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La Alejandría personal de la poesía de Konstantinos Kavafis
Alejandría

Ciudadela de Qaitbay (Egipto), una de las siete maravillas de la antigüedad, hogar de Kavafis.

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La Alejandría personal de la poesía de Konstantinos Kavafis

Ciudadela de Qaitbay (Egipto), una de las siete maravillas de la antigüedad, hogar de Kavafis.

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El gran escritor griego tuvo como inspiración de sus versos a esta ciudad portuaria mediterránea. 

Algunos de sus poemas más populares, que tienen a Alejandría como metáfora del destino, fueron escritos cuando no llegaba a los treinta y cinco años. Como muchos de sus poemas juveniles –la juventud poética de Konstantinos Kavafis oscila entre sus treinta y cuarenta y cinco años–, usa una imaginada historia para compartir el dolor, la desazón de vivir en un mundo ineludible.

Kavafis fue el último de nueve hijos de una pareja de prósperos comerciantes fanariotas de Constantinopla. Su padre, Pedro Kavafis, se había casado a mediados de siglo con Khariklia Potiadis, una muchacha de catorce años, hija de un rico mercader en diamantes que decía descender de un obispo de Cesarea y de un príncipe de Samos. Después de su matrimonio se establecieron en Liverpool, donde tenían una casa de exportación de telas e importación de algodón y, en 1854, se mudaron a Alejandría para establecer una sucursal.

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Konstantinos Kavafis (1863-1933) nació y murió en Alejandría, la ciudad que inspiró algunos de sus memorables poemas, un 29 de abril.

Alejandría y la biblioteca

Alejandría fue fundada por Alejandro de Macedonia como Al-Iskandariyah en el invierno del 332 a. C. Ordenó el trazado a Dinocrates, que había adquirido reputación por la restauración del templo de Diana, en Éfeso. Fue levantada con calles paralelas, una de las cuales tenía setenta metros de ancho e iba desde la puerta Canópica hasta la necrópolis y estaba decorada con espléndidas casas, templos y edificios públicos.

Tenía tres barrios: el Regio Judeorum, el Rakotes o barrio egipcio, donde estaba el templo de Serapión, y el Brukeum o real barrio griego, donde estaban los palacios de los Ptolomeos, la biblioteca, el museo, la universidad, las salas de conferencias, el templo de los Césares y la corte de justicia. Al lado este de la isla Pharos estaba la torre de mármol blanco, de ciento veinte metros, que hizo levantar Ptolomeo Sotir para descubrir naves a cien millas de altamar.

Amru pudo decir a Omar, en el 642, que la ciudad tenía cuatro mil palacios, cuatro mil baños, doce mil comerciantes en aceite, doce mil jardineros, cuatro mil judíos que pagaban impuestos y cuatrocientos teatros o sitios de diversión.

La estética kavafiana viene, sin duda, del uso de la lengua popular, en la que se puede menos pensar que cantar, pero con la cual medita un destino o retrata un recuerdo.

Al califa y a su lugarteniente le debemos la desaparición de la biblioteca. Según Abulfaragius, Juan el Gramático quería que Amru le regalara la biblioteca. Este respondió que él no podía decidir y tenía que escribir al califa. Omar respondió diciendo que si esos libros contenían las mismas doctrinas del Quran, no debían usarse porque El Libro las contiene todas, pero si contenían doctrinas distintas, debían ser destruidos. Sin pensarlo dos veces, Amru ordenó quemar los libros, que ardieron por seis meses alimentando el fuego que calentaba las aguas de los cuatro mil baños.

El renacimiento moderno tuvo lugar bajo el virreinato de Muhammad Alí Pasha. La apertura del canal de Suez atrajo a comerciantes y especuladores, entre ellos el padre del poeta, que estaban encantados con los privilegios de explotación del comercio con la India y la exportación de algodón a Europa.

De doce mil habitantes que tenía en 1832 pasó a doscientos treinta y tres mil en 1882, cuando fue bombardeada y atacada por los ingleses, que se quedaron hasta 1932, un año antes de la muerte de Kavafis. Alejandría se había convertido en lo que es hoy: la ciudad de veraneo de los cairotas. Al morir Kavafis, tenía cerca del medio millón de habitantes.

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A esta ciudad, a su historia, sus glorias y en especial a la vida que le había procurado en su comercio con las gentes de los barrios populares, las concurridas fiestas callejeras, cafés y hoteles de una noche, dedicó Kavafis su obra, a pesar de que muchos de sus textos toquen asuntos del mundo helénico, bizantino o persa. No hay duda de que sus mejores momentos los alcanza cuando el paisaje del poema es Alejandría. Kavafis creó la ciudad en la poesía contemporánea. “Yo soy —dijo refiriéndose al barrio de mala muerte donde vivía– el espíritu. Fuera está el cuerpo”.

La formación inglesa

Pedro Kavafis, el padre, murió en 1870, cuando Konstantinos tenía siete, dejando escasa fortuna, tras haber sido uno de los más ricos comerciantes de la ciudad. Tres años después, Khariklia decidió regresar a Liverpool en un intento por rehacer la fortuna de su marido, pero la inexperiencia de sus hijos los llevó a la ruina definitiva, teniendo que volver a Alejandría en 1879.

Los siete años que pasó en Inglaterra fueron definitivos para su formación. Aprendió inglés, conoció las costumbres victorianas, escribió sus primeros poemas y se familiarizó con los escritos de Shakespeare, Browning y Wilde, cuyas resonancias hay en sus versos.

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Al regreso de Alejandría desde Constantinopla, en 1895, donde habían ido con Khariklia antes del bombardeo y ocupación inglesa de la ciudad, tenía veintidós años y allí viviría el resto de su vida. Su origen, educación y luego su pobreza no impidieron a Kavafis hacer vida social entre la comunidad griega de la ciudad, sin que por ello dejase de sentirse extrañado.

Trabajó para un diario local; fue corredor de bolsa y escribió algunos artículos en inglés contra el imperialismo británico, como el que reclama la devolución de los mármoles Elgin. Según Timos Málanos, en esta época Kavafis vivió largos y angustiosos períodos de identidad sexual que solo calmaba con alguna visita a los burdeles bisexuales y sus escasos affaires d’amour en el barrio Attarine, a donde iba con un sirviente que vigilaba las posibles apariciones de su madre, con quien vivió hasta 1899, año de su fallecimiento.

Sus primeros sueldos regulares comenzó a ganarlos pasados los treinta, en el Ministerio de Riegos, donde copiaba informes, llevaba cuentas bancarias, manejaba la correspondencia extranjera y traducía documentos. Trabajo que conservó por treinta años, hasta 1922, cuando se retiró, y que siendo tedioso, le permitió las tardes y las noches libres.

Vida poco dramática

Más allá de lo que suele pensarse, la vida alejandrina de Kavafis fue poco dramática, incluso su aislamiento literario, que consideró no del todo desventajoso para el crecimiento de su obra. Quizá por esta, y otras razones de índole social, murió sin ofrecer un volumen al público. Tuvo el valor de elegir sus lectores, entregando mínimos ejemplos de su obra a quienes lo visitaban o aquellos que, consideraba, podían comprender lo que hacía.

Lo que podemos llamar estética kavafiana viene, sin duda, del uso de la lengua popular, en la que se puede menos pensar que cantar, pero con la cual medita un destino o retrata un recuerdo, sin que la verdad de los hechos o los sentimientos determinen el efecto último del poema. El poder de sugestión importa más que la realidad. Es la razón para que muchos de sus poemas eróticos sean calificados también de filosóficos; es el pensamiento, y no la carne misma, la que evoca la pasión que da una respuesta a una moral cazurra o farisea.

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En Mia nyxta, Kavafis cuenta y recuerda los fracasos de cualquier relación erótica, las grandes esperas y las míseras recompensas del comercio carnal. La habitación era barata y sórdida, /oculta sobre la dudosa taberna. /Desde la ventana podías ver la sucia / y estrecha callejuela. Desde abajo / venían las voces de algunos obreros, / que jugaban a las cartas y se divertían. / Y allí, en esa pobre y usada cama / tuve el cuerpo del amor, tuve los labios / voluptuosos y rosados de la embriaguez, / rosados de tanta embriaguez / que ahora, cuando escribo, después de tantos años, / en esta casa solitaria vuelvo a estar borracho.

Kavafis creó una estética en la cual lo pobre, lo sucio, el desempleo y la miseria podían ser objeto de belleza. Indiferente, como debió ser en ideas políticas, su progresividad surge de los sujetos a quienes se dedicó a celebrar y que para los de su tiempo no merecían el canto.

Pero quizás el más famoso de sus poemas sea Ítaca, en el que la vida debe ser como el viaje de regreso de Odiseo a su isla, deteniéndose para disfrutar de las pequeñas cosas que depara la sensualidad, ganando batallas al destino hasta alcanzar la vejez que es sabiduría.

‘La ciudad’ (I polis)

Dices: “Iré a otra tierra, a otro mar, otra ciudad mejor que esta encontraré. Todos mis esfuerzos son una condena y casi muerto está mi corazón. ¿Hasta cuándo podré, aquí, languidecer? Adonde vea, cualquier cosa que mire, veo las negras ruinas de mi vida aquí
donde he gastado tantos años, desperdiciados, destruidos totalmente”. No encontrarás otra tierra, otro mar. La ciudad te perseguirá. Caminarás las mismas calles, envejecerás en los mismos barrios, en las mismas casas encanecerás. Aquí terminarás, no esperes nada mejor. No hay barco para ti, no hay camino. Como has destruido aquí tu vida, en esta angosta esquina de la tierra, así la has destruido en todo el mundo
. (1894)
Versión del griego: Rena Frantzis y Harold Alvarado Tenorio.

HAROLD ALVARADO TENORIO
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