro muy importante sobre populismo, porque para él es una corriente política y de pensamiento como son el liberalismo o el socialismo. Por el contrario, pienso que el populismo es un estilo político y, como tal, puede ser compartido por la derecha o por la izquierda; vehicula políticas que tienen una naturaleza diferente.

Tanto Trump como Chávez son considerados populistas...

Sí, son populistas porque ambos utilizan una retórica demagógica, pero si la conclusión es que ambos hacen la misma política populista, la respuesta es no. Si me dice que Jair Bolsonaro y Cristina Kirchner son la misma cosa porque son populistas, yo le digo que no. El populismo es un estilo político cuya característica, además de la demagogia, es la constante referencia al pueblo como el lugar donde se ubican los valores auténticos. Consiste en valorizar el pueblo en contra de las élites.

ASTRID PIKIELNY
LA NACIÓN (Argentina) - GDA
En Twitter: @astridpikielny

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