‘Vivimos en la sociedad de la seducción’

‘Vivimos en la sociedad de la seducción’

El sociólogo francés Gilles Lipovetsky hablará de su obra este viernes en la Filbo.

‘Vivimos en la sociedad de la seducción’

El filósofo, sociólogo y escritor, Gilles Lipovetsky, también es profesor en la Universidad de Grenoble (Francia), su alma máter.

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ISTOCK

Por: Sophia Rodríguez Pouget
23 de abril 2019 , 09:19 p.m.

Erudito y a la vez sencillo, Gilles Lipovetsky, uno de los intelectuales más importantes de la actualidad, es uno de los invitados centrales a la Filbo 2019, que comienza este miércoles. El sociólogo francés, autor de libros que son referentes mundiales, como La era del vacío y De la ligereza, hablará de sus análisis sobre la sociedad contemporánea.

En la Filbo se referirá, entre otros temas, a su más reciente libro sobre la ‘sociedad de la seducción’. ¿Qué es y cómo la analiza?

La seducción acompaña todo lo vivo. No es exclusiva del ser humano. En la mayoría de especies está involucrada en la reproducción, como la danza de las aves o los rituales de los mamíferos. Pero en los animales es un mero programa genético, una necesidad biológica, mientras que en los seres humanos implica una dimensión cultural y sus rituales varían según las culturas.

Además pasa por el lenguaje, lo que complejiza todo. Don Juan seduce a las mujeres a través del lenguaje, pero su lenguaje es tramposo. Los animales no engañan en la seducción. Las prácticas humanas en cambio están hechas para aumentar el poder de seducción. El ser humano es la única especie que le agrega seducción a la seducción.

¿Cómo se expresa la seducción?

En el maquillaje, el tatuaje, la ropa, los accesorios. Buscamos aumentar el poder de seducción como si lo que somos no bastara. La paradoja es que, a la vez que las sociedades han querido aumentar ese poder, se han empeñado en frenarlo.

Chaperonas que cuidan jovencitas, reglas sociales. El amor también es una forma de seducción. Pero ahora pasamos de vivir en una sociedad donde la seducción estaba limitada a vivir en una seducción total. Sus lógicas han invadido todo. Por eso hablo de una ‘sociedad de la seducción’.

¿Cómo se manifiesta en otros ámbitos?

En el mundo del comercio, del consumo, toda una economía está organizada para seducir al consumidor. Productos siempre nuevos, empaques atractivos, ofertas cautivadoras, es la sociedad del estímulo inagotable. Pero la seducción se metió también en la educación.

Les dicen a los políticos cómo hablar, vestirse, intervenir. La seducción se volvió una lógica que atraviesa la integralidad de la sociedad

Ahora hay que gustarles a los hijos, no ser autoritario. Los padres no saben si educar a sus hijos o caerles bien. Y la seducción se metió también en la política. Todo el marketing político busca seducir al electorado. Les dicen a los políticos cómo hablar, vestirse, intervenir. La seducción se volvió una lógica que atraviesa la integralidad de la sociedad.

Pero ¿la seducción logra todo o tiene también su contracara de fracaso?

Seducir implica esforzarse, adelantar una serie de acciones. De por sí, no garantiza el éxito. Si bastara con quererlo para lograrlo, todos viviríamos felices conquistando lo que queremos. De hecho, las marcas en el comercio hacen todo para seducir al consumidor, pero la mayoría de productos fracasan o duran poco. No basta con hacer publicidad para que la gente compre. Otro ejemplo son los políticos que tratan de gustarles a los ciudadanos para conseguir sus votos, pero cuanto más lo intentan, peor les va. La ciudadanía viene rechazando y desconfiando de quienes buscan caerles bien.

De manera que la sociedad de la seducción no es sinónimo de sociedad triunfadora. Además, podemos proclamar la igualdad de los seres humanos, pero en materia de seducción no lo somos. Todos quisiéramos seducir, pero no todos somos seductores.

¿Cómo analiza fenómenos como Trump, que parece usar la antiseducción?

Por lo general, la seducción usa un lenguaje dulce y aséptico. Es el hombre que, para conquistar a una mujer la invita a salir, le da regalos, le dice que es la más bella, etc. Pero Trump jugó a lo contrario: a la retórica agresiva, violenta, machista, xenófoba y, sin embargo, sedujo a unas capas menos educadas de la sociedad.

No lo hizo por el camino del encanto, sino de una retórica de aparente ‘verdad’ y eliminó a Hillary Clinton, que fue repelida por parecer hipócrita. Trump jugó a mostrarse por fuera del conformismo, a parecer auténtico, pero es una trampa, porque la mayor parte de sus declaraciones son falsas.

¿Hay entonces formas positivas y negativas de seducción?

Hay diversos registros de seducción. Y diferentes gustos. Hay mujeres que atraen por ser bombas sexis y otras, por ser reservadas. A unas les gusta el hombre ‘macho’ y a otras, el respetuoso de la mujer. El buen o mal gusto no interfiere ahí. Tampoco la buena o la mala calidad. Si a uno lo emociona una persona, una canción, un viaje, o lo que sea, es porque lo seduce.

Es algo muy singular y personal. Lo que para unos es mala música, a otros los seduce. Hoy, por ejemplo, el turismo es una gran figura de seducción, y muchos planes que me parecen terribles, para otros son la maravilla. Por eso digo que debemos avanzar hacia una ‘seducción aumentada’.

¿Cómo sería esa otra seducción?

Con el poder de los medios, internet, ventas online, hay productos que acaparan tanto el gusto de la gente que eso empobrece el espectro de seducción. Mi llamado urgente es a que la escuela abra ese espectro, enseñe a conocer y a entusiasmarse desde la infancia por otras cosas: arte, filosofía, historia, música, lectura, que los jóvenes busquen otras lógicas de mayor ambición intelectual.

El consumismo hace que a todo el mundo le gusten los mismos productos, artistas, objetos, juegos. Por ejemplo, la producción mundial de cine es gigantesca, pero el 90 por ciento de los consumidores se vuelca sobre lo mismo, cuando hay películas extraordinarias poco conocidas.

Usted es crítico del consumismo, pero considera que no hay que caer en la visión apocalíptica de eso...

Lo malo no es que exista el consumo, sino carecer de otras alternativas. La culpa no es de las empresas porque a ellas no les corresponde esa motivación. Su objetivo e interés es únicamente económico. Una empresa no es el colegio ni jamás lo reemplazará. Es la educación escolar la que debe lograr que el público se vuelva más exigente. Claro, los detractores del consumismo tienden a satanizarlo.

Es una vieja crítica romántica que consiste en decir que el mundo del capitalismo, la velocidad y los medios de comunicación acabaron con todo. Pero, aunque destruyó una cierta cultura de la seducción, no lo logró en su conjunto. No acabó con el deseo sino que lo generalizó.

Si la gente disfruta de viajes, música, cine, tecnología, de ciertas satisfacciones que mejoran la vida, debe reconocer que son producto de eso también

Si la gente disfruta de viajes, música, cine, tecnología, de ciertas satisfacciones que mejoran la vida, debe reconocer que son producto de eso también. El consumismo ha aportado una seducción, pero, más que malo, es pobre comparado con la creación. En lo personal no me gusta, pero no por eso quiero volverlo ley para los demás. Debemos enfocarnos en que la educación forme personas con pensamiento crítico y gustos diversificados.

¿Qué recomendaciones hace para países como Colombia?

Aun en países desarrollados, gran parte de la población solo piensa en consumir y no tiene más horizonte de sentido. Una cultura humanista debe tener una ambición más elevada. La falta de recursos no es ausencia de gusto ni de capacidad para crear cosas. Colombia tiene especial creatividad. Lo vi en las comunas de Medellín. Las ciudades juegan un rol muy importante en eso.

Veo que Colombia tomó el tren de la modernización, ha comprendido que debe invertir en innovación, participar de la lógica internacional. Tiene grandes desafíos: vencer la corrupción y las inequidades, lograr que los ciudadanos recuperen la confianza en la vida política, mejorar la seguridad y rechazar toda violencia e ilegalidad.

Usted llama ‘hipermodernidad’ a los tiempos actuales. ¿Cuáles son las dificultades que nos agobian hoy?

Soledad, ausencia de sentido, estrés, ansiedad, inseguridad. Todo se ha vuelto ambiguo porque, por un lado, vivimos en un mundo de ‘imágenes de felicidad’: consumo, hobbies, turismo, sexo, fotos en redes. Pero en la vida cotidiana preocupa el trabajo y la vida privada. Para unos, el trabajo es realización y para otros, estrés porque existe el miedo a perderlo, a no estar a la altura de los objetivos. El miedo, el sentirse ‘reventado’ conllevan una vida difícil, competitiva.

La hipermodernidad trajo conflicto entre varias lógicas: entre el hedonismo y el placer, la competencia permanente, y la vida privada que ya no es un espacio seguro ni estable donde refugiarse, sino que vive al vaivén de la lógica individualista y conduce a la gente a juntarse pero también a separarse en función de sus aspiraciones y gustos. Hoy uno está con alguien y, en la mayoría de los casos, lo más probable es que luego no lo esté.

¿Qué hizo que cambiara tanto la vida privada?

Antes obedecía a tradiciones. Si una pareja no se entendía, no se separaba. Hoy, en cambio, se vive bajo la posibilidad permanente de irse o quedarse. Es el precio de la autonomía individual y de una sociedad donde cada quien actúa libremente. Antes las vidas estaban programadas (uno se casaba, tenía hijos, el hogar no se diluía, etc.), en cambio hoy hay que vivir encontrando soluciones a todo, es muy angustiante. La vida es abierta. Lo bueno es que uno intercambia, pero es difícil porque hay que vivir escogiendo.

Además otras presiones entran en juego, como la salud. Vivimos bombardeados de información sobre la alimentación y el cuerpo. Obsesionados por la salud y la belleza. Eso nos sumergió en más contradicciones, como que el placer del sol puede producir cáncer, el de comer puede engordar o enfermar, la promiscuidad o no cuidarse trae riesgos. Lo mismo en la educación. Antes los padres tenían reglas y ahora solo tienen dudas sobre las reglas, ya no saben cómo actuar, es muy estresante.

¿Qué rol juegan el internet y las redes?

El problema no son las redes sino el uso que les damos. Es útil que existan porque antes la gente no tenía cómo encontrarse fácilmente. Las herramientas son para usarlas inteligentemente porque implican riesgos. En eso no solo influye la cultura en la que se está, sino que las personas las usan también en función de lo que son. Pero algo terrible es que la gente cree que siempre podrá encontrar algo mejor.

El consumismo permeó la vida privada con su concepto fast, de lo que pasa pronto porque siempre habrá algo nuevo, entonces muchos caen en el adquirir y desechar. La hiperoferta lleva a no escoger, sumerge en un espiral de seguir probando que se vuelve adictivo y causa vacío. Internet suele crear seducciones pasajeras.

¿Dónde y cuándo?

Lipovetsky hablará de su obra y de su último trabajo este viernes, a las 7 p. m., en la Sala Filbo E., en Corferias. El sábado dará autógrafos en la zona de firmas n.° 4, desde las 6 p. m., y el domingo participará en un conversatorio en el auditorio José Asunción Silva, a las 5 p. m.

SOPHIA RODRÍGUEZ POUGET
para EL TIEMPO

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