El músico que la percusión le regaló al piano

El músico que la percusión le regaló al piano

Gonzalo Rubalcaba se presentará en el Teatro Colsubsidio, en Bogotá, este 8 de agosto.

Gonzalo Rubalcaba acaba de terminar una gira en Europa. A los 17 años hizo su primer viaje internacional y fue al Festibuga, que se realizaba en Buga, Valle, donde recibió un premio.

Gonzalo Rubalcaba acaba de terminar una gira en Europa. A los 17 años hizo su primer viaje internacional y fue al Festibuga, que se realizaba en Buga, Valle, donde recibió un premio.

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Cortesía Gonzalo Rubalcaba

Por: Olga Lucía Martínez Ante 
03 de agosto 2019 , 09:43 p.m.

Todo indica que en el universo musical de los Rubalcaba el sentido de lo femenino es pilar fundamental, al punto que de dos generaciones para acá se lleve el apellido de una antepasada por encima del que otorga la línea paterna.

De hecho, el apellido original es González, como está en los registros de nacimiento. Pero Guillermo González Camejo, nacido en 1927 en Pinar del Río (Cuba) pianista, director de orquesta, compositor y orquestador especializado en danzón y chachachá, rompió la lógica del apellido y se puso el Rubalcaba de su abuela paterna cuando empezó su carrera en la música.

El motivo no es muy claro. En algunos escritos se afirma que lo hizo por razones profesionales, pero sin especificar el porqué.

Esta tradición llegó hasta Gonzalo Rubalcaba (La Habana, Cuba, 1963), uno de los más reconocidos pianistas de jazz y exponentes del jazz afrocubano, que es un representativo exponente de su legado familiar.

Y aunque Rubalcaba no firma su vida musical con el apellido de su mamá, ella, Yolanda Fonseca, ha sido fundamental en su carrera, ratificando la importancia de lo femenino en esta familia. En ella pensará, como siempre lo hace, el próximo 8 de agosto, cuando se presente en el Teatro Colsubsidio de Bogotá con su concierto ‘Jazz a piano solo’, un espectáculo que tendrá muchas mezclas de sonidos y los temas más reconocidos de sus más importantes discos que recogen distintas tendencias.

“Entré a estudiar piano por darle gusto a ella –cuenta Rubalcaba–. Yo di muestras de interés por la música como a los 5 o 6 años, y aprendí batería y percusión de oído. En mi familia se entendió que debía presentarme a una escuela y, entonces, apareció el piano como opción, pues cuando iba a hacer los exámenes de percusión me dijeron que no tenía edad aún para esos estudios, pero que podía hacer piano o violín”, cuenta
Rubalcaba vía telefónica desde Londres, mientras terminaba una gira europea que lo tuvo haciendo un recorrido por varias ciudades durante tres semanas.

Amable y buen conversador, como la mayoría de los cubanos, agrega que ninguno de esos dos instrumentos estaba en su mira. Entonces, apareció la mágica figura de Yolanda Fonseca. “Ella me sedujo y me explicó, sentada a mi lado, que el piano era importante para cualquier músico, que debía tener conocimiento de él porque me iba a servir para la destreza armónica y lo melódico. Esa explicación sabia hizo que me decidiera”.

Lo suyo en ese momento, de querer la percusión y no el piano, pudo ser un toque de rebeldía, pues desde que tiene conciencia hubo un piano en su casa habanera. “Lo tocaba mi papá y mis hermanos mayores. A uno de ellos lo veía estudiar y me gustaba cómo interpretaba a Chopin y Liszt, pero me parecía que era un instrumento muy difícil, así como la lectura de las partituras, y más hacer las dos cosas al tiempo”.

Pero terminó en el piano siendo uno de los mejores del mundo en su estilo, y hoy cree que en la vida no hay nada casual. “Todo parece ser que funciona porque hay un motivo y una razón predestinada”, agrega. Es cierto, y varios hechos lo ratifican. Uno de ellos ocurrió en 1985, cuando Rubalcaba tocaba en el Parisien habanero. Dizzy Gillespie llegó a la ciudad, y para que comiera algo y oyera un poco de música de la isla lo llevaron allí.

“Lo llevaron justo cuando yo estaba tocando… De repente, vi que se subió al escenario por un costado con un traductor y me abordó. ‘Hola, soy Dizzy Gillespie y me gustaría que tocaras conmigo en el concierto que voy a dar’, me dijo. Me quedé congelado”, le contó Rubalcaba a El País de España. Segundos después y por medio del traductor, le pidió a Rubalcaba que al día siguiente pasara por su habitación para que se pusieran de acuerdo.

“En un segundo, toda La Habana estaba hablando del tema. Así entraba en el mundo de la música por la puerta grande”, le dijo al diario madrileño.

Primera vez, en Buga

Y de sus recuerdos Rubalcaba saca uno del que no ha hablado tanto: su primer viaje internacional como músico, que tuvo como destino Colombia. “Mira que fue a Buga, al Festibuga, acompañando a una cantante que aún sigue deleitando con su voz, Beatriz Márquez, una artista con unas condiciones excepcionales. Y allí me dieron mi primer premio”, dice, refiriéndose al galardón en orquestación que recibió al final del encuentro.

En 1978, con solo 15 años, Gonzalo Rubalcaba creó su grupo Proyecto, del que fue baterista, pianista, compositor y arreglista, demostrando autonomía, liderazgo, mucho talento y poder desde muy temprana edad.

Y se destacó rápido en la isla, especialmente en el Festival Jazz Plaza de La Habana, donde llamó la atención con sus solos de piano, su improvisación y su ritmo. Empezaron a aparecer composiciones como Nueva cubana, Pisando el césped, Pergamín y Rapsodia española, entre otros, incluidos en sus discos de 1984 y 1986.

Declarado jazzista, hoy afirma que no sabe quién atrapó a quién. “Hay una historia de una búsqueda constante ahí, de una libertad que no está solamente en lo que ganamos en la improvisación, sino en las propias partituras, donde hay un espacio y una naturaleza que permiten aportar algo, pues el intérprete no es un esclavo. El jazz permite con mayor facilidad que el instrumentista se vuelva compositor”, afirma.

Este género lo atrapó joven. Y vuelven los recuerdos a asomarse: “Yo veía a mis compañeros de escuela inmersos en la improvisación. A mí me pareció fascinante y quise ser parte de eso. En mi casa había muchos discos de vinilo viejos, de los años 30, y ahí aparecieron verdaderas joyas de Benny Goodman, entre otros, así como discos de los 40 y 50 de otros grandes”.

Esta música, que hacía parte de la colección sonora de su familia, fue otra puerta para Rubalcaba. “Lo cierto es que ahí comenzó todo, porque se ligó la escuela clásica, el jazz y una casa donde se producía el contacto más directo con el mundo de la calle. Vivía en el centro de La Habana, donde pasaba de todo, desde la buena rumba, el toque de un santo (tradición yoruba), hasta unas broncas (peleas) tremendas; se oían los radios de todas las casas a todo volumen porque vivíamos con las puertas y las ventanas abiertas (...)”.

Todo sigue presente en su mente y en su estilo a través de lo clásico, lo popular y el jazz. Habitan en el Rubalcaba que ha hecho discos como Tokyo adagio, Concierto negro, Giraldilla, Suite 4 y 20, Flying colors, Supernova, Paseo y Fe, por nombrar algunos entre una discografía muy buena.

Con letras grandes

Oír a Rubalcaba es sentir que todos sus encuentros musicales se mezclan entre las teclas de su piano que toca magistralmente con sus dedos. Blancas y negras traen a la memoria, especialmente, la rítmica de los sonidos de su país, que van desde lo popular a lo bailable y no escapan de los clásico que han dejado maestros como Ernesto Lecuona.

En ese universo, el nombre de Gonzalo Rubalcaba está escrito con letras grandes. Ganador de dos premios Grammy anglo e igual número de latinos, The New York Times lo ha definido como “un pianista de habilidades casi sobrenaturales”.

Y él lo ratifica. A los 26 años deja Cuba, por lo que lleva más de media vida sin residir en la isla, lo que no le quita ni el sentir ni la identidad cubanas. Habla como cubano, pero ha aprendido a no atropellar tanto las palabras como sus coterráneos. Pero, mirando con un poco de distancia su país, piensa, como ha dicho en varias entrevistas, que las cosas allí siguen siendo muy difíciles.

Hay una historia de una búsqueda constante ahí, de una libertad que no está solamente en lo que ganamos en la improvisación, sino en las propias partituras

Su camino, sin embargo, lo llevó por otros rumbos, pero por cosas de la música y de su talento tuvo más encuentros importantes con músicos de trayectoria antes de irse de Cuba. En 1986 llegó a la isla Charlie Haden (contrabajista de jazz estadounidense) y terminó oyendo a Rubalcaba.

Encantado con lo que vio, pidió estudio de grabación para el día siguiente y fue necesario conseguirlo, pues quería llevarse algo grabado.

Haden le dio un gran impulso en su carrera, pues el contrabajista lo llevó a Nueva York y logró que tuviera un importante contrato con una disquera internacional que, por los avatares del bloqueo a Cuba, debió firmarse en la filial japonesa de la empresa Blue Note.

Además –ha contado Rubalcaba en varias entrevistas–, Haden, quien era fanático de la música cubana, especialmente de la más tradicional, lo llevó a reencontrarse con muchos sonidos que no era que no pasaran por sus venas, sino que no estaban tan en la superficie de un músico que se ha nutrido de innumerables fuentes.

Rubalcaba, que va y viene por el mundo, sigue viviendo cerca de Cuba (primero, en República Dominicana y ahora, en la Florida), y con alguna frecuencia –no tanta, como quisieran sus seguidores– viene a Colombia, donde ha asistido a festivales de jazz y conciertos.

En sus tantos viajes por distintos países, pasa mucho tiempo en los teatros, ensayando en el piano que le corresponda para cada presentación. Conoce el alma de muchos de estos lugares. “Cada uno tiene su energía y vibra diferentes, están llenos de historias que conviven allí”.

Para él, “lo mejor que nos puede suceder es llegar con la actitud de percibir de qué están hechos, qué es lo que hay ahí. Yo creo mucho en su componente espiritual, por eso digo que lo que allí existe ayuda a hacer del concierto que uno presenta algo único”.

Por eso no se limita a llegar, sentarse, ensayar y tocar. A Rubalcaba le gusta conocerlos un poco, sentirlos un poco y establecer un vínculo con ellos y con las personas que trabajan en estos lugares.

Es cubano, aunque viva lejos de su país hace tanto tiempo. Necesita esos afectos que son tan de los latinoamericanos, la cercanía, el conversar largo, contarse en qué va la vida. Viene, además, de una familia que ha ido más allá de la música, pues ha dado profesores de música y danza, así como pintores; una familia que sigue percibiendo la vida de un modo distinto gracias al arte.

El hijo de Yolanda Fonseca la seguirá honrando mientras haya música y tiempo para hacerlo. Y seguro que lo habrá.

OLGA LUCÍA MARTÍNEZ ANTE
Cultura y Entretenimiento

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