Belisario Betancur: relato de una vida de rebeldía y audacia

Belisario Betancur: relato de una vida de rebeldía y audacia

Fragmento del libro 'Sin límite. Conversaciones con Belisario Betancur'. 

Belñisario Betancur

El expresidente Belisario Betancur falleció el viernes 7 de diciembre en Bogotá.

Foto:

Esneyder Gutiérrez / ETCE

Por: Carlos Caballero Argáez y Diego Pizano, con la colaboración de Conrado Zuluaga
07 de mayo 2019 , 12:41 a.m.

Después de ejercer la Presidencia de la República por cuatro años, entre el 7 de agosto de 1982 y el 7 de agosto de 1986, Belisario Betancur ejerció maravillosamente la magistratura de expresidente de Colombia por 32 años.

Un expresidente ejemplar, testigo de ocho periodos presidenciales en calidad de observador imparcial. Siempre dispuesto a colaborar si se le solicitaba, pero alejado de las mieles del poder y dedicado a satisfacer los placeres del espíritu a través de la cultura y la literatura. Por eso fue el ciudadano colombiano más respetado y admirado por sus compatriotas hasta el día de su muerte.

La vida de Belisario Betancur cubrió buena parte del siglo XX y lo ya transcurrido del XXI. Una vida extraordinaria por su trayectoria pública y la singularidad de su recorrido personal. No de otra manera puede calificarse el hecho de que el hijo de unos campesinos pobres y de educación precaria, nacido en las montañas del suroeste antioqueño, llegara a ser miembro de la Asamblea Nacional Constituyente en 1953, senador, ministro, embajador y presidente de Colombia. Además perteneció a una profusa red de personalidades internacionales, lo que le valió una amistad cercana con varios pontífices, con los reyes de España y con escritores, artistas, científicos y mandatarios de muchos países del mundo. Miembro de academias importantes, entre ellas la Pontificia de Ciencias Sociales, Belisario Betancur recibió grados honoris causa de universidades de Estados Unidos y España, así como condecoraciones de países como Francia, México y España, y un sinnúmero de premios internacionales.

Algunos de sus colaboradores en el Gobierno mantuvimos a lo largo de los años una cercanía grata y enriquecedora con este personaje. Gracias a Diego Pizano Salazar, quien fue su secretario económico en la Casa de Nariño durante los cuatro años de su gobierno, nos reunimos periódicamente a la hora del almuerzo para conversar con él sobre los numerosos acontecimientos colombianos e internacionales, además de escuchar las anécdotas de su vida y para recordar los eventos más sobresalientes de su administración. Esa cercanía, convertida en amistad, nos impulsó a proponerle llevar a cabo unas conversaciones sobre su vida y sus realizaciones que pudiéramos grabar y editar posteriormente en la forma de un libro.

Nos parecía que no solamente sus familiares y amigos debían conocer los detalles de su maravillosa parábola sino que sus conciudadanos tenían todo el derecho de explorarla, en particular su infancia en Antioquia; su temprana avidez por aprender, puesto que a los cinco años era ya un gran lector de los libros que llegaban a su comarca; sus estudios de primaria; su paso por el seminario, su innata rebeldía, su ingreso a la universidad, atraído inicialmente por la arquitectura y, después de un corto tiempo, por el derecho; sus actividades literarias y los primeros pinos como periodista y escritor en Medellín; su vida en la biblioteca de la Universidad Pontificia Bolivariana, sus amistades, su matrimonio, su desplazamiento a Bogotá “en búsqueda de destino”, su vinculación a la revista Semana y, subrepticiamente, al periódico El Siglo, de propiedad del presidente de la república Laureano Gómez, y su ingreso a la política activa, donde desarrollaría una fulgurante carrera de más de treinta años hasta ser elegido presidente en mayo de 1982, después de varios intentos fallidos.

En un principio se mostró reacio a la idea por considerar que ya se habían publicado dos libros sobre su gobierno. Logramos convencerlo, sin embargo, con el argumento de que no se trataría de un trabajo histórico en profundidad, ni mucho menos de una biografía completa, sino de un proyecto más modesto: preguntarle sobre las distintas épocas de su vida, sin ningún ánimo de emitir juicios definitivos ni sobre él ni sobre su gobierno. La historia de cada ser humano es muy compleja y requiere mirarse desde diversas perspectivas y disciplinas.

Estas entrevistas son un aporte a ese estudio y no aspiran a ser sino eso. Es de esperar que algún día, un historiador elabore una biografía completa del presidente Betancur y que estas con él se conviertan en una entre las muchas fuentes de esa investigación. En algún momento, entonces, cedió a la presión y aceptó conversar en la tranquilidad de su apartamento y grabar las charlas.

Como era predecible, la tarea resultó enormemente placentera para nosotros. Siempre encontramos un Belisario Betancur alerta, con una memoria extraordinaria, con la poesía a flor de labio y un delicioso sentido del humor. Fueron tres años de reuniones, ninguna de las cuales se prolongó por más de hora y media, para no abusar de su humanidad. Más o menos fuimos siguiendo un orden cronológico y muchas veces lo encontramos preparado con documentos a la mano. Cada visita fue una oportunidad extraordinaria para viajar por el siglo XX colombiano y conocer a sus protagonistas a través de la figura de Betancur. Sus familiares y sus servidores respetaron sagradamente el tiempo que nos dedicaba. Su permanente inquietud fue que los contertulios lo lleváramos a conversar sobre episodios que él consideraba superficiales e intrascendentes; se quejó frecuentemente de la falta de “enjundia”, pero queríamos que las conversaciones retrataran al hombre, su estilo y su personalidad más que al pensador, el estadista y el filósofo. Aunque, desde luego, de ellas emerge muy fácilmente el intelectual y el poeta.

Es difícil describir en unas pocas líneas estos encuentros, las más de las veces, sorprendentes. Por la manera de gesticular del presidente para mostrar contundencia, golpeando sus manos sobre la mesa en señal de firmeza de sus opiniones o para indicarnos que sus habilidades de joven habían sido producto de sus conocimientos y de su manera de pensar. En esos momentos se llevaba los dedos de la mano a la frente y nos comentaba que la única fortuna con la cual había contado en la vida había sido su mente. Una mente poderosa, audaz e inteligente, pensábamos nosotros.

Siempre encontramos un Belisario Betancur alerta, con una memoria extraordinaria, con la poesía a flor de labio y un delicioso sentido del humor.

Un episodio maravilloso, que vale la pena reseñar aquí, fue la entrevista de trabajo que sostuvo con Hernán Echavarría Olózaga y con Mauricio Obregón, cuando estos buscaban un redactor para la revista Semana, que recién habían adquirido cuando Alberto Lleras Camargo, su dueño anterior, viajó a Washington para asumir como primer secretario general de la Organización de Estados Americanos. Hernán Echavarría le preguntó al joven Betancur si era capaz de escribir una nota sobre determinado tema y le dio media hora para que lo hiciera en la máquina de escribir que se encontraba en un rincón de la oficina. A los diez minutos, Belisario le entregó la nota.

Inmediatamente le preguntó si podría escribir una crónica más larga sobre otro tema, para lo cual volvió a darle media hora. A los veinte minutos, Echavarría recibió la crónica. Hubo unas pruebas más que Betancur pasó exitosamente hasta que Echavarría le preguntó cómo lo hacía. Belisario le respondió mostrándole su frente con uno de los dedos de su mano: lo hacía con la cabeza.

Si algo quedó en claro de las conversaciones con el presidente Betancur y el relato de su vida fue la rebeldía y la audacia en sus actuaciones. Entendió desde muy temprano la necesidad de aprovechar las oportunidades que se le presentaran para hacerse conocer y para avanzar en su carrera profesional y en sus actividades políticas. Se vino a Bogotá recién casado y se infiltró entre los políticos nacionales y en la sociedad bogotana. Rápidamente fue aceptado como socio del Jockey Club por recomendación de Álvaro Gómez Hurtado. Fue librero: fundó la editorial Tercer Mundo Editores y abrió la respectiva librería en la calle 17 con la carrera Séptima, gracias a un préstamo que le extendió el Banco de Bogotá. Su nombramiento como ministro del Trabajo por el presidente Guillermo León Valencia en 1962 se lo informó en el Club El Puente, cerca de Girardot, un hijo del expresidente Roberto Urdaneta Arbeláez; allí se encontraba con su señora y sus hijos pasando el fin de semana.

Muchas veces, cuando nos relataba los increíbles episodios de su vida, él mismo se preguntaba si lo que contaba era verdad o se lo había inventado. Le costaba trabajo creer que él, hijo de la montaña antioqueña, proveniente de un padre sin educación y una familia pobre, era quien había logrado vivir todo aquello que ahora, en su apartamento de Bogotá, iba entregándonos, y que no se trataba de un producto de su imaginación. Tenía razón. Es cierto que su vida parece una novela. Pero señala claramente que en Colombia, la inteligencia, la educación, la ambición y la integridad moral permiten que los individuos alcancen metas superiores en la política, la academia o los negocios. De ahí la importancia de estas conversaciones. Ojalá las nuevas generaciones las lean y reflexionen sobre lo que el país ofrece, que no es exclusivamente aquello que nos muestran diariamente los medios de comunicación como la ilegalidad, el narcotráfico y la corrupción.

***

Cuando este libro se encontraba en los últimos ajustes editoriales, y de manera para nosotros un poco sorpresiva por cuanto recientemente nos habíamos reunido con él para revisar las fotos que se incluyen, lo mismo que el título y la carátula, falleció el expresidente Belisario Betancur el 7 de diciembre de 2018. Este libro, entonces, que era un homenaje a la vida de un gran colombiano, ahora lo es a su memoria. Y en un país en donde los presidentes no escriben sus memorias, nos cabe la satisfacción personal de haber dado a conocer tanto la obra como la vida de Belisario Betancur, pues fuimos editores y compiladores de los dos libros ya referidos sobre su gobierno y en los cuales participaron sus colaboradores y amigos más cercanos, uno en 1997 y otro en 2009.

Fragmento de Sin Límite
Carlos Caballero Argáez y Diego Pizano, con la colaboración de Conrado Zuluaga.

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