La atávica veneración a los violentos

La atávica veneración a los violentos

La violencia, en todas sus manifestaciones, ha estado presente en estos 200 años de nación.

El sepelio de Inglaterra

“Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia”.

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Salud Hernández-Mora

Por: Armando Neira - Editor cultura
21 de junio 2019 , 11:05 p.m.

Tal vez la metáfora más precisa que refleja la historia del país la escribió José Eustasio Rivera en la primera línea de La vorágine: “Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia”.

La violencia, en todas sus manifestaciones, ha estado presente en estos 200 años de nación. Y, claro, los violentos como protagonistas. Con el auge de la violencia partidista, en el imaginario popular estaban presentes en una mezcla extraña de temor y admiración: ‘Sangrenegra’, ‘Desquite’, ‘Chispas’ y ‘Capitán Veneno’.
Con la entrada del narcotráfico en la vida cotidiana, hacia los años 80, los barones de la droga impusieron su ley a punta de sicarios y bombazos.

Sin embargo, también sedujeron a un segmento importante de la población. ¿Por qué? Eran los dueños de los equipos de fútbol, de los reinados de belleza y celebraban, para el barrio entero, con voladores, trago y orquesta cuando coronaban un embarque de coca.

Cuando las autoridades, por fin, dieron de baja a Pablo Emilio Escobar Gaviria, –quien, según los registros de distintas fuentes, causó con su organización, el cartel de Medellín, 5.500 muertos y más de 100 atentados–, cientos lloraban ante su ataúd. Eran, posiblemente, los habitantes de las casas que pagó el capo con su dinero mal habido en lo que antes había sido un basurero.

Ahí está, seguramente, una de las causas de la tragedia diaria. No hay fronteras claras. Nadamos de una orilla a otra sin reflexionar en los orígenes y menos en las consecuencias. ¿A cuánta gente habrá matado Jesús María Aguirre, ‘Chucho Mercancía’, el sangriento capo de la Sierra Nevada de Santa Marta? ¿Cuántos niños quedaron huérfanos por sus acciones? A punta de violencia edificó su imperio. Pero, ahora, ante su féretro, una multitud lo llora como a un héroe.

Cuando llegó una inédita peste a Macondo, en Cien Años de Soledad, Gabriel García Márquez escribió: “Lo más terrible del insomnio es el olvido”.

ARMANDO NEIRA@armandoneira

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