Borges, 120 años del arquetipo de la genialidad literaria

Borges, 120 años del arquetipo de la genialidad literaria

Varios autores recuerdan al autor argentino en el aniversario de su natalicio, este sábado.

Jorge Luis Borges

El escritor argentino Jorge Luis Borges es uno de los homenajeados.

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Archivo EL TIEMPO

Por: Juan Camilo Rincón*
24 de agosto 2019 , 03:37 p.m.

Es imposible pensar la literatura universal del siglo XX sin remitirse a la obra de Jorge Luis Borges. Hace setenta años habría sido poco factible ver el nombre de un autor en lengua española y nacido en América junto al de Kafka, Joyce, Camus, Tolstói o Faulkner. En ese Olimpo literario, pocos habrían imaginado a un dios latinoamericano. 

Tras siglos de permanecer en un segundo plano, las letras creadas en este lado del continente cobraron valor gracias a la labor erudita del argentino. Valiéndose del arrabal, los tigres, los espejos, los sueños, la memoria sublime, el eterno retorno, la simultaneidad del tiempo y el infinito como presencias permanentes en su obra, Borges narró lo local desde de referencias universales como la cultura griega, los textos de Shakespeare o la mitología nórdica. Por esos caminos que él supo explorar como pocos, creó un lenguaje propio sobre la condición humana, que aparece y reaparece como una especie de juego que atraviesa sus textos, consolidando su definición del universo, el hombre y la literatura.

La francesa Marguerite Yourcenar subraya otro elemento esencial que transita por la vida personal y en un sinuoso y paradójico juego narrativo y poético por la obra del argentino: la ceguera. Una ceguera que “en vez de ser motivo de tristeza lírica, fue un medio de ver el mundo, en un sentido más amplio del que de ordinario se da a esa palabra, y de verse…”. Una ceguera que, según la autora de Memorias de Adriano, le dio clarividencia y cordura, lo hizo vidente y visionario, con la facultad de “una mirada interior, ayudada por los recuerdos almacenados por sus ojos de antaño, reforzada quizá con los recuerdos ancestrales de hombres que vieron antes que él, capaz de añadir a esta visión lo que la inteligencia (la inteligencia más que la imaginación) le aporta”. Una ceguera como imposibilidad física de ver –“sus ojos muertos”, los llama Yourcenar– y, a la vez, como potencia para observar, extendida desde y hacia un tiempo infinito. Con la ceguera como metáfora digna de sus textos, “ojos sin luz” frente a la “ciudad de libros”, Borges mitificó la paradoja de la ausencia de la visión y la convirtió en don.

Con la ceguera como metáfora digna de sus textos, 'ojos sin luz' frente a la 'ciudad de libros', Borges mitificó la paradoja de la ausencia de la visión y la convirtió en don.

Al acercarse a sus obras completas, suele pensarse que existe un Borges unívoco y total. No hay idea más errada. El autor de Nueve ensayos dantescos se crea y se recrea en cada libro; es un escritor disímil que empieza con la poesía (Fervor de Buenos Aires, 1923 y Luna de enfrente, 1925) para luego entregarse a los relatos cortos (Historia universal de la infamia, 1935) intentando, tal vez, crear sin descanso. De nuevo, la ceguera: el porteño iba contra el reloj, pues a los nueve años empezó a disminuir su agudeza visual, que fue corregida con unas gafas gruesas; a los 19 se le detectó una afección caracterizada por una pérdida progresiva de la visión bilateral; y en 1924 fue sometido a la primera de ocho cirugías (se prolongarían hasta 1954) para intervenir su lente ocular. Como él mismo lo refirió en su poema El ciego (1975): “Desde mi nacimiento, que fue el noventa y nueve (…) / el tiempo minucioso, que en la memoria es breve, / me fue hurtando las formas visibles de este mundo”. Borges debía crear su obra antes de ser preso de la ceguera, enfermedad que descendía progresivamente como inevitable herencia desde su bisabuelo paterno, su abuela paterna y su padre, quienes murieron “ciegos, sonrientes y valerosos”.

Álvaro Castaño

Álvaro Castaño junto con su esposa, y el famoso escritor argentino, Jorge Luis Borges.

Foto:

Archivo particular

Aunque la ceguera hizo que su escritura se desenvolviera con características excepcionales, a sus 39 años, tras sufrir un golpe en la cabeza al que, por cierto, muchos atribuyen la complicación de un proceso que era ya irreversible, y pasar algunas noches de insomnio y alucinando a causa de la fiebre, dudó sobre su competencia para la escritura: “Me pregunté si podría llegar a escribir de nuevo (…). Previamente había escrito algunos poemas y docenas de reseñas breves. Pensé que si intentaba escribir otra reseña, y fracasaba, estaría perdido intelectualmente (…). Decidí que intentaría escribir un cuento”.

Así entró de lleno a la prosa y entregó dos de sus más extraordinarios trabajos, Ficciones y El Aleph, que para el Premio Nobel de Literatura J. M. Coetzee, son los mejores “en el sentido de que el pretexto filosófico se pliega discretamente a la necesidad narrativa, y esta se abre camino con la seguridad de una partida de ajedrez en la que el lector estuviese siempre un movimiento por detrás del autor”. Destacando su producción de los años 40 y 50, pondera “la innovación técnica sobre la que descansan sus relatos”, su vasta erudición, la limpieza de su prosa y su poder de renovación del lenguaje de ficción, que influyó de manera considerable en las letras latinoamericanas. Lo considera “un gigante” y atribuye esa grandeza, “en un nivel sorprendente”, al hecho de haber sido “hijo de su tiempo” y “un adelantado para su tiempo, en mostrarnos el camino hacia el futuro”.

En esto coincide la escritora estadounidense Susan Sontag, ganadora del Premio Princesa de Asturias de las Letras, en una sentida carta póstuma que le dirigió a Borges diez años después de su fallecimiento: “Si alguna vez un contemporáneo parecía destinado a la inmortalidad literaria, ese era usted. Usted era en gran medida el producto de su tiempo, de su cultura y, sin embargo, sabía cómo trascender su tiempo, su cultura, de un modo que resulta bastante mágico”. En un interesante diálogo que sostuvieron en la Feria del Libro de Buenos Aires en 1985, la autora de El benefactor le dijo, en la mesa que compartían: “Nos ha enseñado muchos nuevos trucos, cosa que apreciamos mucho, ya que esos nuevos juegos que aprendimos, luego los podemos aprovechar”. Era Borges el hacedor, el jugador. Borges, el genio.

Gracias a la recepción de su obra en otros continentes, las miradas se posaron en esta tierra y se abrieron paso 'Cien años de soledad', 'Rayuela' y 'La región más transparente'.

Jorge Luis Borges

Para celebrar este aniversario, Penguin Random House acaba de poner en librerías un estuche de colección con toda la obra del autor argentino.

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Archivo particular

Borges, el que se inventó a sí mismo como un narrador único, según lo dice Ítalo Calvino, creando una literatura “como mundo construido y gobernado por el intelecto”, maestro de la escritura breve, con una riqueza portentosa de sugestiones poéticas y de pensamiento, con “párrafos cristalinos, sobrios y airosos” (la prosa limpia a la que se refirió Coetzee); el Borges que influyó en el imaginario colectivo (aquí, de nuevo, la concurrencia con el sudafricano): esa era la fórmula borgeana, una literatura que creaba coincidencias geométricas.

Borges, el cautivador. Así lo definió el filósofo rumano Emile Cioran en una misiva a Fernando Savater en 1986, refiriéndose a la superioridad que otorgaba al argentino el ser “seductor incomparable que llega a dar a cualquier cosa, incluso al razonamiento más arduo, un algo impalpable, aéreo, calado. Pues todo en él es transfigurado por el juego, por una danza de hallazgos fulgurantes y de exquisitos sofismas”. De nuevo, los juegos de Borges y, siempre presente, su coqueteo con la ontología a través de una obra que, volviendo a Calvino y a Coetzee, fue “un conjunto de patrimonios literarios y filosóficos” sobre las concepciones del tiempo, la eternidad, los sueños y lo infinito, y donde, hábilmente y a hurtadillas, se borra el límite entre lo real y lo imaginario. Con filosofías, metafísicas y ficciones creó Borges su literatura.

Borges, el hacedor de una obra insólita, según Gilles Deleuze y donde, en el juego de la diferencia y de la repetición, del eterno retorno, nadie ha ido más lejos que él. Para el pensador francés, el creador de Inquisiciones renovó la expresión filosófica a través de las letras y llegó incluso a problematizar la historia misma de la disciplina.

Borges fue la bofetada desde Latinoamérica al resto del mundo, el despertar que obligó a la crítica a mirar hacia otra latitud, comprendiendo el valor de una literatura que vencía las resistencias y empezaba a relatarse desde nuevas narrativas, siempre con la fuerza de una voz propia. Empezábamos, así, a ofrecerles páginas que merecían ser leídas. Gracias a la recepción de su obra en otros continentes, las miradas se posaron en esta tierra y se abrieron paso entonces Cien años de soledad, Rayuela, La ciudad y los perros, La región más transparente, entre muchas otras, a un público que veía en América una renovación de las letras.

Su pensamiento nos permitió descubrirnos lejos del folclor local y criollista que, en ocasiones, rayaba en el chovinismo, dejando de ser una copia burda, simplista y retardada de la literatura europea. Borges encontró el equilibrio perfecto para proponer un diálogo entre el espíritu latinoamericano y las ideas universales, comprendiendo los elementos comunes de la naturaleza humana en la paradoja de lo cotidiano. Así se lo dice en un verso el poeta español Jorge Guillén:

Sutileza de pensamiento
Traza laberinto de drama,
Que se va con lente de aumento
Como universal panorama.


Por esto y por todo, con Borges comprendemos que un cuchillero porteño de principios del siglo XX es también, a su manera, un héroe griego. Cada lector tiene un Borges personal. Cada uno lo lee desde su orilla y se apropia de él, lo analiza, lo descubre y lo redescubre en cada lectura. Bien lo afirmó el Premio Nobel de Literatura José Saramago: “No se puede no amar a Borges: en él todo pertenece a otro universo, a un mundo soñado”. Es Borges, el soñador que es soñado.

Jorge Luis Borges

La tumba de Jorge Luis Borges en el cementerio de Plainpalais, en Ginebra.

Foto:

Archivo EL TIEMPO

JUAN CAMILO RINCÓN*
ESPECIAL PARA EL TIEMPO
*Periodista cultural y escritor. Autor de los libros ‘Ser colombiano es un acto de fe. Historias de Jorge Luis Borges y Colombia’, ‘Viaje al corazón de Cortázar’ y ‘Nuestra memoria es para siempre’.

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