Hija de Diana Turbay: 'Pensé que no superaría la pérdida de mi mamá'

Hija de Diana Turbay: 'Pensé que no superaría la pérdida de mi mamá'

María Carolina Hoyos Turbay publica 'Desde el fondo del mar', un testimonio de superación.

María Carolina Hoyos Turbay

María Carolina Hoyos con su mamá, Diana, pocos días antes del secuestro de la periodista.

Foto:

cortesía de la autora.

Por: María Carolina Hoyos Turbay
21 de marzo 2019 , 04:58 p.m.

Me encontraba almorzando en un restaurante cuando escuché la noticia por televisión. Aunque la información era confusa, los medios decían que habían rescatado a Diana Turbay y que estaba herida.

Salí corriendo para el aeropuerto y tomé el primer vuelo a Medellín. Aún hoy, tantos años después, tengo recuerdos pavorosos de esa carretera de Las Palmas, a donde bajaba en un taxi acompañada de Piedad Holguín Sardi, la esposa de mi papá. El conductor, como muchos en Colombia, escuchaba las noticias de la liberación de mi mamá. Pedían sangre con urgencia, decían que estaba grave, y yo temía lo peor.

Acababa de cumplir 18 años, y desde que secuestraron a mi mamá tenía mi vida en pausa. Todo lo posponía: las celebraciones, las decisiones, el estudio, esperando que ella volviera. Cuando entré al hospital y supe que había muerto, mi vida, como la conocía, dejó de existir. Pensé que no iba a superar un dolor tan grande, pero es ahí, en esos momentos de enorme pérdida, donde comprendemos quiénes somos.

Creo que a lo largo de mi vida, como cualquier otra persona, he sufrido y he reído. He perdido seres queridos y he visto nacer a otros. Y siempre, en todas las situaciones, trato de aprender. Así duela infinitamente, así me equivoque en el proceso –porque no todas las decisiones que he tomado han sido acertadas–, así a veces me sienta sola en el camino. No tengo mi vida resuelta, pero lo que sí resolví fue no quedarme detenida en el dolor o en la pena, sino sacar una enseñanza de cada cosa que ocurre en la vida y seguir adelante. Cuando comencé a bucear, aprendí que, en todo, el buceo es como la vida. Para empezar, es el único deporte que no se puede practicar de manera individual.

Uno pensaría que el fútbol tampoco, pero en el fútbol se ven individualidades, mientras que en el buceo no. Bajo el agua es cuando en realidad se aprende a jugar en equipo para sobrevivir. A ayudarse, a acompañarse. Como la vida. Si uno no tiene con quien celebrar sus triunfos, ¿valen la pena? Si uno no tiene con quién llorar sus tristezas, ¿es capaz de superarlas? El apoyo, la ayuda, el amor son la base de todo. Crear equipo, evitar el individualismo, trabajar por un bien común. Y, además, el buceo te da pequeñas lecciones cotidianas para resolver los problemas. Parece increíble, pero si uno identifica diferentes señales del buceo, y aprende su significado, puede aplicarlas a la vida, y eso es lo que yo hago, y hasta ahora han tenido una eficiencia sorprendente.

Una de las primeras lecciones que aprendí en el buceo fue la de respirar. Afuera, en la superficie, no somos conscientes del acto cotidiano de respirar. Lo damos por sentado, nos parece algo normal
. Pero abajo no solo se escucha la respiración, sino que un buzo debe saber cuándo soltar aire para volver a aspirar. Dejar ir una cosa para agarrar otra nueva. Así es la vida, como el buceo. Hay que aprender a soltar, hay que empezar a dar y ser consciente de que solo entregando se puede recibir.

Pero, como en la vida, en el buceo también hay dificultades que es necesario resolver. Una de las señales más importantes que se aprenden al bucear es “bajo de aire”. La falta de oxígeno puede hacer que el buzo entre en pánico y quiera subir a la superficie enseguida, pero al no hacer la descompresión correctamente, puede morir. Por eso, un buzo que está bajo de aire debe buscar una opción, calmarse, crear un plan de navegación que le permita salir del agua. Al igual que el buceo, la vida tiene estas situaciones. A veces, uno siente que se ahoga, que no puede respirar. Y es ahí donde uno necesita buscar opciones, trazar un plan de vida. Así me ocurrió a mí. Ese plan de vida, ese camino, lo comencé a recorrer –aún sin saberlo– el 25 de enero de 1991, cuando asesinaron a mi mamá.

Entré a ver su cuerpo cuando todavía estaba en la sala donde habían tratado de salvarle la vida. Lo primero que miré fueron sus pies. Estaban lacerados, llenos de cortadas, producto de su huida por el monte. Me impactó mucho verlos porque era en lo que más nos parecíamos, en los pies. Y los de ella mostraban todo el sufrimiento que había tenido durante los meses de cautiverio.

Mi mamá era una mujer hermosa, pero en su pelo largo y descuidado y en su rostro se veía cómo la transformaron los meses de cautiverio y todo el dolor que sintió. Fue tanta mi tristeza que, frente a su cuerpo sin vida, hice la promesa de no volver a sonreír. Por fortuna no la cumplí, pero pasó mucho tiempo antes de que tuviera el valor de romper aquel juramento que emití cuando vi sus pies, cuando vi su cara irreconocible, cuando me di cuenta de lo sola que me había quedado.

Lo primero que hice fue preguntarme: ‘¿Por qué yo?’ Pero en retrospectiva puedo ver que la vida me preparó para ese momento, y ahora me doy cuenta de que de ahí se derivan las grandes lecciones que me han permitido seguir adelante y ser una persona exitosa a pesar de las adversidades.

Mi infancia fue bastante particular. Al mes de nacida, mis papás me llevaron una tarde donde mis abuelos maternos. Bogotá era en ese entonces una ciudad distinta. Llovía más, hacía más frío. Ese día, según me cuentan, estaba lloviendo, y mi abuela Nydia le dijo a mi mamá que me dejaran en su casa, que no convenía sacar a un bebé a la calle con semejante clima. Mis papás entonces se devolvieron a su apartamento y yo me quedé en manos de mi abuela durante varios días. Ahí comenzó una relación que aún hoy es una piedra angular de mi vida.

Cuando mis padres se separaron, yo tenía dos años y un universo enorme de abuelos y tíos, y desde muy pequeña viajaba a uno y otro lado para estar con ellos. Desde que estaba en el jardín infantil sabía que mi vida era distinta a la de otros niños. Era la única que andaba tan custodiada y la que tenía un entorno familiar más diverso.
A los seis años, cuando mi abuelo Julio César Turbay fue elegido presidente de la república, me mudé al palacio de San Carlos con mi abuela, que creyó que era una solución práctica para que estuviera cerca de ellos, cuidada y protegida. Apenas pisamos la residencia, mi abuela dijo unas palabras que jamás olvidé: “Todo esto que está aquí no es tuyo. Pertenece a los colombianos, y nosotros simplemente vamos a cuidarlo”.

María Carolina Hoyos Turbay

Hoyos Turbay reemplazó a su abuela, Nydia Quintero, en la dirección de Solidaridad por Colombia.

Foto:

Filiberto Pinzón/EL TIEMPO

Fue tan impactante que esa primera Navidad le escribí una carta al Niño Dios en la que le pedía de regalo una casa chiquita, donde pudiera vivir sola con mi mamá y, sobre todo, donde todo fuera mío.

Cualquiera podría pensar que estos años fueron maravillosos. Una niña en un palacio es como una historia de cuento de hadas, pero lo cierto es que, si bien fue una experiencia formadora, no siempre resultó afortunada. Tenía más lugares que cualquier niño para jugar a las escondidas, pero nadie me buscaba. Me compraron la bicicleta más hermosa que he visto en mi vida, pero no podía salir a la calle para montar en ella. Podía hacer un viaje en helicóptero, pero nunca me dejaron ir a casa de una amiga a dormir.

La seguridad era un asunto complicado en esa época. Recuerdo una vez que llegué del colegio y me avisaron que me iría esa misma noche a Nueva York. Mi vida corría peligro porque habían puesto un carro bomba cerca del palacio de Nariño, a donde ya nos habíamos mudado para ese entonces. Mi mamá no me acompañó al aeropuerto, no viajó conmigo, sino que me puso en un avión y llegué a donde mi tía, que vivía allá. Mi mayor preocupación no era un atentado. Le había entregado mi cartuchera de Hello Kitty a una compañera para que me diera la suya al día siguiente, y durante todo el trayecto a Estados Unidos no pude hacer otra cosa que pensar que había perdido esa posibilidad. Era una niña deseosa de una vida normal, pero llevada por las circunstancias a vivir algo extraordinario.

Ser la nieta de un presidente en ejercicio en un país como Colombia tiene muchas consecuencias. Tal vez, una de las que más me marcó fueron las conversaciones que escuchaba. La violencia no era un tema ajeno en mi vida, y desde pequeña supe de la existencia de guerrillas, del alcance nefasto del narcotráfico, del poder devastador de la ilegalidad.

Mientras que mis amigos hablaban de fiestas y música y temas de jóvenes, yo escuchaba de pobreza, de necesidades, de retos. Mientras todos salían de fiesta, yo me quedaba en casa, custodiada y rodeada de adultos (...). Y, en lugar de amigos de mi edad, mis abuelas y mi tía María Victoria se convirtieron en cómplices de mi infancia y guardianas de mis secretos.

Al tiempo que mi abuela me enseñaba que nada era mío, me decía que siempre debía mostrar un comportamiento ejemplar. Que debía saludar a todos los que trabajaban en palacio, que debía mostrar valores, ser responsable.

Otro de mis maestros fue mi papá, Luis Francisco Hoyos Villegas. Aunque no vivía con él, pasábamos muchísimo tiempo juntos, y sus enseñanzas han sido la base de mi aprendizaje. Desde que era niña, mi papá me dijo que cuando a uno se le cierra una puerta, siempre se abren siete más. Desde entonces ha demostrado tener toda la razón. Cuando algo no funciona, necesariamente es una oportunidad para buscar otras salidas, y esa ha sido una de las lecciones más ciertas de mi vida.

También me dijo que el final de una cosa siempre es el comienzo de otra. Es tan fácil como que el día da paso a la noche, y viceversa, pero también significa que cuando una etapa se cierra, otra se abre y hay que vivirla con plenitud.

Eso lo aprendí de niña y nunca lo he olvidado. Y es gracias a eso que siempre he disfrutado todos los momentos felices que he tenido y he sido capaz de atesorarlos.


De esa época viene uno de los recuerdos más hermosos de mi vida, y es esa relación cómplice que creamos entre mi mamá y yo. A pesar de que siempre trabajó mucho, uno de nuestros pactos era estar en constante comunicación, pero no por teléfono o siquiera personalmente, porque había días en que no nos veíamos. Nos escribíamos mucho cuando estábamos lejos la una de la otra y hacíamos diarios para contarnos lo que había sido nuestra vida durante sus viajes de trabajo.

Aunque dejé de vivir en Palacio a los diez años, las restricciones de seguridad siguieron siendo muy duras y mi mamá pasó de ser la secretaria privada de Palacio a convertirse en una periodista conocida y, por lo tanto, expuesta.

Mi mamá siempre fue una abanderada de la paz. Sus investigaciones periodísticas, sus reportajes: toda su vida estuvo encaminada a buscar puntos de encuentro entre opositores,
y muchas veces pospuso su vida y la de los suyos por ese ideal, que ella consideraba superior.

Cuando le avisaron de la posible entrevista con el cura Pérez (comandante del ELN), no fue algo nuevo. Ocurría con frecuencia que ella viajara por el país, que se entrevistara con unos y otros. El día que supuestamente se iba le presté mi morral morado de gimnasia, pero cuando regresé del colegio estaban sus escoltas y su carro ahí. No había podido irse porque, según me explicó, había enfrentamientos con el Ejército en el lugar en donde se encontrarían, así que, cuando llegó la nueva fecha del viaje, estábamos mucho más confiadas porque creíamos que había un monitoreo de seguridad. Siempre pensé en esa última despedida. No sentí temor. No se me cruzó por la cabeza que la fueran a secuestrar. A mis 17 años nunca pensé que Pablo Escobar iba a cambiar mi vida.

En esa época el país pasaba por un momento terrible, tal vez el peor de su historia. El cartel de Medellín, encabezado por Pablo Escobar, pretendía abolir los tratados de extradición, que aprobaban que a los narcotraficantes los juzgaran en Estados Unidos, donde tenían procesos abiertos por narcotráfico. El monstruo que fue Escobar sembró entonces el terror en todo el territorio. Ponía bombas, amenazaba y secuestraba personajes públicos para presionar al recién posesionado presidente, César Gaviria, para que, en caso de capturarlos, los dejaran pagar su pena en Colombia, en una cárcel hecha a su medida.

Pablo Escobar, lejos de ser un “Robin Hood” que les daba dinero a los pobres, era un asesino descarnado, un sociópata que aterrorizó a Colombia y asesinó a muchos hombres y mujeres decentes que se atrevieron a hacerle frente. Sin embargo, para una niña como era yo en ese entonces resultaba absurdo que un hombre de tal maldad quisiera dañar a mi familia, en particular a mi mamá, que era una periodista que cumplía con su deber de buscar la verdad.

Cuando se cumplió el plazo para que mi mamá regresara, y sin señales de ella, mi abuelo comenzó a inquietarse y a dar declaraciones a diferentes medios de comunicación, en las que pedía que alguien le diera información sobre el paradero de Diana Turbay.

Tres días después, cuando todos nos encontrábamos angustiados, El Espectador publicó en primera página una interceptación que habían hecho de una conversación de Escobar, en la que él decía: “Tenemos a la hija del señor importante”.

A pesar del golpe inicial, siempre estuve segura de que mi mamá volvería. En esa época vivía con ella, su nuevo esposo y mi hermanito, Miguel. Mi papá tenía una familia nueva, una esposa y dos hijos, mis hermanos Andrés Albán y Mauricio Hoyos. Apenas supo del secuestro, me pidió que fuera a vivir a su casa.

Siempre agradecí que me acogieran, pero lo cierto era que me costaba mucho trabajo tomar la decisión de mudarme. Durante seis meses, cada día iba a la casa de mi mamá, la que consideraba como mi hogar, y recogía mi muda para ir a casa de mi papá.

A veces, cuando algo nos duele demasiado, frenamos todo porque nos sentimos incapaces de seguir adelante, y tengo que aceptar que algo así ocurrió en mi vida.
Tenía 17 años y no concebía un mundo sin mi mamá, por lo que intenté preservarlo tal como ella lo había dejado.

Lo primero que hice fue rescatar esa forma de comunicarme con ella cuando estábamos lejos. Empecé por escribirle un diario, donde le contaba anécdotas de lo que me ocurría o recordatorios de cosas que quería que ella viera a su regreso. También me costó trabajo celebrar mis 18 años, y me prometí que cuando volviera, haríamos una fiesta juntas.

Esos pequeños detalles se convirtieron en mi forma de resistencia, mi manera de decirle que yo también estaba secuestrada, que tampoco era libre.


Y así como en esos momentos descubrimos quiénes somos, también es en esos momentos que entendemos quiénes son los que nos rodean.

María Carolina Hoyos Turbay

El libro de de Editorial Aguilar.

Foto:

Archivo particular

Ahí conocí el talante de mi abuela Nydia, su valor, su entereza, su amor de madre.

Al comienzo del secuestro no sabíamos nada de ella, ni de los periodistas con los que se la llevaron. Y mientras que yo opté por la inacción, mi abuela hizo todo lo contrario. No dejó de moverse. Lo primero fue gestionar la publicidad que iniciaba todos los noticieros, donde mostraban fotos de los periodistas secuestrados, y que decía “los estamos esperando”.

Pero fue más allá. Pedía reuniones con el presidente Gaviria, a quien le recordaba los peligros de un rescate armado. Hablaba en los medios de comunicación pidiendo que liberaran a Diana. Incluso se atrevió a escribirle al mismo Escobar. En sus cartas, mi abuela le pedía canjearse por mi mamá, le decía que ella tenía hijos pequeños, que no los dejara huérfanos. Un día hasta mencionó a Manuela Escobar para apelar a su corazón de padre.

Cuando eso no funcionó, hizo lo mismo con la mamá de Pablo. Le escribió cartas, le envió estampas de la Virgen y hasta llegó a Medellín, donde se reunió con ella y le pidió, de rodillas, que liberaran a su hija.

Mi abuela usó todas las formas posibles de llamar la atención. Nunca se rindió, nunca dejó de luchar.

Otra que no se rindió fue mi mamá. A pesar de que no teníamos forma de comunicarnos con ella, usábamos los noticieros y la radio para enviarle mensajes. Sin embargo, no sabíamos cómo se encontraba. A medida que fueron liberando a los rehenes, mi mamá se las ingenió para enviarnos cartas y darnos fortaleza.

La primera comunicación la recibimos cuando liberaron a Azucena Liévano. Me escribió una carta, que mi abuela decomisó para que no la fuera a perder. En ella decía que me amaba, que estudiara, que me alimentara bien. También enviaba instrucciones donde nos pedía que nos apoyáramos y que, como sabía que no iba a volver a tiempo, celebráramos la Navidad juntos.

Tuvimos también un casete que enviaron como una prueba de supervivencia y que luego, cuando la asesinaron, escuchamos hasta el cansancio.

La fortaleza y la espiritualidad de mi mamá siempre me han acompañado. En el diario que escribió durante el cautiverio, supe que agradecía cada vez que uno de sus compañeros era liberado. Se sentía responsable por ellos, y una vida más que se salvaba era para ella un triunfo.

Al final se quedó solo con Richard Becerra, su camarógrafo. A pesar de que tanto mi abuela como mi abuelo le suplicaron al presidente que no intentara un rescate armado, eso fue justo lo que ocurrió.

Comenzaron a escuchar helicópteros y movimiento de tropas, y los secuestradores le dijeron que debían huir a pie. En un bolsillo mi mamá guardó su Virgen, que nunca la abandonó, y en el otro su cédula, para que la reconocieran en caso de que la mataran, y empezó a correr.

Debido a que hacía rato no caminaba y se sentía torpe, prefirió quitarse las sandalias y seguir descalza. En el camino mi mamá sintió la bala y se tocó la espalda, que estaba llena de sangre. Richard, que se encontraba a su lado, comenzó a pedir auxilio y ella le dijo: “Agáchese, no se levante más. A mí me mataron, sálvese usted”.

Muchas veces, los medios de comunicación habían dado falsas noticias de la liberación de mi mamá. Incluso alcanzamos a celebrar algunas veces, y después, cuando sabíamos que era una información errada, nos invadía una profunda tristeza. Si hay algo peor que el asesinato de un ser querido es un secuestro. La espera es la peor tortura que existe. La esperanza se alimenta a diario y también muere a cada rato.

Y a pesar de todo, nunca pensé que me fuera a encontrar en ese hospital viendo los pies de mi madre, y jurándole que jamás volvería a sonreír.

Así empezó el cambio de mi vida.

MARÍA CAROLINA HOYOS TURBAY
Cortesía Penguin Random House

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