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Julio Iglesias, de leyenda a meme
Julio Iglesias

Julio Iglesias, famoso cantante español

Foto:

Cortesía Sony Music

Julio Iglesias, de leyenda a meme

Julio Iglesias, famoso cantante español

El mes de julio se llenó de memes con la cara de Julio Iglesias. Perfil de una leyenda de la música.

Por tener nombre de mes, para muchos es otro meme del mes que termina hoy.
Para otros, el papá de Enrique.

Para la historia, es el artista hispano más universal de todos los tiempos.
Julio Iglesias, la Leyenda.

Sin internet, sin YouTube conquistó el planeta cantando baladas.

Ha vendido más de 200 millones de discos, algunos reportes dicen que son 300 millones, cuando solo existían esas rarezas arqueológicas llamadas LP, casetes, CD y otras cosas que la mitad de los humanos de hoy nunca conocieron. Cantautor de la mayoría de sus éxitos sin tocar ningún instrumento.

Sus cifras son todas impresionantes, más de 80 álbumes grabados entre originales, recopilaciones o en vivo. Cantó en seis idiomas. “Voy a cantar este tema en alemán, si hay alemanes en la sala, estoy cantando en japonés”.

Se calcula que ha realizado más de 2.800 conciertos en 49 años de artista y 78 años de Julio Iglesias.

Libra, supersticioso vicioso, nunca recibe la sal en la mano, si el vino se derrama en la mesa, se lo unta en la frente, evita los gafes y su mayor superstición es no aceptar que es supersticioso ni revelar sus supersticiones. Hasta sus pantalones, siempre cortos, pueden ser parte de sus supersticiones.

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Hablando con Anwar el-Sadat, expresidente de Egipto, le dijo que admiraba cómo lo amaba la gente en su país luego de firmar la paz con Israel. Sadat le respondió: “Estoy celoso de usted, señor Iglesias, hace unos días sobrevolaba el desierto en el helicóptero presidencial y vimos una tribu de beduinos que nos hacía señales de auxilio, ordené bajar a socorrerlos, estaban perdidos, enfermos y sin agua, en uno de los camellos colgaba un aparato de sonido y escuchaban música de Julio Iglesias y en español, no sabían qué significaba la letra, pero sabían que eran canciones de amor que cantaba Julio Iglesias y que los acompañaba en sus largas travesías. No tenían idea de que yo era su presidente”.

Entrando al hotel Intercontinental de Place Vendome en París, octubre de 1981, se enteró de que habían asesinado a Sadat. Subió a su suite, se quitó toda la ropa, toda, la metió en una bolsa de lavandería, incluido su Rolex de oro y le ordenó a Toncho Navas, su asistente personal, que quemara todo y echara las cenizas al río Sena. Mandó a otro de los suyos para asegurarse de que Toncho cumplía la misión. El reloj no se quemó, pero terminó en el Sena. Todo lo que llevaba puesto le traía mala suerte.

Celoso enfermo, al que se meta con alguna de sus mujeres lo siembra bajo tres metros de tierra y le pone una cruz de hierro y cemento encima y de por vida.

La melodía de su voz es inconfundible, la mejor forma de escucharlo es cerrando los ojos. “Y ahora además canto. Que se jodan”. “Los mejores cantantes están en las iglesias o son coristas de los grandes artistas”. El éxito no se discute.

Riguroso y enfermizo en sus eternas jornadas de grabación, maquetas que destruía a la mañana siguiente frustrando a productores e ingenieros.

Cada palabra tiene su propio color e intención. Siempre afinado. No conoció el Auto-Tune y cada canción termina con 10 mezclas cuando está seguro. Adicto al efecto de la reverberación y no muy amigo de los instrumentos de percusión, prefiere los teclados electrónicos.

El cantante español Julio Iglesias.

Foto:

AFP

Otra adicción incurable es el sol que le está pasando la factura a su piel resquebrajada.
Muere por los mariscos, le enviaban tres veces por semana centollos desde Galicia hasta Miami, pescados el mismo día, gracias a sus conexiones en Iberia.

Generoso con la comida, excepto con unos monstruos, tan prehistóricos como costosos, llamados percebes que pueden valer 150 dólares la libra porque hay que arrancarlos a pica y a pulmón de las batidas rocas del Cantábrico. Esos crustáceos no los comparte.

Sabe que el secreto para perseverar es mantener el misterio. No dejarse ver. No se sobreexpone. Siempre va de prisa, siempre tiene que ir a algún lugar aunque sea a la habitación de su hotel. Nunca va a fiestas ni casas ajenas. Cusumbo solo. Canta y sale del escenario a una cena privada, siempre paga para poder escoger el vino, y de ahí al aeropuerto a dormir en la cama King Size de su jet privado. Los pilotos están siempre pendientes de una llamada. El plan de vuelo es temporal.

En 1968, cuando cantó La vida sigue igual, y ganó en el Festival de Benidorm, el tal Julio Iglesias, al que habían visto algunos turistas en los afiches que su padre, el ginecólogo Julio Iglesias Puga, había pegado en los bares y paredes del pueblo, el desconocido artista que había salido en TVE petrificado, como un conejo en la carretera frente a las luces de un auto, no tuvo más recurso escénico que meterse las manos en los bolsillos mientras recitaba como si cantara una melodía sencilla, de su autoría, con cuatro acordes:

Siempre hay por qué vivir,
Por qué llorar,
Siempre hay por quién sufrir
Y a quién amar
Al final
Las obras quedan
Las gentes se van
La vida sigue igual

Fama automática, Julio Iglesias era la nueva estrella, en ese año de las revueltas en Francia, en España apenas se atrevían a protestar contra el régimen de Franco y la TVE gobernaba la sintonía.

El ganador del festival ya percibía la necesidad de escapar y no llegó a la tradicional rueda de prensa donde lo iban a ungir los medios. Julio Iglesias se había escapado en un coche a París a celebrar con su novia, Gwendoline, una chica francesa que había conocido en Londres cuando estudiaba y cantaba en un pub.

Famoso por no estar donde se suponía que debería estar. La ley de la fuga.

El médico Iglesias, su primer y eterno mánager, se pavoneaba orgulloso, mientras que Rosario de la Cueva, Charo, su madre, seguía hincada en una iglesia de Peñíscola, a 300 kilómetros, rezando para que su hijo no se volviera cantante.

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Julio hablaba un buen francés que había aprendido para ligar francesas en Peñíscola, donde la familia tenía un apartamento para pasar veranos. Su inglés, muy simpático.
A sus 17 años era portero del equipo juvenil del Real Madrid, ahí le hacían bullying por pijo, porque su papá lo llevaba y recogía en un Mercedes-Benz a los entrenamientos.

De pronto le descubren un tumor en la columna vertebral y hubo que operarlo. Perdió la motricidad de las piernas y volvió a recuperarla, con tortuosas terapias que le hacía su padre y los ejercicios en el mar helado y solitario de Galicia en las madrugadas donde lo cargaba, lo metía y sin soltarlo lo hacía nadar José Luis, el conductor de la familia.

Estuvo más de un año usando muletas y así lo veían en Londres antes de ser famoso.
Sus piernas siempre han sido débiles y usa zapatos de suela muy delgada para poder sentir la topografía del terreno y el ritmo del bajo cuando está en el escenario.

Cuando comenzó a crecer su leyenda, cambió los estragos del tumor en la columna por la historia de un accidente en un auto deportivo en el que iba con una chica. Más comercial.

Julio Iglesias.

Foto:

Cristina Quicler / Archivo AFP

Amigo de reyes, presidentes, emires, sultanes, dictadores, periodistas y megaestrellas. Militante del PP, hincha del Real Madrid, televidente atornillado, viajaba con escalera enrollable para amarrar a las ventanas de los hoteles en caso de incendio, un Pac-Man gigante, 50 litros de vino tinto francés o de la ribera del Duero, botellones de agua de la ducha de su casa en Indian Creek para lavarse el pelo, seis baúles Louis Vuitton, un sommelier, una secretaria afrojaponesa, un secretario exjugador de básquet compañero de colegio, un ama de llaves francesa, dos fotógrafos, un publicista sudaca, en la oficina una secretaria que hablaba seis idiomas, en su casa un ingeniero de mantenimiento alemán y su equipo de management, al que llamaba mientras tomaba sol y saludaba con una sola palabra: titulares.

Entre sus amigos, Frank Sinatra, Ronald Reagan, Juan Carlos I, Diana Ross, Willie Nelson, The Beach Boys, Stevie Wonder, Jacques Chirac, Cantinflas, Johnny Hallyday, Barbra Streisand, Mireille Mathieu, Raffaella Carrá, Pedro Vargas, Grace Kelly, Charles Aznavour, Johnny Carson y su vecino en la casa 1100 Bel Air Place, Quincy Jones, quien para Julio está sembrado, pues se ennovió con una chica de Bélgica que acompañaba al latin lover.

Su concierto puede durar tres horas cantando solo éxitos, Hey, Me olvidé de vivir, Gwendoline, Natalie, De niña a mujer, Amantes, Lo mejor de tu vida, All of You, La carretera, Manuela, Ni te tengo ni te olvido, To All the Girls, Crazy, Que no se rompa la noche, Abrázame, Momentos, Quijote, Agua dulce agua salá, Por el amor de una mujer, No me vuelvo a enamorar, y otra veintena de himnos que se dedican los enamorados por todo el mundo y que asisten a la liturgia de sus conciertos, donde canta mucho con los ojos cerrados, habla mucho entre canción y canción y se molesta mucho cuando está levitando en el escenario y un paisano inmigrante le grita: “¡Un canto a Galicia, Julito!”.

Ramón Arcusa, su productor más paciente y consistente, pudo haberse levantado de la consola de grabación tantas veces como éxitos realizaron. Su pianista y director, durante más de 25 años, Rafael Ferro, no recordaba concierto donde, después en el camerino, no lo hubiera regañado.

La leyenda dice que ha hecho el amor con cinco mil mujeres, pueden ser menos, de eso nunca comenta este seductor sin memoria, la leyenda no habla de otra cifra asombrosa: ha tenido mas de 500 ingenieros de sonido en sus conciertos, los cuales han sido despedidos en su mayoría en pleno concierto porque la mezcla no le gustaba. En esta chifladura nadie lo supera.

Atraído por la cultura y la estética oriental, en sus 20 hectáreas en las playas de Punta Cana construyó una mansión indonesia con la ayuda de 60 artesanos y materiales traídos desde Balí.

Socio de Punta Cana, por cada avión lleno de turistas que aterriza en ese paraíso le depositan dinero en sus cuentas.

Inteligente, vivaz en sus argumentos, memoria RAM asombrosa, siempre se lava las manos diez veces o veinte veces al día, solo se viste de blanco, azul o negro para sus conciertos, con trajes de tres piezas que lo hacen lucir más elegante y esbelto, pues cada chaleco tiene cuatro cinchas en la espalda que solo se las aprieta el más fuerte de su equipo técnico, en sus bolsillos no falta un tubito con dos pastillas de nitroglicerina y el teléfono del cardiólogo Valentín Fuster. Llega siempre a las 4 p. m. a los ensayos, una hora más temprano que los músicos y no sale del edificio hasta que termina el concierto.

Circulan varias biografías suyas no autorizadas, su vida es material de interés universal apetecido por Netflix o Disney.

El último crooner llenó los estadios Bernabéu y Camp Nou, hizo temporadas de 10 conciertos seguidos en Radio City Music Hall de New York o en el Royal Albert Hall de Londres, semanas enteras en Las Vegas; después de uno de sus conciertos en el Budokan fue al lujoso restaurante de Shabu Shabu, Seryna, en el área de Ropongui en Tokio y le robaron los zapatos que debía dejar en la puerta. La culpable era una fan millonaria que al otro día confesó el robo, pero nunca devolvió los mocasines (suela muy delgada), aunque mandó mil dólares.

Si en el estudio de grabación y en el escenario es un riguroso compulsivo, es igual o más en los temas de imagen.

Cada foto debe ser revisada con microscopio y aprobada. En su avión había laboratorio para revelar los rollos de ektachrome que le tomaban José María Castelví, Álvaro Rodríguez o Jesús Carrero, sus fotógrafos de confianza que sabían muy bien las reglas básicas, disparar al menos un metro arriba de los ojos, el lado derecho y a 20 o más metros de distancia, objetivo no menor de 200 mm y a contraluz. Nunca dejaba publicar una foto donde aparezca alguien más alto, más joven o más guapo que él. Las portadas de sus discos para CBS o Sony se retocaban con aerógrafo.

Pero el Julio Iglesias, que por tener nombre de mes, y como se ha vuelto costumbre, fue el blanco de tantos memes virales, algunos geniales, otros vulgares y la mayoría patéticos, no es solo el primer artista hispano que conquistó el mundo entero cantando en español, padre de ocho hijos, además, es hoy, nutrido por su carrera musical y su visión para los negocios, una de los 50 personas más ricas de España y uno de los 10 artistas más ricos del mundo, con un patrimonio cercano a los 1.000 millones de dólares, con inversiones en Estados Unidos, España, la República Dominicana y jugador activo en la bolsa de Wall Street.

Tal como cantaba ese jueves 18 de julio en Benidorm, aquel joven de 25 años, patillas largas, traje blanco y corbata oscura:

Pocos amigos que son de verdad
Cuanto te halagan si triunfando estás
Y si fracasas bien comprenderás
Los buenos quedan los demás se van.

Fernán Martínez Mahecha
Especial Para El Tiempo
@fernanmartinez

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