La cultura no sobrevive solamente con aplausos

La cultura no sobrevive solamente con aplausos

La democratización es deber de la cultura pero el trabajo de los artistas merece un pago justo.

Nollywood

Las tiendas de películas piratas se pueden encontrar en cada esquina de Nigeria, como en muchas otras partes del mundo. Los DVD cuestan menos de dos dólares.

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Archivo EL TIEMPO

Por: Paula Jaramillo del Corral
19 de mayo 2020 , 09:05 a.m.

Por estos tiempos nos desbordan los mensajes de cariño, noticias, información y recuerdos, todas las maneras de estar cerca y acompañarnos en esta pausa forzosa, que espero nos cambie para siempre. Ha sido el momento para la solidaridad, para pensar en el otro.

No estamos confinados en nuestras casas, estamos poniéndonos a salvo, juntos. Y en esta cuarentena la cultura ha cobrado la máxima importancia. La música, el cine, la TV, los conciertos, el arte, los contenidos nos han hecho la mejor de las compañías.

Hace un par de días me compartieron, en varios chats, un documento titulado ‘Directores’, de 45 páginas con enlaces a los que podemos acceder a unas 400 películas de cine. Hasta ahí no es novedad, pero lo que me llama la atención es que se accede de manera gratuita.

También recibí uno con más de 200 libros en PDF, gratuitos. ¿Sabrán sus creadores que esto pasa de mano en mano? ¿Recibirán alguna compensación económica merecida y legal? ¿Sabrán quienes lo usan y pasan de mano en mano que están frente a un delito?

Quiero invitarlos a una reflexión, y la vengo haciendo desde el 2005, cuando coprodujimos la película Rosario Tijeras con reconocidos productores mexicanos. Nos tomó 7 años la realización de la película, desde que se le compraron los derechos a Jorge Franco hasta que la lanzamos a los cines.

Nos costó 30 citas con potenciales inversionistas y 54 visitas a clientes y empresas lograr la sola financiación de la campaña de lanzamiento, en la cual trabajamos 11 meses. Rosario Tijeras logró un récord de 1,2 millones de espectadores en nuestro país.

Por ese entonces no existía sino iTunes, y la piratería física era voraz. Defendí la ley de derecho de autor ante el Congreso de la República, simplemente explicando el valor que tiene una obra. Detrás de un largometraje hay cientos de empleos formales, impuestos debidamente pagados y horas de trabajo de quienes la crearon.

Las películas de cine independiente tienen un costo de producción alrededor de los 4 y los 12 millones de dólares. Y a eso le debemos sumar una campaña de lanzamiento decente. Un espectador de cine te deja 1 dólar de ingreso neto. Hagamos las cuentas y les planteo solo un ejemplo: James Cameron invirtió 500 millones de dólares y 10 años en pensar, escribir y producir Avatar.

Cuando estrenamos Rosario Tijeras, las películas se llevaban al cine, luego a los DVD y después a los canales de TV cerrados y abiertos; es decir, cable y TV nacional. Los ingresos de recuperación, y ojalá utilidades, se daban en estas ventanas de exhibición.

Los ingresos de los DVD eran muy importantes para aquel entonces. Las películas triplicaban los números obtenidos en taquilla, y así llegaban los retornos a la inversión.

Era duro por esa época ver las calles inundadas de CD quemados, los cuales rompían la sana cadena de negocio, y peor aún, ver llenos los bolsillos de quienes jamás trabajaron un segundo para lograr algo seductor para el espectador.

Ver las manos estirándose en los semáforos para comprar una película maltratada me hacía daño. Nos hacía daño a millones de creadores.

Me pregunto qué hubiera hecho ese comprador de piratería si en el momento de recibir su quincena no la encontrara en su cuenta porque simplemente su jefe no quiso pagarla. No quiso compensarle su trabajo. Imagino la angustia y molestia.

Por esta razón, con Rosario Tijeras en las manos y luego de su éxito en taquilla, decidí acercarme a los ‘piratas’. Los alcaldes de la época, Lucho Garzón y Sergio Fajardo, me ayudaron a convocar a un número importante de vendedores informales.

Fueron sesiones intensas de entenderlos y entendernos. La idea que tenía era que ellos mismos vendieran en las calles Rosario Tijeras, pero legal. Yo les entregaba las películas perfectamente empacadas, y así avanzamos en una negociación.

La idea era que todos la vendieran a 7.000 pesos. Cuando ya estaba a poco de invertir en la inyección de las películas, uno de ellos se me acercó y amorosamente me alertó de lo que algunos planeaban: sabotearnos. Me invitó una cerveza, y fue entonces cuando le propuse que me mostrara el mundo subterráneo de la piratería.

Ver las manos estirándose en los semáforos para comprar una película maltratada me hacía daño

Óscar y María me llevaron a conocer los centros de quemado, llenos de torres de CD, fotocopiadoras y quemadores. Solo en Bogotá lograban quemar 100.000 copias al día. En las compañías donde se inyecta y se imprime la información de manera impecable, en alta definición y legal, se lograban 30.000 copias a la semana.

Desvelada, pensando cómo desafiar esta estafa, me desperté un día de madrugada con la idea de no combatirlos ni compartirles, sino competirles. Mi papá me enseñó el significado de la democratización y la masificación, y eso fue lo que implementé.

Era el momento para que muchos de la industria también entendieran que los precios tenían que bajar y ser asequibles. La tecnología nos obligaba a adaptarnos y estar a la vanguardia. Llevaba años cuestionando a las disqueras por lo mismo.

Y entonces reuní a un grupo de productores de cine colombiano, esos que habían lanzado las más exitosas películas de entonces, y los invité a ser parte de un lindo negocio. En esa madrugada de desvelo había entendido que nuestro aliado ideal era el Grupo Éxito, masivo, democrático y con 500 puntos de venta.

Me fui para donde su presidente, Carlos Mario Giraldo, y le propuse la campaña Orgullosamente Colombiano con el propósito de poner, en manos de muchos, las películas y la música de los colombianos, a precios competitivos con el momento y la coyuntura. Y ahí nació esa línea de negocio.

Vendimos 300.000 copias legales de películas colombianas, y se agotaron. Sabía que se agotarían. Y así, Grupo Éxito ha seguido vendiendo millones de discos de artistas.

Además (El momento amargo que atraviesa el cine colombiano por la pandemia)

Y entonces surgió Netflix con fuerza y nació Spotify y, como estas, otras plataformas que le han dado el mayor de los alcances a los contenidos. Hoy se ven y se escuchan más contenidos que nunca. Son extraordinarias transformaciones que llevaron el negocio de lo análogo a lo digital, pero que jamás renovaron el modelo de negocio.

Los creadores no reciben los ingresos justos por su trabajo. ¿Por qué lo hacen entonces? ¿Por qué los artistas no defienden su trabajo, que al final es lo que vale? No son las plataformas las que tienen el mayor valor. Son grandes ideas y negocios, pero el valor es el contenido. El contenido es el rey.

Pedro Almodóvar, Steven Spielberg, Quentin Tarantino, Leonardo DiCaprio y Christopher Nolan son algunos de los que se paran con firmeza y rechazan el sistema digital y defienden el trabajo de la creación.

El 99 % del contenido audiovisual en el mundo no tiene oportunidades de distribución ni monetización, y el sistema actual solo acoge el 1 % de estos. Además, es necesario tocar muchas puertas para llegar. Pocos lo logran.

A democratizar

Con la covid-19, la liberación de contenido gratuito ha llegado más feroz que nunca. Y tengo que confesarles que me duelen las entrañas. Los que lo hacen son entidades o artistas que se pueden dar el lujo de hacerlo, y me pregunto si dimensionan lo que hacen.

Es un generoso gesto con millones de personas para que sus días estén llenos de luz y alegría, y por supuesto, lo puedo entender y lo aplaudo. Es un regalo de oro, pero quienes hoy lo pueden hacer pasaron por tiempos en los que no podían darse ese lujo.

Hoy, para millones de artistas en el mundo, eso no es posible. Viven de su vocación y propósito. ¿Quién está pensando en ellos? ¿Por qué siempre la cultura y los creadores son los damnificados? Cuando hay que hacer recortes de presupuesto, la cultura está en la primera línea. Cuando hay que reducir inversiones en muchas de las compañías, es la cultura la damnificada, si es que acaso está en su radar.

Entonces, ¿por qué es lo que más atesoramos? Por qué no lo cuidamos como el tesoro que es. Aplauden felices al poderlos tener a un clic, pero no son conscientes de que es un sector muy golpeado. El artista pertenece a una cadena de valor y a un oficio que, como cualquier otro, debe ser valorado.

Tenemos que trabajar en formación de públicos y en pedagogía para estas generaciones que consumen contenido gratis gracias a las marcas. La carga tampoco debe estar en ellas siempre.

Soy defensora, como lo manifesté, de una cultura al alcance de todos. Siempre lo he sido. Mi premisa es: la cultura no es un lujo, es una necesidad. Es el momento de la democratización. Más que nunca.

En Alemania decretaron la cultura como un bien de primera necesidad para recibir las ayudas estatales durante la pandemia.

Ahora, cuando estamos revisando nuestros hábitos bien valdría la pena revisar si este modelo económico creativo debe seguir reinando. Ahora que todos estamos dando abrazos solidarios y que estamos en modo reflexión y empatía, los invito a incluir este tema dentro de esa lista de revisión.

Invito a los mismos artistas a que no renuncien más a hacerse valer y a que no se acomoden más al sistema. No es culpa del público. Los consumidores no tienen este análisis. No tienen porqué, y además los acostumbraron a la gratuidad.

Sé que es un debate titánico. Muchos me dicen que nunca venceremos. Lo lograron los cantantes Taylor Swift, quien no permitió su catálogo en Spotify al no recibir lo que para ellos es lo justo, y Jay Z y Beyoncé, quienes crearon Tidal. Son centavos los que perciben por cada reproducción.

Spotify paga entre $ 0,006 y $ 0,008 por reproducción, y la disquera les da a los artistas entre el 13 y el 20 %. Un millón de reproducciones en Spotify les da entre 780 y 1680 dólares. Para llegar a ese número de reproducciones es porque el trabajo y la inversión han sido muy superiores.

No es culpa del público. Los consumidores no tienen este análisis. No tienen porqué, y además los acostumbraron a la gratuidad.

YouTube paga $ 0,005 dólares por vista, lo que hace que incluso millones de vistas tengan poco impacto en el bolsillo. Netflix paga a la mayoría un solo fee que ronda por los $ 3.500 dólares por minuto, ahora ha bajado a $ 700 dólares y hasta menos, fee que entra en la cadena de intermediarios para que el creador termine tan solo con el 27 % al final y matando todas sus posibilidades de otras ventanas de exhibición, seguramente.

iTunes, al ser TV on demand, dependerá del número de transacciones, pero también pasa por la cadena de intermediarios, aunque es mucho más justo para los creadores.

Llegó la hora de hacerlo. Cuidarlos es nuestro deber porque tejen futuro y presente, son nuestra identidad, nuestro patrimonio y el sentido de unidad que genera patria.

Mientras añoras los abrazos para los tuyos, piensa en lo valioso que sería dar otros simbólicos a seres que no conoces y admiras, que con su talento llegan hasta tus sentidos, y que, como tú, quieren vivir de sus pasiones y propósitos.

Eso es lo que queremos y estamos haciendo en Mowies, una plataforma digital colaborativa, que con un modelo incluyente, democrático y disruptivo se convierte en la herramienta que empodera a los creadores conectándolos de manera directa con sus audiencias.

Un grupo de amigos cineastas en compañía de ángeles inversionistas creamos esta plataforma, en la que los creadores pueden compartir sus obras y ganar dinero por cada persona que las vea.

Los espectadores también pueden compartir las creaciones que les gusten y ganar dinero por ello, todo conectado para que lo compartan en sus redes sociales de manera directa.

Mowies se convierte en una alternativa de calidad para el sector cultural, y hoy aún más, al ser uno de los más golpeados en el mundo, al verse obligado a bajar los telones, cerrar salas de cine y cancelar conciertos y eventos masivos. Por eso encuentran en Mowies el ‘teatro virtual’ en el que tienen cabida todo tipo de propuestas audiovisuales para que el público elija qué consumir.

Solo tienes que abrir tu teatro virtual, sin costo mensual, y consumes por lo que ves. Cada creador elige el precio de su contenido. Y el usuario gana por compartir. Los creadores obtienen el 80 % de los ingresos.

Llegó la hora de darles valor a los artistas, a los creadores. Es el momento de replantear la gratuidad, con la que se logra mucho alcance pero poco ingreso para el creador. Democratizar, ser asequibles y crear modelos justos y sostenibles que le brinden valor a toda la cadena.

Lea también (El futuro que nos espera cuando pase el coronavirus)

Te invitamos a comprar directamente las creaciones de los cineastas, músicos, artistas y contadores de historias. Con tu apoyo romperemos las cadenas de un sistema que, aunque se ha digitalizado, no ha transformado los modelos de retribución a los creadores en el mundo. Ya estamos en más de 70 países con más de 1.300 contenidos, y esto apenas comienza. Nos puedes conocer en: www.mowies.com

Gracias por leerme, mi voz es la de millones de artistas en el mundo. No será sostenible esta industria si seguimos regalando los talentos. El sector de la cultura, que nos hace la vida bella en cuarentena, y en no cuarentena, es una cadena de negocio formal que merece ser compensada con ingresos y no solo con aplausos.

PAULA JARAMILLO DEL CORRAL
Para EL TIEMPO

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