La huella de Roman Polanski en Juan Gabriel Vásquez

La huella de Roman Polanski en Juan Gabriel Vásquez

El escritor bogotano habla sobre su nuevo libro de cuentos, ‘Canciones para el incendio’.

Juan Gabriel Vásquez

En uno de los cuentos, Vásquez relata su búsqueda de un particular libro de gramática escrito por Rafael Uribe Uribe.

Foto:

Claudia Rubio / EL TIEMPO

Por: Yhonatan Loaiza Grisales
29 de noviembre 2018 , 07:10 p.m.

Hombres y mujeres 25-30 años, aspecto mediterráneo, se requieren como extras de una filmación. 500 francos, una jornada. No se precisa experiencia.

Ante la promesa de una experiencia excitante, y además remunerada, que planteaba este aviso, el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez le respondió a su novia que más o menos le daba lo mismo. Los hechos se remontan a 1998, cuando Vásquez vivía en París, y a pesar de la indiferencia, decidió probar suerte en ese llamativo mundillo de los rodajes cinematográficos.

La sorpresa llegó al saber que la película era la nueva producción del polaco Roman Polanski, 'The Ninth Gate' ('La última puerta'), protagonizada por Johnny Depp. Más allá de la tarea de correr entre la cámara y esta estrella de Hollywood, una de las cosas que más movió a Vásquez en aquel debut cinematográfico fue la figura de Polanski, ubicado en esa platea excepcional al lado de una cámara y dirigiendo aquella sinfonía de extras mediterráneos que acompañaban a Depp.

Pero en la cabeza del autor de libros como 'El ruido de las cosas al caer' y 'La forma de las ruinas' rondaba la pregunta de si en el rostro de aquel famoso director quedaba alguna cicatriz de ese violento hecho que le tocó sufrir, pues su esposa, Sharon Tate, fue masacrada por seguidores de Charles Manson en 1969 (Polanski además es requerido por la justicia de Estados Unidos tras ser acusado de abusar sexualmente a una menor de edad).

Y de esa pregunta, de haber convivido con Polanski durante ocho horas en esa tarde remota, nació el cuento 'Aeropuerto', que hoy hace parte de 'Canciones para el incendio', el primer libro de cuentos que Vásquez publica después de 'Los amantes de todos los santos' (2001).

Este nuevo libro está compuesto por nueve relatos, cuatro ya se habían publicado anteriormente y varios están escritos en primera persona.

“En un principio los cuentos nacieron de una vivencia muy directa, cuando conocí en París a un piloto de la base norteamericana de Rota, en el sur de España, o cuando me fui de gira con un grupo de corridos mexicanos para escribir sobre ellos y acabé viendo más cosas de las que debería haber visto... Ahí vi algo, hubo una emoción, hubo el atisbo de un misterio y me pareció que la mejor manera de tratarlo era respetando las circunstancias en que había nacido la anécdota, que es: algo me pasó a mí”, cuenta el escritor.​

¿Cómo ha sido regresar a un género tan exigente a pesar de lo corto?

Mi primer libro de cuentos, 'Los amantes de todos los santos', se publicó en el 2001 y yo creo que es el libro que he escrito en circunstancias más difíciles, porque había publicado antes dos novelas que me tenían muy descontento, había descubierto que ninguna de las dos me parecía suficiente y estaba realmente cuestionándome por primera vez esta decisión de tratar de ser escritor. Entonces pensé: “Voy a escribir un libro de cuentos, y si eso fracasa, me dedico a otra cosa”.

Yo escribí los cuentos de 'Los amantes' con mucha presión, como caminando sobre huevos, con un miedo de que todo se rompiera, y así se publicó ese libro; después de eso me instalé en la novela como manera de ver el mundo, pero el libro de ensayos 'Viajes con un mapa en blanco' fue una especie de sensación de que había cerrado todo un ciclo con la forma de la novela y tuve unas ganas muy viscerales de volver al género del cuento, que es más íntimo, que permite fijarse en otras emociones, hacer otras cosas, y tratar de averiguar cómo había cambiado mi relación con el género en 17 años.

Lo que descubrí fue que había una acumulación de lecturas de mis cuentistas favoritos, de Chéjov, de Alice Munro, de James Joyce, de Onetti, y todo se había acumulado de una manera que hizo que cuando me senté a escribir estos cuentos nuevos, para completar este libro, lo hiciera con una sensación de libertad, control y dominio fantástica, que nunca he sentido antes.

Cada historia tiene mucho cuerpo, una personalidad con la que podría convertirse en una novela de largo aliento...

Los cuentos se armaron con un material de una cierta amplitud, que podría convertirse en una novela. Lo que pasa es que si los hubiera convertido, la emoción que yo trataba de capturar se hubiera perdido, y eso es lo que tienen los cuentos, son máquinas capaces de capturar una emoción que es efímera, que es pequeñita, que es vulnerable; yo suelo comparar eso con cazar zancudos con mallas, con redes de mariposas; se van por el medio; un cuento en cambio sí es capaz de fijar la emoción, una especie de revelación de lo que somos como seres humanos.

Sobre todo el último cuento, 'Canciones para el incendio', tiene una riqueza de material, de anécdotas, que seguramente me hubiera permitido una novela de 400 páginas, pero entonces se habría perdido lo que estaba tratando de capturar con el relato.

Cuando me senté a escribir estos cuentos nuevos lo hice con una sensación de libertad fantástica

Si hablamos de un hilo conductor, los personajes tienen unos recuerdos muy pesados, momentos a los que siempre están volviendo…

Yo veo dos puntos en común entre los cuentos, que fueron saliendo azarosamente, porque uno finalmente escribe sobre lo que lo obsesiona y lo hace sin darse cuenta. El primero es la preocupación por el pasado, todos los personajes cargan un pasado complicado, complejo, todos son ejemplos de eso que también tratan mis novelas, que es que el pasado en realidad nunca es pasado, el pasado nos acompaña, está con nosotros, se moldea y afecta nuestras vidas presentes.

Y el segundo punto es el contacto indirecto con la violencia. En todos los cuentos el narrador ve la violencia que le ocurre a otro, y eso lo cambia, eso lo transforma de alguna manera; en algún cuento sufre la violencia en carne propia, y no necesariamente una violencia política, también hay una violencia metafórica, que es la de una cirugía muy invasiva en el caso de una enfermedad en el cuento El último corrido; ese abrir el cuerpo con un bisturí es también una forma de violencia.

Otro punto en común es que algunos personajes crean su propia realidad, como el soldado Salazar, que se inventa que estuvo en la guerra de Corea…

Estoy cayendo en cuenta de esto… Hay un punto en común que no había notado entre los cuentos, que es la tendencia de los personajes a inventarse realidades sobre sí mismos. Hay un rasgo que a mí me parece fascinante de los seres humanos, que es a partir de lo que nos distingue como especie, que es contar historias, somos el animal que cuenta historias. Esa capacidad fantástica que tenemos para inventar nuestra propia historia, para contar historias falseadas, distorsionadas, editadas sobre nosotros mismos, para presentarnos de cierta manera ante el mundo, para solucionar un problema, un trauma, o para dar una determinada imagen, eso a mí me ha interesado muchísimo siempre, esa distancia que hay entre la máscara que presentamos y la realidad, y es una distancia que se construye con relatos, contamos cuentos para construir esa máscara.

¿Qué tanto de autoficción hay en esos relatos que están en primera persona?

Autoficción es un término con el que casi nadie se siente a gusto del todo, pero yo creo que es inescapable. Autoficción es armar ficciones sobre uno mismo, y eso es lo que hago yo en esos cuentos, es tomar una anécdota que me pasó, una vivencia que tuve, y por medio de un relato que siempre está levemente distorsionado, siempre hay un grado de invención, siempre hay un punto de ficción para ordenar la experiencia, pues se trata de sacarle un sentido. Entonces es autoficción y eso no hay quien lo niegue.

Juan Gabriel Vásquez

Vásquez ganó el premio Alfaguara de Novela en el 2011.

Foto:

Claudia Rubio / EL TIEMPO

El cuento ‘Aeropuerto’ es muy llamativo porque está permeado por una figura que es muy compleja como Polanski…

Este cuento se publicó en el 2008, antes de que estallara el escándalo presente sobre la vida de Polanski. Y lo que sucedió con ese cuento fue muy sencillo, en un momento en que yo echaba mano de lo que fuera viviendo en París como estudiante para ganarme una plata, pues llegó una oportunidad de ser extra de una película de Polanski. Fue una experiencia fascinante, para el joven de 25 años que yo era, ver trabajar a Polanski, cuyas películas yo admiraba. Pero aparte de eso, tenerlo cerca sabiendo su historia de violencia, sabiendo lo que le había pasado a su mujer, Sharon Tate, en los 60, que había sido asesinada por Charles Manson y su pandilla estando embarazada, pues yo me hacía la pregunta: ¿esto se le ve en la cara a un hombre, haber pasado por estas cosas? Entonces trataba de fijarme, trataba de descubrir qué rastro deja un hecho de violencia tan duro en la vida de alguien, aparte de que sea un creador o un artista.

Otro tema importante, que se toca de manera sutil pero profunda, es el de las redes sociales en el cuento ‘Nosotros’…

En ese cuento, que es el más corto de todos, he tratado de explorar la idea de cómo las redes sociales nos han dejado sin ningún derecho a ciertas formas de la intimidad y, desde luego, sin ningún derecho a ser lo que uno quiere ser. Las redes sociales son una dictadura, son lo que esa masa amorfa, abstracta, invisible quiere que uno sea, y eso es lo que uno va a acabar siendo. Y el personaje del cuento es alguien que por razones que no se dicen, que no se explican, que nadie sabe, ha tratado de escapar de su vida anterior, de desaparecer de su vida anterior, probablemente para tener una nueva vida, probablemente porque una enfermedad lo agobia y quiere morir solo, por la razón que sea; pero en el cuento, las redes sociales bien intencionadamente tratan de buscarlo, porque se ha desaparecido, y lo que hacen es acorralarlo y no darle más opción que una solución trágica a su deseo de desaparecer. Esa idea de cómo las redes sociales se han vuelto una especie de trampa de la que muchos no han querido escapar queriéndolo, me interesó a la hora de escribir el cuento.

Somos el animal que cuenta historias

Usted dice que había un ciclo cerrado con la novela. En su futuro como escritor, ¿qué ciclo abre ‘Canciones para el incendio’?

Es un parteaguas. Acabo de pasar quince años o más pensando, viendo el mundo casi exclusivamente en términos de novela, que es lo que las novelas hacen. Ahora publico este y voy a ver con qué sigo; seguiré con otras novelas, porque es el género que es capaz de hacerlo todo, es un género maleable, que me permite ir dándole forma a tres o cuatro ideas que tengo en la cabeza desde ya.

Pero sí siento que hay una cierta manera de hacer las cosas que tuvo para mí un punto final en 'La forma de las ruinas'; ya no sé cómo se hace mejor esto, no sé cómo hacerlo de manera menos defectuosa, entonces este libro sirve como un alto para ver con qué sigo después.

YHONATAN LOAIZA GRISALES
Cultura y Entretenimiento
En Twitter: @YhoLoaiza

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