Secciones
Síguenos en:
La biblioteca de Gabo en México tiene siempre flores amarillas
Las flores amarillas, el símbolo eterno de Gabriel García Márquez.

Las flores amarillas, el símbolo eterno de Gabriel García Márquez.

Foto:

AFP

La biblioteca de Gabo en México tiene siempre flores amarillas 

FOTO:

AFP

El País de España recorre este espacio en la casa del escritor, de la mano de su hijo Gonzalo.

Sin saber si su padre los escuchaba, Gonzalo y Rodrigo García Barcha siempre llegaban del colegio y pasaban corriendo el patio de su casa de Ciudad de México para saludar al escritor, absorto en el trabajo en su estudio.

Allí, Gonzalo, el menor de los hijos del escritor, lo recuerda y recibió al diario español El País para mostrar esa biblioteca maravillosa, con los libros que aún conserva la familia.

Hay siempre, además, un jarrón con flores amarillas, pues como contaba el autor, a los ocho años, su abuelo le dice que las de ese color daban suerte “y nunca se volvió a separar de ellas”, escribe el diario madrileño, que agrega que el día que recibió el premio Nobel, en 1982 llevaba una en uno de los bolsillos de su traje.

Pese a que la familia, desde la muerte del autor, en 2014, ha hecho donaciones bibliográficas a Colombia (Biblioteca Nacional) y a la Universidad de Texas, aún conservan una edición del Ulises, de Joyce, de 1972, que García Márquez llamó en sus memorias “mamotreto sobrecogedor”.

“También aparecen copias de El día del Chacal y El conde de Montecristo”, dice El País. “Mi padre siempre huyó de la solemnidad y nunca hizo distinción entre lo que se llama alta y baja cultura, agarraba lo que podía de todo los lados”, comenta que dice su hijo “sobre su conocida veta popular”.

El bibliotecario del autor, Iván Granados, que trabajó con él desde 2007 hasta su muerte, también aparece en el escrito. “Esta no es la biblioteca de un coleccionista o de alguien que tuvo la oportunidad de ir guardando sus primeros libros. Es más bien la biblioteca de un viajante que se asienta definitivamente en México”.

Al fallecer el autor, siguió yendo a la casa de los García Bacha a lo que definió como terminar su trabajo. “Se encargó de dividir los casi 5.000 títulos en cuatro áreas: Una, las traducciones de sus propios títulos. Dos, diccionarios y enciclopedias. Tres, libros de documentación con los que preparaba sus obras. Cuatro, la literatura que le interesaba: novela, poesía, ensayo, periodismo, cine y política”, dice el diario.

Agrega que México fue la segunda patria del escritor. Allí llegó a establecerse definitivamente a los 52 años, luego de residir en “Barranquilla, Bogotá, París, La Habana, Caracas, Londres y Barcelona”. En la casa donde está la biblioteca vivió desde 1975 hasta su fallecimiento.

García Barcha define a su padre también como “un diccionarero”, pese a que, dice, tuvo una relación “de amor y odio con las enciclopedias. Pero a la vez se inventaba palabras: “'ondolientes’, ‘mecedor'. Hasta se propuso jubilar la ortografía, sobre todo esa h rupestre”, dice.

La nota también hace un recorrido por las máquinas de escribir y los computadores que usó para trabajar.

“Su primera Remington ardió en el fuego de los disturbios del Bogotazo, en 1948. Una década más tarde, la máquina que concibió en París El coronel no tiene quien le escriba había perdido la tecla de la d por el camino. Para poder terminar el texto tuvo que arreglárselas completando cada c a mano con un palito vertical. Después se compró una Torpedo alemana y una Smith Corona eléctrica. Así, hasta el flechazo con Apple. Un eMac de principios de los 2000, una computadora blanca con forma de pepino retrofuturista, sigue aún en la mesa de trabajo de su casa en Ciudad de México”, se lee.

Su hijo, por su parte, manifiesta que fue comprando “cada uno de los modelos de Mac que iban saliendo”.

También habla de su relación con la música vallenata, ese contacto que tuvo con Colombia y que fue el más cercano a su territorio de nacimiento.

“Lo que nunca le faltó a Gabo en ninguna de sus etapas fue el vallenato, su música favorita. Tanto, que le gustaba decir que Cien años de soledad no es más que un vallenato de 450 páginas. Sus amigos le enviaban cintas desde el Caribe colombiano. Algunas siguen aquí, junto a Rocío Jurado, Perales, Manzanero o Sabina”.

Y hay fotos, que seguramente le dan mucha nostalgia a su familia e incluyen a grandes personajes que pasaron por esa casa en la que siguen viviendo las flores amarillas en memoria de un grande.

Sigue bajando para encontrar más contenido

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.