Adiós a Charles Aznavour, el Frank Sinatra de Francia

Adiós a Charles Aznavour, el Frank Sinatra de Francia

El último gigante de la canción francesa del siglo XX reivindicó el desamor y la nostalgia.

Charles Aznavour

“Sus obras maestras, el timbre de su voz, su brillo único quedarán durante muchos años en el recuerdo”, dijo Emmanuel Macron, presidente de Francia.

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EEF

Por: Armando Neira
02 de octubre 2018 , 09:01 a.m.

Hubo un tiempo en que la voz de los cantantes era esencial. En el escenario brillaban las voces flexibles, color, tono y capacidad de comunicar los sentimientos más profundos en solo una canción.

Era una época distinta a este presente en el que el público paga un montón de dinero por una puesta en escena de luces y coreografías en las que, en ocasiones, hasta el rol de los cantantes es secundario.

Charles Aznavour (22 de mayo de 1924 París - 1.° de octubre de 2018, Mouriès, Francia) era uno de aquellos elegidos para la gloria. ¿Cómo no emocionarse al verlo en los videos que ahora son tendencia en las redes sociales interpretando La Bohème, La Mamma y Emmenez-moi? Fue tan grande que para definirlo se dijo de él que era ‘el Frank Sinatra de Francia’ o ‘el embajador de Francia’.

Era un símbolo nacional tanto como la torre Eiffel o La Marsellesa y de los mismos niveles que los legendarios Jacques Brel, Yves Montand, Edith Piaf, George Brassens, Gilbert Bécaud, Maurice Chevalier, Charles Trenet. Y, sin embargo, fue una casualidad que hubiera nacido en el país galo.

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Afiche de la película ‘Édith y Marcel’ (1983), en homenaje a la cantante francesa en la que actuó Aznavour.

Foto:

AFP

En efecto, Shahnourh Varinag Aznavourian, su nombre de pila, en el armenio de su familia, nació en París cuando sus padres huían del genocidio desencadenado por las autoridades turcas y esperaban una visa que les permitiera viajar a Estados Unidos, donde anhelaban ir en la incierta condición de inmigrantes, de desarraigados.

Mientras llegaba el documento, sus padres, Mischa Aznavourian y Knar Baghdassarian, abrieron un modesto restaurante con una pequeña orquesta. Ambos interpretaban y montaban espectáculos sencillos para la comunidad de exiliados. En ese ambiente de penurias económicas, la nostalgia de una patria y la alegría de la música creció él.

A manera de metáfora, podría decirse que, desde entonces, Aznavour se mantuvo enérgicamente activo. De hecho, el lunes, cuando falleció a los 94 años de edad en el sur de Francia, pensaba en una serie de conciertos para recuperar el tiempo perdido.
Guardaba reposo para estar a plenitud este 26 de octubre en Bruselas
, donde se presentaría, tras haberse visto forzado a cancelar varios conciertos en Japón debido a una fractura del brazo, provocada por una caída.

Me inspira todo: la televisión, la radio, los libros... Como no tengo imaginación, cojo lo que veo. Hay gente que la tiene y, sin embargo, no es capaz de escribir una canción

Su elegancia y buenas maneras eran proporcionales a su capacidad de trabajo y de sorprenderse cada día: “Me inspira todo: la televisión, la radio, los libros... Como no tengo imaginación, cojo lo que veo. Hay gente que la tiene y, sin embargo, no es capaz de escribir una canción”, dijo en una entrevista al diario El País.

¿De dónde saca tanta energía?, le preguntó Laura Ventura, del diario La Nación de Buenos Aires hace un año, cuando vino a despedirse de América Latina. “Algún día estaré muerto, así que mientras esté en este mundo quiero ser feliz y mi modo de serlo implica estar siempre en actividad. Ya tendré tiempo de dormir. Me hace feliz salir al escenario. No me gusta tanto meterme en un estudio de grabación. Prefiero estar cerca de la gente”.

Pero, entonces, ella le inquirió: ¿Se cansa a veces de cantar las mismas canciones? “Sí, claro, entonces lo que hago es cambiar el repertorio. Es el único modo de no aburrirse”, respondió.

Y, claro, él tenía un amplio repertorio para escoger: más de 1.400 canciones grabadas, 800 de ellas compuestas por él mismo, casi 300 discos publicados, más de 100 millones de álbumes vendidos. Cifras astronómicas equiparables a su inconfundible y portentosa voz en la que narraba historias integras.

Aunque reinaba en el Olimpo de los dioses de la música, era bien consciente de su vulnerabilidad y del paso inexorable del tiempo. ¿Cómo cuida su voz?, le preguntó La Nación: “Mi voz está muerta desde hace mucho tiempo, así que trabajo con esta voz rota...”. ¿Su voz está rota? ¿De verdad? “¡Sí! Y no puedo hacer nada al respecto, pero el público lo ha aceptado, y eso es lo más importante. No soy un cantante, soy alguien que canta letras. La voz no es lo importante, sino lo que digo”.

¿Y qué es lo que dicen sus canciones? “En la chanson française siempre hemos puesto el texto por delante. Y eso nos ha dado a cantantes como Ferré, Ferrat, Brassens, Brel, gente que escribía maravillosamente. En Francia nunca hemos inventado un ritmo nuevo, todos vienen de fuera, pero somos capaces de declinar versos alejandrinos sobre una música ‘americano-lo-que-sea’. El territorio francés es el texto”, solía decir.

Esa sensibilidad especial por la palabra escrita la heredó de su padre. “Había pocos estudios, pero teníamos ganas de aprender”, relató en alguna ocasión al recordar que la familia leía hasta el amanecer poesía, narrativa, buena literatura. “Mis padres estaban muy cerca de la cultura rusa, leíamos a Chéjov”.

Ese amor por la palabra, por la lengua le permitió a Aznavour cantar en francés, español, inglés, italiano, ruso y armenio, idioma que reservaba para las conversaciones con sus nietos.

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Charles Aznavour en un recital de 1971.

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AFP

El adiós de Aznavour representa la caída del telón de una época en la que la estructura de cada pieza brillaba por su altura estética. Por eso, él aceptaba los cambios aunque, eso sí, mantenía un nivel de exigencia. “Hay autores de canciones –decía a comienzos del año pasado– que van siempre por el camino trillado. Ellos no son los que hacen que las cosas avancen. Y me da igual que se trate de rock o clásica. Porque solo hay dos tipos de música: la buena y la mala”.

Un artista integral que también lució en el cine. Con una participación en 80 títulos y bajo la dirección de auténticos titanes como Georges Franju (La cabeza contra la pared, 1959), Jean Cocteau (El testamento de Orfeo, 1960), François Truffaut ( Shoot the Piano Player, 1960 ), Volker Schlöndorff (El tambor de hojalata, 1979) y Atom Egoyan (Ararat, 2002).

Una prolífica existencia creadora que tuvo su punto de inflexión en 1946, en un París que buscaba levantarse del horror dejado por la Segunda Guerra Mundial. Edith Piaf lo descubrió y lo invitó a acompañarla. Luego lo llevó a una gira por Quebec y los Estados Unidos que se convirtió en legendaria.

París le mostraba al mundo que era posible soñar y volver a vivir, que la ciudad y su sensibilidad habían permanecido invencibles. Aznavour era el símbolo del renacimiento si bien el tono fuera de una tristeza difícil de disipar.

Sus canciones Les comédiens, La plus belle pour aller danser, Retiens la nuit, L’amour c’est com un jour, entre muchas otras, representaron una época dorada en la que las consignas eran ‘la imaginación al poder’ y ‘la poesía está en la calle’.

Se apagó la voz de un artista que fue más allá de ponerse frente a los micrófonos. Convirtió su talento en una trinchera para defender las nuevas opciones de vida: “Fui el primero en escribir sobre temas sociales, como la homosexualidad”, dijo orgulloso, en 2006, a The New York Times.

El presidente Emmanuel Macron, de Francia, dijo ayer: “Profundamente francés, visceralmente apegado a sus raíces armenias, famoso en todo el mundo, Charles Aznavour acompañó las alegrías y las tristezas de tres generaciones. Sus obras maestras, su timbre, su influencia única lo sobrevivirán por mucho tiempo”. Hoy ya no están ni él ni Edith Piaf. El mejor homenaje es escucharlos. Al fin y al cabo, así le respondió él a su hija Katia en un recital en el que ella, una de sus coristas, se descompensó. “Mi amor, el show debe continuar”.

ARMANDO NEIRA
EDITOR DE CULTURA
@armandoneira

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