Julio Cortázar: 105 años de un regalo literario para el mundo

Julio Cortázar: 105 años de un regalo literario para el mundo

Mirada a la cercanía del autor argentino con la Nicaragua sandinista, a propósito del aniversario.

Julio Cortázar

Julio Cortázar nació el 26 de agosto de 1914, en Bélgica, y murió en París, el 12 de febrero de 1984. Su miles de cronopios celebran cada año la alegría de su legado intelectual.

Foto:

EFE

Por: JUAN CAMILO RINCÓN*
29 de agosto 2019 , 05:25 p.m.

Tras años de dominación extranjera, y con la llegada al poder del Frente Sandinista de Liberación Nacional, en 1979 Nicaragua empezó a pensarse como dueña de su destino. Espantados ante este alzamiento, los estadounidenses crearon, formaron y financiaron a los Contras, grupo armado ilegal de insurgentes cuya brutalidad e inclemencia hundieron el país en una guerra civil.

Esta lucha de un pueblo que se sentía exhausto tocó el corazón de Julio Cortázar, para quien el socialismo era “la única corriente de los tiempos modernos que se basaba en el hecho humano esencial”, que haría que la humanidad merezca verdaderamente su nombre, cuando “haya cesado la explotación del hombre por el hombre”.

Siempre atacado por una y otra parte, el autor de Rayuela sostuvo la fe en su visión sobre la labor del escritor y su participación en asuntos políticos. Refiriéndose a su propio caso, afirmaba: “Si eres un animal literario como yo lo soy, por vocación y por naturaleza, es relativamente fácil entregarme a la escritura, y las dificultades están en ir subiendo, digamos, por el camino de la perfección literaria. Pero si descubres un día, de golpe, que tienes una responsabilidad extraliteraria, pero que la tienes, sobre todo, porque eres escritor, ahí empieza el drama (...). Mi responsabilidad como argentino y como latinoamericano frente a los problemas pavorosos que tienen nuestros países es aprovechar ese acceso a miles de personas”.

Cortázar reconocía el sufrimiento de Latinoamérica a causa de las dictaduras que se imponían en nuestros países. A partir de sus encuentros con otros escritores de la misma orilla política, como Ernesto Cardenal, Sergio Ramírez y Claribel Alegría, redescubrió Nicaragua de una manera más profunda.

Siempre atacado por una y otra parte, el autor de Rayuela sostuvo la fe en su visión sobre la labor del escritor y su participación en asuntos políticos.

Se sabe que su primer viaje clandestino a aquel país fue al archipiélago de Solentiname, en 1976. Recorriendo el río San Juan, él y sus acompañantes se detuvieron para recargar combustible; al terminar, los escritores locales se dieron cuenta de que Cortázar no estaba y lo esperaron durante un rato, hasta que apareció, muy campante. Al preguntarle por el motivo de su demora, les contó que había estado caminando por el pueblo. El asombro de su amigo Ernesto Cardenal fue mayúsculo al darse cuenta de que el cronopio no tuvo ningún reparo en jugar con unos niños justo al lado del comando del Ejército, pese a no tener papeles. El poeta centroamericano se burló, diciéndole: “No, qué desgracia que no estás preso, porque mañana tendríamos la noticia en el mundo entero: ‘Cortázar, preso en Nicaragua’. Y culparían a la dictadura de Somoza”. Julio le respondió: “Preferiría que fuera otra mi contribución a la revolución de Nicaragua”.

Al día siguiente se organizó todo para el regreso. Cortázar oyó a los pobladores hablar de un capítulo del evangelio sobre Jesús en el huerto como si fuera algo suyo, “como si hablaran de ellos mismos, de la amenaza de que les cayeran en la noche o en pleno día, esa vida en permanente incertidumbre de las islas y de la tierra firme y de toda Nicaragua y no solamente de toda Nicaragua, sino de casi toda América Latina”.

Luego de pasar una temporada en algunos países latinoamericanos, regresó a Francia para descansar y escribir, pero su lucha no amainó. Además, en 1978 conoció a Carol Dunlop, escritora, fotógrafa y traductora combativa con la que viajó a Nicaragua, en 1979.

Julio Cortázar

Funeral de Cortázar en febrero de 1984.

Foto:

Archivo EL TIEMPO

Otra mujer vital en la relación de Cortázar con aquella patria fue la poeta Claribel Alegría, premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Ella recuerda que Julio y Carol amaron su país natal “desde el primer momento: ‘Fue un amor a primera vista’, nos decía Julio. Nicaragua también los amó a ellos. Carol hizo un libro con fotos de los niños de Nicaragua. Decía que nunca había visto niños con ojos tan hermosos”.

Claribel recuerda que la pareja hizo muchos viajes allí: “Julio conversaba con los jóvenes, los animaba, recorría el país. Una vez me dijeron que les gustaría vivir entre Nicaragua y París. Fueron incansables ayudándole a la Revolución desde fuera y adentro”. Lo de los jóvenes no era exageración. En 1980, en un evento de celebración del primer aniversario de la Revolución, en el que hicieron presencia algunas vacas sagradas de la literatura, como Cortázar, Galeano y García Márquez, este último recuerda haber visto en Managua una plaza colmada de jóvenes que permanecieron oyendo una lectura envolvente del cronopio mayor que se prolongó por más de media hora para culminar en un aplauso ensordecedor de la multitud.

Cortázar y Dunlop regresaron al país centroamericano en febrero y luego en agosto de 1982, pero tuvieron que retornar a París debido a afecciones de salud de Carol. Ella hizo el registro visual del viaje para luego publicar el libro Llenos de niños los árboles, traducido por Cortázar para la editorial Nueva Nicaragua. Tal vez anticipando su temprano fallecimiento, en noviembre de aquel año, y pese a no alcanzar a ver el libro impreso, la compañera de Cortázar pidió al argentino que los derechos de autor fueran cedidos al pueblo nicaragüense. El escritor cumplió su promesa; además, reunió todos sus textos sobre aquel país en Nicaragua tan violentamente dulce y entregó los derechos de autor a esa tierra que tanto amó, como una señal más de su compromiso.

Y aquí, un dato curioso: en octubre de 1983 fue publicado en Barcelona por la editorial Muchnik Los autonautas de la cosmopista, escrito a dos manos por Cortázar y Dunlop, libro en el que narran una expedición hecha por una autopista francesa, deteniéndose en los paraderos. En la página legal del libro se lee: “Los derechos de autora de este libro, en su doble versión española y francesa, están destinados al pueblo sandinista de Nicaragua”.

Tras la muerte de Carol, la situación anímica de Cortázar decayó hasta tal punto que su vida no se alargaría más de un año. Su amor por Nicaragua, tan profundo y sin restricciones como el amor por su compañera de vida, lo llevó a seguir aportando tanto ideológica como económicamente pese a sus quebrantos de salud y a las complicaciones del tratamiento. En su último viaje, ya solo, fue distinguido con la Orden de la Independencia Cultural Rubén Darío.

El argentino viajó luego a Bismuna, al noroeste de Nicaragua, tierra pródiga en naranjas, frutos exquisitos que se pudrían tras caer de los árboles. La escritora y periodista Gabriela Selser relata que en aquella zona, apetecida por los Contras en su lucha contra los sandinistas, Cortázar se encontró con la escena de los cadáveres descompuestos de los insurgentes financiados por Estados Unidos, quienes tras una respuesta del ejército revolucionario fueron asesinados. Ella y otros escritores extranjeros llegaron en helicóptero con el objeto de buscar apoyo internacional para el gobierno sandinista.

Fueron alrededor de ocho viajes los que hizo Cortázar antes de morir, y seguramente habrían sido muchos más si la enfermedad y la ausencia de Carol no lo hubieran golpeado tanto.

En aquella zona, antiguo asentamiento de los indígenas misquitos, solamente permanecían el ejército revolucionario y los cuerpos putrefactos. Conmovido, Cortázar fue a hablar con los jóvenes cuyos fusiles y sueños defendían el territorio. El teniente pidió a los escritores cavar trincheras para poder defenderse si ocurría un nuevo ataque; “Cortázar tomó una pala, como todos los demás, y comenzó a abrir la zanja” y lo hizo varias veces más. Al terminar su turno, escribió estas líneas: “Alguna vez este será un lugar de paz y aquí se construirán escuelas. Y siempre habrá gente para recoger todas las naranjas”.

Fueron alrededor de ocho viajes los que hizo Cortázar antes de morir, y seguramente habrían sido muchos más si la enfermedad y la ausencia de Carol no lo hubieran golpeado tanto.

Tres décadas después, hablé sobre él con el escritor nicaragüense Sergio Ramírez, ganador del Premio Cervantes. Al escuchar su nombre su cara se iluminó; quiero creer que regresó a 1976, cuando vio al argentino por primera vez en Costa Rica y establecieron una amistad que duró toda la vida. Recordó sus encuentros en la Feria del Libro de Frankfurt y luego en Nicaragua para la ceremonia del acto de nacionalización de las minas en Siuna, hecho histórico de liberación del imperialismo. Me habló de uno de los tomos de poesía de Rubén Darío que estaba en la mesa de noche del hospital al lado de la cama donde falleció el gran cronopio: “Cuando él murió yo tenía bastante tiempo sin escribir y esa noticia me llevó a crear Estás en Nicaragua, sacado de un verso de un poema que él escribió, donde voy alternando mi experiencia sobre la Revolución y mi relación con él”.

Ramírez rememoró en esa oportunidad los años de su juventud cuando leía Bestiario, y el poder de Rayuela para su generación e influencia trascendental para su obra. Nos despedimos sintiendo un poco la presencia de Julio, que sigue vivo en sus creaciones. Aquel genio que nos enseñó a enfrentarnos al mundo de la Gran Costumbre que todo lo limita, cuantifica y controla. Desde aquella Nicaragua tan violentamente dulce y la Argentina con sus alambradas culturales, Cortázar estuvo comprometido con este continente al que nunca dejó de amar y siempre fue suyo.

Julio Cortázar

Estatua del autor de 'Rayuela', en Buenos Aires.

Foto:

EFE

JUAN CAMILO RINCÓN*
PARA EL TIEMPO
@JuanCamiloRinc2
​* Periodista, escritor e investigador cultural. Autor de los libros 'Ser colombiano es un acto de fe. Historias de Jorge Luis Borges y Colombia', 'Viaje al corazón de Cortázar' y 'Nuestra memoria es para siempre'.

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